Música y política son inseparables, y lo son no porque la primera sea un arte que declare su militancia o lleve una etiqueta. La etiqueta la llevan y la ponen los hombres, es decir, los compositores, los intérpretes e incluso, hoy en día, los coordinadores de las campañas electorales. Hay, sin embargo, un problema. Es el uso a veces contradictorio y casi siempre abusivo de piezas musicales creadas con una intención y que son utilizadas en sentido totalmente contrario al de la voluntad del autor, como se ha visto en los actos políticos que han acaparado el calendario de este año. La célebre canción Libre, de Nino Bravo, constituye un buen ejemplo de su uso indigno. No obstante, es algo que sucede en muchos otros lugares. You Can’t Always Get What You Want, de los Rolling Stones, es otra muestra muy lejos de aquí.

En una España polarizada en donde la derecha y la ultraderecha han hecho suya y de forma excluyente la palabra libertad, Libre ha sonado muy fuerte en los mítines de Vox desde la creación de este partido en 2013. La canción de Nino Bravo, que se publicó en 1972, fue una especie de himno generacional de una juventud que vivía aún bajo la dictadura franquista y quería eso, ser libre. Ahora, los herederos del franquismo reclaman esa pieza en la que se reflejaban las ansias contra aquel régimen.

Éste, de todos modos, no es el único caso en el que esta canción ha servido para una cosa y la contraria. Libre ha tenido una larga historia de uso político antitético y la apropiación realizada por la ultraderecha del partido de Santiago Abascal es solo uno de sus muchos capítulos. En 1962, diez años antes de que José Luis Armenteros y Pablo Herrero compusieran la canción, el muro de Berlín se cobró su primera víctima mortal. Peter Fetcher, un albañil de dieciocho años, fue asesinado por los vopos, la policía de la Alemania del Este, cuando intentaba huir hacia el Oeste. Herrero diría que Libre no retrataba necesariamente aquel caso, pero la letra es bastante elocuente.

 

Éxito en el Chile de Pinochet

En mucho lugares, la canción que el cantante valenciano convirtió en uno de los grandes éxitos de su breve carrera (murió a los veintiocho años), se interpretó en clave estrictamente anticomunista y, por ello, fue prohibida en Cuba. Por la misma razón, por ser considerada un ataque y denuncia del comunismo y no un grito a favor de la libertad, en el Chile del dictador Augusto Pinochet hizo fortuna en el seno del régimen represor. Así, una figura del mundo del espectáculo como el imitador y cantante argentino Bigote Arrocet (que se haría famoso en España en el concurso televisivo Un, dos, tres… responda otra vez), no sólo la interpretó en el Festival de Viña del Mar meses después del golpe de estado contra el gobierno legítimo de Salvador Allende, sino que lo hizo arrodillado delante del propio Pinochet, que estaba sentado en primera fila. Y no fue la única vez que la cantó en otras ediciones de aquel certamen, que era la ventana propagandística del régimen abierta al exterior.

El régimen represor de Pinochet hizo suya la canción ‘Libre’, aunque también se interpretaba en circunstancias acordes con su sentido original.

Sin embargo, en aquel Chile sin libertad, Libre también se interpretaba en circunstancias muy diferentes y de acuerdo con su sentido original. La chilena Katia Chornik, violinista, musicóloga e investigadora de la Universidad de Manchester, es la promotora del proyecto CantosCautivos.org que recoge testimonios sobre música en cautividad y ha recogido unos cuantos sobre el uso de la célebre canción interpretada por los detenidos en el Estadio Nacional de Santiago. Cantaban la canción cuando hacían que se alinearan algunos presos para liberarlos, según explica un testigo, quien añade que Libre «era una catarsis, una mezcla de júbilo para los que se iban y de esperanza para los que se quedaban».

La canción fue tan popular y su clamor arraigó tan profundamente que cada día por la mañana, cuando los presos, y no sólo los del Estadio de Santiago (había alrededor de un millar de centros de detención y tortura en todo el país), se veían obligados a entonar el himno nacional, cantaban a pleno pulmón el final del verso que dice «…o la tumba serás de los libres…», haciendo un gran énfasis en esta última palabra.

 

Trump, depredador musical

Aparte de saber pisar un escenario y de tener miles y miles de seguidores, Donald Trump y los Rolling Stones no tienen muchas más cosas en común. Sin embargo, el ex presidente de los Estados Unidos y aspirante a repetir pese a los diversos juicios civiles y penales pendientes, siente una particular devoción por la canción You Can’t Always Get What You Want (No siempre puedes conseguir lo que quieres) de la banda británica, aunque no está nada claro a qué responde esta veneración. La pieza, publicada en 1969 en el álbum Let It Bleed, no tiene un mensaje afirmativo o propositivo. Más bien es un retrato triste de cómo acabaron los años 60, los del amor, las drogas y el buen rollo. Hay quien considera que su larga duración, casi ocho minutos, la hace idónea para concluir un acto político. Hay quien dice que era un mensaje a su rival en la campaña de 2016, Hillary Clinton, pero Trump ya la había utilizado mucho antes y la seguiría haciendo sonar después.

Los Rolling Stones han denunciado repetidamente este uso depredador de su canción. No se trata de dinero. Se trata de dejar clara la distancia abismal entre el empresario inmobiliario metido a político y la banda. En una fecha tan lejana como 1989, cuando nadie —ni él mismo— pensaba que podría ser presidente de los Estados Unidos, los Rolling ya tuvieron una gran enganchada con el magnate durante un concierto en Atlantic City, expulsándolo del local. Se daba el caso de que el edificio era propiedad de Trump.

Los Rolling Stones y muchas otras estrellas han denunciado repetidamente sin demasiado éxito el uso abusivo que Donald Trump hace de su música.

Pese a ser la más interpretada en sus mítines electorales, You Can’t Always Get What You Want no es la única canción de los Rolling Stones que utiliza Trump. También han sonado en ellos Start Me Up, Sympathy For The Devil y Brown Sugar. Y tampoco la banda británica es la única abusada. La lista de grupos y solistas de opiniones políticas muy alejadas de las de Trump que se han visto obligados a protestar por el uso que hace de su música es muy larga e incluso tiene una página en la Wikipedia (en inglés), empezando por Adele y acabando por Village People y The White Stripes. Entra aquélla y estos últimos, figuran los nombres de Bruce Springsteen, Elton John, Queen o R.E.M. Incluso los herederos de Leonard Cohen, George Harrison, Isaac Hayes, Luciano Pavarotti, Tom Petty y Prince han denunciado el uso de sus músicas. Pero, ya se sabe, para los depredadores, las ideas, el respeto y las obligaciones legales son minucias.

El uso contrario al espíritu del creador no es solamente cosa de la música popular de nuestros días. También se encuentran aberraciones en la apropiación de la música de los grandes clásicos. El Himno de la alegría que cierra la Novena Sinfonía de Beethoven es, sí, un canto a la fraternidad, a la igualdad entre los hombres. Desde muy jovencito, cuando Beethoven aún vivía en su Bonn natal, el músico ya se impregnaba de los principios de la Ilustración. No es de extrañar que aquel llamamiento a la fraternidad y la concordia sea el himno de la Unión Europea, pero mira por dónde también lo fue de uno de los regímenes más repugnantes que ha creado el hombre, el del apartheid de Rodesia (hoy Zimbabue), cuando una minoría blanca declaró unilateralmente la independencia del Reino Unido (1965) para poder mantener su dominio sobre una población negra explotada y abusada hasta la extenuación y, huelga decirlo, sin que se les reconociera ningún derecho.