El término negacionismo se está empleando profusamente para describir actitudes que se niegan a aceptar hechos o ideas bien establecidas. Incluyen con frecuencia cuestiones científicas, pero no es un concepto que se utilice en el ejercicio mismo de la investigación científica. En un cierto sentido, es algo contradictorio con la forma de funcionar de la ciencia. Un científico debe basar su reflexión en la duda sistemática y, por tanto, tiene que aceptar en principio que cualquier hipótesis, por extraña que parezca, debe ser tenida en cuenta. Pero en la actualidad, en disciplinas en las que los resultados de la ciencia tienen un impacto sobre concepciones sociales o sobre políticas públicas, aparecen manifestaciones contrarias a teorías que la comunidad científica considera bien establecidas y que perturban el mensaje que se desea enviar a la sociedad.

Estas actitudes que llamamos negacionistas son defendidas a menudo por personas o grupos que sienten amenazados sus intereses o sus concepciones del mundo por las consecuencias que se desprenden de determinadas teorías científicas. El negacionismo se convierte en una herramienta política que es incompatible con la práctica de la ciencia misma.

Un ejemplo muy claro de negacionismo en la actualidad es el adoptado frente a los informes científicos sobre el cambio climático que elabora un organismo dependiente de las Naciones Unidas, el IPCC (siglas en inglés del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático), que constituye un caso peculiar en diversos aspectos. Uno de estos aspectos es el modo en que se obtienen y aprueban los informes que publica este organismo. Los miembros de los diferentes paneles que lo componen son especialistas en distintas disciplinas, propuestos por los Gobiernos miembros de las Naciones Unidas, que examinan los resultados de los estudios científicos publicados, evalúan su calidad y su validez, y redactan las conclusiones que pueden extraerse de ellos.

Los informes son aprobados por los paneles científicos, pero también se consensuan con delegados de los Gobiernos, que deben aportar razones científicas para modificarlos. De este modo, los informes tienen un aval científico y político al mismo tiempo. Otro aspecto particular de estos informes es que sus conclusiones son matizadas respecto a la probabilidad que tienen de cumplirse en función de la solidez de los datos de que se dispone. Estos matices son importantes, sobre todo por las predicciones que se hacen, basadas en modelos matemáticos que se van refinando con el tiempo.

Aun teniendo en cuenta la solidez de los análisis del IPCC y su prudencia, sus conclusiones son discutidas desde distintos ángulos. Uno de ellos es el de los científicos que discuten algunos de sus trabajos. Un ejemplo lo ha ofrecido un antiguo ministro socialista francés de Educación e Investigación, Claude Allègre, un prestigioso geólogo, miembro de la Académie des Sciences, que no ha parado de hacer declaraciones contra el origen humano del cambio climático y refutando las conclusiones del IPCC. Es posible que su formación de geólogo tenga algo que ver con su posición.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

La propia Académie des Sciences francesa no celebró su primera reunión sobre el cambio climático hasta el año 2020.

En Geología los cambios se miden por milenios y las eras por millones de años. La propia definición que se hace del Antropoceno como una nueva era geológica que sería producida por la acción humana puede resultar problemática desde esta perspectiva, cuando muchos de los cambios provocados por la especie humana pueden datarse también en los inicios del Holoceno, una era geológica bien reconocida por todo el mundo. La posición de Allègre, como la de algunos otros científicos, contrasta con la de investigadores del campo de la ecología, para los cuales es imperdonable no alertar sobre los efectos del cambio climático y sobre las causas humanas que lo provocan. Cuando se emplean estos argumentos, la discusión científica, abierta y objetiva se vuelve muy difícil. La propia Académie des Sciences francesa no celebró su primera reunión sobre el cambio climático hasta el año 2020. Así, la opinión pública queda perpleja y se deja campo libre a la expresión de intereses de todo tipo.

 

Negar el Holocausto

Quizá la situación es todavía más difícil cuando se habla de ciencias sociales, que con frecuencia tienen un impacto directo sobre posiciones políticas. De hecho, el término negacionismo fue utilizado en primer lugar por aquellos que negaban el Holocausto de los judíos provocado por las políticas nazis de exterminio. Algunos historiadores han minimizado o negado estos hechos, e incluso han sido juzgados y condenados por estas posiciones en ciertos países. Los valedores de estas afirmaciones proclaman la libertad académica como un valor que algunas legislaciones limitan de forma arbitraria. En este momento, vemos cómo algunos historiadores están rehaciendo la historia de ciertos países, por ejemplo de Europa del Este, para justificar posiciones nacionalistas.

Las actitudes que niegan algunas opiniones científicas provienen a menudo de posiciones conservadoras, como es el caso de quienes se manifiestan contrarios a la evolución biológica, pero también desde posiciones diversas, como los contrarios a las vacunas o al uso de nuevas tecnologías en la agricultura. Estas posiciones se pueden defender desde organizaciones ligadas a la extrema derecha, pero también desde otras que se reclaman de izquierdas. Grupos de extrema izquierda o ecologistas han adoptado posiciones contrarias al consenso científico cuando sus programas chocan con opiniones mayoritarias de la comunidad científica. Cuando ya no disponen de argumentos científicos, o bien recurren a posiciones minoritarias o bien acusan a los científicos que las defienden de tener intereses ocultos con grandes empresas o de querer conseguir dinero para su investigación. Esto da lugar a un paralelismo sorprendente con las acusaciones que los sectores más conservadores formulan contra los científicos que se muestran alarmados por el cambio climático.

