La conversación pública sobre las elecciones europeas ha estado dominada por el temor al crecimiento electoral de la extrema derecha en sus diversas expresiones y por las especulaciones sobre su influencia en la composición de las instituciones comunitarias y en la orientación de sus políticas. Una eventualidad que ha contaminado al resto de fuerzas políticas, muy especialmente a la derecha popular europea que, por medio de su principal candidata, Ursula von der Leyen, ha abierto la puerta a un escenario de una nueva mayoría en las instituciones de la Unión con la presencia de un sector de los nacionalpopulistas encabezados por Giorgia Meloni.

Se trata de una preocupación avalada por la concurrencia relevante de fuerzas nacionalpopulistas en varios países de la Unión, en sus parlamentos y —en algunos casos— en sus gobiernos, como Italia, Hungría, Croacia, República Checa, Finlandia, Eslovaquia, Chipre y, próximamente, en los Países Bajos. Como también experimentada en el mismo Consejo Europeo, especialmente desde la llegada al Gobierno de Italia de Giorgia Meloni, sin olvidar la difícil convivencia con la Hungría de Orbán y, hasta hace poco, con la Polonia de Morawiecki.

Aun así, los resultados de las elecciones de junio no justifican por sí mismos abandonar la gran coalición europea entre conservadores, socialdemócratas y liberales, sin olvidar la contribución de los verdes, que ha estado orientando la política europea hasta ahora. Sobre todo si se tiene en cuenta que las extremas derechas recogen un resultado estimable en torno a un 20% de los votos. Se trata, pues, de una minoría para tener en cuenta porque es la expresión de un malestar de parte de la población, pero a la cual no se puede subordinar la gran mayoría democrática europea, que a pesar de compartir en parte este estado de ánimo, no reniega de los valores y de las instituciones europeas.

Así se constata en una macroencuesta de la Fondation pour la innovation politique (marzo-abril de 2024), donde solo el 13% de los encuestados desea abandonar la Unión y un 92% apoya el euro, a la vez que se evidencia el efecto proeuropeo de la agresión rusa a Ucrania. En cuanto a la identidad europea, un 67% la asocia a compartir los valores democráticos e, incluso, los electores de los partidos populistas son favorables al régimen parlamentario y a las libertades. Se podría decir que el malestar de los europeos no se ha convertido, hoy por hoy, en una desafección hacia los ideales de la Unión.

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Sin embargo, el diagnóstico sobre este malestar es bien conocido y reiterado. Después de la crisis económica de 2008, con un impacto profundo en términos de desigualdad social, la ciudadanía europea ha tenido que asimilar sucesivos choques imprevistos y excepcionales, como la pandemia y la sacudida económica subsiguiente, o el retorno de la guerra al escenario europeo. Como tampoco es negligible la confusión creada por el impacto social y cultural de las políticas de reconocimiento e integración de todas las minorías perseguidas, estigmatizadas o despreciadas porque, como señala Antoni Puigverd, «una cosa es acoger, defender, proteger e incluir, acciones que una democracia tiene que abanderar por definición; y otra es aceptar que con el pretexto de estas minorías se impulse una revolución antropológica que propugna la anulación de los géneros, avala el separatismo racial y cultural o decreta la obsolescencia de las culturas tradicionales en nombre de una ética alternativa» (La Vanguardia, 3-6-24).

 

Definir lo que hay que proteger

La confusión para entender y asimilar los cambios culturales y la incertidumbre y la inquietud por un futuro en el que se tendrán que afrontar los problemas relativos a la «descarbonización, defensa, desigualdad, digitalización y demografía —que incluye inmigración» (Rocío Martínez-Sampere en La Vanguardia, 1-6-24), provocan una demanda de protección y de seguridad, en un momento en que está instalada la desconfianza en la política, por cuanto no ofrece garantías de satisfacer esta demanda. En palabras de Joan Burdeus (Núvol, 28-5-24): «los europeos sentimos un deseo de protección muy grande, pero nos encontramos confusos ante una oferta política desgastada y sospechosa que votamos más para ir probando que por compromiso con un diagnóstico y un programa en positivo. El futuro será de quien sepa definir mejor aquello que hay que proteger y de quién o de qué hay que protegerlo.»

