La invectiva ha quedado grabada entre quienes temían -contra el grueso de pronósticos- que el pueblo británico acabara abrazando el Brexit: dar la puerta a la Unión Europea «reduciría la idea del Reino Unido a la de una isla diminuta y gris en un rincón lluvioso de Europa». La pronunció en aquella campaña del referéndum de 2016 la actriz y dama del imperio Emma Thompson, y los ultranacionalistas se le lanzaron a la yugular. Las mismas huestes que entonces atacaron su actitud «antipatriótica» siguen secuestrando la agenda política ocho años después del voto a favor del Leave, a pesar de que una mayoría de sus conciudadanos admite que aquel experimento no fue una buena idea.

Otra cosa es la voluntad de rectificación, nada ajena a los socios comunitarios a lo largo del proceso de integración (Dinamarca se «repensó» su no al Tratado de Maastricht e Irlanda hizo las veces con el Tratado de Lisboa), pero que no casa con la cultura política de los británicos. Ese bagaje, unido al persistente eco de los embustes de la derecha, pero también al retraimiento de la oposición laborista, dicta pechar con lo que venga. Y la huida hacia adelante implica hoy para el ciudadano de a pie no mentar el Brexit, que ni siquiera figura entre sus diez principales preocupaciones, según los sondeos.

 

Sentimiento de crisis permanente

A las puertas de unas elecciones generales, la sociedad británica vive instalada en un sentimiento de crisis permanente que difícilmente disipará el desenlace del escrutinio del próximo 4 de julio aunque signifique un cambio en el color del gobierno. La desafección por la política ha sido uno de los grandes peajes de los años recientes. El presente del Reino Unido está teñido de la grisura que anticipaba la sentencia de Thompson, y en sus tonos más oscuros. El antiguo imperio se mira en el espejo y no se gusta. Un país con la moral baja, donde la gente siente que vive bastante peor que ayer y mira hacia el futuro con aprensión.

La concatenación de huelgas en los sectores del transporte y la educación, la precariedad de los salarios frente a un coste de la vida insostenible, la sensación de casi colapso en el sistema de sanidad pública (NHS) que los brexiteers prometieron enmendar en una de sus mentiras más flagrantes, el persistente agravio ante las desigualdades regionales… O el golpe al orgullo patrio de ser una potencia nuclear cuyos submarinos no funcionan y con un ejército que adolece de efectivos.

Ni un solo río de Inglaterra se considera limpio, y se enciende la alarma por el ‘laissez faire’ en los estándares medioambientales desde la implementación del Brexit.

Incluso una tradición legendaria como la competición de remo entre las universidades de Oxford y Cambridge se ha visto manchada en su última edición por la enfermedad de varios regatistas a causa de las aguas polucionadas del Támesis que robó los titulares al desenlace deportivo (ganó Cambridge). El episodio no es una mera anécdota, cuando ni un solo río de Inglaterra se considera limpio, y encierra la alarma por el laissez faire en los estándares medioambientales desde la implementación del Brexit.

Ni siquiera sus más acérrimos defensores pueden aducir que el Brexit haya sentado bien a la economía británica. Un crecimiento del PIB ralentizado y por debajo del de otros países de su talla, el freno que suponen para los intercambios comerciales con Europa los nuevos trámites y controles, las dudas de la inversión extranjera o cómo se resiente el mercado laboral con el finiquito de la libre circulación de los trabajadores radiografían el balance. Cierto que las medidas extraordinarias durante la pandemia y los efectos de la guerra de Ucrania hacen difícil calibrar el impacto económico real de aquel voto del 23 de junio de 2016. Pero queda en el aire justificar que el Reino Unido se desentendiera de un mercado único de 500 millones de personas, sin definir una alternativa clara al envite.

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Impacto brutal

El impacto del portazo a Europa ha sido especialmente brutal en el ámbito político, azuzado por constantes cambios de gobierno y la anomalía de contabilizar hasta cinco primeros ministros en menos de una década. El pueblo británico, que históricamente se ha significado por su resiliencia ante las crisis y su confianza en el buen gobierno y el civil service (funcionariado impecable e imparcial), asiste atónito a un desbarajuste de proporciones desconocidas.

