Picasso y Miró, presentados juntos, han desencadenado una tormenta. Obras creadas durante el siglo XX, de la Fundació y del Museu, conjuntamente con otras obras invitadas de diferentes colecciones del mundo —en total casi 340—, despiden el año 2023 e inician el 2024, conmemorando al propio tiempo los cuarenta años de la muerte de Miró y los cincuenta de la de Picasso. Todas ellas nos brindan con acierto dos inmensos meandros que se entrecruzan a lo largo de las dos muestras en bloques de especialidades: pintura, dibujo, escultura, cerámica, murales, grabado. También en bloques de géneros, como retratos, naturalezas muertas, paisajes urbanos, escenas rurales, mitos y reivindicaciones…

Los dos artistas vienen de talantes familiares y procedencias geográficas distintas. Eso marcará las personalidades artísticas incipientes y las divergencias y encajes posteriores. Unos padres autoritarios dirigían la escena familiar. El padre de Picasso, pintor y profesor de arte, y el padre de Miró, dedicado a la artesanía y la joyería, a lo que hay que sumar la ebanistería de la familia materna. Las dos madres, mujeres sumisas de la época, obedientes y temerosas, aunque cómplices con los hijos, solo que a escondidas, para no contradecir…

Joan Miró, prudente, recluido en la familia, pero con unas grandes alas de sueños que le permiten volar alto haciendo poco ruido, hasta el momento en que siente una pasión incuestionable. Pablo Picasso, atolondrado de por sí, con una vida social disipada, con alas de buitre, genera alboroto desde el principio

Empecemos el viaje por las salas. Nos da la bienvenida una fotografía tomada en Mougins por Jaqueline Roque en blanco y negro. Están los dos. Ancianos de 87 y 72 años que comparten cincuenta años de amistad en París y en Barcelona, conversan frente a una pequeña obra. Concentrados, en sus ojos destella la gran inteligencia artística de unos creadores que sacudieron las vanguardias.

 

Teatro

En 1917, el Gran Teatro del Liceo de Barcelona programará Parade. Picasso se exhibirá diseñando la escenografía y el vestuario. Miró asiste a la representación y se queda embelesado. Dos años más tarde, Miró visita en Barcelona a la madre de Picasso. Un pequeño obsequio convertirá a Joan en «mensajero» para encontrarse con Pablo en el París soñado. En el Museu Picasso encontramos un telón de fondo y figurines, creaciones deliciosas en las que vale la pena recrearse, hechas a medida para encajar música, coreografía, argumento, actores, bailarines… Todo un placer para un artista intervenir en este tipo de creaciones múltiples.

Destaquemos otra pieza, el precioso Arlequín, en el que Picasso retrata al bailarín Léonide Massine.

Pese a que el cubismo ya está del todo desarrollado en su obra, Picasso trabaja geometrías cubistas en la indumentaria que contrastan con un rostro de bonhomía, proporcionadamente clásico, de factura peinada y académica.

 

Mientras tanto

En 1921 el impacto del París surrealista los compromete a ambos y la olla de las vanguardias bulle. Pablo, contundente, recomienda a Joan que se quede allí si quiere triunfar. Picasso, como ya no dejó de hacerlo nunca, iba y venía de un estilo a otro según le convenía, sin escuchar a nadie. Ese era el camino.

Picasso valora mucho la exposición de Miró en la galería La Licorne, y la admiración mutua está servida. El sueño de los dos jóvenes artistas está haciéndose realidad.

 

Retrato

El autorretrato de Miró hemos de mirarlo con un afecto especial. Es un joven tímido de veinte años, y se muestra pantocrático, frontal, simétrico y admirador —como se declaró siempre— del arte románico catalán. De una factura delicada, detallista y peinada, es un óleo sobre tela bien mezclado y nada texturado. Resigue el rostro con perfiles negros, cubre fragmentos y estructuras con tintas planas, y construye la camisa haciendo un cubismo juguetón… El cuadro se lo quedará Picasso.

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Bailarinas

Un tema recurrente de ambos eran también las bailarinas. Miró, influenciado por los poetas —Breton y sus amigos— y el surrealismo, pinta un desmembramiento del cuerpo de la mujer bailarina; vemos, en una vitrina, un dibujo de este proceso interesantísimo. También, con incorporación de objetos, La ballarina de la Ploma, que nos ayuda a entender hasta dónde viaja la mente creadora y en el que hay poesía pura. Picasso pinta Las Tres Bailarinas —obra que llega de la Tate Gallery de Londres—, donde danzan el amor y la muerte. Aquí entendemos cómo el artista, mientras estaba pintando la obra, da un giro brusco y la estruja de golpe, volviéndola macabra, cuando se entera de la muerte de Pitxot. Una vez más comprendemos al artista cuando siente dolor en el alma y lo manifiesta. Impacta el color estridente, con complementarios, la utilización del negro en contornos que endurecen la obra; y las figuras humanas femeninas desnudas, pura contorsión, son estremecedoras.

