Antes de ser el dúo armonizado al frente de Arcàdia, Monste Ingla (La Seu d’Urgell, 1960) y Antoni Munné (Barcelona, 1954) tuvieron una trayectoria profesional diferente. Ella fue durante 14 años directora literaria de Cruïlla, después de pasar por la gestión editorial (Saber), cultural (Olimpiada Cultural y Fundació Tàpies) e institucional (UPF). Él fue director de la Editorial Versal y directivo de los grupos Planeta y Santillana, además de coordinador de libros en Babelia y editor externo de diversas obras completas para Galaxia Gutenberg

 

Fundar Arcàdia

En 2004 decidimos poner en marcha una editorial de ensayo, porque teníamos ganas de hacer libros a nuestra manera dentro del ámbito del pensamiento. Pero esperamos para disponer de un libro significativo, fundacional. Supimos que George Steiner había pronunciado una conferencia en el Nexus Instituut, nos pusimos en contacto con ellos y, gracias al autor y al director del centro, Rob Riemen —posteriormente también autor nuestro—, la convertimos en un libro. La idea de Europa fue un éxito, y aún se vende.

Con todo, Arcàdia no contaba con una estructura editorial, ni con un plan editorial establecido. Hasta el punto de que en el segundo año no hicimos ningún título, y en el tercero solo publicamos unos aforismos de Kafka, y poco después un libro en castellano: Confianza y temor en la ciudad de Zygmunt Bauman. Seguimos trabajando y, alrededor de 2012, cuando ya contábamos con una treintena de títulos, decidimos darle al sello un empujón más fuerte. Fueron determinantes nuestras circunstancias profesionales personales: el despido de Cruïlla, por un lado, y la situación de free-lance, por el otro. Eso hizo que decidiéramos dedicarnos a la editorial a tiempo completo y con un ritmo distinto.

Arcàdia había nacido con tres fundadores: nosotros dos y Antonio Ramírez, uno de los propietarios de La Central. Aunque él estaba a título personal, inevitablemente la gente asociaba el sello con las librerías y eso creaba algún equívoco. Con el tiempo, y de modo natural, él se fue desvinculando del proyecto, coincidiendo con la gran expansión de La Central. Por tanto, llega un momento en el que nos planteamos resolver la situación y, entre los dos, le compramos sus acciones.

 

Sin proyecto editorial

Compartíamos un mismo interés por el intercambio de ideas dentro del pensamiento contemporáneo y, al mismo tiempo, éramos muy críticos con la producción académica. Por ello, en un momento determinado, hacíamos más programas de conferencias para instituciones que libros. Nos interesaba contribuir al debate público desde un determinado lenguaje y nos interesaba la figura —actualmente en claro retroceso— del intelectual público. Esto hizo que estableciéramos vínculos con pensadores muy diversos que, en algunos casos, no han dado lugar a libros, como Mark Lilla o Michael Ignatieff, y en otros sí, como Ian Buruma, Mary Beard o Avishai Margalit. Buscábamos sobre todo alianzas y complicidades.

Lo sorprendente de nuestra trayectoria es que nos ponemos a publicar ensayo cuando su lector natural, el estudiante universitario, desaparece. De repente, la dinámica académica ya no exige que lean libros enteros, ni favorece que se los compren, ni fomenta que construyan su propia biblioteca. Hay que encontrar, por tanto, un nuevo lector y reencontrar uno que ya existía, el lector generalista que se interesa por determinados temas.

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Sin plan de negocio

No hicimos ninguno. Pero nos han ido saliendo siempre los números, especialmente cuando Carles Capdevila se interesa por la editorial, buscando una cierta alianza con el ARA para difundir algunas entrevistas a pensadores que nos interesaban a los dos, y así editamos dos volúmenes con él y también dos recopilaciones de artículos de Marina Garcés y Xavier Antich. Y en 2017 hicimos su libro La vida que aprenc, del que vendimos cuarenta mil ejemplares. Para una editorial como la nuestra, eso significó poder dar un salto de escala, de confianza y de proyecto.

