Testimonio de la complejidad europea

Nació en Praga en 1957. A los 16 años se trasladó con su familia a Estados Unidos, donde estudió Literatura comparada en la Universidad de Illinois. En la década de 1980 vivió algunas temporadas en Chicago, Nueva York y París. Finalmente, se trasladó a Barcelona, donde adquirió la nacionalidad española al tiempo que recuperaba la checa. Autora de varias novelas, relatos y ensayos, ha sido merecedora del Premio Cálamo 2018, propuesta como mejor libro por La Vanguardia y El Periódico entre otros. Entre su obra de carácter testimonial destaca Vestidas para un baile en la nieve que reconstruye la peripecia de las mujeres supervivientes de los campos del Gulag y la biografía de Bohumil Hrabal, Los frutos amargos del jardín de las delicias. Su última novela es Nos veíamos mejor en la oscuridad (Galaxia Gutenberg). Su obra se ha traducido a una decena de idiomas, entre ellos inglés, alemán y ruso. Colabora con El País, entre otros medios de prensa escrita. Ha traducido más de cincuenta obras de los idiomas checo y ruso al español y al catalán.

 

Aproveché una visita de Monika Zgustová a Madrid, donde iba a participar en un acto público, para conversar con ella sobre su obra literaria, sobre su vida y sobre algunos de los fascinantes autores checos que ha conocido gracias a su actividad de traductora.

Su último libro, hasta la fecha, es la novela Nos veíamos mejor en la oscuridad, que es si no me equivoco la más cercana a su propia experiencia vital que es, por diferentes motivos, peculiar, insólita, y de un cosmopolitismo muy acentuado. En esta novela se habla mucho de las relaciones entre la protagonista —Milena, claro alter ego de la autora— y Jana, su madre, que viven separadas por un océano y sobre todo por una actitud muy diferente ante la vida. ¿Es así?

Sí, todo esto es cierto. La novela examina básicamente dos cuestiones: la del exilio, el desarraigo y la adaptación al país de acogida; y las relaciones de familia a distancia, sobre todo la que se forma entre madre e hija, una relación que suele ser compleja. Pero también está el tema del final de la vida que puede representar una reconciliación con los hijos, con su manera de ver el mundo que suele ser muy diferente, con la vida de éstos e incluso con la propia vida.

 

¿Es una autobiografía novelada?

Yo la definiría como una novela inspirada por algunos rasgos de la vida de mi familia más que autobiografía pura. Pero es cierto que esta vez recojo más elementos de nuestra vida de familia de lo que generalmente suelo hacer. En la mayoría de mis novelas, la línea autobiográfica está cuidadosamente escondida, incluso en aquellas novelas que hablan de otros personajes que realmente existían, como Gala Dalí, la hija de Stalin, Vera y Vladimir Nabokov entre otros. El exilio, un tema recurrente, fue una experiencia muy traumática para mí, de hecho, la tuve dos veces: primero al llegar con mis padres a Estados Unidos, como una adolescente. Luego al trasladarme de América a Europa, a Barcelona adonde llegué sin nada.

 

¿Por qué tantos personajes exiliados en sus libros?

Bueno, supongo que cada escritor trata esencialmente aquellos temas que le preocupan o que le han resultado traumáticos. Quien ha vivido una guerra, un campo de concentración o la cárcel, examina su vivencia en su obra. El desarraigo fue y sigue siendo una de las vivencias más profundas de mi vida y por eso me gusta analizarla. Indagando en otros desarraigados he llegado a la conclusión de que se trata de una experiencia dura pero enriquecedora, y por tanto positiva. Si miro atrás, veo que todos mis libros han tratado el tema del exilio exterior o interior (las vidas de las mujeres en el gulag, a las que dediqué mi libro Vestidas para un baile en la nieve, es un ejemplo de ambos tipos de exilio).

 

Aquí (en Nos veíamos mejor en la oscuridad) es la proximidad de la muerte de Jana la que propicia el acercamiento.

En la muerte de la madre quise mostrar que el último momento de la vida puede ser el de entendimiento y conciliación, puede representar un instante luminoso en el conjunto de la vida, un instante que puede echar luz sobre toda la vida anterior… para los próximos del muerto y tal vez incluso para el que se va, aunque esto no lo podemos saber con certeza. La novela se plantea preguntas sobre el significado de las palabras que decimos y las acciones que llevamos a cabo durante la vida, qué significado tienen. Se dice en ella: «Da igual qué decimos mientras vivimos. Al final, las preguntas que el mundo y la vida nos plantean sin cesar las respondemos con hechos, y no con palabras. Quién eres, qué has deseado de verdad, a qué te has mantenido fiel y a quién o qué has traicionado, si eres valiente o cobarde y por qué motivos lo eres. Podemos tratar de responder con palabras si queremos, pero lo que cuenta es que al final las responderemos con la vida vivida.»

