Estaría bien que antes de darle una vuelta a la impresionante importancia (perdonen la redundancia, pero así es) que tiene la moto y el mundo de la moto en Catalunya y, muy especialmente, en Barcelona, tengamos en consideración (lo digo porque no todo el mundo lo hace y merece la pena) que Barcelona es, en estos momentos y desde hace mucho tiempo, la única ciudad del mundo que posee un Gran Premio de F-1, llamado de España porque no existe otro; un Gran Premio de motociclismo, denominado de Catalunya porque el de España se corre en Jerez, y hasta un rally puntuable para el Mundial de la especialidad. Nadie, nadie, en el mundo tiene, en un mismo año, los tres grandes eventos del mundo del motor.

Es evidente que nada de eso le es extraño al boom de las dos ruedas. Como tampoco lo es que, en Catalunya, hayan habido hasta 150 fábricas de motocicletas, cierto, más o menos grandes, más o menos especializadas. Como tampoco es extraño que auténticos magos y locos como los legendarios y, sí, míticos Simeó Rabasa (Derbi), Paco Bultó (Montesa y Bultaco) o Joan Giró (Ossa), además de Sanglas, Rieju, Lube y tantas otras marcas, inundasen con sus máquinas calles, carreteras y caminos, pues también se especializaron en motos de campo, cross y trial, ganando, incluso, títulos mundiales.

Del mismo modo que hablamos de la pasión por la mecánica, por las motos, por las carreras, por la libertad que ofrece la moto, debemos tener en cuenta (cosa que tampoco hace la gente) que estamos en un país mediterráneo y, por tanto, el sol, el buen clima, los contados días de lluvia que padecemos, permiten que muchos de nosotros prefiramos movernos en moto que en coche.

Hay dos ciudades récords que son líderes, en Europa, en cuanto a población motera se refiere y ¡menuda casualidad! son capitales de dos países, en ese sentido, casi idénticos: Roma, donde cuentan que hay cerca de 400.000 motos, y Barcelona, que podría alcanzar, perfectamente, las 300.000.

Es evidente que, por lo que hace referencia a Barcelona, se junta todo: superpoblación y, por tanto, tendencia a moverse en moto, clima ideal, disminución de la polución (gracias a los ‘moteros’, sí), facilidad de desplazamiento, llegar a tiempo a todas partes (los motoristas siempre llegamos puntuales) y, sobre todo, una enorme maniobrabilidad. Eso sí, es tal la utilización de la moto en Barcelona y grandes ciudades catalanas, que empieza a existir un serio problema para aparcarlas. Y de eso, como de muchas de las críticas que recibidos los moteros, no tenemos la culpa.

No deja de ser curioso que la desaparición de las grandes, porque eran grandes, sí, inmensas, fábricas de motos catalanas, con modelos inolvidables como la legendario Derbi ‘Antorcha’, conocida popularmente como ‘paleta’ por la gran acogida que tuvo en el gremio de la construcción (valía 10.900 pesetas), convirtiéndose en lo que, a nivel del automóvil, supuso la aparición del Seat 600, no haya supuesto, como puede comprobarse en la vida cotidiana de los catalanes, una disminución por el cariño (y la practica) de la moto.

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Es más, pese a las grandes prohibiciones (y muy criticadas por incomprensibles: no utilicemos el argumento barato de la polución, pues un solo crucero de los que atracan a decenas, en Barcelona, supera cualquier récord ¡y no los prohíben!) lanzadas por el Ayuntamiento de Barcelona para el uso de las motos históricas en la ciudad, son cientos, miles, los usuarios que tienen en sus casas y/o garajes su antigua Derbi, por descontado su impecable Montesa ‘Impala’ (por cierto, premio FAD de diseño), su Bultaco ‘Metralla’, su ‘Cota’, su ‘Sherpa’ y, cómo no, su Vespa ‘Primavera’, que solo podrán utilizar los fines de semana. Ese cariño es, también, otra prueba de por qué Barcelona es una ciudad motera. Por su nostalgia y porque ama las cosas guapas del pasado.

Son muchísimos los catalanes que han decidido aparcar el coche y, sin importarle la edad, hacerse con una de las muchas motos que han sido pensadas, precisamente, para desplazarse, para moverse por la ciudad. “El mundo de la moto es un mundo especial, integrado por gente muy especial y, sobre todo, por gente muy, muy, entendida”, explica Joan Porcar, uno de los periodistas del mundo del motor más importantes que ha tenido España, reportero en los primeros años de éxito de Ángel Nieto y compañía en el Mundial de motociclismo y, posteriormente, uno de los responsables de ‘Solo Moto’, junto a su fundador Jaime Alguersari.

“Los moteros son gente muy meticulosa y esa seriedad y, sobre todo, precisión, por llamarla de alguna manera, empieza por la moto que se compran”, continúa explicando Porcar. “¿Por qué?, porque el motero sí es de ese tipo de persona que piensa muy bien en que moto se va a gastar su dinero, teniendo en cuenta, cosa que no hace todo el mundo y, mucho menos, los que se compran un coche, para qué quiere la moto, que utilidad le va a dar, cuando la usará”.

