«I don’t want to be a Brexit Brit»

Los europeos, publicada en traducción castellana en 2020 proyectó la figura de Figes en España tanto por la coincidencia con el debate sobre la decisión del Brexit como por la potencia de su propuesta de interpretación de la configuración de la unidad cultural del continente. Nacido en Islington, Londres, en 1959, Orlando Figes se acogió a la nacionalidad alemana en 2017, un año después del referéndum de salida de la Unión Europea. Estudió Historia en el Gonville and Caius College, University of Cambridge, donde se graduó en 1982. Se doctoró en el Trinity College y ha enseñado Historia en el Birkbeck College de la University of London hasta su jubilación académica en 2022. Su investigación se ha focalizado en la historia rusa, la Unión Soviética y los países del Este europeo. Ha publicado también en castellano La revolución rusa: la tragedia de un pueblo (1891-1924) (Edhasa), El baile de Natasha: una historia cultural rusa (Taurus), Los que susurran: la represión en la Rusia de Stalin, (Edhasa), y más recientemente, en 2022, La historia de Rusia (Taurus). Su obra ha sido traducida a más de treinta lenguas.

 

Orlando Figes visitó Barcelona como invitado de la Fundació Catalunya Europa para hablar de Rusia, Europa y de la guerra en Ucrania.

 

Es usted un destacado historiador que ha escrito diez libros sobre la historia de Rusia y Europa. Su obra más reciente, La historia de Rusia, comprime mil años de historia en unos pocos centenares de páginas. ¿Qué nuevos conocimientos quería presentar en ella?

Concebí La historia de Rusia como una síntesis de mi trabajo al aproximarse mi jubilación de la docencia académica. Quería dar al libro cierta unidad centrándome en las ideas que han estructurado la historia rusa y en la comprensión que tienen de la misma los propios rusos. Después de enseñar esta materia durante 35 años, llegué a la conclusión de que estaríamos en una mejor posición para comprender de dónde viene Rusia si estudiáramos su historiografía. Es muy diferente la forma en que los rusos entienden su pasado de cómo se ha enseñado en Occidente. ¿De dónde provienen las ideas de que Rusia es vulnerable a los ataques de potencias occidentales tecnológicamente superiores y hostiles? ¿De dónde proviene la idea de que un líder fuerte es un elemento necesario para la defensa nacional? Todo eso está arraigado en la cultura rusa, pero también lo hallamos incrustado en su historiografía. Muchas de las ideas históricas que Putin ha usado para justificar su guerra en Ucrania y contra Occidente se encuentran en la historiografía imperial rusa del siglo XIX.

 

Su libro empieza con la inauguración en 2016 del monumento al Gran Príncipe Vladímir de Kiev (958-1015), el introductor del cristianismo, frente al Kremlin de Moscú.

Creo que lo decidí así para señalar ese interés por la historiografía imperial renovada por Putin. Me pareció que era, si no una declaración de guerra todavía, sí una declaración de intenciones. Como una manera de decir que Ucrania no era un país, que siempre había formado parte de la Gran Rusia, y que el fundador del cristianismo, el Gran Príncipe Vladímir (Volodímir para los ucranianos), era en realidad ruso. Fue la base del Estado ruso, lo cual es cuestionado por los ucranianos, por supuesto, que tienen sus propias mitologías sobre los orígenes de su Estado nación. No prestamos suficiente atención a estas perspectivas para entender la posición en la que se encuentra Rusia bajo el liderazgo de Putin, y para mí era importante subrayar estos elementos. Objetiva y sustancialmente, no hay nada nuevo en este libro, pero ofrece una forma, quizás relevante, de analizar las estructuras de la historia rusa en la actualidad, así como las historias contadas sobre la historia rusa en la propia Rusia, para brindar una mejor comprensión a los lectores occidentales de dónde vienen.

 

Para Rusia, la consolidación de una Ucrania soberana y europea (no rusa ni rusificada) representa una amenaza. Hace peligrar la influencia de Rusia en ese codiciado ámbito llamado russki mir (mundo ruso), complica sus aspiraciones internacionales y socava su sentido de seguridad. También los fuerza a reevaluar su identidad histórica. ¿Por qué el Kremlin no adoptó estrategias diplomáticas y orientadas hacia la paz para mantener su relación con Ucrania? La guerra a gran escala lanzada en febrero de 2022 fue un movimiento muy arriesgado. Si bien sus intereses eran muchos, las ganancias potenciales eran mínimas, sobre todo teniendo en cuenta las predecibles reacciones contrarias de la comunidad internacional. ¿Fue un cálculo estratégico erróneo?