Nosotros tampoco veíamos las disciplinas como ámbitos estancos, ni pretendíamos ninguna especialización, sino que a partir de nuestra propia curiosidad —que es mucha— fuimos escogiendo libros y autores, siempre escritores que nos merecieran respeto. Queríamos ofrecer en catalán tanto autores ya consolidados, como Richard Sennet —en castellano en Anagrama—, como detectar voces nuevas, como por ejemplo la del filósofo croata Srećko Horvat, de quien hemos publicado Després de l’apocalipsi.

Buscamos ampliar el radio intelectual y lo hacemos abiertos a todos los campos del conocimiento, sea Joan Fontcuberta, Boris Groys, Judith Butler o Martha C. Nussbaum. Después, cada autor y cada libro encuentra su público y su recorrido. Por ejemplo, Yayo Herrero ha tenido salida sobre todo entre colectivos activistas. Pero eso no garantiza que estos mismos lectores también se acerquen al libro de Giorgios Kallis, pese a que ambos reflexionen sobre el ecologismo, ni impide que este autor —como ha sido el caso— vaya más allá de ese público más concienciado.

Así, desde la coincidencia y la complicidad entre dos personas de trayectoria muy diferente, aunque nos conozcamos desde hace muchos años, hemos acabado haciendo la editorial que queríamos, la que queremos. En el mundo editorial no todo son azares.

 

Editar es dialogar

Queríamos hacer libros «diferentes», en el sentido de no estar sometidos al yugo de la mercadotecnia, de los resultados económicos a priori. Sobre todo, nos preocupaba el texto, el autor, el traductor… Por ello fuimos estableciendo, siempre que era posible, una relación personal con los autores. No se trataba de contratar un libro a través de un intermediario y ya está, sino de poder trabajar directamente con el autor porque nos atraía su pensamiento, su proyecto, su mirada. Cada uno de nuestros libros aspiraba a abrir nuevos caminos editoriales. Nuestra ambición es poder llegar a ser prescriptores y que Arcàdia sea garantía de calidad. Empezamos a sentir que hay un respeto hacia el sello, y eso es un estímulo indudable para nuestro trabajo.

Hemos publicado más en catalán que en castellano, pero eso tampoco obedece a ningún plan concreto. No tenemos ningún problema con las lenguas, porque lo relevante es la circulación de las ideas y el rigor expositivo. Siempre nos ha gustado mucho trabajar los textos y siempre nos ha preocupado mucho en qué lengua: no en qué idioma, sino en qué registro. Somos editores, «editores de mesa». El trabajo que nos gratifica es la discusión y el diálogo para garantizar que el texto dice lo que quiere decir. Del mismo modo que hacíamos (y hacemos) una revisión de las traducciones, empezamos a aplicar los mismos mecanismos y exigencias a los libros creados por autores propios. Hay un interés en tratar de que Arcàdia tenga un cierto modelo de lengua en el ámbito del ensayo, siempre respetando el estilo propio de cada autor.

En El temps esquerp, por ejemplo, tuvimos con Raimon Obiols una serie de idas y venidas, nos dijimos todo lo que había que decir sobre el texto, pero finalmente ha decidido él y todo se ha hecho al servicio de un buen libro bien acabado. En otros casos, como Tosquelles. Curar les institucions de Joana Masó, hemos tenido una participación más directa en la conceptualización del libro y hemos podido acompañar a la autora en este proyecto editorial y de reivindicación de una personalidad olvidada. Y todavía hemos ido más allá y ahora recuperamos, después de un trabajo de edición notable, Funció poètica i psicoteràpia. Una lectura de «In memoriam» de Gabriel Ferrater del propio Francesc Tosquelles.

