El 20 de enero de este año la programación del Palau Sant Jordi ofrecía, en cierto modo, una buena fotografía de la Cataluña de los 8 millones. En la sala grande, concierto de Joan Dausà (1979), cantautor milenial, yerno de Cataluña, reunía a 16.400 personas. El mismo día, en la sala del Sant Jordi Club actuaba el rapero Morad el-Khattouti el-Horami (1999), más conocido como Morad, hijo de migrantes marroquíes y nacido en los bloques de la Florida en Hospitalet de Llobregat. Daba su primer concierto de tres con todo vendido (con más de 12.000 espectadores en total) para presentar su disco «Reinsertado».

Sin menoscabar la gesta de Dausà (llenar un Sant Jordi) hay que decir que la suya fue, desde que se anunció la venta de entradas, una actuación amplificada, una y otra vez, con cierto orgullo, por todos los medios de comunicación del país. Pero el fenómeno interesante no es el suyo, sino el de Morad. Porque el joven rapero representa una nueva realidad demográfica del país. Porque en la cola de Dausà me imagino a la mayoría de las personas con nombres como Eulàlia, Joana y Jordi; en la de Morad, lo sé de primera mano, no solo había, como se podría presumir, Hakims, Mohameds o Karims, sino también Carlos y Nachos y Martinas, Galas y Laias.

La historia de Morad es la de muchos, la de hijos e hijas de la inmigración, pero también la de la vida en el extrarradio. Sus padres, los dos de Marruecos, llegaron a Cataluña a mediados de los años 90, poco antes de que él naciera. Al llegar a Hospitalet su padre desaparece y en casa solo queda la madre. Con 12 años ingresa en un centro de menores con sus dos hermanos y hasta los 18 no vuelve a su casa. Una vida conflictiva que no ha estado exenta de enfrentamientos con la policía que le han valido varias condenas, entre ellas el destierro de La Florida.

La experiencia vital de Morad es la base de sus letras. En una de sus canciones, La calle y su clase, Morad habla del barrio, de la familia, del esfuerzo y de la realidad de muchos jóvenes que no se sienten ni de aquí, ni de allá «Que yo he vivido una vida con mucho pasado / Sin tener un pasado y con poco futuro / Sin tener ni un duro, te juro, no me he cansado» y de esto van la mayoría de sus letras que, sin sonar en las radios y televisiones mainstream de Cataluña, gracias a la desintermediación que permiten las redes sociales, tienen millones de reproducciones en YouTube y Spotify. En 2023 se convertía en uno de los tres artistas catalanes más escuchados en Spotify, junto con Rosalía y Aitana.

 

Doble identidad cultural

En los bloques Florida, pero también en la mayoría de las periferias similares a este barrio de Hospitalet, muchos tienen a Morad como referente, no solo por su música, sino por lo que representa. Es el triunfo del M.D.L.R (Mec De La Rue/payo de la calle) concepto muy popular entre los jóvenes para definir un estilo de vestir, pero también un estilo de vida. La victoria del chico de barrio que supera las adversidades.

En la canción Profesores canta, por ejemplo, «El de sociales / Me decía “Morad, tú no vales / Acabarás preso, muerto o si no acabarás en los tribunales”». A estos jóvenes les explica, en sus canciones, las desigualdades, el racismo, las drogas y abusos, la pobreza, la delincuencia, el fracaso escolar, de los cuales ellos también son víctimas, pero también les habla de la lealtad, el esfuerzo, el respeto por la familia y la gestión de la doble identidad cultural de los hijos de la migración. A pesar de que Morad, en una entrevista con Jordi Évole, decía que su país era Marruecos, porque no lo han «querido ver como español [tampoco como catalán] en ninguna parte». En su canción Mamá me dice lo explica así: «Yo le digo mamá, porque a veces ser bueno no me vale / hay gente inocente que ve a su madre entre cristale’ / Personas que usan siempre trajes esos hacen las maldade’ / Mamá dime de donde toda esta rabia a mí me sale».

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No es extraño que se haya convertido en un referente para aquellos catalanes, a los que, aquí, no les habla nadie. Ni la política, ni la programación cultural, ni las instituciones, ni los medios tradicionales. En un artículo publicado en el diario Ara se citaba a Andreu Domingo, subdirector del Centre d’Estudis Demogràfics diciendo: «Es normal que se sientan de fuera si la única relación que tienen con Cataluña es institucional, desagradable y represiva. Los que primero nos tenemos que convencer de que son de aquí somos nosotros, porque no nos lo creemos».

Pese a su destierro del barrio por orden judicial, la influencia de Morad no ha marchado de los bloques.

Morad es como ellos y habla con sus códigos. Un motivo de orgullo y de cierto sentimiento de pertenencia que puede ser un refugio para aquellos que tienen que construir una identidad diversa, la del país de origen de sus familias y la de donde han nacido. Aquellos a quienes muchas veces se les pregunta «ah, ¿pero tú eres de aquí?», a pesar de haber nacido y vivido en Cataluña toda su vida. A quienes nos referimos, demasiadas veces, como inmigrantes de segunda generación y, demasiado pocas, como catalanes a palo seco.

