El pasado 1 de marzo se cumplieron cien años del nacimiento de Néstor Luján. Le conocí cuando había cumplido 44 años, en la revista Destino, al contratarme para ser secretario de redacción, una redacción, por cierto, en la que él era el director y yo el único redactor, los demás eran colaboradores externos, algunos muy ilustres.

Desde entonces mi deuda con Néstor ha sido impagable: si hay tres o cuatro personas ajenas a la esfera familiar que influyeron en la formación de mi personalidad, él es una de ellas. Tratarlo a diario durante los años siguientes, dentro y fuera del excepcional ambiente humano de aquella revista, constituyó un proceso continuo de aprendizaje, no solo de cultura y conocimientos, sino también de cómo uno debe comportarse en todos los aspectos de la vida, incluida la ética profesional. Intentaré que el afecto, y mi enorme agradecimiento, no resten objetividad a la semblanza de Néstor que me dispongo a escribir.

Néstor Luján nació en Mataró y se había criado en una familia de clase trabajadora. Su padre, valenciano, fue un militar sin vocación y de muy bajo grado que en cuanto pudo se trasladó a Barcelona para trabajar en una empresa textil. Su madre, originaria de un pueblo de Orense, se dedicaba a la casa y era una sensible cocinera. De niño, Néstor fue un estudiante aplicado y estudioso, en el colegio de los hermanos Maristas sacaba las mejores notas, tenía una memoria prodigiosa —que conservó toda su vida— y una curiosidad insaciable, fuentes ambas de su posterior vocación periodística y de sus muchos y variados conocimientos. Pero estos solo podía aprenderlos en los libros y en su casa carecía de ellos.

Aunque supo encontrarlos. ¿Dónde? En la bien nutrida biblioteca del padre de Antonio Vilanova, compañero de curso en la escuela, amigo íntimo de juventud y más tarde, crítico literario de Destino y catedrático de Literatura en la Universidad de Barcelona. Debido a la Guerra Civil, el colegio cerró sus puertas y Néstor pasaba los días en casa de los Vilanova devorando literalmente grandes obras de literatura e historia, española y universal. Ni él ni Vilanova hubieran leído tanto, y de tan alta calidad, sin aquellos años de guerra: no hay mal que por bien no venga. Estaban bien preparados para empezar sus estudios de Filosofía y Letras en la inmediata postguerra.

 

Los Estelrich

En las aulas universitarias encontraron, además, otros estudiantes con similares inquietudes: los escritores Juan Perucho y Josep Palau i Fabre, el musicólogo y compositor Nani Valls Gorina y Anna Maria Estelrich, entre otros. Néstor y sus amigos colaboraron durante estos años estudiantiles en Alerta, revista ligada al SEU (sindicato oficial de estudiantes) que, si bien en política estaba marcada lógicamente por el falangismo, permitía ejercer la crítica literaria con notable libertad. Así, Néstor pudo criticar con acidez obras de escritores afectos al franquismo, tales como Pemán, Marquina o Benavente, y elogiar a poetas de la generación del 27 situados en las antípodas, como Lorca, Aleixandre y Dámaso Alonso, así como escritores liberales europeos como Virginia Woolf, Cocteau, Ibsen o Zweig, entre otros.

Estelrich, un epicúreo, fue su maestro en la vida. El maestro en la escritura fue Josep Pla.

La amistad con Anna Maria Estelrich, hija de Joan Estelrich, escritor y principal asesor cultural de Francesc Cambó, fue crucial en la posterior vida profesional, y hasta personal, de Néstor. En primer lugar, porque Estelrich, cosmopolita y de vasta cultura, también tenía, como el padre de Vilanova, una muy buena biblioteca que Néstor frecuentó asiduamente durante aquellos años de estudiante. En segundo lugar, porque Estelrich no era el típico intelectual aislado de la sociedad, un erudito despistado, solo interesado en leer libros y escrutar documentos, sino que también era una persona vitalista y mundana, un entretenido y fascinante conversador, así como un seductor nato de complicada vida sentimental.

 

Hasta altas horas de la noche

Néstor empezó a aprender que la cultura, la lectura y la escritura, son perfectamente compatibles con la alegría de vivir y los llamados placeres de la vida, comer, beber y fumar, con el buen humor y con viajar, con las conversaciones tras cenas que se alargaban hasta altas horas de la noche. Estelrich, un epicúreo, fue su maestro en la vida. El maestro en la escritura fue otro, Josep Pla, después hablaremos de él.

