A los 60 años de la independencia de Argelia

 

En 2003, paseaba por Orán, mi ciudad natal, a la que había vuelto por primera vez desde 1962. Tenía ante mis ojos la prueba de que las imágenes difusas que emergían de la memoria de mi infancia no eran ilusiones. Esos edificios del centro de Orán, típicos de la arquitectura de la Tercera República francesa, y muy alejados del estilo oriental que se encuentra mucho más a menudo en Argelia, se parecían mucho a los de mis vacilantes recuerdos.

Ante uno de esos edificios, a veces deteriorados pero siempre majestuosos, le dije espontáneamente a la joven doctoranda argelina que me acompañaba: «Por lo menos, la colonización ha dejado cosas bellas en el paisaje.» Ella se volvió hacia mí con aire perplejo: «¿Quieres decir que todo esto procede del período de dominación francesa? Nunca lo había pensado, y nadie explicó nunca nada en la escuela.» Yo pensé entonces en ese pasaje de la novela póstuma e inacabada de Albert Camus, Le premier homme, publicada en 1994, donde, durante la guerra de Argelia, un viejo campesino se pone a arrancar todas sus viñas. Al militar francés que le pregunta por qué las destruye, el campesino le responde: «Mire, joven. Puesto que lo que nosotros hemos hecho aquí es un crimen, hay que borrarlo.»

En Orán, como en el resto de Argelia, los edificios más bellos, o los más sólidos, de la época colonial no han desaparecido, pero no son más que un decorado de teatro del que ya no se recuerda en qué obra se usó. El tiempo y los discursos nacionalistas de los dirigentes de la Argelia independiente, al reconstruir la historia tal como lo hacen todos los nacionalismos, se han empleado en borrar de la memoria la larga existencia argelina de esa población a la que en Francia llaman pieds-noirs. En el caso de la gran mayoría, puesto que carecían de los medios para vivir en los edificios burgueses del centro de la ciudad, no hay realmente ninguna huella física de su presencia. En los cementerios cristianos, ahora en su mayor parte entregados al abandono, todavía se encuentran nombres de familias lo bastante ricas como para haber podido enterrar a sus muertos bajo tumbas de piedra, con frecuencia decoradas con estatuas. En el caso de las demás, las más numerosas, la usura del tiempo y las destrucciones deliberadas han terminado por dispersar los frágiles signos que identificaban las sepulturas de los pobres.

Pieds-noirs. Esta extraña expresión, cuyo origen no se conoce realmente y que abarca a gente de medios sociales y culturales muy diversos, se impuso sobre todo tras su marcha forzada de su tierra natal y su llegada a la antigua metrópoli colonial. De niño, no recuerdo haber oído a menudo estas palabras en labios de los adultos. Nosotros no éramos pieds-noirs, sino «oraneses», siempre un poco rivales de los «argelinos», sospechosos de la arrogancia que se atribuye en todas partes a los habitantes de una capital (Argel era la sede del poder francés) y, sobre todo, culturalmente distintos.

 

Tortilla de patatas

Hasta el fin de la Argelia francesa, Orán estuvo fuertemente impregnada por la inmigración española que se había iniciado apenas unos años después de la conquista de Argelia por los franceses en 1830. La estatua de la Virgen que domina la ciudad, erigida a mediados del siglo XX, siempre se llamó Santa Cruz, por el nombre del fuerte construido por los españoles a principios del siglo XVI. En mi entorno, el plato preferido para las reuniones familiares no era el cuscús, sino la paella. En los días festivos, se cocía sobre fuego de leña un plato a base de carnes y pan ácimo que nosotros llamábamos gazpacho y que mucho más tarde he descubierto que se parecía mucho al gazpacho manchego. Cuando nuestras madres nos ofrecían una omelette, el equivalente francés de tortilla, se trataba de hecho de una tortilla de patatas. ¡Me quedé muy sorprendido más tarde, y muy decepcionado, al descubrir que los franceses no ponían patatas en sus omelettes!

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

No éramos pieds-noirs, sino «oraneses», siempre un poco rivales de los «argelinos», sospechosos de la arrogancia que se atribuye en todas partes a los habitantes de una capital.

Este pequeño malentendido culinario simboliza la complejidad cultural de la población de Orán, donde la influencia española se mezclaba desde hacía mucho con las influencias múltiples procedentes de Francia. Mi propia familia constituye un testimonio de ello. En el primer tercio del siglo XX, algunos antepasados originarios del sur de España se casaron con otros que provenían de la región de París o del este de Francia, sin duda a causa de acontecimientos políticos trágicos como la Comuna de París y la anexión de Alsacia y Mosela por Alemania. Los patronímicos se mezclaron en función de las uniones conyugales. Mi padre tenía un apellido español, pero su madre uno francés. Mi madre, a la inversa, tiene un apellido francés, pero su madre uno español.

En mi entorno, el plato preferido para las reuniones familiares no era el cuscús, sino la paella.

Con el paso del tiempo, y probablemente a causa de la escuela primaria en lengua francesa, el francés se convirtió poco a poco en la principal lengua hablada en familia. Pero en mi infancia, raras eran las frases que no incluyeran al menos algunas palabras españolas. Era en las expresiones más familiares, sobre todo en los insultos, donde el español se imponía al francés. A decir verdad, todo el mundo sabía hablar un francés más o menos correcto, en función de la huella más o menos profunda dejada por la frecuentación de la escuela, pero nadie era realmente capaz de formular frases completas, y menos aún de mantener una conversación, en español. Los miembros más viejos de la familia eran analfabetos.

