«Aprender a ver: habituar el ojo a la calma, a la paciencia, a dejar
que las cosas se nos acerquen; aprender a aplazar el juicio, a rodear
y a abarcar el caso particular desde todos los lados»

 Friedrich Nietzsche

 

Hace más de un cuarto de siglo que ya no piso las aulas de España, y trato muy poco a maestros y profesores; por ello me he impuesto un régimen de silencio sobre temas educativos, más por pereza que por coherencia. Estas líneas son solo lo que son: impresiones de quien, como periodista, conoció, validó y publicó las mejores prácticas de la profesión docente, y de sus anhelos de cambio social y renovación pedagógica, a través de las páginas de la revista mensual Cuadernos de Pedagogía. Gentes extraordinarias que no olvido. No pretendo abordar aquí los grandes problemas del sistema educativo, sino solo ofrecer algunas reflexiones, muy generales, sobre ciertos aspectos de este y, como tales, adecuadas para todos los niveles de aprendizaje. Basadas en esa privilegiada experiencia vital, han sido escritas respondiendo a la amable propuesta de política&prosa.

Vamos a ello.

Un viejo payés del Ampurdán, Quim, un ser que parecía salido de la pluma de Josep Pla, sentados una tarde de mayo junto a mi huerto que él cuidaba con esmero, me regaló esta sabia sentencia agraria: «Si no cultivas la tierra, mejor no hables de las cosechas». Sobre esa tierra que llamamos Educación, disertan expertos de toda condición, buenos, malos y mediopensionistas. Paradójicamente casi nunca lo hacen precisamente quienes acumulan una experiencia de trasegar en las aulas, día tras día, con esos indómitos locos, más o menos altos, pero todos radicalmente hijos de su tiempo más que de sus propios padres.

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