En el mes de octubre de hace cien años, los acontecimientos que han pasado a la historia con el nombre de Marcha sobre Roma llevaron a Benito Mussolini al gobierno del Reino de Italia, marcaron el final de la etapa liberal e inauguraron el régimen fascista. En los años siguientes, la «marcha» fue considerada y celebrada como el acto fundacional de la «revolución fascista». Incluso en el extranjero el eco de los hechos fue notable y en diversos ambientes de la extrema derecha europea se empezó a mirar el fascismo italiano como un ejemplo a imitar. Todavía hoy, a un siglo de distancia, en torno a los hechos de octubre de 1922 persiste un mito extendido no solo entre las minorías nostálgicas, que siguen venerando la figura del Duce, sino también en un segmento mucho más amplio de la opinión pública.

Pero detrás de la lectura simplista y mitificada de la Marcha sobre Roma, la historia nos muestra una realidad más compleja. Por una parte, la movilización de los «camisas negras» representó verdaderamente un fenómeno insurreccional, preludio de la dictadura. Por otra, no se trató de un auténtico golpe de estado.

 

Nápoles, 24 de octubre de 1922

La decisión de organizar una marcha de los militantes fascistas sobre la capital fue adoptada por la cúpula del partido de Mussolini el 24 de octubre de 1922, en el curso de una reunión que tuvo lugar en un hotel de Nápoles, mientras en la ciudad partenopea se estaba celebrando una concentración de miles de «camisas negras».

Tres años y medio después de su fundación en marzo de 1919, superado un comienzo difícil, el movimiento fascista ya es un protagonista de la vida política italiana. Como en gran parte de Europa, también en Italia la posguerra estuvo atravesada por fuertes tensiones sociales. Una ola de protestas populares contra el alto coste de la vida, huelgas de los trabajadores en las fábricas, agitación de los temporeros del campo en el Valle del Po, ocupaciones de tierras en las regiones meridionales, habían dado un carácter de conflictividad excepcional al bienio 1919-1921 (conocido por esto, algo impropiamente, como el bienio rojo). Este ciclo de luchas, en gran parte espontáneas, había estado acompañado por un crecimiento sin precedentes de la sindicalización y la politización del mundo obrero, al mismo tiempo que los acontecimientos en Rusia alimentaban el mito de la revolución bolchevique.

Sin embargo, desde 1921 el aumento del paro, provocado por el empeoramiento general de la situación económica, había debilitado al proletariado italiano y había conducido a una disminución de las huelgas y de la agitación. Además, la movilización de las clases subalternas no suponía la única manifestación de las tensiones sociales de la posguerra.

El naciente movimiento fascista había contribuido también a exasperar el clima político desde el principio por su uso sistemático de la violencia. Había surgido por ejemplo el fenómeno del «escuadrismo», es decir, «escuadras» de «camisas negras» organizadas como milicias paramilitares con el objetivo de golpear e intimidar a los adversarios.

A mediados de 1920, la violencia «escuadrista» había explotado particularmente en regiones donde la presencia de fuerzas socialistas y católicas había sido históricamente más significativa: en territorios como la Emilia-Romaña, la Toscana, la Lombardía, el Véneto y la Apulia. Las incursiones eran financiadas por propietarios rurales y estaban formadas preferentemente por elementos procedentes de ciudades próximas (sobre todo, jóvenes inadaptados, estudiantes, exoficiales del ejército, profesionales liberales) que con frecuencia contaban con la connivencia de la magistratura y de las fuerzas del orden.

Las incursiones eran financiadas por propietarios rurales y estaban formadas por elementos procedentes de ciudades próximas.

Al lado de los «escuadristas» y de las élites rurales, el fascismo había comenzado a atraer también a estratos de la pequeña y mediana burguesía urbana: un conjunto compuesto por artesanos, comerciantes, empleados, intelectuales que la Gran Guerra había acercado al nacionalismo más extremo. En muchos casos, viendo erosionarse los propios ahorros a causa de la inflación provocada por la crisis económica posbélica, estos estratos medios experimentaban un fuerte sentimiento de miedo y de inseguridad social y hallaban en el fascismo la única alternativa creíble tanto a la revolución socialista como al viejo orden liberal.