 

En su novela sostiene usted que el que se va de su país…

El que se va de su país puede vivir en cualquier parte. El mundo entero es su patria, o ninguna parte lo es. El exilio es el máximo desarraigo, es la insoportable levedad del ser.

 

Ya que menciona ese título, ¿se identifica con la digamos «fenomenología» del exiliado en la obra de Milan Kundera, uno de los autores que ha traducido?

A Kundera y a su mujer los traté durante años y casi siempre hablamos del tema común de haber dejado atrás Praga y habernos trasladado a otras ciudades europeas. A diferencia de su mujer, Kundera se siente muy bien en el exilio. Uno de sus libros más interesantes es para mí La ignorancia, donde se indaga en el retorno del emigrante al país de nacimiento. Durante los años cincuenta y sesenta, dice Kundera, los emigrantes de los países comunistas no eran muy queridos en Europa Occidental, donde el fascismo, entonces, se consideraba como el mal auténtico: Hitler, Mussolini, la España de Franco, las dictaduras de América Latina. Sólo a finales de los sesenta y en los setenta, los países occidentales se decidieron a considerar también el comunismo como un mal, aunque un mal menor.

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«Da igual qué decimos mientras vivimos. Al final, las preguntas que el mundo y la vida nos plantean sin cesar las respondemos con hechos, y no con palabras.»

 

 

Sí; en el exilio Irena, la protagonista de La ignorancia, se da cuenta de que a los ojos de los franceses su caso no es lo suficientemente serio.

Efectivamente: lo consideran como… una catástrofe de segunda categoría. Irena piensa que los franceses «no necesitan la experiencia. Los juicios, para ellos, preceden la experiencia.» Y continúa pensando: «Cuando llegamos allí, no necesitaban ninguna información. Ya sabían que el estalinismo era un mal y la emigración una tragedia. No les interesábamos por lo que pensábamos, les interesábamos porque éramos pruebas evidentes de lo que pensaban ellos.» En Praga, veinte años más tarde, Irena se da cuenta de que muchos acontecimientos y muchas personas de antes de haber emigrado se le han esfumado de la cabeza y que nadie quiere ni puede entender su desmemoria. Nadie le pregunta qué ha hecho durante los veinte años de emigración; sus amigos unen el momento presente con la vida pasada en la capital checa, por lo que Irena siente que le amputan veinte años de vida. Se siente mutilada, recortada; como una enana.

 

Ha traducido usted a varios clásicos checos como Bohumil Hrabal, Milan Kundera, Václav Havel, Jaroslav Hašek, Jaroslav Seifert, y a rusos como Anna Ajmátova, Marina Tsvetáieva, Isak Bábel y Fiodor Dostoievski entre otros. ¿En qué circunstancias dio el paso de traductora a autora?

Me di cuenta que había llegado el momento de escribir una biografía de Hrabal, un autor que se iba convirtiendo en uno de los grandes clásicos del siglo XX. Tras haber publicado la biografía, el dulce veneno de la escritura empezó a circular por mis venas, así que me embarqué a escribir una trilogía sobre tres mujeres de tres siglos diferentes: Teresa Cayetana de Alba, amiga y enamorada de Goya, la escritora checa Božena Němcová y la exiliada de la revolución rusa, la también escritora Nina Berberova. Las tres protagonistas representan la evolución de la mujer y de su lugar en la sociedad. A partir de este libro siempre he escrito sobre las mujeres. Es mi manera de hacer feminismo: observarnos como somos, contemplarnos desde distintos ángulos, reflexionar sobre distintos tipos de mujer en diferentes circunstancias.

 

La primera vez que vi su nombre fue como traductora de un libro de memorias excepcional, Toda la belleza del mundo, de Seifert, que si no recuerdo mal se publicó después de que a éste le dieran el Nobel. ¿Cómo era Seifert? En sus memorias parece un señor encantador, sensible, romántico, de un humor suave, sin acritud. ¿Cuál de sus poemas, o de sus libros de poemas, es su preferido?