En tercer lugar, debemos dar cuenta de un hecho aparentemente trivial y, sin embargo, decisivo para comprender cómo se va formando la personalidad de Néstor, entonces todavía en ciernes. Anna Maria Estelrich le invitó a su boda. El día que celebró esta ceremonia, las casualidades determinan a veces una vida, conoció a Josep Vergés, el editor y factótum de la revista Destino y de la editorial del mismo nombre, focos culturales ambos muy importantes en la Barcelona de entonces.

Allí, casualmente también, conoció a una pareja de amigos de los Estelrich y de Vergés: Montserrat Ros y Josep Maria («Tatá») Coll, que estaban a punto de casarse. Se trataba de gente de una condición social distinta a la suya: rica, culta, refinada y liberal. Buena gente. Muy rápidamente se convertirán en su otra familia y Néstor pasará la mayoría de fines de semana en sus segundas residencias —Gelida en invierno y Tossa de Mar en verano— donde tiene siempre habitación asignada, y allí comienza a entender el confortable encanto de una burguesía catalana discreta, conservadora y elegante sin ostentación, que hasta entonces desconocía. Quedó fascinado.

Así pues, esta boda fue crucial en la vida de Néstor: empezó a introducirse en el ambiente de las élites sociales barcelonesas al conocer a los Coll, por un lado, y sobre todo de manera muy especial, inició su profesión de periodista en un lugar privilegiado. En efecto, allí mismo, tras ser presentado a Vergés por Estelrich padre como una joven promesa de la literatura, este le propuso colaborar en Destino.

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Enseguida se ganó la confianza del editor, sus escritos se intensificaron rápidamente hasta convertirse en semanales y así fue como condicionó su futura vida profesional a esta revista que ya entonces, y sobre todo después, fue más que una revista, se constituyó un grupo cultural fáctico, «los de Destino». Néstor, desde aquellos tiempos, fue uno de ellos, el más joven, pero uno de los principales.

 

Brillante prosa y versatilidad

De este modo, un joven Néstor de 21 años, sin la carrera terminada, empieza a ejercer de escritor y periodista, se asegura un modesto sueldo al mes que le da la suficiente independencia económica, aunque siguiera viviendo durante muchos años en casa de sus padres. Sus ilusiones de llegar a ser profesor de universidad y poeta quedaron atrás. Había que ganarse la vida y Vergés e Ignacio Agustí, entonces director de la revista, le dieron toda su confianza, descubrieron su rapidez y facilidad para escribir, tan importantes en periodismo, su brillante prosa, más propia de un literato que de un redactor, y también su versatilidad.

En efecto, allí Néstor escribió regularmente sobre los temas más variopintos como los toros (con el pseudónimo de «Puntillero»), el boxeo y el tenis, también, por supuesto, sobre arte y literatura, más adelante sobre viajes y se hizo famoso en los primeros años 60, como experto en gastronomía (firmando artículos semanales bajo el pseudónimo de «Pickwick»). Esta versatilidad la demostró todavía más en los años en que, para completar el magro sueldo de Destino, fue redactor de El Noticiero Universal, desde 1952 a 1958: allí escribió sobre todo lo habido y por haber, desde necrológicas a crítica de cine, pasando por todo lo demás.

Interesado en política, con fuertes convicciones liberales y democráticas, le repugnaba la dictadura franquista.

En 1946 tiene ya columna fija (bajo el título genérico «Al doblar la esquina») de tema libre, aunque incide a menudo en criticar la política municipal barcelonesa, la única crítica política posible en aquellos tiempos de rígida censura. Desde siempre, Néstor fue un interesado en política, nunca un activista, pero sí con fuertes convicciones liberales y democráticas, le repugnaba la dictadura franquista, como a Vergés y a los demás colaboradores de Destino, y cuando hubo que arriesgarse, aunque no fuera propenso a ello, se arriesgó por dignidad personal, para poder mirarse en el espejo antes de salir de casa sin avergonzarse de sí mismo.