 

Erotismo

Danzas y erotismo en abundancia. La figura de la mujer representada infinitas veces en escenarios diversos. Desde un estudio de pintor, donde se despliegan formas curvas con bocas y vulvas dentadas, en Picasso; o bien, en Miró, en el espacio cósmico, donde flotan pechos y ombligos esféricos, y vulvas fértiles y receptivas en rojo, o negras cerrando el paso mientras descansan, como la oscuridad de la luna nueva.

 

Naturaleza muerta

Cavall, pipa i flor vermella, de 1920, obra reclamo que llega desde Filadelfia. Una consola preciosa, de filigrana detallista, luce la talla de la madera y la huella del buril que venera la ebanistería de la familia Miró… El espejo ovalado refleja los campos de Mont-roig del Camp, donde Miró fue capaz de enfrentarse a su padre y confesarle que quería ser pintor. Justo en el centro del cuadro, un libro abierto de Jean Cocteau, Le Coq et l’Arlequin, que le hace un guiño a Picasso y del cual hay una ilustración.

 

Paisajes urbanos

En la Fundación, dos pequeños óleos, delicias que nos evocan el amor a la ciudad de Barcelona, ciudad trampolín para saltar a París. Picasso, el Passeig de Colom, y Miró la calle de Sant Pere Més baix, vistos desde los respectivos balcones. Observemos como si desde un caleidoscopio nos regalaran en pequeños vidrios de colores la fragmentación en paralelepípedos y pirámides.

 

Paisajes rurales

La Masia, obra icónica de Miró, viene directamente del Museo Nacional de Washington. Hay que detenerse frente a esta obra y hacerle una reverencia. Es una obra nacida en el campo, comprendiendo y estimando la vida campesina, en la casa Miró de Mont-roig del Camp, donde se encuentra de visita. Es un compendio virtuoso. Está todo lo que le importa a Miró en aquel momento. Nos permite intuir lo que hará después con todos estos personajes y formas, porque se convertirán en símbolos mironianos.

‘La Masia’, obra icónica de Miró, viene directamente del Museo Nacional de Washington. Hay que detenerse frente a esta obra y hacerle una reverencia.

Hasta aquí, todo está en su sitio, pero en cualquier momento Miró lo desligará a su libre antojo y entonces empezará trastocarse el mundo de la física. Dejará de haber cielo y tierra, horizonte y estabilidad, ley de la gravedad… Observemos y quedémonos con una pequeña criatura sintetizada que está delante de la balsa, llevémonosla.

 

Los años de guerra y postguerra

La Primera y la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española. El impacto trágico llega a sus almas. El artista se rebela y pinta el lamento. En 1937, Picasso ve en la prensa, desde París, la barbarie de la confabulación de Hitler, Mussolini y Franco bombardeando Guernica en un día de mercado en el que todo el mundo estaba en la calle. El pintor cambia el rumbo de su primera idea y pinta su obra magna, el Guernica. Rostros de mujeres llorando desconsoladamente. Caras distorsionadas que sufren el duelo y el terror. Decapitados, fuego, terremoto y perversidad.

Miró pinta El Gran Segador, obra también de gran formato, desaparecida. Ambas obras espectaculares, encargadas por el Gobierno de la República Española, para el Pabellón de París, son desgraciadamente vigentes hoy en día… ¡alerta!, ¡al iniciar el 2024! Estos días se muestran fragmentos de estos cuadros en manifestaciones contra las guerras actuales, pidiendo la Paz.

Todavía observamos tres obras preparatorias estremecedoras, dos de Picasso para el Guernica, con una madre con su hijo muerto, y una de Miró, L’infant ferit. Son tres pequeños estudios contra la ignominia llenas a la vez de ternura y de dolor, con trazos de lápiz absolutamente geniales. También cráneos y verduras sencillas de supervivencia evidencian el hambre y la tragedia en naturalezas muertas simbólicas, como unas vanitas del siglo XX. Contra la intolerancia, más adelante, Miró continuará con una tela llena de gritos, regueros, salpicaduras, donde manos abiertas, negras y ensangrentadas piden recuperar las libertadas: es el Mayo francés del 68.

