El día de febrero de 2021 que el presidente más joven de América Latina (hasta la llegada al poder de Gabriel Boric en Chile) arrasó en las elecciones de El Salvador, gran parte del continente, todo Centroamérica y, sobre todo Estados Unidos, se frotaban la cabeza en busca de claves, pistas… algo. Cualquier cosa que permitiera saber que haría con tanto poder el hombre de 39 años que acababa de ganar por goleada en las elecciones a la Asamblea borrando de un plumazo cualquier amago de oposición. Hasta entonces, su anterior cita electoral, dos años antes, la había solventado como acostumbra, arrasando en las urnas.

Ambas victorias las logró sin necesidad de patear las calles, besar bebés, acudir a debates, fotografiarse con líderes extranjeros ni dar una sola entrevista en profundidad, y con un ambiguo programa electoral. Su victoria fue la consolidación del proyecto político más interesante de América Latina desde el surgimiento del chavismo, una mezcla de populismo, redes sociales, economía ultraliberal y desprecio por el pasado.

Entre quienes esperaban al lunes siguiente para saber de Bukele, estaba la oposición, líderes internacionales, su propio partido y medios de comunicación del mundo entero deseosos de saber qué tenía en la cabeza un enigmático candidato. Los think tanks de Estados Unidos ansiaban más detalles sobre la emigración y las caravanas de emigrantes, muchas de ellas formadas por salvadoreños, las pandillas violentas que acogotan el país o sobre el nuevo papel de China y Rusia en el patio trasero de Estados Unidos.

El discurso populista y la represión confluyen en su intento por dejar de ser un político y convertirse en un símbolo

El lunes después de las elecciones sobre la mesa del mandatario se acumulaban las solicitudes de entrevistas de la CNN, la BBC, Washington Post, The New York Times, Los Angeles Times o El País. A todos ellos despreció cuando eligió a un Youtuber, «Luisito comunica», para dar su primera entrevista. Entonces medio mundo tuvo que seguir aquella charla, la más larga desde su llegada al poder, para saber cómo hablaba, qué pensaba o cómo era el salón de su casa. Los corresponsales más importantes y los más sesudos analistas debieron interpretar al personaje a través de una entrevista en la que la pregunta más complicada que se realizó fue sobre la calidad de las olas que bañan las costas de El Salvador.

 

El viejo barman

Hijo de padre musulmán originario de Belén (Palestina), que impulsó la construcción de alguna de las primeras mezquitas en América Latina, Nayib Bukele lleva la política tan dentro como la publicidad. Dejó de estudiar Derecho después de cursar el primer año y comenzó a trabajar en la agencia de su padre, que se encargaba de la imagen del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), el histórico partido de la izquierda, al mismo tiempo que ejercía como representante de la marca Yamaha en El Salvador.

Bajo estas siglas Bukele llegó a ser alcalde de San Salvador (2015-2018) gracias a una campaña con frases y eslóganes como «tenemos que cambiar la historia» o «una obra, un día». Durante esta etapa se dio a conocer como un eficaz gestor capaz de recuperar el peligroso centro de la capital. Por aquel entonces era solo un alcalde de 34 años con ínfulas, la estrella emergente de la política salvadoreña que crecía sobre las cenizas del bipartidismo.

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Para todo ello Bukele no ha necesitado esconder sus ambiciones de poder mostrarse simpático. Las pocas veces que lo ha intentado deja una extraña sensación de frivolidad más propia de un millenial que de un jefe de Estado. Como el día que se grabó en un Ferrari a gran velocidad en uno de los países más pobres del continente o, más recientemente, cuando cambió su foto de perfil y puso la foto de un pájaro para contrarrestar los memes que se burlaban de sus delgadas piernas. En confianza, cuando está cómodo, le gusta demostrar que antes de ser presidente tuvo una discoteca. Así que cuando quiere agradar a su interlocutor, toma la botella y vierte el ron dando pequeños golpes en la boca de la botella calculando el número de onzas que debe servir como el viejo barman que fue. Es uno de los pocos gestos afables que le reconocen quienes están cerca de él.