La constante ruptura de la disciplina de voto parlamentario, reflejo de la guerra fratricida que vienen librando los tories en cada una de las votaciones en los Comunes, ha puesto palos a las ruedas de los sucesivos gobiernos conservadores, mientras la intromisión del ejecutivo en la labor de los funcionarios comprometía la gestión del día a día. Por todo ello, hace tiempo que los británicos mascan la percepción de fin de reinado, el finiquito de más de trece años poder de los conservadores.

Tras la avanzadilla de sus desastrosos resultados en las locales de mayo, se da por hecho que el blairita Keir Starmer se hará con el gobierno, aunque eso no signifique que convenza. Está claro que el contexto económico adverso le atará las manos e impedirá cualquier alegría en el gasto público, bandera de la izquierda y antaño aglutinadora del voto de unas clases trabajadoras que acabaron guiñando el ojo al Brexit. El líder laborista deberá despejar asimismo su hasta ahora timorata indefinición sobre cuestiones como la relación con Europa o las guerras culturales que tan bien sabe explotar la ultraderecha.

Ahí estará confrontándole un discurso hipernacionalista, antiinmigración y virulento contra la realidad multicultural. Aunque hace tiempo que dejó de ser marginal, el Brexit ha sido su cuña definitiva. Consiguió intoxicar las filas conservadoras desde su flanco derecho y, al margen de la anunciada debacle electoral del partido, o quizá por ello, su relato más extremo ha desembarcado para quedarse.

Hace tiempo que los británicos mascan la percepción de fin de reinado, el finiquito de más de trece años de poder de los conservadores.

En el verano de hace ocho años, un 51,9% de los británicos eligió desentenderse de la UE.  Muchos no lo vieron venir, como el propio David Cameron, a la sazón un primer ministro poco afecto a la idea de Europa aunque consciente del vacío que supondría un desengarce. Supuesta encarnación del relevo generacional de los conservadores, convocó el plebiscito al verse acosado al igual que sus predecesores por la eterna fractura de los suyos sobre la UE, ahondada ante el ascenso del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) que bebía de la oleada de los populismos en el Continente. Sin visos de representación en el Parlamento de Westminster a causa del sistema de representación mayoritaria, el UKIP dio la campanada en las europeas de 2014, erigiéndose en la fuerza más votada del país (27,5%). Su mensaje estaba calando.

 

Tijera implacable

Cameron seguramente pasará a los anales como uno de los gobernantes británicos más incautos. El error de cálculo no fue tanto sobre la perenne ambigüedad que suscita Europa entre los británicos como sobre la incapacidad de detectar el tremendo malestar social del presente. Aquel que empezó a fraguarse con el regreso de los conservadores al poder, en 2010, y sus políticas extremas de austeridad en un país no recuperado de la crisis global del 2008. La tijera ha sido implacable en todos los ámbitos -servicios sociales, atasco de la justicia e incapacidad policial por falta de medios, supresión de subvenciones a la cultura…- y, sin embargo, acompañada de altos impuestos en un Estado de bienestar cada día más mermado. Gestores de aquellas políticas aducen hoy que la austeridad permitió capear tiempos peores todavía por venir (en mente, las generosas ayudas estatales durante el confinamiento, que superaron los 300.000 millones de libras), si bien pasan por alto que sus recortes se cebaron en las capas más deprimidas.

Nigel Farage, oscuro político salido de las filas conservadoras para crear el UKIP, consiguió fijar la inmigración como cuestión prioritaria del debate político.

La izquierda británica no supo o no pudo rentabilizar ese malestar social que halló su refugio en los mensajes tan simplistas como efectivos de la ultraderecha, en las fake news elevadas a la categoría de título por la poderosa prensa reaccionaria. Nigel Farage, un oscuro político salido de las filas conservadoras para crear el UKIP (a la manera de Santiago Abascal, ex PP y artífice de Vox en España) consiguió fijar como cuestiones prioritarias del debate político la inmigración, la soberanía nacional y lo pernicioso de una globalización que sólo habría favorecido a las élites de Londres, a las que, por cierto, él mismo pertenece. A los cinco meses de la victoria del Brexit en las urnas, su buen amigo Donald Trump ganaba las presidenciales en Estados Unidos.

