Hace frío y solo es posible percibir la luz solar de París en monumentos, como la estatua ecuestre de Juana de Arco realizada en bronce dorado o la Columna de Julio, situada en la plaza de la Bastilla, coronada con la figura de El Genio de la Libertad ,en honor de la Revolución francesa, también dorada. El dorado tiene la extraña propiedad de retener los rayos del sol, liberados en los días lluviosos y oscuros para dar energía a los transeúntes. El ocre aéreo de los monumentos, puentes y cúpulas de París nos guía hasta las puertas de la Fundación Louis Vuitton donde se puede ver la exposición Mark Rothko. 1903-1970. Los visitantes pueden contemplar diez galerías dedicadas a Rothko, desde sus inicios hasta 1970, año en que se suicidó cortándose las venas.

Un viaje a través de la evolución de su obra desde sus inicios, en que desarrolló su actividad pictórica dentro de los patrones del arte figurativo, hasta el abandono de la figuración, más allá de la abstracción, donde el color ocupó todo el espacio. El filósofo Amador Vega, en su ensayo Tentativas sobre el vacío, observa: «Rothko se vio en la necesidad de tener que abandonar la figura humana, en tanto que objeto de representación pues, como dijo en una ocasión, se negaba a seguir mutilándola». Vega prosigue su análisis indicando: «el abandono de la distorsión y la fragmentación de la imagen --una estructura análoga a la fragmentación ritual del cuerpo, característica de los cultos arcaicos-- lo condujeron a experimentar con el color como una vía en la configuración de nuevos espacios y, finalmente, al convencimiento de que solo la luz, en su cualidad atmosférica, venía a sustituir la unidad antes representadas por el mito y a generar los nuevos espacios a los que siempre había aspirado».

El espectador/visitante se enfrenta a una infinita variedad cromática, contenida y sutil, que acciona una emoción que lo lleva a elevarse hacia una trascendencia que, hasta este momento, nunca había experimentado. Se enfrenta a una belleza extrema que deja desnuda la mirada y aleja los ornamentos de la vida. Lo espiritual triunfa en la mirada del espectador donde antes reinaba lo material. Tonos naranjas, negros, rojos, amarillos, rosas, azules, grises, marrones, dialogan y se alimentan unos a otros sin excitar la retina, sin agotar la mente, apelando a la contemplación. Establecen un diálogo donde los colores se tocan y funden con la técnica del sfumato utilizada en el Renacimiento, que se consigue al aumentar varias capas de pintura con pinceladas sutiles, casi imperceptibles, que crean contornos imprecisos y difusos, que Rothko trasformó para oscurecer los límites y las continuidades de fusión de los colores.

La técnica de Rothko innovó la técnica del sfumato, pues consiguió eliminar la huella de la pincelada. El visitante no podrá dejar de mirar y mirarse observando sus lienzos sin fracturas pictóricas, ni pigmentos que formen geografías y accidentes sobre la tela. El color cambia la respiración del visitante, lo orienta hacia una espiritualidad sin dogmas, ni promesas.

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