Pese a su destierro del barrio por orden judicial, la influencia de Morad no se ha ido de los bloques. Es un orgullo para muchos de los que viven ahí que sea de allá. Es verdad también que hay vecinos que piensan que es problemático. Pero se ha generado una suerte de peregrinaje de jóvenes vestidos como M.D.L.R, con chándal, con riñonera cruzada en la espalda y con el mismo peinado que su ídolo, que en la salida del metro de la L1 preguntan con fascinación «¿Cómo se va hasta donde vive el Morad?».

 

La Florida C.F.

Pero no solo se ha convertido en un referente por su música, sino por aquello que se interpreta como coherencia en su vida en el barrio. Morad no se ha ido a pesar de su éxito. Es interesante la historia de Morad con La Florida C.F., un club de barrio con una clara vocación social, como tantas de las redes que se tejen y se autoorganizan en este tipo de barrios, como la familia, los vecinos, la comunidad, las asociaciones, el deporte y la cultura, ante la sensación de abandono del país donde viven.

En uno de sus primeros contratos con la marca Adidas, el cantante puso como condición que la marca vestiría de manera gratuita a todos los niños del club, con la equipación donde se puede leer M.D.L.R que se ha convertido en la marca de identidad de Morad. En un artículo en la revista digital Relevo, el director del club, José María Hueta, aseguraba que ahora hay más niños y niñas que nunca que se quieren apuntar y que «aquí los niños le adoran [a Morad] más que a Messi o a Cristiano».

Morad ha hecho bandera de los bloques, son su escenario. De estos bloques que tenían el objetivo, durante el franquismo y también hasta ahora, de esconder la marginalidad. El barrio que, como tantos otros, creció con la inmigración de los años 1950 y 1960, y hoy en día es uno de los más densos de Europa y donde se aloja parte de la migración llegada a Cataluña a inicios del milenio. En su iconografía: La Florida, los amigos, la vida en el barrio salen constantemente en sus videoclips. A los bloques que se explican muchas veces desde la delincuencia y la marginalidad, Morad les ha devuelto el orgullo.

En uno de sus primeros contratos con la marca Adidas, el cantante puso como condición que la marca vestiría de manera gratuita a todos los niños del club.

Inspirado en el rap francés que nace en las banlieues, encontramos, sin embargo, una diferencia abismal, no en cuanto a la música –de hecho Morad ha sido invitado a Francia varias veces para colaborar con artistas de allá– sino por el espacio que ocupan no solo los raperos, sino los músicos no blancos en la escena artística catalana. Nando Cruz, periodista musical, en el mismo artículo de Relevo, aseguraba que mientras en España y en Cataluña la programación cultural solo atiende un tipo de catalanes, «en Francia, las listas de éxitos están llenas de músicos originarios de Mali o del Congo, en Bélgica, de Túnez o de Egipto, en Italia. En España [y sin duda en Cataluña] los casos son contados».

 

Más allá del barrio

Pero, gracias a las redes sociales, como lo hacíamos antes en mi época con las cintas de casete grabadas caseramente, y al boca en boca, Morad ha superado esta barrera y su música se ha extendido más allá del barrio. Ya no solo interpela a los que, como él, son hijos del extrarradio, sino que habla con toda una generación de jóvenes y de muy jóvenes. En el concierto en el Sant Jordi se veían niños desde los 8 años a jóvenes menores de 25. Porque sus canciones no solo hablan del barrio. Pese a haber sido detenido y condenado varias veces, en su discurso no es central la apología del mafioso o del delincuente tan habituales cuando pensamos en un rapero, sino que también destila cierta moralidad con valores como el respeto, a uno mismo y a la familia, mezclado con la seducción de la rebeldía y de la salida de los márgenes que es tan atractiva para la adolescencia.

En un ejercicio de política ficción, quien sabe si en un futuro lejano Morad (si no tuviera varias condenas judiciales) podría recibir la Creu de Sant Jordi.

Lo que significó Estopa, con su primer disco a finales de los años 90 para reivindicar a los hijos de la migración andaluza y la vida en la periferia de Barcelona, podría ser un buen símil de lo que, a parecer mío, podría pasar con Morad y sus millones de reproducciones en YouTube y Spotify. Porque a Estopa no lo escuchaban solo en Cornellà, sino que se convirtió en un fenómeno para todos los catalanes y catalanas. Del mismo modo que Estopa resignificó, positivizó e integró el concepto charnego, podríamos decir que Morad lo está haciendo con el M.D.L.R, más allá de su comunidad y su barrio. En un ejercicio de política ficción, quien sabe si en un futuro lejano (si no tuviera varias condenas judiciales) Morad podría recibir la Creu de Sant Jordi y si generaría el mismo debate que generó la medalla a Estopa ¡el año 2022! Y aquí se abre otra puerta que daría para una docena de artículos más. ¿Qué es la cultura catalana?

 

Altavoz y reflejo

Si yo fuera un representante institucional, correría a intentar convencer a Morad –a él quizás no porque las sentencias judiciales lo dificultan, pero sí a alguno de los centenares de Morads que hay en los barrios–, para que hiciera una campaña de promoción del catalán. Porque, lo queramos o no, Morad es el altavoz y el reflejo de parte de estos 2,3 millones de catalanes que tienen al menos a uno de los progenitores nacido fuera, según el Centre d’Estudis Demogràfics. Y es que además, traspasa el barrio para explicar esta realidad al resto de jóvenes y adolescentes del país. O normalizamos y damos más espacios a artistas como Morad o nos estamos dejando a media Cataluña fuera.