Cuando se presentó el nuevo Pacto de Migración y Asilo en 2020, la comisaria de Interior afeó a los medios de comunicación que prestaran más atención a los 142.000 intentos de entrada irregular que había habido en las fronteras exteriores de la UE en 2019 que a los 3.000.000 de permisos iniciales que se habían otorgado ese mismo año. Luego, al introducir los detalles del nuevo Pacto, contradijo sus propias palabras presentando un documento que presta principalmente atención al control de fronteras y a las entradas de carácter irregular, desatendiendo los mecanismos e instrumentos destinados a ofrecer vías regulares que permitan a las personas migrantes acceder a los países de la Unión Europea.

Este pequeño ejemplo ilustra uno de los principales retos que existen en el marco de la Unión Europea, y en otros escenarios del Norte Global, al hablar de políticas migratorias. Se ha instalado un marco narrativo focalizado en la irregularidad de los movimientos migratorios, que deja sin espacio los debates necesarios sobre cómo gestionar la movilidad en los países europeos: es decir, determinar quién, cómo y en qué condiciones accede a los países de la Unión Europea.

Estos no son debates fáciles: obligan a posicionarse y a facilitar explicaciones que, en ocasiones, pueden ser incómodas o complejas. Pero son debates, en cualquier caso, necesarios. Su ausencia ha dejado como cuasi único espacio de discusión la gestión de la irregularidad migratoria y, en consecuencia, el control de fronteras. Para los Estados europeos, y en este contexto, ha sido fácil alcanzar un consenso en querer evitar las entradas irregulares y, por ende, proteger más y mejor las fronteras de cualquier intento de cruce no deseado.

 

Un pánico moral

Que la falta de alternativas legales y seguras sea, seguramente, una de las razones claves de esta irregularidad (S. Carrera, E. Guild y K. Eisele, 2014) no está en la mesa de discusión, sobre la que solo parece encontrarse el endurecimiento, también en colaboración con países vecinos, del control fronterizo. Se articula, así, una narrativa basada en la necesidad de crear espacios fortaleza en los que sentirse «protegidos». Además, ante el fracaso de la impermeabilidad absoluta de las fronteras, no se corrigen las actuaciones, sino que, de hecho y paradójicamente, se refuerzan los discursos que convierten a la inmigración que llega en una amenaza aún mayor (G. Pinyol-Jiménez, 2021) o, como decía Zygmunt Bauman (2015), en un pánico moral.

Durante buena parte de este siglo la socialdemocracia ha estado ausente o ha sido excesivamente discreta en el debate de la gobernanza migratoria.

Este constructo no es casual. Se ha ido desarrollando en los últimos años de modo progresivo, y se identifica con un proceso de securitización de la inmigración (J. Huysmans, 2000) que la quiere construir como una amenaza para el Estado de bienestar, la identidad nacional o la seguridad nacional. Este es un escenario especialmente ventajoso para algunos partidos conservadores, pero especialmente para los de derecha extrema y derecha radical, que buscan captar votos con discursos no propositivos pero que inciden con fuerza en esta idea de la migración como amenaza a la cultura propia, los beneficios sociales o la seguridad nacional. Son estos últimos partidos, sin duda, quienes más rédito sacan de este marco narrativo, y precisamente por ello no cabe extrañarse de que lo abonen y alimenten. Algunos partidos conservadores, y alguno que otro liberal, apoyan implícitamente a quienes, como los de derecha extrema, son explícitamente vociferantes en estos discursos criminalizadores que acaban alimentando los discursos de odio.

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Socialdemocracia tensionada

Pero este es un escenario especialmente desastroso para los partidos socialdemócratas, que han visto como la cuestión migratoria se convertía en uno de los temas más controvertidos internamente en muchos países del Norte Global, especialmente en los países escandinavos (G. Brochmann, 2021). La socialdemocracia, en tanto que opción política con posibilidades reales de gobernar en muchos países, se ve especialmente tensionada por estos discursos.

No es fácil determinar cómo se ha llegado a esta situación, pero cabe apuntar que, durante buena parte de este siglo y de manera general, la socialdemocracia ha estado ausente o ha sido excesivamente discreta en el debate de la gobernanza migratoria. Seguramente existen muchas razones para ello, entre ellas las dificultades de explicar las migraciones como un fenómeno hoy ya ligado a la globalización, o bien su impacto en los diferentes segmentos de los mercados de trabajo. En este sentido, por ejemplo, los estudios demuestran que, en general, el trabajo de personas migrantes tiene un impacto positivo sobre los salarios y perspectivas de empleo de quienes tienen trabajos complementarios a los suyos, y un leve efecto negativo sobre aquellas personas autóctonas (que en la mayoría de los países son un colectivo menor) que compiten por los mismos trabajos (B. Milanovic, 2018).

El trabajo de personas migrantes tiene un impacto positivo sobre los salarios y perspectivas de empleo de quienes tienen trabajos complementarios a los suyos.