 

Colecciones inacabadas

No somos muy partidarios de las colecciones, pero hemos ido abriendo algunas para explorar nuevos caminos. En un momento dado queríamos arriesgarnos un poco, pero sin angustias económicas añadidas, y publicar ensayo de aquí. El ecosistema catalán es muy rico, hay gente muy buena y muy joven, pero que fundamentalmente hace ficción. Hay pocos ensayistas, pero los hay. Solo hay que ir a buscarlos. Gente de diversos campos del conocimiento con quien ir más allá de la traducción y de la recopilación de artículos. Gente cercana con la que nos interesaba trabajar. Entonces nos inventamos Deriva, una asociación sin ánimo de lucro que cada año pide una pequeña ayuda a la Fundació Banc Sabadell que nos permite editar los libros de una colección evidentemente llamada Deriva. Gracias a esta estrategia, hemos podido publicar ensayos muy diversos, desde L’ull i la navalla, a partir de la tesis doctoral de Íngrid Guardiola, hasta Diecinueve apagones y un destello, de Valentín Roma, o I sí, de Adrià Pujol Cruells.

También quisimos intentar acercarnos al público infantil y juvenil, sabiendo que es un sector editorial con unas características propias muy determinadas. Y lo quisimos hacer desde la literatura, evitando la cargante lección moral que con frecuencia acompaña a algunos libros dirigidos a los más jóvenes. Hicimos los encargos a muy buenos autores y así creamos La meva Arcàdia. Pero, después de diez libros, abandonamos el proyecto porque no llegábamos a todo.

 

Arcàdia mañana

Hoy la editorial está perfectamente definida y el proyecto editorial es claro. Lo hemos construido sobre la base de nuestros intereses, hemos hecho los libros a partir de nuestras habilidades, pidiendo ayuda en todo aquello en lo que no éramos competentes, o cuando no llegábamos al nivel que considerábamos necesario. Cuando los dos quisimos y pudimos dedicarnos al 100 %, Arcàdia vivió un cambio evidente. Pero llega un momento en el que te das cuenta de que no podrás mantener un ritmo tan absorbente.

Necesitábamos, por tanto, que entrara alguien dispuesto a poner dinero y que entendiera la editorial. No para hacerse rico. Nosotros siempre hemos sido conscientes de los límites del ensayo, y nuestra aspiración ha sido no perder dinero y, en la medida de lo posible, hacer apuestas arriesgadas. Pero la falta de colchón financiero nos ha impedido competir por determinados derechos de autor con editoriales o grupos más fuertes. Nos pasó con Tony Judt y con Bauman —con quien éramos amigos, pero en aquel momento no pudo hacer nada. Con el añadido de que, pese a comprar los derechos en catalán, estos sellos en algún caso ni siquiera lo publicaban en esta lengua. A veces, el mundo editorial funciona así. En resumen, necesitábamos músculo y unas garantías de continuidad mientras nosotros tengamos ganas y salud para seguir adelante.

Aunque no nos conocíamos personalmente, fuimos a presentarle el proyecto a Jaume Roures. Él ya era lector de Arcàdia y, con mucha generosidad, nos preguntó en qué podía ayudarnos. A partir de aquí, y después de conversaciones a lo largo de casi dos años, hemos vendido el 80 % de las participaciones editoriales a una pequeña sociedad constituida por el propio Roures, Tatxo Benet y Ernest Folch. El acuerdo incluye, además de unas condiciones de trabajo concretas, el mantenimiento —sobre todo— de una línea editorial que debe seguir en nuestras manos mientras no nos retiremos. Eso da tranquilidad, te ahorra angustias y te asegura poder seguir trabajando como hasta ahora.

Nos podemos permitir un poco más de ambición y, en lugar de hacer 12 o 14 libros anuales, editar una veintena y llegar a autores que hasta ahora estaban fuera de nuestro alcance económico. Porque, por un lado, dispondremos de los recursos y, por el otro, hemos ido creando en paralelo una comunidad de colaboradores alrededor de Arcàdia. A los profesionales habituales estamos sumando editores externos con quienes podemos trabajar con plenas garantías, que comparten nuestra preocupación por el texto, que quieren participar en el debate público y que sienten la misma gratificación que nosotros a la hora de intervenir en el proceso de cada libro.