En esta situación, los medios de comunicación pueden enfrentarse al dilema de si debe darse el mismo peso a las distintas posiciones contrapuestas, sobre todo en los debates, aunque algunas de ellas sean muy mayoritarias. Cuando debatimos sobre la evolución biológica, ¿hay que dar el mismo peso al darwinismo que al creacionismo? Cuando hablamos de vacunas, ¿debemos dar el mismo espacio a los que se muestran contrarios a su uso? Y evidentemente, cuando hablamos de cambio climático, del uso de nuevas tecnologías en agricultura o de otros temas polémicos, puede resultar difícil para los medios de comunicación dar voz a interlocutores que expresen puntos de vista diferentes sin conceder un peso indebido a posiciones que son minoritarias dentro de la comunidad científica. Algo parecido sucede cuando desde los poderes públicos se solicita una opinión científica.

 

La posición social del científico

En el complejo mundo de activistas que se movilizan contra ideas o aplicaciones tecnológicas diversas, la posición del científico se vuelve difícil. Se pueden distinguir distintas posiciones sobre cuál debe ser la reacción del científico ante una cuestión que provoca controversia. En un extremo, se puede defender que la función del científico es realizar la mejor investigación posible, publicar sus resultados en revistas científicas y negarse a participar en ningún debate. En el otro extremo, hay quien afirma que si alguien, incluido un profesional de la ciencia, llega a la conclusión de que hay peligros importantes, como pueden ser los que provienen del cambio climático, el científico no puede desentenderse de ello, e incluso puede ser acusado de negligencia criminal por omisión de socorro si no actúa.

En el complejo mundo de activistas que se movilizan contra ideas o aplicaciones tecnológicas diversas, la posición del científico se vuelve difícil.

El hecho es que con frecuencia vemos posiciones sobre temas de interés social firmadas por personas que se identifican como científicos y que pueden estar defendiendo posiciones antagónicas. Lo hemos visto recientemente en nuestro país en debates sobre el aeropuerto, los parques eólicos y algunos otros. Todo esto no deja de provocar contradicciones. Algunas posiciones sociales de los científicos pueden estar expresando visiones políticas determinadas y otras pueden estar sesgadas por sus intereses económicos personales. Lo que sería necesario, y no es sencillo, es que se diferencie un resultado científico bien establecido de las posiciones personales de quien las expresa. Los conflictos de intereses se dan cuando hay intereses económicos en juego, pero también cuando hay intereses ideológicos.

En situaciones de incertidumbre o de urgencia puede resultar difícil proporcionar opiniones claras cuando la sociedad o los responsables políticos las necesitan para tomar decisiones. La existencia de diferentes posiciones dentro de la comunidad científica sobre estas cuestiones es un hecho consustancial con la práctica de la ciencia. Y el respeto a las posiciones opuestas o minoritarias es habitual y puede ser considerado incluso necesario. La calidad de las opiniones en estos casos puede basarse en la autoridad de organizaciones como academias o sociedades científicas, como se hace con frecuencia en los países anglosajones. Otra vía para encontrar opiniones de la mejor calidad posible es crear comités de análisis sobre cuestiones concretas en los que puedan expresarse puntos de vista que proceden de distintas disciplinas o que permiten el debate entre posiciones contrastadas.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Cuando hablamos del Holocausto, su negación carece de rigor histórico y con gran frecuencia su motivación política es clara.

Esto se ha hecho en algunos países, por ejemplo, en el caso de la pandemia del Covid-19, pero ha quedado bien clara la dificultad de llegar a consensos aceptables en una situación de incertidumbre. Tener en cuenta las posiciones mayoritarias cuando proceden de instancias de la máxima autoridad por la calidad de sus argumentos o por la experiencia demostrada es quizá la única vía posible. Incluso en estos casos, es difícil acusar a las posiciones minoritarias de negacionismo cuando se expresan de modo honesto y argumentado.

 

Dos condiciones esenciales

En cualquier caso, las opiniones científicas requieren dos condiciones esenciales para ser válidas: que tengan como base el máximo rigor, lo cual quiere decir con calidad en el análisis de datos y la expresión de las conclusiones, y que estén hechas con la máxima honestidad, lo cual quiere decir sin otras motivaciones que no sean la de expresar una opinión de la mejor calidad posible. Cuando hablamos del Holocausto, su negación carece de rigor histórico y con gran frecuencia su motivación política es clara. Cuando hablamos de evolución biológica, existen debates sobre aspectos concretos de los mecanismos en los que se basa, pero el creacionismo carece de rigor y es necesario que quienes lo defienden hagan explícitos sus presupuestos religiosos.

Cuando hablamos de cambio climático, la evidencia actual es coherente con su origen en las actividades humanas, aunque hay un complejo debate sobre sus efectos y las formas de mitigarlo. Cuando hablamos de vacunas o de nuevas tecnologías para la agricultura, su utilidad está bien probada, aunque cada una en concreto sea objeto de debate o aunque se discutan riesgos concretos o cómo se aplican las normas de la propiedad intelectual. Son ejemplos en los que el negacionismo se convierte en una negación del funcionamiento de la ciencia en sí misma.