En la encuesta de la Fondation pour la innovation politique se pueden encontrar algunas respuestas a esta pregunta: los europeos estamos buscando una potencia pública que atienda a nuestras preocupaciones, empezando por la seguridad (el apoyo a la OTAN es de un 65%, y a un ejército europeo, del 67%) y el control democrático del espacio público (un 86% reclama la protección de las fronteras comunes). Y Daniel Innerarity pone el acento en una protección social que debe incluir las políticas de transición ecológica: «Un neokeynesianismo ecológico, además de posibilitar la creación de muchos puestos de trabajo vinculados a la economía verde, constituye una respuesta democrática y social a este deseo de protección que formulan quienes se sienten más vulnerables a las nuevas intemperies» (La Vanguardia, 1-6-24).

Daniel Innerarity pone el acento en una protección social que debe incluir las políticas de transición ecológica, un «neokeynesianismo ecológico».

En ámbitos institucionales estas preocupaciones de la ciudadanía se formulan en otros términos que podríamos resumir en el objetivo de la autonomía estratégica europea que afecta a las políticas clave de la Unión, como la transición ecológica, especialmente centrada en la autonomía energética. O como la transformación de la economía europea para adaptarse a un progreso tecnológico que no se detiene y, por lo tanto, para mantenerse competitiva en un entorno global más hostil y polarizado entre los Estados Unidos y China. O como la defensa europea, percibida ahora como una necesidad vital después del impacto de la agresión rusa a Ucrania, a la vez que potencialmente amenazada por un posible retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. En definitiva, en palabras de Moisés Naím (El País, 26-5-24), se trata de determinar el lugar que puede y quiere ocupar la Unión Europea en un orden internacional naciente que puede acabar derivando a marchas forzadas hacia un mundo anárquico y sin reglas ciertas donde predomine la ley de la selva.

Acertar la respuesta comporta afrontar y resolver la contradicción entre la necesidad y la urgencia de gobernar y gestionar unos problemas de escala europea y global que hacen ineludible profundizar en la integración europea, por un lado, y la pulsión de repliegue nacionalista y proteccionista, de la otra. Como dice Enric Juliana «por arriba proponen concentración de esfuerzos y aumento de medida. Más unidad y menos dispersión. Decisiones ejecutivas y campeones europeos en los sectores económicos determinantes. En los pisos inferiores se habla otro lenguaje aunque se utilicen las mismas palabras. Se defienden los campeones nacionales, se acentúan las defensas estratégicas nacionales y se mira de reojo el país vecino. La élite europea apunta en una dirección y las pasiones nacionales apuntan en otra» (La Vanguardia, 28-5-24).

Según Andrés Ortega, quizás no se trata tanto de contar con líderes europeos capaces de mantener el equilibrio político en el espacio central de las instituciones, como de tener líderes nacionales con vocación y proyección europea que «hagan más explícitos los valores que, frente a las derechas radicales, defienden los europeístas, y llenarlos de una carga más emocional, sin perder pragmatismo» (eldiario.es, 27-5-24).

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Una síntesis nueva y protectora

El peor escenario para Europa seria que con una mayoría de ciudadanos que se manifiestan favorables a la Unión y a sus políticas y que, dentro de este marco, piden protección y seguridad, la respuesta a esta demanda quedara en manos de la demagogia nacionalpopulista.

Esta mayoría necesita una respuesta democrática a la altura por parte de las fuerzas centrales del sistema europeo, como concluye Dominique Reynié en su comentario sobre la encuesta de la Fondation pour la innovation politique: «Es por eso que la mayoría de los europeos quieren articular mejor el papel de su Estado y el de la Unión y no tener que elegir entre los dos. A partir de ahora, los europeos también apoyan a la Unión porque se imaginan y esperan que permitirá a los Estados miembros obtener más poder y afrontar nuevos retos. Asimismo, cualquier polarización de la cuestión europea que enfrenta a la Unión con los Estados y los pueblos, como tres entidades con intereses contradictorios o destinos divergentes, ofendería a la opinión europea que aspira a una síntesis nueva y protectora».

¡No abandonamos a los europeos al populismo!