 

El oportunista Boris Johnson

Más de tres años de negociaciones sellaron la salida oficial británica de la UE, punto final a 47 años de cohabitación. Ya no estaba al cargo Cameron, caído tras el fiasco del referéndum. Tampoco la que fue su sustituta, Theresa May, volcada sin éxito en la negociación con Bruselas que evitara un divorcio a las malas. Sus correligionarios acabaron boicoteando un acuerdo bilateral que se daba por hecho y se la llevaron por delante. Quien portaba el mando aquel 31 de enero de 2020 era uno de los cabecillas de la revuelta contra May, el oportunista Boris Johnson, beneficiario de su apuesta por un Brexit duro a cara o cruz (él nunca lo ha negado). Acabó robando la estrategia a Farage y el voto de los antiguos bastiones del norte postindustrial (la muralla roja), al Laborismo.

Tras arrollar en unas legislativas, se dispuso a deshacer lo andado por su predecesora, a saltarse los protocolos ya firmados con Europa, azuzando las tensiones territoriales al boicotear las disposiciones sobre Irlanda del Norte para evitar una frontera interna. Le perdieron los excesos de un cínico que en su día intentó enredar hasta a la reina de Inglaterra y saltarse las normas que él había impuesto durante el confinamiento a base de juergas en Downing Street. Su reemplazo fue una mera nota a pie de página: con apenas seis semanas en el cargo, la reacción de los mercados cortó las alas a la pretensión de Liz Truss de implementar un drástico plan fiscal.

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A Boris Johnson le perdieron los excesos de un cínico que en su día intentó enredar hasta a la reina de Inglaterra.

El último en esa larga hilera de protagonistas de la deriva tory es Rishi Sunak, multimillonario cuyo perfil tecnócrata no ha conseguido poner orden al caos. Frente al entorno corrosivo del sector más brexitero, no se le puede negar la cordura de haber resuelto con Bruselas los problemas técnicos (y de alto voltaje político) que generaba la existencia de una frontera entre Irlanda del Norte y el resto de Gran Bretaña. También la aproximación de un acuerdo con España sobre Gibraltar, el otro territorio británico que pasó a tener una frontera terrestre con la UE a raíz del Brexit.

 

Demonizar la inmigración

Los equilibrios para mantenerse en el puesto le han abocado, sin embargo, a entregar el grueso de la agenda al sector de su partido que se confunde con la extrema derecha; a demonizar la inmigración hasta el punto de aprobar una ley para deportar a los ilegales a Ruanda, repudiando la legislación europea en materia de derechos humanos. Terrible golpe al prestigio internacional de la antigua democracia británica que, además, opaca su generosidad con los refugiados de la guerra de Ucrania y asilados de Hong Kong. Precisamente por ello, las cifras de inmigración neta han proseguido su cota ascendente, comprometiendo la promesa tory de cortarla de raíz. Paradójicamente, está resultando muy difícil cubrir la espantada de miles de trabajadores comunitarios en sectores como la restauración o la sanidad. La capitalidad de Londres sigue llorando la pérdida de la fuerza, dinamismo y volumen económico que reportaban.

Está resultando muy difícil cubrir la espantada de miles de trabajadores comunitarios en sectores como la restauración o la sanidad.

El Brexit es el inevitable eje de una singladura con más oscuros que claros, pero no hay partido que plantee algún tipo de marcha atrás, a pesar de que las encuestas recientes sugieren que una mayoría no haría ascos al menos el regreso al mercado común. De alcanzar el poder, los pasos que pueda dar el otrora declarado europeísta Starmer para engrasar la relación bilateral pertenecen por ahora al terreno de la especulación.

 

Las grises islas

Puede dar por hecho el acoso de quienes proclaman que la revolución del Brexit está todavía pendiente. Por supuesto Farage, retirado de primera línea política pero con una creciente influencia desde su palestra de periodista de GB News (la Fox británica), que procura visibilidad a su última criatura, el partido Reform UK. ¿Y el Partido Conservador? Relegado al papel de oposición que no ha ocupado en demasía a lo largo de la historia, la gran batalla interna que se avecina dirimirá si se entrega definitivamente al populismo de extrema derecha, en la línea de sus colegas republicanos en Estados Unidos, o bien regresa al pragmatismo más centrado del gestor al que uno entregaría sus ahorros. Hoy por hoy, aparece tan desubicado como las grises islas que no acaban de encontrar su lugar en el mundo.