Sí, creo que fue un error de cálculo llevar a cabo esa invasión basada en información incorrecta de la inteligencia rusa, según la cual el gobierno de Zelenski caería enseguida. Probablemente la razón de esto sea la desconexión de la realidad por parte de Putin. Recibe información que sus agentes de inteligencia creen que quiere oír y omiten el resto. Durante los años de pandemia, y también antes, se recluyó en su despacho a leer demasiada historia, o a leer una historia parcial, una historia desactualizada que se acerca más a la propaganda que a una ciencia objetiva. Fue definitivamente un error de cálculo. Si hubiera continuado la política que seguía desde 2014, anexión de Crimea incluida, habría estado en una posición más fuerte para lograr su objetivo de mantener a la OTAN lejos de Ucrania. Se encontraba en una posición relativamente fuerte. Las cosas le iban bien. Se había salido con la suya con la anexión. Las sanciones eran débiles. Rusia había organizado el Mundial de fútbol. Parecía que Occidente reanudaba los negocios con Rusia como de costumbre, o casi.

«Putin recibe información que sus agentes de inteligencia creen que quiere oír y omiten el resto.»

 

Y de repente… 

Lo echó todo por la borda al apostar por una invasión a gran escala. Tal vez pensó que era su destino. ¿Quién sabe? Quizás lo descubramos más adelante, si es que alguna vez conocemos la historia interna del Kremlin a partir de memorias, en la medida en que estas sean fiables. Por ahora solo podemos especular, porque Putin es el único que sabe lo que pasa por su cabeza, y quizá ni siquiera él lo sepa.

 

En su obra El resentimiento en la moral (1912), el filósofo alemán Max Scheler exploró el síndrome de Weimar, según el cual las humillaciones pasadas alimentan la acción política. Discutió la tensión entre el deseo de venganza, el odio y la envidia frente a un sentido de impotencia, afirmando que eso podía llevar al resentimiento. Apuntó que los parlamentos democráticos desempeñan un papel vital en la disipación de esas emociones, lo cual es crucial para prevenir resultados perjudiciales. Scheler también señaló la prevalencia del resentimiento en la literatura rusa y atribuyó a una historia de opresión y a la incapacidad de expresar emociones en un sistema parlamentario y de prensa libre. ¿Qué factores han contribuido a la presencia del resentimiento en el pensamiento ruso?

Creo que se basa en el sentimiento de inferioridad de los rusos respecto a Occidente, que convive, paradójicamente, con un sentido de superioridad, porque creen en ese mito del alma rusa y en que Rusia tiene un destino especial que forma parte de un plan divino. La ideología de Moscú es la de ser la tercera Roma, además de otros mitos que sostienen que Rusia salvará la humanidad, pues tiene la misión de rescatarla de la corrupción y la decadencia de Occidente y de su iglesia herética. Esta mezcla de inferioridad y superioridad es venenosa y se convierte fácilmente en resentimiento mediante la percepción de injusticia. Creo que la debilidad de Rusia en los años 90, la sensación de que el gobierno de Yeltsin se vio intimidado por la administración Clinton, que no se consultó a Rusia sobre varios temas, especialmente en Kosovo, son aspectos utilizados en la narrativa del Kremlin para afirmar que se les maltrató. De ahí viene el resentimiento general hacia Occidente que Putin integró en su visión geopolítica, pero también se debe tener en cuenta la historia imperial que quiso desarrollar a partir de su tercer mandato, en 2012. Y la razón por la que tiene tanta aceptación en Rusia es porque la gran mayoría de la población salió perdiendo en los años noventa. El derrumbe del comunismo significó la pérdida de seguridad, empleo, pensiones, ideología y forma de vida para muchas personas, sobre todo las generaciones mayores, además de dificultades para muchos para adaptarse al nuevo sistema de mercado.

