Giorgio Napolitano ha sido una figura clave de la izquierda europea del siglo XX, así como un extraordinario referente, en más de un sentido, de la vida institucional de la Italia que ha dejado. Fue militante, dirigente y funcionario del Partido Comunista Italiano (PCI); parlamentario, senador vitalicio, ministro, miembro del Parlamento Europeo; y, por encima de todo esto, presidente de la República Italiana.

Se hace difícil, con su imagen institucional en la retina, imaginar a un joven napolitano que, después de cursar la secundaria en Padua, en los inicios de su vida universitaria, ya de vuelta a Nápoles, expresaba vocación e intereses por una área bien diferente a la política: el teatro, el cine, la literatura, la crítica literaria. Estos inicios nos situan en los primeros años 40, en una Italia que pretendía liberarse del fascismo, en una Europa que vivía el tramo final de la segunda guerra mundial: un momento convulso y de esperanza vividos en una región especialmente castigada.

En aquellos momentos y en aquella geografía, Giorgio Napolitano se orienta a los estudios de Derecho y se licencia con un trabajo final de economía política que titula Il mancato sviluppo industriale del Mezzogiorno dopo l’Unità e la legge speciale per Napoli del 1904. La situación de esta Italia meridional y el momento político, muy marcado por la resistencia italiana al fascismo, lo llevan de los círculos artísticos locales a rodearse de quienes conformarían la izquierda comunista en la ciudad, y a una militancia política que ya no abandonaría.

En 1945, dos años antes de la licenciatura, se afilió al partido comunista, un partido que contribuyó decisivamente a conformar y, sobre todo, a transformar. Pasó en el PCI –y en sus posteriores reencarnaciones hasta el Partito Democratico (PD)— toda su vida política; podríamos decir, y quizás fuera más preciso, que pasó toda su vida, una vida que giró en torno a esta militancia desde aquel momento fundacional de la Europa de la posguerra hasta el veintidós de septiembre en que, con 98 años, nos dejó.

Habría que extenderse mucho más de lo que sería razonable en este memorial para poder exponer las peculiaridades del escenario político italiano posterior al año 45, un periodo de vinculación y lealtad de los comunistas italianos —y del resto de partidos comunistas de la Europa del bloque occidental— hacia la Unión Soviética y sus dirigentes, y cuya adhesión a la retórica política de la Revolución de Octubre, conformaría la base de la ideología que movilizaba sus bases. Esto alejó al PCI, partido hegemónico de la izquierda italiana, de cualquier opción de participar en el gobierno italiano durante prácticamente cincuenta años, a pesar de que su robustez se manifestaba en una fuerte implantación territorial, sindical y social, y en una preeminencia política continuada en los ayuntamientos y gobiernos locales, especialmente en el centro y en el norte de Italia.

No fue hasta principios de los años 90, en el contexto del derrumbamiento del mundo soviético y el abandono, junto con muchas otras cosas, de las siglas del Partido, que sus dirigentes, al frente de la nueva organización que nació después del primer proceso de reforma, el PDS, vieron abierta la puerta a las principales instituciones de la República.

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Acercamiento a los socialistas

Napolitano fue discípulo de Giorgio Amendola, diputado constituyente en 1946, y de la primera Cámara de los Diputados, y miembro del Parlamento Europeo en los años 60. Los dos habían llegado al PCI a partir del antifascismo y de las ideas de la resistencia italiana, empujados por las urgencias de la Italia más desfavorecida, más que por la ideología comunista. Después de la desaparición de su mentor, en 1980 fue Napolitano el principal defensor del acercamiento del partido a la socialdemocracia europea y el diálogo con los socialistas italianos.

Acabó siendo el artífice de la reforma que finalmente condujo al partido a la familia socialdemócrata europea.

Su visión divergía de la línea impulsada por el secretario general del partido, Enrico Berlinguer, que proponía la convergencia de los partidos comunistas occidentales en un eurocomunismo definitivamente desvinculado de la tutela soviética. Napolitano y los partidarios de su vía, a quien la corriente principal del partido denominaba migliorista —epíteto que equivaldría al castellano mejorista, una manera de decir que habían abandonado la pretensión de un cambio radical del sistema para «conformarse» con una «simple» mejora de la situación de los trabajadores y los débiles—, acabó siendo el artífice de la reforma que finalmente condujo al partido, no sin trabas internas y navegando en las aguas del colapso del sistema político italiano de mitad de los años 90, a la familia socialdemócrata europea.

El viejo PCI había tenido como aliado en Cataluña al PSUC, cuyos dirigentes quisieron seguir, en 1981, la vía berlingueriana del eurocomunismo, con un resultado traumático y la cesión definitiva de la primacía dentro de la izquierda al PSC (PSC-PSOE) en 1982. Fue este PSC de Joan Raventós y Raimon Obiols quien da la mano a la corriente reformista netamente europea y socialista que representaba Napolitano, entreabre la puerta de las relaciones con el PCI —y de la entrada de su federación juvenil a la Internacional Juvenil Socialista, la IUSY— y, a partir del año 1990, establece una relación estable y duradera con el PSC —recordemos la relación de Pasqual Maragall con Romano Prodi i Francesco Rutelli, alcalde de Roma— y lo acompaña también en su acercamiento al socialismo español y europeo.

