Ha vuelto el miedo al apocalipsis nuclear, ausente durante 30 años, desde que acabó la Guerra Fría. No se entiende nada de la invasión rusa de Ucrania sin la amenaza de Vladímir Putin, presente desde antes del 24 de febrero, que no se ha abstenido de hablar de ello tantas veces como le ha convenido durante los ocho meses que ya dura la guerra de Ucrania. Pero cuanto más aumenta la envergadura del fracaso militar ruso, más cerca se dibuja la amenaza y más crece el temor a un lanzamiento atómico, reconocido incluso por la Casa Blanca.

Todos los escenarios han sido ya estudiados y expuestos, incluso en público. El más leve es que Putin, desesperado ante la imposibilidad de la victoria, haga una prueba nuclear de envergadura en una zona deshabitada o en el mar Negro, cerca de territorio ucraniano, solo para demostrar su disposición a recurrir a la medida más extrema y con el objetivo de iniciar una negociación inmediatamente. Es el principio de la doctrina militar rusa conocida como «escalar para desescalar».

El escenario más grave contemplado actualmente, descartado hasta ahora totalmente el uso de misiles estratégicos de largo alcance contra territorio de la OTAN, sería el lanzamiento de un artefacto denominado táctico en una de las batallas actualmente en curso, contra una ciudad, unas instalaciones militares o una división acorazada.

Rusia dispone de centenares de bombas de este tipo, quizá hasta dos millares, que tienen más potencia destructiva que los artefactos lanzados sobre Hiroshima y Nagasaki. A diferencia de las bombas estratégicas, estas tienen un significado militar muy limitado, pese a su formidable capacidad destructiva, de manera que en según qué condiciones ni siquiera pueden resolver claramente una batalla, no digamos ya una guerra. Al contrario, si Putin se atreviera a utilizarlas, solo encontraría inconvenientes, empezando por una reacción de rechazo internacional que probablemente abarcaría a sus actuales aliados y a muchos países que han apostado por la equidistancia. En la propia Rusia sería recibida negativamente, entre otras razones, por los probables efectos de contaminación nuclear, que afectarían al ejército y al territorio ruso.

La repetición de una crisis como la de los misiles cubanos planea sobre la guerra de Ucrania y los temores al lanzamiento de un misil táctico ruso con carga nuclear.

Putin ha utilizado el arma nuclear en su función disuasoria desde antes incluso de la invasión. Es el concepto de la «santuarización agresiva», por el cual una potencia utiliza el arma no para evitar ser atacada e invadida, sino para atacar o invadir a otro país que no la tiene. La amenaza nuclear le ha permitido mantener a los aliados de Kiev a una cierta distancia, sin participar directamente en la guerra, ni asegurar áreas de refugio civil protegidas internacionalmente o zonas de prohibición de sobrevuelos para evitar los bombardeos a civiles. Pese a la colosal ayuda militar proporcionada a Ucrania, sobre todo por Estados Unidos, los aliados han procurado evitar la escalada y mantener abierto un canal de comunicación con Moscú, hasta ahora sin ningún tipo de efecto.

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El arma fatídica

A pesar de que el Kremlin continúa esgrimiendo el arma fatídica y de que nadie puede excluir seriamente su uso después de tantas amenazas, el ejército ruso está demostrando que tiene aún mucho recorrido en su escalada de cara a presionar y seguir exhibiendo su disposición a utilizar todas las armas a su alcance. Ucrania ha perdido ya un tercio de sus infraestructuras de producción y distribución eléctrica, de manera que la campaña de bombardeos emprendida al comienzo del otoño puede arruinar la economía del país y destrozar los medios de calefacción civil de cara al invierno.

A efectos prácticos, el mensaje es el mismo que el de todas las armas de destrucción masiva, como lo son las bombas atómicas o podrían serlo las químicas o bacteriológicas, utilizadas recientemente por Rusia en Siria: si no puede ocupar Ucrania, Putin prefiere destrozarla y obligar a la población a huir.

Quedan todavía las armas más políticas que pueden compensar la desastrosa campaña militar y aconsejar a los aliados de Kiev, a Washington sobre todo, el camino urgente de la mesa de negociación. Italia ya tiene una mayoría de gobierno en la que Putin cuenta con buenos amigos. Las elecciones de medio mandato del 8 de noviembre en los Estados Unidos, cuyos resultados ya se conocerán cuando aparezca este artículo en letra impresa, pueden cortar el chorro de ayuda militar que hasta ahora ha fluido generosamente desde Washington hasta Kiev, sin que haya ninguna alternativa suficiente por parte de los aliados europeos. Los precios de los alimentos y de la energía, la inflación y el crecimiento insuficiente o incluso la recesión ejercerán presión sobre los gobiernos de todos los colores, con o sin amigos de Putin.

La negociación que resolvió aquel momento de extrema tensión también inspira actualmente los análisis e iniciativas diplomáticas para buscar una salida a la guerra.

La diplomacia tiene siempre un papel en las guerras, incluso en los momentos más virulentos. De momento, ya ha servido para el intercambio de prisioneros o para asegurar la salida de los cereales almacenados en los silos ucranianos. Muchos gobiernos empiezan a pensar, y algunos incluso lo dicen, que ya es hora del alto el fuego y de las negociaciones de paz. Ni Moscú ni Kiev quieren oír hablar de ello, a menos que reciban exactamente aquello que los ha llevado a combatir. Putin quiere negociar a partir de la anexión legalizada por su régimen dictatorial después de la farsa de unos referendos en las regiones parcialmente ocupadas. Zelenski quiere volver a la situación anterior a 2014, incluida la devolución de Crimea.

El miedo no solo hace correr, sino que también obliga a leer y a recordar. Ahora se cumplen 60 años de la crisis de los misiles en Cuba, cuando el mundo estuvo a un paso de la guerra nuclear entre las dos superpotencias de la época. El propio Joe Biden ha reconocido que había leído libros y documentos sobre aquella crisis para reflexionar sobre la actual. Hay muchas diferencias entre ambas crisis nucleares, pese a que las dos partes son las mismas, aunque la Unión Soviética tenga otro nombre y se haya encogido.

Todas las partes salvaron entonces la cara, a pesar de que Jrushchov fue quien más cedió y quien acabó pagando con su cargo solo dos años después. Kennedy, el presidente de los Estados Unidos, no hizo caso a los halcones que le aconsejaban el ataque y la invasión de Cuba, donde se habían instalado los misiles, y prefirió las sanciones y el bloqueo naval sin excluir el ataque. La Cuba de Castro recibió, a través de Moscú, la garantía de que no sería invadida por los Estados Unidos, y Washington desmontó discretamente los viejos misiles que apuntaban a Rusia desde Turquía, aunque después se supo que ya no tenían utilidad.

 

Preservar la existencia de Ucrania

El más decepcionado de todos fue Fidel Castro, que estaba dispuesto a sacrificar Cuba entera para plantar cara militarmente a Estados Unidos. La resolución de la crisis tampoco gustó al belicoso Mao Zedong, que tildaba de tigre de papel a los Estados Unidos armados con la bomba atómica.

Ahora no se trata de evitar el lanzamiento de un artefacto nuclear, sino antes que nada de preservar la existencia y la libertad de Ucrania, que es la que finalmente debe decidir cuándo y cómo hay que negociar. Zelenski, como quería Castro, ya está plantando cara en los campos de batalla al imperialismo del invasor y no tiene más remedio que despreciar el peligro nuclear, como hacía Mao, si no quiere que Putin gane la guerra con el miedo nuclear, ya que está visto que no la puede ganar con las armas convencionales.