Hay una imagen icónica de Odón Elorza (San Sebastián, 1955) que lo dio a conocer en toda España cuando apenas llevaba un año como alcalde de San Sebastián. Era marzo de 1992 y tanto el terrorismo de ETA como la kale borroka, que practicaban los jóvenes seguidores de la organización terrorista, estaban en su punto álgido. En aquellos tiempos se sucedían los atentados etarras y, día sí y día también, los cachorros del abertzalismo radical provocaban violentos altercados en las calles del País Vasco.

El centro de Donostia era uno de sus lugares preferidos a la hora de incendiar autobuses, colocar barricadas y liarse a pedradas o arrojar cócteles molotov contra la policía. Sus mayores practicaban terrorismo con mayúsculas, ellos, terrorismo de baja intensidad. Aquel día de 1992, a Elorza le avisaron de que un grupo de jóvenes acababa de prenderle fuego a un autobús municipal en el Boulevard donostiarra, a la entrada de la Parte Vieja y a escasos metros del Ayuntamiento. El alcalde salió de su despacho y avanzó hacia los jóvenes abertzales mientras se abría la gabardina y a pecho descubierto les gritaba «¡cobardes, que sois unos cobardes!». El video se difundió en todas las televisiones y la foto fue reproducida en todos los diarios, también en los de fuera de España.

Puede parecer contradictorio, pero hace unos pocos meses, con ETA ya desaparecida, el mismo Elorza, que fue alcalde de Donostia durante 20 años y actualmente es diputado del PSOE por Guipúzcoa, se enfrentaba en el Congreso a las derechas que trataban de utilizar a las víctimas del terrorismo para atacar al Gobierno de Pedro Sánchez. En esta ocasión, en particular para descalificar los presupuestos generales, aprobados con el apoyo de 190 diputados, 14 por encima de la mayoría absoluta, entre ellos los cinco de EH Bildu.

ETA ya no existe, anunció el fin de la acción terrorista el 20 de octubre de 2011 y su disolución el 2 de mayo de 2018. Ya no hay atentados y en las calles del País Vasco reina la tranquilidad. A Elorza le molesta que las derechas quieran dar a entender que la banda sigue en activo o que sostengan que la presencia de los abertzales radicales en las instituciones democráticas es la prueba de que ETA ha ganado.

Ante un discurso de ese tipo, el exalcalde estalló. «Se ha hablado de Fernando Múgica, amigo y compañero íntimo a quien acompañé en sus últimos momentos de vida en la acera de la calle San Martín. Aún tenía pulso y le acompañé al hospital», dijo conmovido. «Se ha hablado de Ernest Lluch, íntimo, socialista compartido por todos, con quien hablé cinco horas antes de su asesinato en el garaje de su casa en Barcelona. Podría hablar de Enrique Casas. Fui el primero que llegué, antes de la ambulancia incluso, a su casa, a su habitación donde yacía asesinado, por la llamada de su mujer Barbara Dührkop, acudí al momento».

 

¡Ya está bien!

Y añadió: «Estuve pocos minutos después del asesinato del general Garrido, su mujer y su hijo en la esquina del Boulevard de San Sebastián, al lado del Ayuntamiento, con una bomba lapa. Expresé mi dolor por encima de todo ante Gregorio Ordóñez cuyo cuerpo yacía en el bar La Cepa en la Parte Vieja». Y entonces elevó el tono: «¡Ya está bien! ¡Dejen de utilizar a las víctimas del terrorismo, que son de todos, para atacar al Gobierno de izquierdas! ¡Dejen de utilizar a las víctimas del terrorismo para atacar un presupuesto! ¡No sean tan miserables, dejen ya en paz el terrorismo de ETA! ¡ETA desapareció, ETA no está aquí, aquí no hay terroristas! ¡Ya está bien! ¡Aquí lo que hay son franquistas, unas derechas de vocación golpista!». Su intervención fue jaleada por los diputados socialistas y abucheada por los de las derechas.

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Le molesta que las derechas sostengan que la presencia de los abertzales radicales en las instituciones es la prueba de que ETA ha ganado.

Esas dos actuaciones reflejan bien quien es este político atípico, díscolo, incómodo incluso para sus compañeros de partido, sobre todo para las cúpulas dirigentes, pero al que toleran porque cuenta con el respaldo de los electores, que durante los 20 años en que fue alcalde de San Sebastián (1991-2011) le votaron muy por encima de lo que apoyaban a las candidaturas del PSE en otras convocatorias electorales. Y es que Odón Elorza, un hombre sencillo y honesto, tiene la extraña habilidad de resultar molesto a todos los partidos, incluido el suyo. De hecho, si perdió la alcaldía de Donostia en 2011 fue no solo porque el candidato de EH Bildu obtuvo 1.500 votos más que él sino porque el PP y el PNV se negaron a apoyarle y exigieron al PSE que presentara otro candidato a alcalde si quería contar con sus votos. El PSE cedió, ofreció la cabeza de Elorza y aun así se quedó sin la alcaldía.

Si Elorza les parece un tipo incordiante es porque acostumbra a plantear cuestiones que la oficialidad considera inconvenientes. Porque lo mismo pide que se investiguen los crímenes del GAL y se reconozca a sus víctimas que exige a la izquierda abertzale que pida perdón por su apoyo al terrorismo etarra, o reclama la regeneración democrática, con más transparencia y más rendición de cuentas, o se declara a favor de un referéndum sobre la Monarquía, o se salta la disciplina del grupo parlamentario para abstenerse en la ley de abdicación de Juan Carlos I, votar en contra en la investidura de Mariano Rajoy, cuando el PSOE decidió abstenerse, a favor de la eliminación de los aforamientos para los cargos públicos, propuesta por Ciudadanos, o contra el nombramiento de Enrique Arnaldo como miembro del Tribunal Constitucional, desoyendo el mandato de su partido.