 

Diputado desde 1953

Napolitano había llegado a la Cámara de los diputados en 1953 y formó parte de la misma casi ininterrumpidamente hasta el año 1996, con la excepción de los años tres años que pasó en el Parlamento Europeo, de1989 a 1992. Electo de la Campania, se ocupó en primer lugar del desarrollo de la Italia meridional y los asuntos más vinculados a la economía. Fue a principios de los años 80, a la vez que iniciaba su acercamiento al socialismo y a la socialdemocracia europeos, que centró su tarea parlamentaría en la política internacional y europea.

Presidente del grupo Comunista de la Cámara entre 1981 y 1986, a partir del 84 no solo fue miembro de la Comisión de Relaciones exteriores sino que también lo fue, hasta el final de su mandato, de la delegación italiana en la Asamblea de la OTAN. De aquella época son también las conferencias en sede académica en los Estados Unidos. Ya en 1990, fue presidente de la Cámara durante los dos años posteriores al inicio por parte del juez Di Pietro, en 1992, del proceso Mani Pulite que conmocionó y redefinió el sistema italiano de partidos, dejando tocada de muerte a la todopoderosa Democracia Cristiana y llevando al socialista Craxi al autoexilio en Túnez. No es fácil entender hoy cómo se vivió aquella situación en Italia. Retengo todavía un recuerdo que me impresionó: salía Napolitano de Montecitorio y un adolescente se acercó de entre la multitud que se amontonaba en la plaza y le preguntó, con más ansia que rabia, «Onorevole, ¿Italia caerá?».

Como hemos señalado, fue este colapso del escenario político italiano el que facilitó el acceso de los dirigentes del PDS a un Gobierno italiano, en un formato que emitía ecos del pasado, un gobierno amplio liderado por quien había sido dirigente de la democracia cristiana, Romano Prodi. Napolitano fue, de 1996 a 1998, el primer ministro del Interior de la República italiana que provenía del PCI; su realismo, en el sentido literal, es decir su mirada a la realidad sin filtros ideológicos, lo llevó a hacerse cargo de una situación nueva y a adoptar la que fue su principal herencia legislativa de aquellos años, una ley italiana de inmigración.

Incardinó esta acción, como tantas otras, en el momento europeo, en la Europa del Tratado de Ámsterdam que iniciaba la que tendría que haber sido una política europea común de migración. Tanto la ley italiana como el intento de comunitarización de las políticas migratorias descarrilarían después en manos de una derecha mudada en populismo nativista de la que Berlusconi, un producto de la Italia de aquellos años, fue líder.

 

Europeísmo activo

La Unión Europea y su futuro estaba en el corazón de los anhelos de Napolitano, que quería una Italia activa en la construcción europea y había dedicado años y esfuerzos a hacer virar a los comunistas hacia el europeísmo activo. Volvió al Parlamento Europeo como diputado del Grupo Socialista y presidió la Comisión Constitucional durante unos años clave, los cinco años anteriores a la adopción, en 2004, de la nunca ratificada Constitución Europea. Su amplísima experiencia parlamentaria, su concepción de las instituciones y su visión de la democracia como la búsqueda de consenso entre los diferentes, le permitieron tener un papel clave en unos momentos que, si no fueron fundacionales para Europa en el sentido que se pretendía al dotarla de un texto constitucional, sí dejaron herramientas como la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea y avanzaron la arquitectura institucional y política que se incorporó al Tratado de Lisboa y rige la Unión desde hace casi tres lustros. En 1995 el presidente Ciampi lo nombró senador vitalicio.

La Unión Europea estaba en el corazón de los anhelos de Napolitano, que quería una Italia activa en la construcción europea.

Con este bagaje acumulado durante prácticamente sesenta años de vida política, fue elegido por las Cámaras, el 10 de mayo de 2006, presidente de la República Italiana, siendo el primer italiano de ascendencia comunista que asumía la más alta posición institucional del país. El presidente Napolitano, radicalmente demócrata y respetuoso de las instituciones y su esencia, fue estricto en el cumplimiento de su rol constitucional e impuso su propia visión de este; se negó, por ejemplo, a encargar la formación de gobierno a quien no pudiera obtener el apoyo para hacerlo, lo que en Italia se conoce como «encargo de parte». No dudó en ejercer hasta el límite las competencias y capacidades que le confería el cargo.

 

Patriotismo ciudadano

En medio de acusaciones de beligerancia en su relación con la presidencia del Consejo de Ministros por parte de Silvio Berlusconi, entonces jefe del Gobierno, defendió la necesidad de un amplio acuerdo para salir de la crisis económica de 2008 y, siempre mirando a Bruselas, promovió activamente la formación del Gobierno encabezado por Mario Monti; igualmente jugó sus cartas para constituir los Gobiernos de Enrico Letta y posteriormente de Matteo Renzi, ambos dirigentes del PDS pero con recorridos muy diferentes, mucho más próximo al presidente el primero que el segundo.

Radicalmente demócrata y respetuoso de las instituciones y su esencia, fue estricto en el cumplimiento de su rol constitucional e impuso su propia visión de este.

Si su experiencia política le permitió jugar a fondo sus potestades en este ámbito, su recorrido institucional, sus convicciones y su visión de la Italia fuertemente arraigada en la Unión Europea y en el mundo occidental, lo llevó a centrarse en la celebración del 150 aniversario de la unidad de Italia, en marzo de 2011. Fue en esa ocasión cuando Napolitano, como recordó su hijo Giovanni en el reciente funeral de Estado, quiso hacer patente su testamento político: la reivindicación del patriotismo ciudadano de la Italia de hoy, quizás no el país ideal pero sí el que había sido posible construir a partir del Rissorgimento, definitivamente anclado en la Unión Europea.