Pasqual Maragall ha sido, sin duda, el alcalde de Barcelona más importante de la segunda mitad del siglo XX. En palabras de su sucesor: «pasará a la historia de esta ciudad como el hombre que dirigió la transformación más profunda e intensa de todo el siglo XX». Pero si lo supo hacer es porque era, en sus propias palabras, un «hijo devoto y dolorosamente enamorado» de esta ciudad.

Maragall fue alcalde durante casi quince años, pero lo tuvo más difícil de lo que a menudo se dice, se piensa y se recuerda. Maragall nunca obtuvo la mayoría absoluta en el consistorio, aunque estuvo cerca de tenerla, y gobernó siempre en coalición con el PSUC e IC, y en su último mandato también con el Partit per la Independència de Pilar Rahola. Una coalición a tres, un tripartito avant la lettre, que duró doce años, principalmente con Joan Clos. Lo que vuelve singular a Pasqual Maragall es la claridad de su idea de ciudad, que se manifiesta en todos sus textos, en todos sus discursos, desde que fue elegido alcalde el 2 de diciembre de 1982, con el discurso «Por una Barcelona olímpica y metropolitana». Y también la perseverancia, e incluso la tozudez, para hacer realidad su idea.

Cuando tomó posesión, sabía que tenía entre manos un reto enorme. Una ciudad que transformar. Y para ello contaba con una herramienta principal: el Ayuntamiento. Pero supo ver inmediatamente que necesitaba otra complementaria: la colaboración de los sectores sociales y económicos más activos de la sociedad. Así nació la alianza entre Maragall y los barceloneses. Entre el alcalde y la gente.

Pasqual Maragall hizo suya una cita de William Shakespeare en Coriolano: What’s the city but the people? «La ciudad es la gente.» La gente que vive en ella y que la vive. La gente que trabaja o estudia en ella, la gente que la visita o que viene a comprar o pasear. Cuando le preguntaban cuánta gente vivía en Barcelona, él respondía. «¿A qué hora?» Para Maragall, la ciudad no era patrimonio de nadie. Tampoco de los barceloneses. La ciudad era de todos.

Un alcalde que en su primer discurso diferenciaba entre la ciudad, la Corporación —formada por los concejales— y el Ayuntamiento, «es decir, los servicios». Él se proponía «prestigiar el Ayuntamiento como colectivo de personas al servicio de la ciudad» para conseguir que «el ciudadano mire con orgullo no solo a su ciudad y quizá a su alcalde y sus concejales, sino al Ayuntamiento como empresa de servicio público, eficaz, asequible». Este es, quizá, uno de los principales legados del Maragall alcalde. Un Ayuntamiento prestigiado y orientado hacia la ciudadanía.

Para ello, había que reformar el Ayuntamiento, lo cual había sido su tarea principal como teniente de alcalde, de acuerdo con cinco principios básicos: austeridad, eficacia, información, descentralización y vinculación con el Área Metropolitana. Unos principios que acompañaban la ambición que la ciudad necesitaba para proyectarse internacionalmente serviría para transformar la ciudad: los Juegos Olímpicos.

En su primer discurso, Maragall alude a los Juegos sin citarlos, y lo hace refiriéndose al discurso de Narcís Serra en el Saló de Cent ante el rey Juan Carlos: «Un instante que se convirtió en el punto de partida de una ilusión de futuro que todos los barceloneses comparten, proyectándonos con fuerza hacia una serie de actuaciones a diez años vista que pueden contribuir a estructurar definitivamente nuestra ciudad metropolitana con una calidad urbana que hoy no posee.» Es decir, los Juegos eran una herramienta para transformar la ciudad. No fueron nunca una finalidad en la acción política de Maragall. Ni siquiera fueron un elemento central en sus discursos de toma de posesión como alcalde en 1987 y 1991. No es sino después, pasados los Juegos, cuando saca pecho y se refiere a la gesta colectiva realizada.

Maragall se convirtió en alcalde olímpico porque esa era la forma más viable y directa de transformar la ciudad. Los Juegos eran la gran causa que serviría para canalizar y catalizar la transformación: «en nuestro país, las grandes causas unen siempre y las divisiones vienen por las pequeñas causas, que nunca deberíamos dejar prosperar». Pese a todo, cuatro años más tarde, las pequeñas causas en torno a la Corporación Metropolitana, dejaron tocado al alcalde Maragall. El quería hacer «la Barcelona metropolitana con respeto», pero el presidente Pujol no se lo permitió.