A veces, como todos, puede parecer contradictorio, pero intenta ser coherente. Fue el primer diputado, por ejemplo, que renunció a las dietas de desplazamiento y alojamiento cuando, durante el confinamiento domiciliario de 2020, se suspendieron los plenos presenciales del Congreso.

 

En la grada

Hay un dato que no por anecdótico resulta menos expresivo de la personalidad del ex alcalde. Enamorado de la Real Sociedad, acude a todos los partidos que puede del club donostiarra. Pero, envuelto en la bufanda txuri-urdin (blanquiazul), los colores del club y de la bandera de San Sebastián, él prefiere ocupar un asiento en la grada junto a los aficionados que sentarse en el palco con la directiva del club y otras autoridades. Puede parecer una costumbre sin trascendencia, pero refleja bien cómo se desenvuelve Elorza en sus relaciones con el poder, sea este deportivo o político.

Esa manera de actuar es especialmente destacada en la distancia que marca respecto a la cúpula de su partido, el PSE-PSOE, sea esta también cual sea, incluida la de Pedro Sánchez al que Elorza apoyó sin reservas cuando fue defenestrado por los notables socialistas y, después, cuando renació de sus cenizas y les derrotó en las primarias frente a la favorita Susana Díaz.

Fue el primer diputado que renunció a las dietas de desplazamiento y alojamiento cuando se suspendieron los plenos presenciales del Congreso.

Fue la única vez que apostó a ganador. Cuentan sus amigos que ya cuando empezó en las Juventudes Socialistas estuvo siempre en contra de la oficialidad. Pero cuando en 2017 apoyó a Sánchez frente al sanedrín socialista lo hizo seguramente no solo porque veía en él a la persona que podía liderar la regeneración política que él defiende sino también, quizás de manera inconsciente, porque parecía una causa perdida.

La victoria de Sánchez, de hecho, no le llevó a hacer un seguidismo ciego del líder. Al contrario, actuó como siempre, no de verso libre, a él no le gusta esa definición, pero sí de Pepito Grillo, un personaje con el que se identifica más. Hasta el punto de que estuvo en la primera ejecutiva que formó Sánchez tras aquella hazaña, pero fue descabalgado de ese órgano en el siguiente congreso.

 

Devoto de Donostia

Dice Elorza, no obstante, que a veces «se corta», para «no sentirse excluido» porque sabe que cuando se disiente «se viven situaciones tensas, los aparatos se lo toman mal y algunos compañeros te ponen mala cara, hasta el punto de que tú, que votas en conciencia, acabas sintiéndote culpable». Sabe también que se pierden prerrogativas y que incluso se puede perder el puesto en las listas electorales. Él, no obstante, no parece que se haya plegado demasiado a lo largo de su vida política a las consignas de la dirección.

Entre sus logros como alcalde están la playa de la Zurriola, el nuevo Kursaal, el carril bici, el parque de Cristina Enea o las viviendas sociales.

Este político vasco siempre anda enredado en alguna cruzada, no necesariamente coincidente con las prioridades de su partido. Durante su etapa como alcalde eran proyectos para la ciudad, al margen de los dictados del comité local del PSE. Devoto de Donostia, aficionado al cine, el ajedrez, el jazz, adicto al té verde y a montar en bicicleta, algunos de sus principales logros como alcalde son la playa de la Zurriola, el nuevo Kursaal, la peatonalización del centro, el carril bici o el parque de Cristina Enea sin olvidarse, por supuesto, de las viviendas sociales. Ahora, como diputado, clama por la liberación de las patentes de las vacunas para que las farmacéuticas dejen de hacer negocio «aprovechando la angustia ciudadana» y, sobre todo, para conseguir que la inmunización de los habitantes del planeta permita vencer a la covid-19.

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El fular del Dalai Lama

Como el resto de los políticos constitucionalistas en el Pais Vasco, Elorza vivió escoltado la mayor parte de su vida pública. «Sin libertad», «con miedo», ha declarado él en múltiples ocasiones. En una visita a San Sebastián, el Dalai Lama le regaló un fular blanco. El entonces alcalde se prometió a sí mismo que no se lo pondría hasta que hubiera paz. Tuvo que esperar quince años y cuando en 2011 ETA anunció el fin de su acción terrorista, Elorza se colocó el pañuelo al cuello. Lo llevó durante meses. Fue su manera de celebrar el fin del terrorismo y la libertad de circular por su ciudad sin necesidad de ir protegido por un puñado de ertzainas.

En los años duros, Barcelona y algunas localidades del Pirineo catalán fueron en muchas ocasiones su refugio.

En los años duros, cuando la atmósfera en Euskadi era asfixiante y necesitaba respirar aire libre viajaba a Catalunya. Barcelona y algunas localidades del Pirineo catalán fueron en muchas ocasiones su refugio. Siempre tuvo, de hecho, buena relación con el PSC y, en particular, con Pasqual Maragall. Quizás por esa especial vinculación, la Generalitat le concedió la Creu de Sant Jordi en 2006.

Ahora que ya puede pedalear y caminar por San Sebastián con total libertad, Elorza ha establecido la costumbre de convocar un día a la semana a quien quiera acudir a tomar un té en una cafetería cercana a la casa del pueblo del PSE. Allí charla con los electores y rinde cuentas si se lo piden. Una costumbre muy británica en una ciudad tan afrancesada.