Y es que, en ese sentido, hay motos para todos los gustos y para todas las utilidades, pero resulta evidente que no tiene sentido comprarte una moto ‘casi’ de carreras, es decir, una moto de enorme cilindrada, si tu intención es moverte por la ciudad e ir, habitualmente, de casa al trabajo. Para eso está la moto ciudadana, el scooter, que los hay pequeños y grandes. Del mismo modo que cobra sentido comprarte una moto de gran cilindrada (aunque tampoco hace falta superar los 600cc), si lo que vas a hacer, habitualmente, es irte de excursión con tu pareja y/o amigos los fines de semana.

Eso sí, si esta es tú decisión, deberías intentar que la moto (por grande que sea, me refiero a su cilindrada, no tanto a su tamaño) tenga un asiento para el pasajero adecuado, es decir, amplio, ancho, cómodo y, en ese sentido, no cometas el error, por más deportiva y ‘fardona’ que sea, de comprarte una de esas motos japonesas que parecen (que son) casi de MotoGP, de carreras, en las que lo único que le queda al pasajero/a es ir sentado/a encima del colin, de la matrícula, sin apenas asiento, sufriendo un martirio en las largas rectas, destrozándose el cuello pues, en efecto, tú vas tan cómodo metido tras la cúpula de tu preciosa moto japonesa, pero no te das cuenta que la cabeza de él/ella sobrepasa tu cuerpo, no puede ocultarse tras tu espalda y cabeza, y no cesa de dar tumbos con su cuello de un lado a otro.

No deja de ser curioso que cuando los grandes fabricantes japoneses se han adueñado de una manera aparatosa del mercado mundial, muchos amantes de las motos, especialmente en Catalunya, especialmente en Barcelona, hayan echado la vista atrás y, por una u otra razón, hayan intentado, curiosamente en el momento en que el consistorio de Ada Colau ha decidido darles con la puerta en las narices, recordar viejos tiempos, actualizar su vieja moto guardada en el trastero o, como yo, conseguir la moto de mis sueños. Bueno, de los sueños de cuando tenía 16 años: la primera Bultaco ‘Lobito’. La moto que los chicos guapos de Barcelona lucían ante los colegios femeninos de la Bonanova.

Nunca pude tenerla (por dinero, claro). Nunca pudieron comprármela (éramos un montón de hermanos). Nunca pude disfrutarla. Así que me prometí que, en cuanto pudiese, me la compraría. Y gracias a uno de los mejores restauradores del mundo, no solo de Catalunya, ¡del mundo!, don Antonio Hernández, padre de Santi Hernández, ingeniero y jefe del equipo técnico del octocampeón del mundo Marc Márquez, no solo pude comprarle la ‘Lobito’ a un campesino que la tenía guardada en su granero, sino que don Antonio me la restauró pieza a pieza.

Esa es, también, otra de las razones por las que los barceloneses, los catalanes, amamos tanto la moto. Porque la moto es una manera de vivir, es una manera de recordar y, sobre todo, como ocurre con la ‘Antorcha’, la ‘Impala’, la ‘Metralla’, la ‘Cota’, la ‘Sherpa’ o la popular Vespa, es una manera de mantener vivo el recuerdo, la tradición, las buenas costumbres, la vieja manera de fabricar y vivir, el diseño de toda la vida, la calidez de las cosas sencillas y nuestras.

Ni que decir tiene, claro, que no es extraño que tanto cariño, tanta pasión y tanta practica por y con la moto, haya terminado convirtiendo a Catalunya, poseedora, desde que Sito Pons logró el doblete de títulos mundiales en 250cc, de uno de los mejores circuitos del mundo, en una de las principales canteras y/o cuna de campeones del motociclismo mundial. No hace tanto que celebramos el 50 aniversario (1968) de la primera victoria de un piloto español, Salvador Cañellas, un rayo tanto conduciendo motos como coches, en el Mundial de motociclismo. Fue, precisamente, en el circuito urbano de Montjuïc, en efecto, en 1958 y a los mandos, precisamente, de una Bultaco TSS125. Desde entonces hasta la llegada del inmenso, portentoso, determinante y arrollador Marc Márquez, ocho títulos mundiales le contemplan (125cc, Moto2 y seis de MotoGP), el campeonato mundial de las dos ruedas está plagado de pilotos catalanes que triunfan, gracias a la escuela catalana, a las magníficos competiciones de promoción y a desinteresados patrocionios y ayudas como la que proporciona el RACC, auténtico impulsor y sostenedor del mundo del motor.

Nada de todo esto es ajeno a la efervescencia que provoca la moto en la ciudad de Barcelona, en Catalunya. Contrariamente a lo que, tal vez, ocurre en Roma, su simpática rival en cuanto a fiebre motera se refiere (también turística, también ciudadano, también como ciudades cosmopolitas que son), Barcelona sí tiene en todo lo mencionado, es decir, pasión por las motos, clima, fabricantes y diseñadores pioneros de las motos más sofisticadas (entonces) y carismáticas (ahora), atracción por las carreras y, sobre todo, solución como método de desplazarse por la ciudad, el auténtico tuétano de por qué ama tanto estos curiosos vehículos de dos ruedas, que, lo crea o no la alcaldesa Ada Colau, le soluciona un montón de problemas (algunos irresolubles) que tendría de no ser por esa plaga de más de 300.000 motos que, cada día, se ponen en marcha en nuestra amada ciudad.