En el discurso de 1983, después de obtener su mejor resultado electoral, se proponía jugar fuerte la carta metropolitana: «En el horizonte de este mandato veo un nuevo Consell de Cent, metropolitano, y nuestro Consejo Plenario, aquí constituido, dirigiendo la Barcelona estricta […] Barcelona debe ofrecer un pacto metropolitano a los veintisiete municipios que forman con nosotros la Corporación Metropolitana. Hemos de constituir una capitalidad catalana de alcance español, tan grande como su dimensión demográfica y social, y tan rica como su diversidad y sus herencias: una capitalidad metropolitana, es decir, policéntrica.»

Un proyecto metropolitano que iba acompañado de la descentralización en los distritos: «En la Barcelona estricta, el proyecto descentralizador debe materializarse en la nueva división en Distritos y en las transferencias programadas de competencias y recursos a los Consejos de Distrito» para dotar a la ciudad «de unos Distritos racionales, puestos al día, capaces de gobernar realmente». Un proyecto muy ambicioso que iba más allá de la gobernanza y la institucionalidad. Para hacer posible la Barcelona metropolitana apelaba a «una cultura metropolitana que existe, pero no se reconoce. Los trabajadores de las fábricas de Sant Andreu, de Sant Adrià, de la Zona Franca o de l’Hospitalet forman una clase social metropolitana; los jóvenes, también».

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En el discurso de 1983 está todo: la voluntad descentralizadora, que se concretaría con la nueva división de distritos de 1984, la ambición metropolitana —que quedaría truncada con las leyes de ordenación territorial de 1987—, y la Carta Municipal, que no sería aprobada hasta 1997, en uno de sus últimos plenarios como alcalde. Incluso se propone «modificar la Ley actual para que el pueblo pueda elegir directamente a su alcalde». Un programa para un mandato que acabaría siendo un programa para una década y media, pero siempre con una finalidad muy clara: «un solo objetivo nos debe obsesionar: Barcelona».

En junio de 1987 esta obsesión había sufrido una fuerte sacudida debido a unas leyes aprobadas sin acuerdo en el Parlament, gracias a la mayoría absoluta de Convergència i Unió. Y la campaña municipal de 1987 había sido dura, muy dura. Tanto que en su discurso afirmó: «El clima político tendría que ser un clima que no ha de evitar la personalización de los asuntos, porque pienso que en política la crítica de las personas no es mala, pero sí debe evitar el recurso a la denigración personal como sustitutivo de la falta de programas.»

Solo una mención a la necesidad de colaboración entre los tres niveles de la administración para sacar adelante todos los proyectos, «empezando por el Proyecto olímpico y acabando por los programas ocupacionales más humildes». No parece un alcalde ufano por la nominación olímpica, que no constituye un eje de su discurso. Aquella campaña electoral había sido difícil, y acababa de recibir el golpe de la disolución de la Corporación Metropolitana. Es un Maragall que reivindica lo que ha hecho, pero que está tocado. Lo han herido y tendrá que rehacerse. La Barcelona metropolitana no había podido ser y la Barcelona olímpica estaba por hacer.

En 1991, pese a que el PSC había perdido uno de los 21 concejales que tenía desde 1983 y que había revalidado en 1987, el alcalde había recuperado el entusiasmo: «Estamos muy cerca de ser la ciudad que siempre hemos querido ser […] la ciudad que la ambición infinita de los ciudadanos de Barcelona ha dibujado siempre muy arriba en el horizonte.» Maragall afirmaba convencido que «Barcelona es, hoy, una ciudad que se acerca bastante a aquello que hace nueve años, en esta misma sala, calificamos de ciudad olímpica y metropolitana».

Los discursos de Maragall analizados tienen la peculiaridad de que él mismo va haciendo balance de su obra de gobierno, y el balance que hace en 1991 es muy positivo. Su tono es muy diferente del de cuatro años atrás. Ahora ya sabe que la ciudad olímpica será una realidad. Ha superado las trabas y le queda solo un año para la gloria. Pero tampoco en aquel discurso habla demasiado de los Juegos Olímpicos. Los juegos eran simplemente un medio para hacer posible la transformación de la ciudad.

Una transformación que había situado la ciudad «en un estado de excepción, que alguien ha calificado, no humorística sino gráficamente, de suficiente para darle a nuestra ciudad el apelativo de Barcelobra, porque Barcelona es la ciudad de las obras», pero con una diferencia respecto a otras ciudades, porque aquí «los ciudadanos tienen la convicción de que los sufrimientos, las molestias y los padecimientos tienen un objetivo, una compensación».

