Jacinda Ardern y Nicola Sturgeon son de una pasta muy distinta que Margaret Thatcher, Theresa May, LizTruss o Edith Cresson. Todas ellas fueron jefes de gobierno y todas, bien aferradas al poder, fueron obligadas a dimitir. Y son diferentes de una Angela Merkel que había anunciado con mucha antelación su retirada al final de su mandato. También, y sobre todo, los tiempos son otros y muy distintos. La política nunca había estado tan polarizada en todas partes y los ciudadanos nunca habían tenido acceso a todo tipo de altavoces manipuladores, cargados de odio, que expulsan de la política a quien muestra un modo diferente o mejor de gobernar o, simplemente, por unas actitudes machistas todavía muy extendidas.

La primera ministra neozelandesa y la ministra principal de Escocia, situadas en las antípodas geográficas, que dimitieron anticipadamente con un mes de diferencia, tenían muchos problemas políticos encima de la mesa y sufrían un desgaste importante. Como cualquier otro gobernante. Lo que las diferencia del resto es el reconocimiento de haber llegado a un punto de agotamiento físico, mental y emocional que les hacía difícil gobernar con el rigor necesario y, por lo tanto, la consecuencia lógica, pero por encima de todo la más honesta, era dejarlo.

Palabra de Ardern: «Sé lo que exige este cargo y sé que ya no tengo suficiente energía para hacerle justicia, así de sencillo.» Y más todavía: «Soy humana. Los políticos somos humanos. Damos todo lo que podemos mientras podemos. Y llega la hora. Y para mí, ha llegado.»

Palabra de Sturgeon: «Si la única pregunta es si puedo luchar durante unos meses más, la respuesta es que sí, claro que puedo. Si la pregunta es si puedo dar a esta tarea todo lo que exige y merece durante un año más, y durante el resto de esta legislatura, la respuesta, sinceramente, es diferente.» Y más, también: «Soy un ser humano, además de ser política.»

El rigor y la humanidad son la clave de ambas dimisiones. Las palabras de estas mujeres las sitúan también en otras antípodas, las de políticos pésimos como lo han sido, por ejemplo, Donald Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro, aferrados al poder y dispuestos a cualquier cosa para mantenerlo. Pero también son antitéticas a las percepciones machistas más generales.

 

Rompiendo barreras

Ambas mujeres entraron muy jóvenes en la política, rompiendo más de una barrera. Ardern (Hamilton, 1980) era la dirigente más joven del mundo cuando llegó a jefe de gobierno en 2017 y también la segunda dirigente de un país que dio a luz mientras ocupaba el cargo. Sturgeon (Irvine, 1970), diez años mayor que la neozelandesa, fue la primera mujer que llegó a ministra principal y la primera mujer líder del Partido Nacional Escocés (SNP, por sus siglas en inglés). También es quien ha ocupado el cargo al frente del Gobierno de Edimburgo durante más tiempo.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Lo que las diferencia del resto es el reconocimiento de haber llegado a un punto de agotamiento que les hacía difícil gobernar con el rigor necesario.

De la neozelandesa siempre se ha destacado su carisma y la mezcla de empatía y fortaleza. Cuando el país sufrió el peor ataque terrorista de su historia, en el que más de cincuenta personas murieron en dos mezquitas a manos de un supremacista blanco, Ardern tuvo clara la idea de su discurso a las comunidades musulmanas: «Ellos son nosotros.» Con un velo cubriéndole la cabeza, les dio sus condolencias.

Después vino el Covid y esta petición a los neozelandeses: «Sed fuertes, sed amables.» Las estrictas medidas que impuso para combatir el virus hicieron que Nueva Zelana tuviera uno de los registros de casos y de muertes más bajos del mundo. Pese a la evidencia, un sector muy pequeño de población formado por conspiranoicos, negacionistas y antivacunas hicieron en las redes una brutal campaña contra ella. El resultado de esta ofensiva se sumó a la falta de solución de diversas crisis, como la de la vivienda, y a un aumento de la inflación. Todo ello hizo que la primera ministra y su partido, el laborista, empezaran a perder apoyos.

Sturgeon ha ejercido un liderazgo diferente. Ha sido una política dura, con la lengua muy afilada. En las elecciones generales del Reino Unido en 2015 consiguió una victoria abrumadora para el SNP, 56 escaños de 59 en el Parlamento de Westminster. Aquel año, la BBC la consideró la mujer más poderosa e influyente de la política británica.

Después de los éxitos se han acumulado los problemas. No ha conseguido, como pretendía, nivelar el sistema educativo ni reducir la pobreza. Un caso de corrupción en la construcción de ferris ha salpicado a su Gobierno. Pero lo que más la ha desgastado son las diferencias de opinión con su partido y con los votantes. El SNP no quiere convertir las próximas elecciones en un segundo referéndum sobre la independencia, como quería Sturgeon. Por su parte, los escoceses no entienden la ley que ella propuso, y que el gobierno de Londres bloqueó, para facilitar el cambio de sexo y la autodeterminación de género.