Aficionado a los videojuegos, amante de los lujos y los coches caros, Bukele ha logrado sortear su vida pública sin necesidad de aclarar si es católico, musulmán o evangélico diciendo, simplemente, que «cree en Dios». Precisamente Dios fue el recurso utilizado por Bukele para resolver el momento más crítico de su vida política, cuando el 9 de febrero de 2020 miles de sus seguidores le exigían frente a la Asamblea que tomara por la fuerza el recinto legislativo. Esa noche me dijo en una entrevista «si fuera un dictador me lo hubiera tomado todo».  Nada de eso le ha impedido tener el índice de popularidad más alto del continente.

 

El juguete roto del Bitcoin

Cuando en el mes de marzo de 2022 el precio del bitcoin comenzó a hundirse, ¿qué hizo Bukele?, compró más. Cuando siguió hundiéndose ¿qué hizo Bukele?, volvió a comprar. Y cuando la moneda ya no levantaba cabeza, la deuda pública se duplicó y los organismos internacionales alertaban ante la posibilidad de una quiebra ¿qué hizo Bukele? pidió a la gente que «dejara de ver la gráfica y disfrutaran de la vida». Esta capacidad de Bukeke para insistir en su discurso y una vez descubierto el error cambiar de tema es una constante en su gestión.

Con el 70% de los 6,5 millones de habitantes sin cuenta bancaria, Bukele sostiene que el bitcoin tiene una capitalización de mercado de 680.000 millones de dólares.

Para los entusiastas de la criptomoneda el presidente millenial es un referente de valentía y audacia desde que Jack Mallers, creador de Strike, una plataforma de pago de bitcoin, le dio su bendición. Aquel 6 de junio de 2021, durante una conferencia en Miami, Mallers —un joven de 27 años con gorra, sudadera de rapero y zapatillas—, lloró ante cientos de personas explicando todas las cosas buenas que la criptomoneda puede hacer por los niños pobres. El momento estrella de la gala llegó cuando, en un mensaje grabado, Nayib Bukele anunció que el bitcoin sería moneda legal mientras el auditorio rompía en aplausos y vivas puestos en pie como si se tratara de un partido de béisbol en el que el bateador acababa de lanzar la pelota fuera del estadio. Pocos días después se aprobó una ley redactada en tres folios que cambia por completo el rumbo económico de uno de los países más pobres del continente.

Bukele está convencido en que llevar la contraria, como ha hecho durante toda su carrera política, otorga réditos a largo plazo.

Con el 70% de los 6,5 millones de habitantes sin cuenta bancaria, Bukele sostiene que el bitcoin tiene una capitalización de mercado de 680.000 millones de dólares. «Si el 1% fuera invertido en El Salvador incrementaría su PIB en un 25%». Con ese argumento compró de 1.391 bitcoins con dinero púbico a un precio que rondaba entre los 50.000 y 69.000 dólares. Ahora el país posee 2.301 bitcoins y su precio cotiza por debajo de los 20.000 dólares. Bukele está convencido en que llevar la contraria, como ha hecho durante toda su carrera política, otorga réditos a largo plazo y todo ello estaría muy bien si Bukele estuviera jugando con su dinero y no con las cuentas públicas del país desde que convirtió el Bitcoin en moneda oficial.

Como describe Tamara Taraciuk, presidenta de Human Rights Watch, Bukele «primero arresta, luego tuitea y después investiga».

A falta de éxitos económicos, Bukele ha llenado Surf City, el complejo turístico levantado a una hora de San Salvador, de jóvenes californianos que caminan como una secta con camisetas que llevan una B mayúscula de color naranja en el pecho. A veces a la B gigante le sigue la palabra bitcoin y otras la palabra Bukele, conscientes de que gran parte del éxito de la moneda depende de lo que ocurra en el pequeño país centroamericano.

