Es la observación de Goethe sobre un aprendiz de escritor que hasta entonces se había dedicado a la poesía subjetiva y ensimismada: lo hacía bastante bien si las frases se relacionaban con la experiencia interior y el reino de los sentimientos, pero aún no había sabido desarrollar su destreza en lo tocante al mundo objetivo. A modo de ejercicio estilístico, Goethe le propuso que describiera la ciudad de Hamburgo como si hubiera llegado allí después de una larga ausencia, pero el resultado fue insatisfactorio porque el aprendiz de escritor redactó un conjunto de tópicos sentimentales cuyo único centro era él mismo y sus circunstancias personales y familiares, sin que aparecieran por ninguna parte ni los latidos de la urbe ni el ritmo cotidiano de la multitud.

Para escribir un libro de viajes que valga la pena, concluía Goethe, hay que ser un buen observador y poseer, además, una elaborada capacidad descriptiva, no hablar de los problemas personales y centrarse en exclusiva en todo aquello que ofrece el lugar al visitante: es lo que hace Tina Vallès (Barcelona, 1976) en El senyor Palomar a Barcelona, un libro de viajes mínimos a través de las calles y las plazas de Barcelona entre agosto de 2019 y julio de 2020 —entre medias ha habido el confinamiento y la pandemia—, tomando como excusa al personaje homónimo de la última novela de Italo Calvino, como si el personaje literario de un libro determinado se cansara de estar arraigado allí tanto tiempo y sintiera ganas de aterrizar en las páginas de otro distinto.

«No es verdad que el señor Palomar esté muerto»: como si no estuviera en desacuerdo con la idea que dice que los escritores, generación tras generación, forman unas cadenas irrompibles y que estas cadenas ayudan a sobrevivir y mantener la vida natural de la literatura, en El senyor Palomar a Barcelona Tina Vallès concede al personaje de Italo Calvino —tan silencioso, reflexivo y profundo como su autor: era su alter ego, al fin y al cabo— una vida nueva, otra ciudad, un hogar por estrenar, la posibilidad de «volver a ser el de siempre», como un triunfo de la vida, o como si buscase, con una voluntad semejante a la de Quevedo, «la conversación con los difuntos».

 

Detrás de las pequeñas cosas ordinarias

A la manera del Palomar de Italo Calvino, que en un viaje a París entraba en una quesería y, de repente, tenía la sensación de estar en un museo como el Louvre o dentro de una enciclopedia —como si en una tienda se pudiera localizar la presencia de la civilización y la cultura que han concebido los productos en venta—, el de Tina Vallès también «camina por la ciudad, se detiene, observa, planifica y se deja llevar, confía y desconfía del azar, vive siempre pasmado, es atento y distraído a la vez, porque si mira, su cabeza también mira, y si piensa, sus ojos también piensan, porque mirar y pensar son dos acciones tan completas, tan intensas para él, que no las puede llevar a cabo al mismo tiempo. Mirar, pensar y entender todo lo que ve es su trabajo»; y detrás de las pequeñas cosas ordinarias de la vida cotidiana —la armonía y la simplicidad alegran la vida y el pensamiento—, dentro de una imagen de Barcelona en la que parecen tener cabida todo tipo de contrastes, detrás de las minucias que observa con los sentidos o desde la razón analítica, el señor Palomar trama una lógica particular o elabora unas fábulas filosóficas de factura extraordinaria y vence así, a fin de cuentas, a través del cultivo de la inteligencia —en las librerías busca lo que no está escrito, y «en la iglesia de Santa Maria del Mar quiere ver lo que no es visible»— las numerosas contrariedades que llenan las horas de cada día: «los ojos se le quieren escapar hacia la negrura del cielo, no para ver las estrellas, sino para perderse en la oscuridad».

La autora hace el trabajo de un miniaturista que construye un carrusel con unos personajes de juguete que saludan como en broma al lector.

Con una prosa serena y, a la vez, musculada y alerta, con una ligereza que preconizaba el propio Italo Calvino, detalladísima, centelleante y muy sensible a la fluidez de la luz, como si suspendiera la fuerza, eliminara la presión y permitiera la circulación del aire, que las estrellas se eleven y se reordene el cielo, con una magia tranquila y elegante, Tina Vallès traza una cartografía de la Barcelona actual mientras da una lección de cómo mirar el tiempo moral de un lugar determinado: «Una vecina del edificio de delante recoge la ropa tendida muy deprisa. Como si amenazara llover; incluso le parece verla mirar un momento hacia el cielo con inquietud, y él también lo hace. El señor Palomar sabe qué busca entre las nubes aquella mujer que dobla calcetines y bragas a toda prisa: busca el futuro. Ella tampoco lo sabe, todavía; tardará días, semanas, en saberlo, pero recordarán con todo lujo de detalles este 13 de marzo de 2020 en Barcelona, el día antes de todo».

 

Sibarita de los placeres mentales

«Mirar hacia abajo para mirar hacia arriba», se titula el capítulo que cierra el mes de abril, como si concentrara una de las dos claves que resumen el libro: la otra es el subtítulo que aparece en el mes de noviembre: «Hace años que siente que el mundo se deshace y que solo centrándose en las cosas más frágiles puede conseguir calibrarlo, tratar de entenderlo o, al menos, disfrutarlo.»

Al lector no le cabe ninguna duda: el verdadero nombre de ese señor tan curioso y particular —tan melancólico y sabio—que ha tenido el honor de conocer es Tina Vallès.

El senyor Palomar a Barcelona es la suma de esbozos de una ciudad fragmentaria, variadísima y cambiante, a veces eufórica y a veces aletargada, que el protagonista de Tina Vallès —como lo habría hecho sin duda el de Calvino— mira y escruta con la avidez exigente de un gran sibarita de los placeres mentales, de alguien, sobre todo, que no se resigna a aburrirse y que va pasando de un espectáculo visual al siguiente con una rapidez —no con la prisa banal del turista, sino con la impaciencia interior de los curiosos— que deja sin aliento al lector. Es lo que pasa cuando se narra la aventura de un vagabundeo —Tina Vallès hace el trabajo de un miniaturista que construye un carrusel con unos personajes de juguete que saludan como de broma al lector— sin ningún centro fijo. Este es un libro que no reclama una lectura seguida, sino que incluso insinúa una azarosa, hecha de discontinuidades, rastreos y suspensiones, donde no importa tanto el agotamiento de un tema como su interrupción.

 

Tina Vallès El senyor Palomar a Barcelona Barcelona: Anagrama, 2021 183 pàgs.
Tina Vallès. El senyor Palomar a Barcelona. Barcelona: Anagrama, 2021. 183 págs.

 

Unas peripecias mínimas

Como pasaba en su libro anterior, La memòria de l’arbre, en El senyor Palomar a Barcelona Tina Vallès adopta también un punto de vista inalterable y estructura la novela a través de capítulos relativamente breves, como si construyera un mosaico con recortes y pedazos de unas peripecias mínimas que se van ensamblando hasta revelar el dibujo del argumento, que no es otro que el retrato moral del protagonista, que no es otro que el retrato moral —el retrato intermitente, sucesivo y oblicuo— de la autora, puesto que, al lector no le cabe ninguna duda, el verdadero nombre de ese señor tan curioso y particular —tan melancólico y sabio— que ha tenido el honor de conocer es Tina Vallès.