«Firmado el acuerdo con la Iglesia católica, romana, apostólica, la más antigua institución en la faz de la tierra, el hijo del herrero de Dovia, minúscula fracción de un insignificante pueblo en la periférica Romaña, no es ya solamente el hijo del siglo. […] ahora el hijo del herrero se ha emparentado a los milenios. Ahora, como dirá el arzobispo de Praga al visitar Roma, y como después de él remachará el papa delante de estudiantes y profesores de la Universidad Católica, Benito Mussolini es “el hombre de la providencia”».

En estas líneas se encuentra la clave de lectura del segundo volumen de la biografía novelizada de Mussolini escrita por Antonio Scurati. Y la razón de su título. El autor napolitano aborda aquí, de hecho, el periodo posterior a la conquista del poder por parte del fascismo (1919-1924), tema del primer volumen, M. El hijo del siglo, y se centra en los años de la instauración y consolidación de la dictadura (1925-1932).

En M. El hijo del siglo vimos al Mussolini que reunía a los supervivientes de las trincheras de la Gran Guerra en los Fasci di Combattimento; el exsocialista revolucionario que ponía los cimientos de un proyecto contrarrevolucionario; el hijo del pueblo que se hacía financiar sin muchos remordimientos por los latifundistas y la patronal para derrotar a la amenaza bolchevique y destruir el movimiento obrero italiano; el astuto y cínico conocedor de la psicología de las masas que agrandaba las grietas del débil Estado liberal para hacerse nombrar presidente del gobierno.

Aquel Mussolini, jefe de un manípulo de hombres sin pasado y sin futuro para los cuales la violencia era el alfa y el omega, surfeaba el tsunami de la primera contienda mundial y se aprovechaba de las olas que ese conflicto había creado para arrasarlo todo, cabalgando el miedo. Ese Mussolini lo quería reventar todo. Y, en buena medida, lo consiguió.

 

De jefe absoluto a dictador

En M. El hombre de la providencia vemos, en cambio, a un Mr. Mussolini que se convierte paulatinamente en un estadista respetado y admirado incluso al otro lado del Atlántico; a un republicano que se deja abrazar por un rey sonriente; a un exrevolucionario vitoreado por sus antiguos enemigos de clase; a un anticlerical empedernido que se casa por la iglesia y que resuelve la questione romana con los Pactos de Letrán; a un hombre cada vez más solo y solitario que pierde o abandona a los viejos amigos y a las históricas amantes; a un Duce que ya no se fía de nadie, tampoco de sus colaboradores más cercanos; a un padre preocupado por la vida frenética de su primogénita; a un líder político que se convence definitivamente de que se debe instaurar una dictadura totalitaria; a un hombre, devorado por la úlcera, que entre copulaciones de pocos minutos con mujeres que le adoran y baños de masas en ciudades y campos, construye su mito. En síntesis, vemos «la lenta metamorfosis del jefe absoluto en dictador».

La operación de Scurati es remarcable: enfrentarse a un proyecto de este tipo, una biografía en tres volúmenes de Mussolini, es más que una hazaña y el autor confirma también en esta segunda entrega su destreza y su valentía. Ya lo dijimos, pero conviene repetirlo: la obra de Scurati no es un libro de historia ni un ensayo, sino una novela, aunque se basa en fuentes históricas fehacientes. De hecho, también en M. El hombre de la providencia, al final de cada capítulo se encuentran fragmentos de las fuentes utilizadas para su redacción: artículos de periódicos, diarios de jerarcas del régimen, informes de la policía, cartas, discursos o documentos oficiales.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Enfrentarse a una biografía en tres volúmenes de Mussolini, es más que una hazaña.

De la misma manera, así como en el primer volumen que terminaba al final de 1924, en medio de la crisis causada por el asesinato del socialista Giacomo Matteotti que hizo tambalear el fascismo, esta nueva entrega sigue de año en año la vida de Mussolini y la historia de Italia.

El hombre de la providencia empieza a principios de 1925 con «el triunfante Duce del fascismo» transformado por la úlcera en sangre, vómito y «una maraña dolorida de vísceras enredadas», un hombre que muchos dan por muerto, y termina con un Mussolini «en el apogeo de su poder, en el ápice de su madurez» que visita la Exposición de la Revolución Fascista en octubre de 1932, en el décimo aniversario de la marcha sobre Roma.

 

Aparentemente inmortal

En el medio transcurren ocho largos años en que el fascismo destruye las últimas frágiles barreras democráticas para instaurar un régimen de tipo nuevo, una dictadura de partido único, autoritaria y totalitaria. Los opositores, antihéroes y coprotagonistas al fin y al cabo del primer volumen, in primis Matteotti, pierden centralidad y desaparecen poco a poco. Giovanni Amendola, «el antifascista más odiado», muere en el exilio como consecuencia de las palizas de los camisas negras; Antonio Gramsci es condenado por el Tribunal Especial y enviado al confinamiento político; Giovanni Giolitti se apaga en su cama, incapaz de dejar un testimonio sin titubeos en contra de la destrucción de la democracia que él mismo había contribuido a construir.