 

Ensamblajes

Grandes obras trabajadas con esta técnica combinatoria —ahora lo llamaríamos materiales reciclados— son muy ocurrentes y llenas de contenido. Pero menciono una de Miró, la representación de la Familia Real Española. Fragmentos de madera policromada ironizan sobre personas simples, lo cual no quiere decir sencillas, ni quiere decir sintetizadas. De Picasso, nos despide una genial escultura, de La mujer orgullosa paseando a su bebé con el cochecito, hecha de ensamblaje y fundida posteriormente en bronce.

El bebé, hecho de fragmentos de hierros y maderas, se agita como si fuera de carne y hueso. Ella lleva unas toscas sandalias con talón que dejan entrever dos gruesos dedos del pie con unas uñas bien visibles que nos arrancan una sonrisa deliciosa.

 

Pintura y escritura: la caligrafía

Ilustraciones y caligrafías en libros de artista o hechas directamente con obra gráfica. La más democrática de las especialidades a las que el artista puede dedicarse. Seriadas y numeradas, con lo cual el precio es accesible para buena parte del público. Grabado al boj, aguafuerte, punta seca, litografías, verdaderas delicias.

 

Homenaje a Picasso

Miró continua homenajeando y admirando a Picasso: una felicitación que el diario La Vanguardia publicará en su 90 aniversario y que Pablo todavía disfrutará, como una carantoña de su amigo, dentro de su colección particular, durante un par de años antes de su muerte.

 

La revuelta final

Últimas salas donde los dos artistas dialogan y, al mismo tiempo, se enfrentan. Han pasado dos tsunamis creadores y aquí queda su rastro transformador en el territorio artístico. Vemos una obra muy madura, después de muchísimos años de investigación. De penas y glorias. Y de toda una vida entregada al ARTE en mayúsculas.

 

Miró

Ya ha huido absolutamente de la realidad, nos ha presentado las constelaciones, que ahora se muestran libres. No hay horizonte, no hay referencias, todo es ingrávido. Ya está aquí su lenguaje único e intransferible, el abecedario Miró. Dona i estrella es la simplificación de este lenguaje, es la esencia que ha encontrado definitivamente. Se ha transformado en un perfumista y su obra está sintetizada en una gota de perfume. Nos despide entrando en un espacio de meditación zen, libre, limpio y blanco, con una única referencia de una manchita, por si los humanos sencillos necesitamos ampararnos en ella.

 

Picasso

Su tozudez en querer alcanzar la cuadratura del círculo. Ha llegado a la síntesis. Una última obra en la que aparece él abrazando a una criatura, como en un retorno a la ternura, a la que no siempre prestó atención en su frenética vida de artista. Aquí se reconcilia con las criaturas; este cuadro me recuerda la obra de Otto Dix, dos autorretratos separados por el tiempo. En él, primero se representa de joven, con un hijo al hombro; lo aguanta solo con un brazo; con el otro, sujeta la paleta y los pinceles. Años más tarde, se hace un segundo autorretrato con el nieto a cuestas, y no se fija en la pintura; solo se centra en el abrazo del niño, protegiéndolo bien con ambos brazos y con una sonrisa de felicidad inmensa. Hacia el final de la vida muestran lo que es realmente importante.

También Picasso aparece solo con una paloma encima, una evidente reconciliación con su padre, que pintaba cuadros de palomares: cuadros en los que el pequeño Pablo le ayudaba pintando muchísimas patas. En los palomares extraordinarios de Canes, quizá en venganza, ninguna de las palomas encogidas tiene patas. Tampoco la paloma de la Paz. Finalmente, se pone una paloma en la cabeza cuando visita, simplemente para observar, los palomares. Eso sí, frente a la perplejidad de una Jacqueline que le acompaña y que mira a su alrededor todo un alboroto de plumas y zureos, e intenta entender qué demonios debe estar viendo Pablo durante tantas horas dentro de un palomar.

 

Esperanzador

He visto entre la multitud de visitantes a muchas criaturas. Si se les deja hacer, los niños se detienen ante las obras en las que oyen la voz de los artistas. Picasso y Miró iniciaron su vida artística cuando eran niños. La continuaron conociendo la academia y, finalmente, maduran y hacen un destilado que los lleva de nuevo a la esencia. Los niños la perciben con claridad; los adultos la vemos tras el velo de una culturización no siempre bien entendida. Hay que escucharlos. Tienen la pureza que Picasso y Miró reencontraron de viejos porque la supieron conservar dentro de la sencillez de su mundo infantil.