Cuando empezaba mi carrera de traductora y periodista en España a Seifert, que era el rey de los poetas checos, le dieron el premio Nobel de literatura. El periódico El País me envió a Praga a realizar una entrevista con el poeta. Fue mi primer viaje a mi ciudad de origen desde que mis padres se fueron al exilio con sus hijos en los 70. En aquel 1984, Checoslovaquia estaba sumida en el pesimismo que conllevaba el totalitarismo comunista. Delante de la casa del escritor no se agolpaban multitudes de periodistas ansiosos de conseguir una entrevista, sino varios hombres con gabardinas: agentes de la policía secreta. Seifert era sobre todo humano; lo que más valoraba en una persona era la calidez y la bondad. La entrevista fue muy relajada y espontánea, el poeta disponía de tiempo y se abrió mucho en sus respuestas. Tuve varias otras oportunidades de verle mientras realizábamos entrevistas para TV3. La última vez que nos encontramos fue cuando le regalé una antología de sus poemas que yo misma seleccioné y traduje, entre ellos los surrealistas de los años 20 y su última colección, La columna de la peste, compuesta de bellos y sabios poemas largos. La traducción que usted menciona vino a continuación.

 

Desde que salió al exilio hasta que regresó por primera vez, para realizar la entrevista que acaba de mencionar, habían pasado 10 u 11 años. ¿Cuáles fueron sus impresiones al pisar otra vez su ciudad? Habla de estas cosas en un libro reciente, La bella extranjera. Praga y el desarraigo, que es también un homenaje a las figuras literarias más emblemáticas de la ciudad…

Cuando volví a Praga por primera vez lo observaba todo minuciosamente. Reconocía los edificios, el olor a carbón que desprende la ciudad en invierno, pero otras cosas me resultaban extrañas. Comparado con Estados Unidos e incluso España, el ritmo de aquella Praga me resultaba lento, flemático. La gente tenía tiempo para todo, para pasar las tardes en los cafés hasta muy entrada la noche, por ejemplo. Mis tíos y primos y algunos amigos no querían verme porque tenían miedo de tener problemas en un estado totalitario: ver a los occidentales no estaba tajantemente prohibido, pero sí mal visto. De hecho, mi regreso a mi ciudad de origen, en 1984, era un poco como el retorno de Ulises a Ítaca: la gente, incluso su mujer Penélope, no le reconoció o no le quiso reconocer. Así que me busqué nuevos amigos y así empezaron mis relaciones de trabajo y amistad con los disidentes, el círculo de Václav Havel. Y me hice muy amiga de la hija del poeta Jaroslav Seifert.

«Sin los traductores las distintas culturas no dispondrían de obras de otras tradiciones y lenguas y se volverían provincianas.»

 

Traducir, siendo a menudo una profesión fatigosa o frustrante, ¿no es una forma muy fuerte de conocimiento e intimidad con el traducido, no sólo con su literatura sino propiamente con su cerebro, como navegar por sus circunvalaciones cerebrales?

Es cierto, traducir es como leer en profundidad. Pero, aunque el traductor se introduce por fuerza en el cerebro del autor, no llega a habitar el lado oscuro que tienen algunos autores. Traducir es lo que usted describe, pero también los traductores tenemos la satisfacción de haber recreado, reescrito y trasladado a otra lengua y otra cultura las grandes obras de la literatura. Nuestro papel es muy importante: sin los traductores las distintas culturas no dispondrían de obras de otras tradiciones y lenguas y se volverían provincianas. Y nuestra responsabilidad, tanto ante el autor como ante los lectores, es enorme.

 

Volvamos a la estupenda biografía de Hrabal que antes ha mencionado. De este autor usted ha traducido muchas de sus novelas (Trenes rigurosamente vigilados, Yo, que serví al rey de Inglaterra, Una soledad demasiado ruidosa, etc.), le frecuentó personalmente hasta sus últimos días, y le dedicó la biografía, Los frutos amargos del jardín de las delicias. Por cierto, ¿se ha publicado en checo?

Sí, la biografía se ha publicado en una decena de idiomas, entre ellas el checo.

 

Entonces, él pudo leerla. ¿Le gustó? Hrabal debió ser un personaje difícil, debido a su notoria dipsomanía… ¿qué recuerdo tiene usted de él?

Una mañana, en la taberna que él solía frecuentar, El Tigre de Oro, le enseñé el manuscrito. Él estaba solo con su jarra de medio litro de cerveza y se sorprendió un poco al ver que yo había escrito un libro sobre él. Digo que se sorprendió un poco pero no mucho, porque luego me contó que se olía algo al verme tan a menudo en su taberna. No le había dicho nada sobre mi trabajo como su biógrafa porque sus reacciones a veces eran imprevisibles. Hrabal se puso a hojear mi manuscrito y a leer un párrafo aquí, otra página allí. Cuando llegó al final, cerró el cuaderno y dijo: «Éste soy yo.» Y me preguntó cómo me acordaba de todo lo que él había dicho si no me había visto tomar notas y además todos los de su mesa teníamos que mantener el paso con él y beber cuatro cervezas cada velada.