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Precisamente en estos estratos sociales Mussolini había identificado los principales referentes de su proyecto político, defendiendo cada vez más abiertamente sus intereses. En las elecciones de mayo de 1921, precedidas por una escalada de violencia «escuadrista», los fascistas habían obtenido una treintena de escaños y entraban por primera vez en el parlamento.

Pero más allá del plano electoral, el crecimiento del fascismo era evidente también en la dimensión organizativa. Si en 1919-20 el movimiento contaba con unos pocos miles de militantes, desde primeros de 1921 se había extendido rápidamente por todo el territorio italiano y en noviembre se había transformado en un auténtico partido: el Partido Nacional Fascista (PNF). En mayo de 1922, el PNF había llegado a la cota de los 322.000 inscritos, superando en número a todos los demás partidos.

En mayo de 1922, el PNF había llegado a la cota de los 322.000 inscritos, superando en número a todos los demás partidos.

Cuando el 22 de octubre de 1922, Mussolini y sus más fieles decidieron poner en marcha los preparativos para la marcha sobre Roma, llevando a la práctica una idea sobre la que estaban reflexionando desde hacía tiempo, representaban de hecho la principal fuerza de oposición extraparlamentaria. La organización se encomendó a un cuadriunvirato formado por Italo Balbo, Michele Bianchi, Emilio De Bono y Cesare De Vecchi, que tenía la responsabilidad de establecer el plan de acción y coordinar las operaciones. Pero ni el mismo Mussolini imaginaba cuál podría ser el resultado de la marcha: ¿una demostración de fuerza en sí misma, una simple provocación por su enfrentamiento con las autoridades estatales o una auténtica insurrección con el objetivo de conquistar el poder por vías subversivas?

 

Perugia, 27-28 de octubre de 1922

Finalizada la concentración de Nápoles, Mussolini, el cuadriunvirato y los doce comandantes de zona a los que se había encargado dirigir las escuadras fascistas comenzaron a preparar la marcha sobre Roma. Como «cuartel general de la revolución fascista» se eligió la ciudad de Perugia, en el centro de Italia, a unos 170 kilómetros de la capital. Aquí se establece el cuadriunvirato para dirigir las operaciones.

Las órdenes preveían que la movilización empezara la noche del 27 al 28 de octubre con la concentración de los «camisas negras» en las principales ciudades italianas. Una parte de los «escuadristas» tenía la misión de controlar cada una de las localidades y la otra, la mejor armada, la de ponerse en marcha hacia la capital.

Pero la movilización se pone en marcha anticipadamente, sorprendiendo a las fuerzas del orden y al mismo cuadriunvirato. Ya a las 11:30 de la mañana del 27 de octubre, Pisa es la primera ciudad ocupada por las tropas fascistas. Camiones abarrotados vuelcan a los «camisas negras» sobre la ciudad, asaltando los edificios públicos y los lugares de mayor importancia estratégica como las oficinas de correos y la estación del ferrocarril. En las horas siguientes, sucede lo mismo en muchos otros centros urbanos: Cremona, Siena, Piacenza, Foggia, Florencia, Treviso, Rovigo, Alessandria, Verona, Bolonia, Venecia, Ferrara, Novara, Trieste, Gorizia, Brescia y aún algunos más. En prácticamente todos los casos los fascistas ocupan los puntos neurálgicos del sistema administrativo local sin encontrar resistencia. Hacia la tarde, los primeros contingentes de «escuadristas» comienzan a moverse en tren y en coche hacia Roma.

Incluso en Perugia las autoridades públicas cedieron el poder sin que se hubiera disparado un solo tiro. Pero el cuadriumvirato no consigue controlar las acciones y coordinar la «revolución fascista» como se había previsto. Balbo, Bianchi, De Bono y De Vecchio no lograron dirigir las operaciones desde el «cuartel general». La movilización fascista avanza de una manera caótica.