 

Director de ‘Destino’

En los primeros años 50, un Néstor Luján con treinta y pocos años, comienza a formar parte de la élite periodística de la ciudad y la más distinguida burguesía barcelonesa, además, del mundo intelectual y cultural se disputan por conocerle. ¿Por qué? Porque es un conversador culto y brillante, resulta muy divertido e interesante comer o cenar con él, provoca la carcajada de las mujeres y la sonrisa de sus maridos, entiende de historia y de personajes históricos, cuenta miles de anécdotas, opina sobre cualquiera de los grandes restaurantes europeos, de los platos de comida más clásicos o más sofisticados, de vinos franceses y destilados alsacianos, ha viajado por medio mundo, conoce países y ciudades, las explica como nadie, con simpatía y buen humor. Su personalidad ya está formada en estos años 50 y goza del máximo respeto de su editor, Vergés, quien —tras una dura crisis interna en Destino— en 1958 le nombra director.

Antes hemos hablado de la influencia de Estelrich como su referencia vital. Pero trabajando en Destino, hacia 1945 conoce a Josep Pla, entonces ya un mito de la literatura y del periodismo catalán, sin duda por ser un gran escritor, pero también por ser un personaje extravagante y singular. En todo caso, a Luján le causa una fuerte impresión personal y le influye decisivamente en su forma de escribir y de concebir el periodismo. En definitiva, con Pla se acaba de formar.

Como es sabido, Pla era un antirretórico, pero se cuidaba muy bien de poner el adjetivo justo, consideraba que sin ellos no podía haber literatura porque no se podía describir la realidad tal como era. Pues bien, en el Mas Pla Néstor encontró por tercera vez en su vida una gran biblioteca, no tan bien surtida como la de Vilanova padre o la de Estelrich, pero mejor escogida.

Según Agustí Pons, biógrafo de Luján, Pla lo consideró como un discípulo, quizás como el hijo que no tuvo.

Pla, además, le indicó los libros que debía leer sin falta, el primero, los Ensayos de Montaigne. La influencia del gran escritor francés en ambos fue de la misma intensidad: libertad de espíritu, escepticismo, tolerancia, curiosidad universal, conocimiento del ser humano. Luján siguió aprendiendo de Pla durante mucho tiempo: lo paseaba por Barcelona, viajaba con él y pasaba prolongadas estancias en su masía de Palafrugell. Según Agustí Pons, biógrafo de Luján, también Pla lo consideró como un discípulo, quizás como el hijo que no tuvo. Pero más adelante se torcieron las cosas y Néstor siguió admirando al escritor aunque en menor grado su dimensión humana.

Muy joven, antes de cumplir cuarenta años, Néstor era ya una figura conocida no solo en Cataluña sino en toda la España culta. Por los toros, por la gastronomía, por su agudeza intelectual, por su simpatía, por sus inolvidables carcajadas, por sus amplios conocimientos y, finalmente, por su valiente postura en favor de la libertad, y en concreto, de la libertad de expresión, que le costó un proceso ante el Tribunal de Orden Público, acusado del delito de propaganda ilegal, al que siguió una condena de ocho meses de cárcel, multa de diez mil pesetas y su inhabilitación como director de Destino, resolución que fue confirmada por el Tribunal Supremo. Era el 12 de abril de 1969.

En 1974 un grupo financiero, tras el cual se ocultaba Jordi Pujol, compró la revista ‘Destino’.

De manera simplemente formal, fue nombrado director el músico Xavier Montsalvatge, un histórico en la revista, pero en la práctica todo siguió como estaba: Néstor era el fino estilista que sabía resolver con elegancia problemas difíciles, además de ser el encargado de los números extraordinarios sobre historia y sobre ciudades, entonces muy frecuentes; y Vergés seguía ejerciendo de director efectivo de la revista, siempre fue el motor imprescindible de la misma.

 

Alguna excepción significativa

En 1974 un grupo financiero, tras el cual se ocultaba Jordi Pujol, compró la revista Destino. Después de un período de desencuentros con Luján, y con un grupo de jóvenes periodistas que le asesoraban, los nuevos propietarios pusieron obstáculos a la libertad de Néstor como director. El resultado fue su dimisión, la de Montsalvatge, de todo el grupo asesor y de los principales colaboradores de la revista, con alguna excepción significativa como la de Pla. En definitiva fue un Destino nuevo dirigido por Baltasar Porcel. Para Néstor empezaba una nueva vida.