Pero es consciente de los nuevos problemas que afronta la ciudad: «Sabemos que todo aquello que es bueno también es malo; pero sabemos asimismo que las cosas tienen nombres y apellidos y que los problemas se deben enumerar»; sin embargo, los afronta desde la convicción de que se pueden resolver: «estamos convencidos de que el dominio del territorio que hemos conseguido en esta Ciudad […] nos permite hoy imaginar que cada uno de los problemas lleva escrita su solución y que esta escritura de la solución no está muy lejos de los recursos que tenemos a nuestro alcance». Para hacerlo, se proponía «pasar del período del gran urbanismo que hemos vivido al período del urbanismo de la perfección, de la urbanidad en el uso de la urbe».

El Maragall preolímpico se propone «disfrutar de la ciudad», ir hacia un «urbanismo humano» que responda «a la necesidad de reducir el tránsito en el centro» y de construir «una ciudad con diez ramblas, muchas, nuevas, con aceras más amplias pero también más respetadas». Después de las grandes transformaciones olímpicas, deben venir las pequeñas transformaciones en cada uno de los distritos: «Es el momento de las personas. Es el momento de poner las piedras al servicio de las personas. Es el momento del bienestar social basado en dos patas: la gran inversión y la presencia directa, los servicios personales.»

Todo esto en una intervención que habla del futuro de la Fira y de su nuevo recinto, o de la necesidad de incrementar la capacidad fiscal del Ayuntamiento, además de alargar la mano —una vez más— al Gobierno de la Generalitat: «Una política que no tendrá ni un gramo de hipocresía, que se realizará mirando de hito en hito, si queréis con una pizca de ingenuidad, ¿quién ha dicho que la ingenuidad no vence a veces?, y diciendo a la Generalitat: queremos estar al servicio de Cataluña», con la voluntad de pasar página de unos años en los que la relación entre ambas instituciones había sido terrible: «Las cosas no se olvidan, pero se pueden perdonar absolutamente todas.»

Maragall se sentía fuerte. Había vuelto a ganar las elecciones, por tercera vez consecutiva, y los dos partidos de la coalición sumaban el 49,5% del voto, pese a la campaña convergente en contra por tierra, mar y aire: «Un resultado extraordinario en el cual la izquierda supera el 50% en un escenario reducido y en una ciudad sin suburbios obreros importantes en su interior.» Solo al final se refiere al año 1992 y a las inauguraciones previstas: «Barcelona empieza el sprint final. Es cierto, un sprint en el cual ya debe preocuparnos más la calidad que la velocidad […] Viene un sprint final para seguir después, para seguir siempre, quedándose Barcelona, por primera vez en la historia, las reservas para un gran viaje […] al corazón del siglo XXI.»

Después de los Juegos empezaría una nueva etapa. Para la ciudad, y para el alcalde Maragall, que ganaría de nuevo las elecciones de 1995, pero por un estrecho margen: 16 concejales a 13. El duelo entre Pasqual Maragall y Miquel Roca acabó perjudicándoles a ambos. CiU perdió 3 concejales y Maragall 4, los peores resultados desde 1979, con un gobierno de coalición que se había salvado in extremis gracias al 5,01% obtenido por Pilar Rahola.

Los discursos de 1995, sobre todo el de despedida del consistorio saliente, pero también el de toma de posesión como alcalde, están impregnados del orgullo de haber organizado los mejores Juegos de la historia y del agradecimiento a todos aquellos que los hicieron posibles: «El agradecimiento en nombre personal y de la Ciudad por haber formado el Consistorio del prodigio de 1992» y «el recuerdo para todos aquellos que sin ser Consistorio han sido Ciudad.» Un consistorio «que remató las obras a tiempo, que mantuvo la Ciudad en tan buen funcionamiento que la gente de todo el mundo dijo que era tanto o más importante la Ciudad que los atletas, con más elogios por el escenario que por el hecho mismo. Y sobre todo, que ha coronado la obra más importante, la de la confianza de la Ciudad en sí misma.»

Parecía un discurso de despedida. Era el relato de un sueño hecho realidad. Se había cumplido el sueño y era el momento de celebrarlo. Ahora sí habla abiertamente de los Juegos. Es ahora, cuando han sido un éxito que marcará la historia de la ciudad, cuando han recibido los elogios de todo el mundo, cuando Maragall habla de ello en el Saló de Cent. No antes. Como un ejemplo de la política basada en los hechos y no en las declaraciones. Primero se hace, luego se explica. Un Maragall que empieza a pensar en cómo lo recordará la historia: «A aquellos que ahora se retiran debo decirles que les envidio, porque dejan un trabajo que han perfeccionado. Los que continuamos, todavía no, y no sabemos cómo nos recordará la historia.»