 

Los «salvajes años noventa» como los llaman en Rusia…

Una cleptocracia depredaba los bienes públicos por medios criminales y corruptos. No vieron que la democracia les aportara ningún beneficio. A la democracia [demokratiya] la llamaban «mierdocracia» [dermokratiya]. Cuando Putin llegó al poder y empezó a hablar de restaurar el orgullo nacional, de no avergonzarse por la historia del país, de que ya no necesitaban recibir más lecciones de los historiadores y de los gobiernos occidentales sobre lo pésima que era su historia, de que había que enorgullecerse de los logros soviéticos…

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

¿Incluidos los de Stalin?

Sí, y todo ese discurso resonó en la población, que se había sentido humillada y ofendida, por usar una expresión de Dostoyevski. Son sentimientos arraigados.

 

El Kremlin y sus medios de comunicación utilizan el término spetsialni (especial) para referirse eufemísticamente a la guerra en Ucrania. Este uso distorsionado del lenguaje me recuerda la novela de Lidia Chukóvskaia, Sofia Petrovna (1940), en que la protagonista homónima, una madre, sufre una crisis nerviosa al enterarse de que han represaliado injustamente a su hijo, porque entran en flagrante contradicción sus creencias y la narrativa estatal. Al final quema la carta de su hijo para negar la verdad, lo que recuerda a la incredulidad con la que muchos ciudadanos rusos acogen el conflicto de Ucrania. ¿Por qué la narrativa colectiva en Rusia a menudo parece dominar sobre la conciencia individual?

Este choque está en el núcleo de mi obra, sobre todo en Los que susurran, mi historia sobre la realidad durante el estalinismo, fruto de mis investigaciones con la oenegé Memorial, hoy ilegalizada. En términos de recuerdo individual, si pensamos en la memoria, funciona a tres niveles: la memoria oficial, la memoria colectiva (creada por historiadores, cineastas, artistas) y la memoria individual (a partir de cómo se recuerdan directamente los acontecimientos, ya sea por uno mismo o por los relatos del pasado de la familia). El problema en Rusia es que el ámbito intermedio, el de la memoria colectiva, es muy débil, porque durante las dos últimas décadas lo ha controlado el Estado, incluidos el cine y la televisión, y la oficial invade la privada. La población, como descubrí en Los que susurran, carece de una estructura conceptual a la que vincular sus recuerdos íntimos. Todo cuanto recuerdan es fragmentariamente, que sus familias fueron represaliadas, que los separaron de los suyos y los enviaron a orfanatos… Pero les falta una explicación que lo contextualice y dote de sentido a su memoria individual…

«En Rusia el ámbito de la memoria colectiva es muy débil porque durante las dos últimas décadas lo ha controlado el Estado, incluidos el cine y la televisión.»

 

Eso se nota en los actos conmemorativos del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Detrás hay una razón emocional. Si uno fuera un veterano de la Segunda Guerra Mundial, como la llamamos nosotros, habría presenciado toda clase de atrocidades cometidas por el ejército soviético —como fusilar a los desertores porque no están armados y no quieren ir al frente—, episodios que no encajan con la narrativa oficial. Ahí es donde más se acusa la ausencia de una memoria colectiva. Emocionalmente, uno querría pensar que su sacrificio fue por algo. Veinte millones de personas murieron para salvar el país. Y esa es la historia de la guerra que presenta la narrativa oficial rusa. Ofrece una estructura de significado para justificar esas acciones o darles sentido y que uno se enorgullezca de lo que hizo por su país. Una memoria colectiva débil conlleva una sociedad civil igualmente débil, porque para que la sociedad civil se desarrolle como entidad política y se defienda contra el Estado, necesita estas memorias. Si la gente no sabe qué representa, sino que solo acepta lo que el Estado les dice que representa, entonces desafortunadamente, la sociedad civil nunca se consolidará.

 

Otro de esos relatos arraigados es que Rusia está rodeada de potencias occidentales hostiles. Por eso sigue resonando la necesidad de un líder poderoso —sea el zar, sea el secretario general del Partido Comunista—. ¿Por qué Rusia tiene una tradición tan larga de gobiernos autocráticos y no ha experimentado la democracia?