 

Hasta estos años, Néstor había sido un solterón clásico, vivía en casa de sus padres, no ganaba mucho dinero, pero al tener cubiertos los gastos básicos de vivienda y manutención, podía llevar una vida relativamente holgada, incluso se permitía ciertos dispendios excesivos para él, era lo que le gustaba. Desde siempre, en la medida de sus posibilidades, fue una persona extraordinariamente generosa, en todos los sentidos, especialmente en el gastronómico: invitaba a comer y cenar en los buenos restaurantes de Barcelona —a veces en Reno, Finisterre y Milán, sus preferidos— y regalaba a amigos y amigas por las fiestas de Navidad lo que, pensaba, podía gustarles.

Pero la soltería se le acabó en enero de 1973 cuando se casó con Tin Esperanza Agut, hija de los dueños del restaurante Agut d’Avinyó, el más frecuentado por Néstor a partir de mediados de los 60. Era una pareja desigual debido a las edades de los contrayentes —él, 50 años, ella, 26— pero tras un tiempo de visible idilio decidieron acabar en boda. Fue una importante y acertada decisión, ambos se necesitaban y estaban enamorados.

Sin embargo, antes de dos años, Néstor perdería la dirección de Destino y tuvo que empezar a ganarse la vida con lo único que sabía hacer: la escritura. Este cambio coincidió también con la compra de un gran piso de 450 metros en el cogollo de la Barcelona elegante, en Diagonal esquina Enric Granados, donde instaló su centro de operaciones: el nuevo hogar, su despacho con secretaria y, lo más difícil, pero fundamental, su biblioteca de 25.000 volúmenes, instrumento esencial para su trabajo.

La soltería se le acabó en enero de 1973 cuando se casó con Tin Esperanza Agut, hija de los dueños del restaurante Agut d’Avinyó.

Esta nueva situación, condicionada siempre por sus necesidades económicas, provocó con el tiempo un total cambio de sus hábitos de vida. De acostarse a las cuatro de la mañana pasó a levantarse a las cinco para escribir con tranquilidad; de escribir uno, a lo más dos artículos a la semana, a escribir uno o dos cada día. Además, años más tarde, pasó a escribir novelas, el éxito de la primera (Decidme, ¿quién mató al conde?, 1987) le incitó a publicar casi una novela por año hasta su fallecimiento en 1995, además de otros libros más o menos memorialísticos, que constituyen un gran friso de la Barcelona que había vivido y los personajes que había conocido.

No puedo extenderme sobre esta última fase de su vida, nada menos que veinte años de gran actividad periodística y literaria, porque no frecuenté la amistad de Néstor en estos tiempos. Según mis noticias, estaba plenamente dedicado a su labor de escritor, de la cual vivía y pagaba la hipoteca.

Néstor era persona cultísima. En su gran biblioteca, mejor que la de Vilanova, Estelrich o Pla, podía encontrar los muchos datos que necesitaba porque escribía sobre temas muy diversos, especialmente de historia y literatura, pero en muchos casos desde ángulos hasta entonces inéditos. También en esta época, además de algunos amigos de toda la vida, se vinculó a otros más recientes y, según me informaron, no los más indicados. En todo caso, escribía sin parar de las más diversas materias y seguía haciendo una vida social relativamente activa, no la de antes. La hipoteca pesaba, los nuevos amigos, algunos muy ricos, le incitaban a llevar un nivel de ocio y consumo que le resultaba difícil de asumir. Progresivamente, fue recluyéndose en su despacho o de viaje —obviamente gastronómico— con Tin.

 

Pagó la cuenta

La última vez que estuve con él fue con motivo de una comida con antiguos colaboradores suyos de mi generación, en concreto, Carlos Pérez de Rozas, Xavier Roig y Agustí Pons. Fue agradabilísima, como era de suponer; Néstor, brillante, divertido y afectuoso como en los viejos tiempos, también algo pesimista. Estaba previsto que lo invitáramos, pero él lo impidió y, generoso como era, en un gesto de gran señor de Barcelona, pagó la cuenta.

De aquella distendida conversación solo recuerdo que me preguntó si entonces escribía en algún periódico. En El País, le contesté. Y en una de sus típicas frases rotundas y exageradas, dijo: «¡Qué horror! Es el peor periódico del mundo, todo encasillado, milimetrado, te obliga a ahorrar adjetivos imprescindibles».

Néstor seguía admirando el periodismo de otros tiempos, más literario, más culto, más intemporal, menos sectario, más liberal y tolerante. Quizás añoraba el periodismo de los tiempos de Destino.