El alcalde Maragall habla con orgullo de una ciudad «que tocó el cielo con las manos y se proyectó en todo el mundo, y que pagó por este privilegio, pero pagó a gusto y a conciencia, y supo remontar los peligros de la desmotivación posterior». Hace balance de los años de la gran transformación, «de los años de los prodigios», pero alerta de una necesidad perentoria: la transformación soñada estaba hecha y había que «volver a pensar Barcelona». Este acabará siendo el reto de su sucesor. «Acabamos de pasar un período positivo y lo hemos de encadenar con otro para demostrar que Barcelona no es una gran ciudad de momentos o una ciudad de grandes momentos, sino una gran ciudad for good, como dicen los ingleses, por mucho tiempo, para siempre. Una gran ciudad europea.»

Una ciudad-ciudad, que no tiene Estado ni Iglesia que la acompañe y «que debe generar cada día su razón de ser, su propia motivación, que debe inventar por su propia cuenta la causa de las inversiones que se hacen en ella, el interés de los demás por ella, algo que nadie le garantiza». Para hacerlo, Maragall propone un nuevo hito, la capitalidad europea de la cultura del año 2001. Un objetivo que implicaba poner proa hacia Europa para consolidar Barcelona como una gran ciudad europea. Para ello había que cumplir dos condiciones: «Primero, tener la talla urbana y regional adecuada y, segundo, lanzar los puentes y los hilos que convienen y construir las líneas de enlace.» Eso es lo que se propondría hacer con una intensa agenda europea hasta conseguir ser elegido presidente del Comité de las Regiones de la UE en 1996.

Si en 1982 se había propuesto hacer la ciudad olímpica y metropolitana, ahora se proponía hacer «la ciudad metropolitana y europea», convencido de que «la segunda gran transformación de Barcelona, la ocupación, la vivienda y el transporte, o será pensada y realizada en el marco de la Barcelona grande o no lo será». Veintiocho años después seguimos más o menos donde estábamos. Con una diferencia sustancial: los últimos alcaldes de la ciudad no han querido construir la Barcelona grande. Se han conformado con mirarla hacia dentro sin entender que Barcelona, para seguir siendo una gran ciudad, debe mirar constantemente hacia fuera.

Para hacerlo posible, Maragall pide de nuevo la Carta Municipal, la ley especial para la ciudad que debía «reconocer la diferencia» y garantizar la singularidad barcelonesa. Un proyecto que será finalmente aprobado en un plenario de junio de 1997, dos meses antes de dejar la alcaldía. Una Carta que quería que formara parte de su legado, que dejó escrito en aquella larga carta a los presidentes Pujol y González que publicó en el verano de aquel año.

En su discurso de despedida, Maragall reconoce que la transformación de la ciudad ha sido posible porque «hemos avanzado bastante de acuerdo con quienes lo han hecho casi todo: los ciudadanos, los barrios, las organizaciones no gubernamentales, las empresas, los profesionales y los artistas y las escuelas de la ciudad». Es decir, había habido un acuerdo general entre el Ayuntamiento y la ciudadanía que había hecho posible aquel cambio. Un acuerdo que también había existido en la Corporación municipal «que ha creado un estilo, una escuela y una tradición. Una ley no escrita basada en el respeto, en la amistad y en la conciencia de los intereses generales, en la convicción de que la mayoría y la minoría deben colaborar».

Y sus últimas palabras fueron para su sucesor, Joan Clos —«Ahora asistiremos a la explosión Clos: yo seré, a distancia, un espectador apasionado»— y para su antagonista, Jordi Pujol. Un Pujol que no quiso asistir a la despedida, porque «no lo consideraba oportuno» y a quien Maragall aprovechó para reprocharle «no haber sabido reconocer plenamente la importancia de Barcelona. Pone la boca pequeña cuando habla de ella.» En este último discurso defendió la ciudad que une y enriquece en la diversidad: «la ciudad mezcla, limpia y digiere diversidad y la convierte en diálogo e igualdad».

Y Maragall acaba con lo que podríamos considerar casi un testamento político de lo que representa gobernar una ciudad: «Sabed que cuando arregláis un barrio, estáis empezando o contribuyendo a arreglar el mundo. Hay muchas maneras de contribuir a que el mundo mejore, pero las ciudades pueden contribuir a ello arreglándose y demostrando que las demás necesidades también pueden resolverse, y esto empieza en las calles concretas, en los barrios. Trataré de olvidar un poco a Barcelona, pero en algún lugar de mi corazón habrá un chip conectado con mi ciudad y con vosotros para siempre.» Un chip que también ha pervivido en los ciudadanos de Barcelona, que veinticinco años más tarde siguen conectados con quien consideran que ha sido el mejor alcalde que ha tenido la ciudad.