La mayoría de los retos que tenemos planteados como sociedad reclaman respuestas educativas. Esta afirmación puede parecer repetitiva y un punto frustrante, pues resulta agotador pensar que todo se tiene que arreglar a través de una educación que, en el mejor de los casos, muestra sus impactos de manera difusa y en el largo plazo. Aun así, es una afirmación cierta. Indiscutible. Desde una perspectiva económica y laboral, la educación es fundamental en la actual sociedad del conocimiento. Y desde la óptica política y social, la educación es imprescindible para formar ciudadanos virtuosos, capaces de convivir en democracia, de comprometerse con el bien común y de formar parte de proyectos compartidos.

Esta primera reflexión, casi rutinaria, está del todo ausente en el ámbito universitario. La Universidad, de hecho, ha desaparecido de la agenda política y social; como si la diéramos por descontada. No se habla de ella. Después de los recortes presupuestarios que siguieron a la crisis de 2008, se fueron levantando voces que reclamaban recuperar recursos para la sanidad o la educación primaria y secundaria. La Universidad, que había sufrido la peor rebaja presupuestaria, en cambio, quedó silenciada. No se levantaron voces reivindicando nada. Ni siquiera los propios actores universitarios se han movilizado. Es como si la Universidad no necesitara de estos recursos. Quizás se la considera una partida lujosa y, por lo tanto, prescindible. Una partida que en el periodo 2009-2015 cayó radicalmente: las universidades públicas catalanas recibieron un 20% menos de recursos públicos y, por lo tanto, se vieron obligadas a incrementar las tasas que paga el alumnado -un 68%- entre 2010 y 2012. Un aumento que no compensó el recorte de los recursos públicos se tradujo tanto en una creciente fragilización de la Universidad como en dificultades crecientes de los estudiantes menos acomodados para acceder a ella.

Llevamos ya más de dos décadas de precariedad universitaria y, quizás más importante, de ausencia de un debate público sobre el papel que tiene que desarrollar en nuestra sociedad. Tenemos universidades con déficits relevantes de financiación, con un personal que -doy fe- está sufriendo la escasez de recursos, con un desconcierto absoluto sobre qué se espera de ella y, adicionalmente, funcionando con unas dinámicas inerciales que nos llevan a ignorar las profundas transformaciones tanto del alumnado al que educamos como de la sociedad a la cual dirigimos nuestras investigaciones. Pero de todo esto no hablamos.

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