 

Indiferentes a la suerte de los árabes

Este universo a caballo entre diversas culturas en el seno del cual he vivido una parte de mi infancia era socialmente homogéneo. Un mundo de artesanos, obreros, empleados, criadas y pequeños funcionarios. No había «colonos» entre ellos, ni propiedad de la tierra, ni capital financiero. Tampoco «capital cultural». Era un medio de gente humilde en el que nadie había pasado de la escuela primaria. No le habían robado nada a nadie, no habían conquistado nada por la fuerza. Esto, desde luego, para muchos argelinos de hoy importa poco. Como acaba de escribir el historiador Noureddine Amara, «para muchos argelinos, el pied-noir se considera un colono, incluso aunque no fuese propietario, grande o pequeño. ¿Por qué? Porque el francés de Argelia es aquel sobre quien recaen los beneficios de la conquista francesa, aquel que los disfruta de forma preferente. Porque sin el Estado y sin leyes, sin la guerra al indígena, no habría podido hacerse un lugar semejante bajo los cielos de Argelia. (…) Desde 1830, ese país de franceses no era Argelia. Era la colonia.»

Pero esta negación de la legitimidad de una memoria no cambia la realidad humana. La Argelia de esa gente humilde era su pasado (sus padres, sus abuelos y, la mayoría de las veces, sus bisabuelos habían nacido allí) y su horizonte. Tanto más cuanto que a fuerza de sacrificios, de ahorros y de trabajo, algunos habían logrado construir o hacerse construir una casa modesta. En mis recuerdos de niño, todos ellos se mostraban también —simplemente, terriblemente— indiferentes a la suerte de los árabes, que en su mayoría eran aún más pobres y sufrían los maltratos de una República francesa que traicionaba sus principios igualitarios.

«En este momento, se lanzan bombas en los tranvías de Argel. Mi madre podría estar en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, yo prefiero a mi madre», dijo Albert Camus.

A decir verdad, la distancia que existía entre esa población oranesa de lejanas raíces francesas y españolas, y la población árabe, mucho menos numerosa que en la mayoría de las demás grandes ciudades de Argelia, me ha parecido a posteriori inmensa. Es verdad que había pocas ocasiones de encuentro entre esos dos mundos, al contrario de lo que sucedía en el caso de los grandes colonos, e incluso de los campesinos más modestos, o bien en el caso de los burgueses de las ciudades, que empleaban a los árabes para trabajar la tierra o como empleados domésticos.

Y después la guerra transformó esta indiferencia en desconfianza y luego en odio. Hace unos años, un amigo árabe, eminente universitario argelino, me decía: «Es triste que no haya habido entre nosotros el equivalente de un Nelson Mandela. Vosotros y nosotros podríamos haber construido una nación formidable.» Pero entre nosotros nadie tuvo tampoco la lucidez de un Frederik de Klerk, ese presidente sudafricano blanco con quien Mandela pudo negociar el fin pacífico del apartheid. Cuando la insurrección armada del Frente de Liberación Nacional (FLN) empezó en 1954, ya era demasiado tarde de todos modos. Para la mayoría de pieds-noirs, fuese cual fuese su condición social, preservar «la Argelia francesa» parecía una necesidad absoluta para seguir viviendo aquí. Y tanto más cuanto que el FLN decidió atacar a la población civil de origen europeo, haciendo explotar bombas en los bares o en los cines, ejecutando a notables de origen europeo o masacrando a familias enteras en el campo.

 

La maleta o el ataúd

Fue esta estrategia de terror la que llevó a Albert Camus, vástago de la población pied-noir de Argel, que había criticado desde hacía mucho las injusticias coloniales y mantenía estrechas relaciones con ciertos nacionalistas argelinos, a denunciar los métodos del FLN y a pronunciar en 1957 en Estocolmo, tras haber recibido el Premio Nobel de Literatura, estas palabras entonces mal acogidas por los amigos anticolonialistas del gran escritor: «En este momento, se lanzan bombas en los tranvías de Argel. Mi madre podría estar en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, yo prefiero a mi madre.» Durante esa época, en el otro bando, el ejército francés incurría en crímenes de guerra y torturaba a los insurgentes que caían en sus manos. Peor todavía, a partir de 1961, los terroristas de extrema derecha agrupados en la OAS (Organización del Ejército Secreto) cometían a su vez atentados dirigidos a los civiles, pero esta vez contra la población árabe y los partidarios de la independencia de Argelia, fuese cual fuese su origen.

En la primavera de 1962, casi todos nos habíamos vuelto conscientes de que no había otra alternativa que «la maleta o el ataúd». Partir o morir. Para mi familia, como para centenares de miles de personas, la elección fue la huida. Una pequeña parte emigró a España, a la zona de Alicante. Sin duda los más próximos a la OAS, perseguidos por las autoridades francesas, prefirieron buscar refugio en el régimen franquista. La inmensa mayoría escogió Francia, cuya nacionalidad poseíamos. La administración francesa nos dio el nombre de «repatriados», como si el exilio fuera un retorno. Pero nosotros no regresábamos a nuestra patria. La habíamos dejado atrás. Ni culpables ni inocentes. Víctimas de nuestra propia historia.