Hay que tener en mente el tamaño de Rusia, pero también la debilidad de su clase oficial. Me refiero a la debilidad, a lo largo de la historia, de esa clase de servidores públicos con sentido de Estado, y no solo preocupados por el enriquecimiento personal; es decir, suficientemente formados y capacitados para administrar de forma responsable la Administración. El Estado, que se desarrolló en Rusia como una formación militar, para la conquista, recompensaba a los pomieschiki («terratenientes») entregándoles tierras a cambio de su servicio. Esos terratenientes estaban dentro de la estructura patriarcal de la autocracia rusa, eran esencialmente siervos del zar y cualquier beneficio que obtuvieran por su servicio podían perderlo si se desviaban de la línea. Además, no echaban raíces en las comunidades locales, porque los enviaban de un lugar a otro. No había nada de eso que damos por sentado en las sociedades occidentales desde la Edad Media, desde la era del feudalismo: una aristocracia asentada con plenos derechos de propiedad sobre la tierra y, por lo tanto, que hacía labores caritativas y patrocinaba instituciones locales.

Hasta el siglo XIX nada de eso se desarrolló de veras en Rusia. Es la debilidad de la sociedad lo que explica la persistencia de la tradición autocrática. Cuando estalló la revolución rusa en 1917 esas instituciones, al igual que los gobiernos municipales, eran muy enclenques. Tenían solo unos pocos años de existencia antes de que se produjera este tremendo conflicto entre la propiedad y el poder. La revolución social tuvo prioridad. Según entendió Lenin, la cuestión principal sería quién aglutinaba el poder coercitivo para suprimir el enemigo. Como nos muestra la historia de 1917, no fue una revolución que se resolviera a través de las reglas del Parlamento, del Estado de derecho o de las constituciones. Pero no es que en el ADN de los rusos haya un gen que los haga amar al zar y rendirle pleitesía. Bien pensado, durante siglos la institución básica de la sociedad rusa fue el mir (comunidad). Fue un organismo democrático e igualitario. Querían autonomía y autogobierno, así como el control de las tierras. Así, no es que los rusos no hayan tenido instituciones democráticas, sino que el Estado y sus servidores se aprovecharon de la sociedad de una manera que socavaba la capacidad de desarrollo de esas instituciones.

«La tradición bizantina del poder está en el corazón de la civilización rusa. La sacralización del poder es crucial en ese aspecto.»

 

Orlando Figes retratado en Barcelona el 25 de mayo. Foto de Xavier Jubierre.

Orlando Figes retratado en Barcelona el 25 de mayo. Foto de Xavier Jubierre.

 

Dado el carácter sagrado que tiene el poder en Rusia, que hunde sus raíces en el cristianismo ortodoxo y se hace eco también de ciertos aspectos de la era soviética, ¿cómo influye este sistema de creencias en la política rusa contemporánea y en el enfoque de liderazgo de Putin?

La tradición bizantina del poder está en el corazón de la civilización rusa. La sacralización del poder es crucial en ese aspecto. Creo que influye no solo en la forma en que el zar era percibido como la personificación de Dios en la Tierra, sino también como el encargado de cumplir la misión divina en cuanto a purgar las raíces del mal y preparar para el Juicio Final, tal como lo entendió Iván el Terrible. Influyó en el culto al zar y, por extensión, en el culto al revolucionario, encargado de traer la utopía a la tierra. Por tanto, en el corazón de la revolución hay una concepción milenaria que encaja bien con esa tradición de sacralización del poder. Putin no sigue exactamente ese guion, pero existe un culto hacia su figura, bastante moderado, en realidad, teniendo en cuenta hasta dónde podría haber llegado: un culto al estilo norcoreano de Kim Jong-un, por ejemplo. Lo que sí es un factor clave es el apoyo que le brinda la iglesia. Desde 2012, sobre todo, en su visión de esa Rusia eterna están las ideas del patriarca Cirilo, actual cabeza de la iglesia ortodoxa rusa.

 

Sin embargo, estos aspectos internos de la política rusa suelen quedar al margen del debate en Occidente y en sus medios… ¿Por qué se suele entender la lógica de la política exterior rusa como una reacción a amenazas de otros países y no como resultado de sus propios predicamentos?