Si acaso, los opositores políticos acaban sustituidos por los tiranicidas frustrados –Tito Zaniboni, Violette Gibson, Gino Lucetti, el pobre Anteo Zamboni y Michele Schirru– que con sus ingenuos y generosos intentos fracasados de asesinar al dictador convierten Mussolini, aún más, en un hombre aparentemente inmortal.

 

Un partido que se hace Estado

Además del «yo solo» de un Mussolini Duce del fascismo y de los italianos, cobra centralidad la construcción de la que el anarquista Luigi Fabbri, ya a principios de los años veinte, definió como la «contrarrevolución preventiva» del fascismo. Por un lado, el partido, fuente inagotable de preocupaciones y engorros, máquina de la propaganda y organización clave para el encuadramiento de las masas. Un partido delineado por las rencillas personales y las ambiciones de hombres sin escrúpulos que se devoran entre ellos como Saturno a sus hijos. Un partido cuya secretaría Mussolini encarga antes a Roberto Farinacci, «el ídolo de los intransigentes, el héroe de los salvajes»; luego a Augusto Turati, «hombre fiel, atormentado, leal» y finalmente a Achille Starace, el «peor enemigo de la inteligencia política». Un partido que se hace Estado.

Por otro lado, las obras y las instituciones del nuevo régimen, empezando por las leyes fascistissime que entre 1925 y 1926 instauran la dictadura, ilegalizando los demás partidos y sindicatos; continuando con la reforma constitucional que institucionaliza el Gran Consejo del Fascismo, convierte el Parlamento en una cáscara vacía y elimina de un plumazo las elecciones libres sustituyéndolas por los plebiscitos; y acabando con el acuerdo con el Vaticano, la completa fascistización del país y la construcción del Estado policial encargado a Arturo Bocchini, «formidable bromista, comensal boccacciesco, don Juan empedernido».

Respecto a M. El hijo del siglo, la cámara se aleja en cierto modo del protagonista, o mejor dicho de los protagonistas, y se mueve hacia arriba: nos muestra no solo al hombre Mussolini, sino todo lo que circunda a este hombre que «debe cultivar una siempre mayor, absoluta, enorme confianza en sí mismo». En esta novela que, al fin y al cabo, es una película, con cámaras que se encienden de repente en una habitación oscura, una plaza abarrotada de gente o un campo de trigo listo para ser segado, Scurati se mueve, y nos guía, por círculos concéntricos. En primer lugar, están los fascistas de la primera o la última hora, los nacionalistas que dibujan el Estado totalitario como Alfredo Rocco, los escuadristas violentos como Mario Giampaoli y los camisas negras reconvertidos en jerarcas como Italo Balbo, Giuseppe Bottai y Leandro Arpinati.

 

Un genocidio olvidado

Luego están los hombres del Vaticano –desde Pietro Gasparri a Rafael Merry del Val y Zulueta– y los militares, con Pietro Badoglio y Rodolfo Graziani en cabeza, que arrasan con el gas mostaza y los bombardeos a los pueblos libios encerrándolos en insalubres campos de concentración en medio del desierto, provocando un genocidio olvidado.

En tercer lugar, encontramos a los opositores, los antifascistas y los tiranicidas frustrados, más que coprotagonistas, figurantes de una tragedia nacional. Y, finalmente, están las muchas amantes, desde Margherita Sarfatti a Magda Brard, amadas, deseadas y siempre abandonadas, y los parientes, como el hermano Arnaldo, la mujer Rachele o la hija loca, Edda, que se casa con Galeazzo Ciano, «un gagá de cafés, un periodista fracasado y un escritor de pacotilla».

Al leer esta segunda entrega la sensación es que el tiempo paulatinamente se dilata y la Historia se encoge.

Al leer esta segunda entrega la sensación es que el tiempo paulatinamente se dilata y la Historia se encoge. Tras 1929, una vez que se ha instaurado definitivamente la dictadura, las oposiciones han sido barridas y la tríada Duce, Papa, Rey se ha sellado, Scurati dosifica mucho más la utilización de esa cámara que nos muestra los entresijos de la Italia fascista. En los tres primeros años de la nueva década, de hecho, poco se dice comparado con el decenio anterior: si el periodo 1919-1929 ocupa alrededor de 1.300 páginas entre los dos volúmenes, el periodo 1930-1932 suma apenas 130 páginas.

 

El aislamiento de Mussolini

El autor se centra en algunos acontecimientos, como las cloacas del partido, las barbaridades cometidas por Graziani y Badoglio en el desierto del Fezzan para «pacificar» Libia, la muerte del hermano Arnaldo y el escuálido abandono de Margherita Sarfatti que llevan, aún más si cabe, al aislamiento de un Mussolini que es «aún un viviente, pero es ya un documento».

Sin embargo, la percepción es que la cámara se queda apagada durante mucho tiempo y nos deja ver poco de lo que acontece. ¿Quizás porque lo que acontece ya es poco en una dictadura totalitaria? No será fácil cerrar esta trilogía relatando el Mussolini de los «años del consenso», como los llamó el historiador Renzo De Felice. Es un reto más para Antonio Scurati. Y pronto descubriremos si habrá sido capaz de lograrlo.