 

Lágrimas y familia

La actitud machista hacia las mujeres que gobiernan se puso de manifiesto en el modo que tuvieron los medios de anunciar las dimisiones. Por ejemplo, hubo algunos que no encontraron nada mejor para titular la noticia que hablar de las lágrimas de la una y la otra, o contraponer la familia a la política. Incluso la BBC cayó (brevemente, porque enseguida lo retiró) en la tentación de plantear si las mujeres pueden tenerlo todo, duda que hace referencia a un célebre y muy debatido artículo de Anne-Marie Slaughter, ex directora de planificación de políticas en el Departamento de Estado de los Estados Unidos bajo Hillary Clinton.

La excesiva polarización y la brutalidad de las redes están alejando de la política a las personas más capaces, y eso afectará a la calidad de las leyes.

Farida Jalalzai, profesora de Ciencia Política en la Universidad de Missouri-San Luis, investigadora de la representación y el comportamiento de las mujeres en la política y del papel del género, muy especialmente por lo que se refiere a las que son líderes nacionales, destaca la diferencia de tratamiento que tienen los y las políticas. A ellas se les preguntan cosas que jamás se le plantean a un hombre. Son preguntas sobre su aspecto físico o su vida personal. En resumen, una suma de estereotipos y actitudes sexistas.

En este sentido, es emblemática del estado de la cuestión la pregunta de un periodista en una rueda de prensa que dieron conjuntamente Ardern y la primera ministra finlandesa Sanna Marin hace pocos meses y que se hizo famosa. El hombre preguntó si se habían encontrado porque tenían la misma edad y un montón de cosas en común, sobre la política y otras cuestiones, o si los neozelandeses podían esperar futuros acuerdos entre ambos países. Las dos políticas cortaron en seco al periodista: «Nos reunimos porque somos primeras ministras.»

Jalalzai ha estudiado entre muchos otros casos la destitución, en 2016, de la ex presidenta del Brasil Dilma Rousseff: «Tuvo que hacer frente a evidentes ataques sexistas y básicamente fue víctima de una caza de brujas.» En última instancia, dice la profesora, la política brasileña no hizo nada que en circunstancias normales llevara a las acusaciones de corrupción a las que tuvo que enfrentarse. De hecho, seis años después, el caso se cerró porque la fiscalía no encontró delito ni irregularidad administrativa. El resultado, sin embargo, fue que la presidenta tuvo que dejarlo. Y la consecuencia más preocupante que señala Jalalzai es que la obligada renuncia de Rousseff hizo declinar la creencia de que las mujeres pueden ser líderes competentes.

 

La calidad del debate

En su anuncio de dimisión la ministra principal de Escocia hablaba de la «brutalidad» de la política actual. Es un concepto que también utiliza Rosie Campbell, profesora y directora del Global Institute of Leadership del King’sCollege de Londres, cuando dice: «Sospecho que una minoría de personas han conseguido rebajar y brutalizar el debate para todo el mundo.» En opinión de esta profesora, en los años 90 y en los inicios de los 2000, al menos en el mundo anglosajón, había más mujeres que se dedicaban a la política. Las redes sociales no tenían la presencia que tienen hoy y la calidad del debate político era mucho mejor de lo que es hoy. Ahora, en esta atmósfera feroz y tóxica, las mujeres que se dedican a la política son mucho más vulnerables a los insultos. Para Campbell hay que hacer frente a este clima, porque no solo mantendrá lejos de la política a personas muy capaces, sino que «tendrá consecuencias en lo referente a la calidad de la legislación que se haya de aprobar».

El rigor y la humanidad son la clave de las dimisiones, y eso las sitúa en las antípodas de pésimos políticos como Donald Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro.

En términos similares se expresaba Helen Clark que fue la segunda mujer jefe de gobierno en Nueva Zelanda y lo fue durante nueve años tras ganar tres elecciones consecutivas. Refiriéndose a la dimisión de Ardern, decía: «Las presiones sobre los primeros ministros siempre son grandes, pero en esta era de redes sociales, de clickbait, de ciclos informativos de 24horas/7días a la semana, Jacinda ha sufrido un nivel de odio y de veneno que, según mi experiencia, no tiene precedentes en nuestro país.» Clark añadía: «Ahora nuestra sociedad debería reflexionar sobre si quiere continuar tolerando la excesiva polarización que está convirtiendo la política en algo cada vez menos atractivo.»

Este es realmente el problema que plantean las dimisiones de Ardern y de Sturgeon, el de un sistema que quema y expulsa a los mejores, mientras que mantiene bien aferrados a la poltrona a grandes mediocridades o políticos vendidos a intereses contrarios al bien público. Y si esto no cambia, lo que tendremos en todas partes será el gobierno de los peores. O de los más que peores todavía.