El 28 de octubre, bajo una lluvia intensa y persistente, hambrientas y mal equipadas, las columnas fascistas procedentes de diversas regiones italianas se concentran en varias localidades a las puertas de Roma, a punto para entrar en la capital. Pero no llega ninguna orden de Perugia mientras que, por el contrario, se suceden los rumores sobre la proclamación inminente del estado de sitio por parte del gobierno italiano.

Efectivamente, el consejo de ministros estaba discutiendo la oportunidad de enviar el ejército a parar la marcha fascista. El jefe del gobierno, Luigi Facta, era partidario de medidas excepcionales para restaurar el orden público, pero no disponía del apoyo unánime de sus ministros y aún menos del rey Víctor Manuel II. El Estado italiano demostró no tener ninguna voluntad política de bloquear el acceso del fascismo.

 

Milán, 29 de octubre de 1922

Mientras en Perugia el cuadriumvirato había perdido el control de la movilización y en Roma el gobierno seguía inerte, el líder del fascismo mantiene una actitud de esperar y ver, aislado, siguiendo los acontecimientos desde Milán, a una distancia de casi 600 kilómetros de la capital. De hecho, su participación en la marcha fue insustancial.

El 29 de octubre Mussolini recibe el telegrama en el que el rey le invita a una entrevista para conferirle el encargo de sustituir al dimisionario Facta.

Como siempre, la ambigua estrategia mussoliniana osciló entre el extremismo y la moderación. Por un lado, Mussolini se presentaba como el jefe de los insurgentes, nada dispuesto a cancelar la acción escuadrista ni a aceptar soluciones de compromiso, como por ejemplo la formación de un gobierno con el viejo liberal Antonio Salandra. Por el otro, esperaba en realidad la evolución de la situación, sin exponerse demasiado, para explotar a su favor exclusivo la debilidad que el Estado liberal estaba poniendo de manifiesto.

Fue, por lo tanto, en Milán que la tarde del 29 de octubre Mussolini recibe el telegrama en el que el rey le invita a una entrevista para conferirle el encargo de sustituir al dimisionario Facta.

 

Roma, 30-31 de octubre de 1922

Tras partir en tren de Milán a última hora de la tarde del 29 de octubre, Mussolini llega a Roma la mañana del 30 para someter al rey la lista de los ministros que formaran su gobierno. La relación comprendía tres miembros del PNF, tres representantes del área democrática, dos del Partido Popular de inspiración católica, un nacionalista, un liberal, un independiente y dos generales filo fascistas.

Se trataba, por tanto, de un gobierno de coalición, que descansaba en una convergencia de intereses entre el jefe del fascismo y varias fuerzas políticas: el primero parecía renunciar al propósito de subvertir el orden constituido para llegar al poder desde una posición de minoría parlamentaria, los demás aceptaban el riesgo de encomendar el país a Mussolini como una última tentativa de salir de la inestabilidad política y con la esperanza de «normalizar» el movimiento fascista. En síntesis, se estaba generando una especie de «solución bonapartista»: ante la crisis del sistema político liberal, las viejas clases dominantes cedían una parte del poder a una personalidad carismática que, mediante una forma de gobierno autoritario, parecía que podría conservar la jerarquía social existente.

Al día siguiente se permitió que los aproximadamente 50.000 fascistas de la marcha entraran en Roma con un desfile desafiante encabezado por el propio Mussolini. Las imágenes de la época lo retratan al frente del séquito, al lado de los cuadriumviros y los comandantes, en una perfecta puesta en escena. A pesar del mito rápidamente construido para exaltar la relevancia revolucionaria de la expedición fascista, el hecho es que culminó cuando la suerte ya había estado echada. La conquista del poder no fue el resultado directo de la insurrección, sino que se produjo por la decisión del rey, de acuerdo con los procedimientos previstos en la legalidad italiana.

Pero la violencia y las ocupaciones fascistas en muchas ciudades de Italia no acabaron inmediatamente. No fue hasta el 7 de noviembre que las autoridades estatales restablecieron el orden público. Pero en este momento la dictadura ya estaba en el horizonte y la Marcha sobre Roma había sido su preludio.