 

Erradicar la violencia, el sueño húmedo de Bukele 

Ningún presidente puede aspirar a ser popular en El Salvador si no consigue poner fin, o al menos contener, la violencia de las pandillas que acogota la vida del país. Lo sabía Bukeke y lo sabían sus antecesores en el cargo que trataron todo tipo de estrategias para poner fin a la sangría con distintos métodos; desde la mano dura a la negociación. Sin embargo, solo el «fenómeno» Bukele consiguió su objetivo de domar lo que era un perro rabioso, hasta el punto de lograr algo inédito durante algunos días: 0 muertos.

Durante los más de tres años que lleva de gobierno, Bukele ha vivido una luna de miel con la violencia y con las pandillas y por primera vez en décadas, el país acumulaba tasas de violencia «normales» para los parámetros latinoamericanos. Bukele atribuye el éxito a su estrategia de seguridad y al despliegue de 5.000 soldados por todo el país y no a ningún tipo de negociación. Hablar con quienes desangran al país sigue siendo un asunto tabú por lo impopular que resultaría hablar con quien oprime a los más desfavorecidos.

El hecho objetivo es que en 2015 el país recogía de las calles 20 cadáveres diarios y hoy tres. Hace seis años, El Salvador tenía una tasa de 103 muertos por cada 100.000 habitantes y hoy está en 21. El cambio ha supuesto para la población tomar el autobús sin temor, mirar el celular en la calle o tomar un taxi en la noche. El descenso en la violencia, más allá del bitcoin, las ayudas por covid o las obras públicas, había sido el factor más importante para que Bukele disfrutara del más alto índice de apoyo en el continente.

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El descenso en la violencia había sido el factor más importante para que Bukele disfrutara del más alto índice de apoyo en el continente.

Poco después, sin embargo, gracias a las investigaciones del periódico El Faro, y que confirmó Estados Unidos al sancionar a algunos de los participantes, se supo que el descenso de los homicidios se debe a una negociación de Bukele con las pandillas MS-13, Barrio 18 Sureños y Barrio 18 Revolucionarios. La tregua otorgaba beneficios carcelarios a los presos a cambio de llevar a la paz a las calles, pero todo aquello terminó abruptamente cuando a finales de marzo las pandillas asesinaron a 87 personas en solo 48 horas. La matanza más salvaje desde la guerra civil de los años 80. Bukele nuevamente reveló una estrategia tan profunda como su personalidad: un discurso real y otro para Twitter.

 

La democracia como estorbo

La democracia de Bukele incluye trackings diarios sobre cualquier cosa imaginable manejadas por un pequeño grupo de venezolanos cercanos al venezolano Leopoldo López. A ninguno de ellos se le escapa que uno de cada cuatro latinoamericanos piensa que una dictadura puede ser una mejor forma de gobierno que la democracia y con estos mimbres no le ha importado cambiar el código penal, despreciar los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra civil o llenar las cárceles de supuestos pandilleros. Al mismo tiempo que regaló 300 dólares a cada salvadoreño para superar la pandemia, durante su gobierno hay decenas de periodistas, jueces o defensores de derechos humanos que han tenido que exiliarse por miedo a su feroz respuesta a quienes le llevan la contraria. Tal y como describe Tamara Taraciuk, presidenta de Human Rights Watch, Bukele “Primero arresta, luego tuitea y después investiga”.

Ambas estrategias, el discurso populista y la represión, confluyen en su intento para dejar de ser un político y convertirse en un símbolo con la misma fórmula que utilizó la noche que ganó las elecciones. El día de su arrolladora victoria, miles de personas esperaban en un hotel de la capital para celebrar la fiesta que consolidaba su poder absoluto. Bukele entró entonces en el salón del hotel, avanzó entre la gente, subió a la tarima y antes de decir una sola palabra hizo su primer gesto como presidente electo: se tomó una selfi.