 

O sea, dos litros… ¿Cómo pudo usted acordarse?

Le revelé mi secreto: tomaba notas en los servicios de la taberna, adonde debía acudir con bastante frecuencia debido a tanta cerveza injerida. El director de cine Jiří Menzel me dijo que esta biografía, cuando se publicó, fue la alegría de los últimos días que Hrabal pasó en el hospital.

«Bohumil Hrabal me dijo: “Sigue escribiendo, lo llevas dentro como una cabra la leche”.»

 

Una vez me dijo usted que Hrabal «fue mi maestro como transfigurador de la realidad». Quería decir ¿un maestro del lirismo, de encontrar la belleza en las cosas cotidianas? ¿De escribir superando el realismo más raso?

Fue mi maestro, sí. De la literatura y de la vida. Él leyó mis primeros cuentos y me hizo comentarios, a su manera, claro. Por ejemplo, me dijo: «Sigue escribiendo, lo llevas dentro como una cabra la leche.» Le vi cómo transformaba la realidad como si tuviera unas gafas hechas de poesía, imaginación y belleza.

 

Me ha dicho usted alguna vez que Hrabal gusta más a los lectores españoles que a los de otros países. ¿A que lo atribuye?

La inspiración de Hrabal surge de Cervantes, muchos de sus personajes son quijotescos, otros son Sanchos, o la mezcla de los dos. Es lectura propia de Hrabal, pero también la herencia de Jaroslav Hašek y su Soldado Švejk. Además, la obra de Hrabal está poblada de personajes picarescos, aunque siempre con un fondo profundo.

 

Vayamos, si le parece bien, al que me parece que fue el momento decisivo de su vida. Usted salió de su Praga natal, entonces capital de un Estado checoslovaco bajo régimen comunista, a los 16 años, con su hermano y sus padres, en el año 73. Aprovecharon un viaje de turismo con la agencia oficial Cedak a la India. Y allí, en la India, es donde su padre les informó de que no iban a volver y en adelante serían unos exiliados. ¡Qué momento! Dejaba usted atrás muchas cosas y personas de las que no tuvo ocasión de despedirse. ¿Cómo se encaja una noticia así, recibida de golpe?

Uno no puede encajar una noticia así. Me rebelé y dije que no iba, que dejaría que mis padres y hermano se fueran solos y yo volvería a mi ciudad, a mis amigos, mis abuelas, a lo conocido. Mi padre replicó con tranquilidad que estaba de acuerdo, pero si yo cambiaba de opinión podía pasar un tiempo en los Estados Unidos y luego, si no me encontraba a gusto, podía volver a Praga con un buen conocimiento de la lengua y cultura anglosajona. Estuve de acuerdo con este planteamiento, y naturalmente nunca volví a Praga para quedarme. Hubiera sido otro exilio. Me acabé acostumbrando a la vida estadounidense pero siempre me sentía ante todo europea. Muchos otros europeos que conocí cobraron esta conciencia en América.

«Las decisiones más importantes y vitales las tomamos esencialmente cuando somos muy jóvenes y cuesta mucho corregirlas.»

 

Se instalaron en Estados Unidos, usted estudió en la universidad de Illinois si no recuerdo mal, luego se volvió a Europa, pasó una temporada en París, y «una feliz coincidencia» la llevó a Barcelona. ¿Por qué eligió esta ciudad para pasar el resto de la vida? ¿Había una razón amorosa con algún chico catalán –como pasa a menudo con estas elecciones–, o es que le gustó particularmente la ciudad, el clima, la gente…?

Cuando eres joven no sabes si estás dando un paso que te llevará a pasar toda la vida en una situación dada o no. Un joven piensa que él es el dueño de la vida, que puede con todo. Y no es así, a veces el camino elegido nos puede llevar a perdernos en la selva más impenetrable. Las decisiones más importantes y vitales las tomamos esencialmente cuando somos muy jóvenes y cuesta mucho corregirlas. Aunque es cierto que yo nunca me he arrepentido de mi decisión que tomé cuando era estudiante y me enamoré de la metrópolis gótica y modernista a la orilla del Mediterráneo. De sus pequeños restaurantes y cafés bajo los arcos góticos. Y de su gente. Del cosmopolitismo y del bilingüismo que me recordó la Praga checo-alemana de entreguerras que naturalmente nunca conocí. Fue un nuevo exilio, más amable porque lo elegí yo misma, pero sin embargo exilio: no conocía las lenguas, no tenía amigos ni conocidos, ni trabajo ni dinero. Empecé de cero, fue duro, pero uno acaba superándolo todo.