La narrativa de los medios occidentales sobre Rusia es simplista, porque hay estereotipos. En mi opinión, lo que ha demostrado esta guerra es que no entendíamos bien a Rusia, de dónde venía. Tampoco las narrativas históricas que Putin ha usado como armas durante los últimos diez o quince años. Ahora estamos pagando las consecuencias. Por eso decidí escribir La historia de Rusia. En él, no se justifica en absoluto la postura de los rusos, pero sí ayuda, creo, a los lectores occidentales a entender cómo ven ellos su lugar en el mundo, cómo perciben que les trata Occidente, desde qué punto de vista enfocan sus reivindicaciones sobre Ucrania, etc. Por desgracia, es un problema recurrente. ¿Quién sabe algo sobre Sudán hasta que no se convierte en un problema? ¿Y de Cataluña? Es un problema generalizado de la información internacional, que tiende a la superficialidad.

«Cuando uno es historiador de un país extranjero es muy importante tener un sentido del lugar y de su gente, entender sus preocupaciones cotidianas.»

 

Si bien los historiadores usan fuentes primarias como cartas, diarios, material diverso de archivos, memorias y relatos testimoniales para reconstruir el pasado, muchos también han recurrido a la literatura por su valor único. Aunque la ficción no es factual en el sentido literal, a menudo refleja los valores, actitudes y condiciones sociales de la época en la que fue escrita. Esto puede proporcionar un contexto valioso y una comprensión de las sociedades pasadas que no se encuentra en fuentes históricas más tradicionales. Usted forma parte de estos últimos.

Estoy totalmente a favor de incluir la ficción como una fuente. A lo largo de mi carrera como docente de historia, siempre animé a quienes me pedían lecturas sobre Rusia que leyeran a algún novelista ruso del siglo XIX. «Seguro que aprenderás más sobre la Rusia actual (y sobre la del XIX, por supuesto) leyendo a Chéjov o Dostoyevski que leyendo a historiadores contemporáneos de estos últimos. Cuando uno es historiador de un país extranjero es muy importante tener un sentido del lugar y de su gente, entender sus preocupaciones cotidianas. Se consigue viviendo un tiempo allí como uno más. La literatura también aporta eso. La historia consiste en escribir de manera objetiva en la medida de lo posible, pero con la imaginación y empatía necesarias para entender lo que conforma un país, un pueblo.

«El potencial creativo para la renovación democrática de Rusia ahora es muy difícil de ver.»

 

En el último capítulo de La historia de Rusia dice: «Se han publicado muchísimos análisis sobre la cuestión [el fracaso de la democracia en Rusia con Yeltsin] y la bibliografía sigue creciendo a razón de varios volúmenes cada año, pero se caracteriza por ser estrecha de miras. En gran parte se trata del punto de vista de los intelectuales liberales de Moscú y otras grandes ciudades, una casta reducida y aislada cuya influencia nunca ha sido tan importante como creían tanto quienes forman parte de ella como sus aliados en Occidente».

Los historiadores occidentales, y en parte yo incluido, hemos mirado a Rusia a través de la mirada de los intelectuales rusos que, a su vez, miran su país a través de la mirada de Occidente. Es como una imagen especular que se autorrefuerza. Una de las cosas que hemos aprendido de esta guerra, por ejemplo, es que Stalin no fue una aberración. Ahora tenemos a otro tipo de Stalin. Por tanto, es más un patrón de la historia rusa que una excepción. Creo que sobrestimamos enormemente la importancia y la influencia de esa inteligentsia rusa. Todos nos enamoramos de ella, porque queríamos creer lo que nos decían. Pero es una esfera diminuta. Cuando sales de Moscú, San Petersburgo y otro puñado de ciudades, entras en un mundo diferente, un mundo donde no hay agua corriente ni cuartos de baño en las casas, donde se aplican reglas distintas para la vida cotidiana.

«Estoy totalmente a favor de incluir la ficción como una fuente.»

