La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
(Fragment de «Romance de la Luna»,
de Federico García Lorca)

 

Nadie escapa del hechizo de mirar el cielo, habitar las estrellas, perderse en sus constelaciones, imaginar mundos nuevos y saberse protegido y vigilado por los dioses. Nadie puede negar, como interpretó Víctor Hugo, que todo está conectado y que ningún pensador se atrevería a decir que el perfume de una flor resulta inútil para las constelaciones. Incluso las estrellas, que han sido leídas como libros que anticipaban el ascenso y la caída de los emperadores, generan un conato de apropiación en aquellos que, al contemplarlas con tanta pasión, han creído que les pertenecían.

En su novela El Gatopardo, Giuseppe Tomasi de Lampedusa describe la pasión que despiertan las estrellas en el príncipe Salinas: «baste decir que, en él, el orgullo y el análisis matemático se habían confundido hasta el extremo de inducirle a creer que los astros obedecían sus cálculos». El artista se ha visto y ha sido visto por el cielo. El cielo azul rosado de Tiepolo, las constelaciones de Thomas Ruff o Joan Miró, la música de Monteverdi y las agonías de Goreki, entre otras, son experiencias sensibles construidas por un cielo que todavía se puede divisar, siempre disponible. Es un cielo sin barreras que puede anticipar tormentas, asesinatos y guerras; un cielo tan cristalino como las aguas transparentes de Formentera en las cuales puede uno reflejarse para alcanzar el éxtasis de Narciso.

Gran parte de nuestra cultura nace del cielo. Los dioses, el apocalipsis, las tempestades y las fabulaciones para habitar antes que nadie los planetas nos han gobernado desde la antigüedad. Antes de pisarla, hemos conquistado la luna con la imaginación de Jules Verne, Georges Méliès o Víctor Hugo; incluso desde el espacio nos han visitado los habitantes de la estrella Siro, llamados Micromega, creados por Voltaire para que nos demos cuenta de lo pequeños, insignificantes y prodigiosos que somos como especie. Mirar el cielo tiene tanta importancia para los astrónomos como para los poetas y, sin su bóveda azul, los hombres no habrían mirado hacia arriba, alzados, verticales.

Antes de pisarla, hemos conquistado la luna con la imaginación de Jules Verne, Georges Méliès o Víctor Hugo.

Cada vez que miramos el cielo, no podemos dejar de pensar en sus misterios y su poder; un poder que ya está siendo asediado por los avances tecnológicos y por la aspiración de convertir la tierra en un lugar donde todo esté controlado y medido por satélites. El filósofo Jeremy Nayder, en su ensayo La lucha por el futuro humano, nos alerta de que «en nuestra era industrial y postindustrial, el peligro más grande que corre la humanidad es el de sucumbir no tanto a los instintos y las pasiones como a la fría inhumanidad de la máquina y a la insensibilidad y la falta de compasión del algoritmo. Es decir, caer en lo inhumano». La máquina que expresa esta idea son los satélites que inundan y tapan el cielo. Los proyectos, indica Nayder, de empresas privadas como SpaceX, One Web, Kuiper Systems, Telesat o Leosat colocarán en los próximos años 100.000 satélites que emitirán información y radiaciones a la tierra: «se producirá un enorme aumento en el número de satélites, que formarán una especie de red que encerrará el planeta en una malla electromagnética de la cual muy pocos podremos escapar».

 

Domesticado y reparcelado

Mirar el cielo supondrá percibir también en él la contaminación tecnológica. Implicará que tomemos conciencia de que el cielo, antes habitado por los dioses que nos observaban, ahora será gestionado por multinacionales de las telecomunicaciones; serán ellas las que nos observarán. La denuncia de Nayder sobre cómo está siendo colonizado el cielo por el deseo de los hombres de disponer de datos y métricas nos lleva a fabular sobre la imposibilidad de ver a un hombre perdido en un bosque que busca un claro para poder ver las estrellas y guiarse así gracias a ellas. Será un cielo domesticado, reparcelado, en el cual las creencias dejarán paso a los datos que lloverán de él.

Los cielos azules y luminosos de Rafael darán paso a un cielo metálico, liso y limitado. La crítica de Nayder al desarrollo imparable de la tecnología, que sustituye al humano por las máquinas, incide en el temor cada vez más extendido de que la continuidad cultural se rompa, dejándonos solo a merced del presente y el futuro. El temor de que la luna lorquiana se desvanezca cuando ya no pueda ser vista por el espíritu del hombre. La luna que el niño está mirando en el poema de Lorca Romance de la luna, luna quedará sometida a las estaciones espaciales, a la conquista física y simbólica de la ciencia y sus avances.

La sentencia de Hamlet en la escena 5 del acto I —«hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que sospecha tu filosofía»— se desvanece ante la marcha implacable de la colonización del cielo. El misterio, el enigma, la inexplicable evocación de la inmensidad del cielo están siendo sustituidos por la voluntad de los hombres de vivir en un mundo de certezas donde los algoritmos gobiernan nuestras emociones, cuando antes lo hacían las estrellas.