Explicar estas cuestiones no siempre es fácil, especialmente cuando pueden afectar al potencial electorado o a socios sociales como, por ejemplo, los sindicatos. Además, esta inacción también se ha hecho visible al no abordar cómo afrontar los miedos, en muchas ocasiones intencionadamente alimentados, de una parte de la población que no se siente cómoda o no sabe cómo reaccionar ante distintas transformaciones sociales. Esto ha sido especialmente evidente en la socialdemocracia escandinava, íntimamente ligada al desarrollo del modelo nórdico de bienestar, que no ha sabido desarticular las voces que vinculaban la inmigración con un deterioro de este modelo de bienestar. Tampoco ha sido eficiente en responder a las propuestas (no siempre realistas) de fronteras abiertas promovidas por partidos a su izquierda, ni en ofrecer alternativas constructivas a las reacciones restrictivas que se han ido implementando por parte de partidos más conservadores.

 

Lenguaje cuasi bélico

Esta narrativa, en general ausente (una valoración ciertamente injusta para algunas voces socialdemócratas que han intentado construir alternativas) ha generado un silencio incómodo e incomprensible, que ha sido aprovechado por otros actores políticos. Así, no hablar de la cuestión migratoria ha permitido un giro en el espacio de debate, que ha ido alejándose de las cuestiones socioeconómicas para enfatizar las cuestiones identitarias y nativistas.

La primacía del enfoque cultural (entendido, además, como contraposición o enfrentamiento entre culturas) es una característica clave de los discursos populistas y nativistas que proponen poner a «su propia gente primero» (R. Cuperus, 2017). En este enfoque, se han normalizado discursos que no dudan en problematizar, y en ocasiones a criminalizar, a quien se considera «diferente». Usando mensajes simples pero directos, que apelan más a los sentimientos que a la razón, el lenguaje nativista que confronta a un «ellos» amenazante a un «nosotros» amenazado ha ido calando en el debate público, acompañado del uso de un lenguaje cuasi bélico al hablar de inmigración: oleadas masivas, invasiones, etc.

La primacía del enfoque cultural es una característica clave de los discursos populistas y nativistas que proponen poner a «su propia gente primero».

Con un terreno de debate político cambiado, algunos partidos socialdemócratas han optado por cambiar de estrategia. Pero en lugar de articular un posicionamiento propio, que ponga el eje en la necesidad de articular instrumentos de gobernanza migratoria basados en los principios democráticos, la defensa del Estado de derecho y la protección de los derechos de las personas, han optado por hacer suyos (D. Bhargava, 2021) los discursos y políticas de la extrema derecha (en los que, por cierto, también se han encontrado cómodos, por otras razones, algunos partidos democratacristianos).

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Endurecer el acceso al asilo

Este giro ha sido especialmente visible en los partidos socialdemócratas escandinavos, y especialmente desde 2015. El Partido Socialdemócrata danés, como ejemplo paradigmático, ha hecho suya la aparente contradicción entre la defensa de políticas migratorias liberales y la supervivencia del Estado de bienestar (P. Nedergaard, 2017). Así, por ejemplo, en 2016 apoyó una propuesta de ley impulsada por el gobierno conservador, liderado por el partido liberal Venstre con el apoyo de conservadores, liberales y la extrema derecha del Partido Popular danés, en la que se aprobaba incautar objetos de valor a las personas que solicitaban asilo para costear su alojamiento y acogida inicial. Por su parte, el Partido Socialdemócrata sueco ha optado por la implementación de políticas migratorias cada vez más restrictivas (J. Hinnfors, A. Spehar, y G. Bucken-Knapp, 2012), endureciendo el acceso al asilo (que había sido uno de los principales ejes de la política exterior sueca) y las narrativas que vinculan inmigración con inseguridad y delincuencia.

Parte de la socialdemocracia escandinava piensa que ser considerados como «partidos de los inmigrantes» es un coste demasiado elevado.

Parte de la socialdemocracia escandinava (y eso podría extrapolarse a otros escenarios) cree que estos giros se justifican por razones de supervivencia e incidencia política. Piensan que ser considerados como «partidos de los inmigrantes» (en la misma línea que el Partido Demócrata estadounidense se percibe como el partido de las minorías) es un coste demasiado elevado. Y han preferido ajustarse y avalar los marcos narrativos y de actuación de parte de la derecha y de la extrema derecha que reformular cómo responder a los retos del mundo globalizado. Perder los principios rectores de la socialdemocracia para no caer en la insignificancia política podría avalar la senda antipolítica que vulnera los límites del marco democrático y el Estado de derecho (J. de Lucas, 2017) en la que parecen encontrarse cómodos otros partidos.

 

Contribución imprescindible

La reformulación de una narrativa propia rigurosa en materia migratoria, basada en la lucha contra las desigualdades antes que en las cuestiones identitarias, que además se sustente en actuaciones políticas que incidan en la construcción de mayor igualdad en derechos, deberes y oportunidades es un imperativo urgente para la socialdemocracia europea. Recuperar el marco narrativo es clave para una ideología que sigue siendo imprescindible para el buen gobierno de los Estados miembros de la Unión Europea. Su contribución sigue siendo imprescindible, como lo fue después de la Segunda Guerra Mundial, para construir una Europa en la que prevalezcan los principios de igualdad, equidad y respeto a la diversidad.