 

Tomar la parte por el todo. Una sinécdoque equivocada…

Me temo que ahora estamos lidiando con una Rusia diferente, porque, en la última década, desde el fracaso de las manifestaciones en la plaza Bolotnaia entre 2011-2013, la clase creativa, la clase dinámica de jóvenes emprendedores que fundan empresas de alta tecnología, cafeterías, etc., ha abandonado la Rusia de Putin, porque se decepcionaron. Allí no hay futuro para ellos. Los que no se marcharon entonces lo han hecho ahora: la guerra ha provocado otro éxodo masivo. Por desgracia, la intelectualidad rusa está moribunda, lo que significa que el potencial creativo para la renovación democrática de Rusia ahora es muy difícil de ver. Dudo que los que se han ido vuelvan. Tal vez piensan que lo harán, pero ya se produjo otro éxodo masivo de dos o tres millones de rusos después de 1917. Todos pensaban que regresarían. Dejaron allí sus casas, sus pertenencias personales… Pero no volvieron.

«Los historiadores occidentales hemos mirado a Rusia a través de la mirada de los intelectuales rusos que, a su vez, miran a su país a través de la mirada de Occidente.»

 

Por último, háblenos un poco, por favor, sobre cómo encara cada proyecto editorial.

Cada libro es diferente para mí. Lo más fácil es contar el dónde. Escribo en Italia, en una casa de campo que está a cinco kilómetros del vecino más cercano, lo que es perfecto para mí. Antes de ir allí hago todo el trabajo previo de recopilación de material (Internet y los datos en la nube han facilitado mucho eso). Así escribí Los europeos y La historia de Rusia.

 

En pleno Brexit, exploró en Los europeos la creación en el siglo XIX de un canon europeo compartido y de una cultura cosmopolita que va de Lisboa a San Petersburgo, no en Inglaterra, sino en Italia… ¿Y cuál es su rutina allí?

Algo parecido al paraíso, porque me he jubilado del mundo académico, lo que me da más tiempo para pensar. Compaginar escritura y docencia no es fácil. Escribo desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde y el resto de mi vida está dedicado al hedonismo. Parte de ese hedonismo es simplemente el tiempo libre para pensar. Mi madre, escritora, me dijo una vez: «Escribir es una ocupación a tiempo completo. Tal vez solo escriba por la mañana, pero durante el resto del día estoy pensando en lo que he escrito». Por desgracia, en la academia ya no se dispone de eso, y tener tiempo para pensar es algo crucial. Creo que es una de las razones por las que los libros se han vuelto cada vez más largos, porque se piensa menos y se regurgita todo en lo que se ha trabajado. Ya no hay muchos editores en condiciones, así que los libros son cada vez más voluminosos. De hecho, pensar permite el trabajo de síntesis, encontrar conexiones y su relevancia. Todo eso requiere mucha reflexión. Es lo que más disfruto de la jubilación.

«Escribo en Italia, en una casa de campo que está a cinco kilómetros del vecino más cercano, lo que es perfecto para mí.»

 

¿Qué es lo último que ha leído? 

El último libro que he leído, porque tengo que escribir una introducción para una nueva edición, es La guardia blanca, de Bulgákov.

 

Mijaíl Bulgákov es uno de los escritores cuya pertenencia al paisaje cultural de Kyiv enciende polémicas, y en especial ahora, con la «desrusificación» que la invasión ha acelerado. Bulgákov, rusófono, nació y se formó en la capital de Ucrania, pero se consagró literariamente en Moscú, además de haber sido contrario a la causa nacional en su época.

La guardia blanca es una novela maravillosa que nos describe el Kyiv de 1918 con la solvencia de un historiador. Es complicado para el historiador transmitir el caos, el miedo, la incertidumbre… es decir, todas las decisiones que ponen patas arriba el mundo de los Turbín, la familia protagonista: ¿huimos al Donbás? ¿Nos quedamos y luchamos en el bando de Pavló Skoropadski? ¿Emigramos a Occidente? Es todo un reto escribir sobre el caos. George Orwell lo hizo en Homenaje a Cataluña. Para ello, se necesita ser un gran escritor. De modo que, si uno está interesado en la guerra civil rusa, con Bulgákov se puede aprender mucho. Sería lamentable que los nacionalistas ucranianos lo prohibieran. O que borraran sus huellas en la casa-museo de Kyiv dedicada a él, donde vivió y ambientó La guardia blanca. Como sabe, en Rusia hay una tradición cultural magnífica: las casas-museos de literatos. Sería una pena que la cerraran.