Hace unos años escribí un artículo que empezaba así: “cuando finalmente logré un trabajo estable en la redacción de El Correo Catalán (1973) descubrí que el paraíso era una planta diáfana llena de humo de tabaco y aromas de cubata de media tarde cenitalmente iluminada con tubos fluorescentes y habitada por algunos mitos del periodismo”.

Entre ellos destacaba un profesional discreto y sin pretensiones que había llegado al diario en pleno franquismo, el 9 de julio de 1964, y que sólo tres años más tarde, bajo la dirección del legendario Andreu Rosselló Pàmies, había sido nombrado jefe de local, la sección estrella del Correo, que era el segundo periódico más leído de Barcelona.

Un periódico escudriñado sobre todo en el Ayuntamiento de Barcelona, ​​auténtica expresión del poder político del momento, al que el jefe de local dedicaba una columna diaria firmada con sus iniciales: PPP. Es decir, Pere Pascual Piqué. PPP compartía liderazgo con otros excelentes jefes de sección, tal vez menos agobiados por los inquisidores del régimen. Entre ellos, Joan Anton Benach (Cultura), Josep Morera Falcó y Josep Playà (Deportes) Jordi Daroca, junto a Miguel Ángel Bastenier y Xavier Batalla (Internacional) o Josep Francesc Valls (Economía).

Pere Pascual era el líder tranquilo que todo lo controlaba tras una mirada socarrona y comprensiva, aterciopelada por el humo de una pipa permanentemente encendida, y que sólo intervenía en los frecuentes debates redaccionales cuando lo consideraba indispensable para mantener la paz social entre la tropa. Es decir, todos los días.

En el caso de firmas ya consolidadas, lo hacía siempre que resultaba necesario pactar titulares y contenidos o tocaba defenderlos ante la superioridad competente, ya fuera interna o externa. En el resto de casos, intervenía para orientar, corregir, animar, disculpar e incluso exigir fortaleza de espíritu a los inquietos recién llegados a ese paraíso tan especial, ocasionalmente tóxico, del periodismo barcelonés.

El pacto más productivo de todos fue el acuerdo tácito que, desde su posición liberal, sostenía casi a diario con Rafael Pradas, un profesional aplicado y concienzudo que tiempo después acabaría siendo concejal del primer ayuntamiento democrático de Barcelona y que en aquel entonces se veía prudentemente forzado a ocultar su condición de militante clandestino del PSUC. Una condición, por cierto, universalmente conocida en toda la ciudad y sus alrededores.

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UNA TROPA COMBATIVA

Porque Pere, cofundador del clandestino Grup Democràtic de Periodistes y abierto siempre a acoger el relato de actividades o las opiniones de dirigentes de las igualmente clandestinas Asociaciones de Vecinos, del Sindicat Democràtic d’Estudiants de la Universitat de Barcelona o de las organizaciones sindicales democráticas que crecían y se fortalecían en las grandes empresas, también era un gran mediador.

La sección de local estaba formada por gente combativa, que a menudo encontraba en ese universo temas de interés general que no siempre y no todo el mundo deseaba ver publicados. Antes de pasar los originales a la imprenta, Pere pedía evidencias, seguridad y certezas. Pero una vez satisfechas estas condiciones previas, que luego él debía negociar con el director Andreu Rosselló y los subdirectores Wifredo Espina y Antoni Roma, el proceso era imparable.

Los compañeros de local (Santiago Vilanova, Antoni Ribas, Josep Martí Gómez, yo mismo, y más adelante, Lluís Sierra, Alfred Rexach, Màrius Carol o Josep Català), teníamos alma de investigadores, orgullo profesional y conciencia de estar viviendo un momento histórico decisivo, circunstancias todas ellas bastante proclives al estallido de estados de euforia, pero también de episodios de peligro, desorientación y desánimo.

Era entonces cuando la presencia del líder aparecía discretamente en escena, constituido en referente y punto de apoyo de su gente, que éramos nosotros.

Y así fue como “El Correo catalán” pudo informar casi libremente sobre los grandes fraudes alimentarios de la época como el del aceite de colza, las grandes movilizaciones sindicales clandestinas, la intoxicación de los “mistos” Garibaldi que los críos raspaban confiadamente contra la pared en las verbenas de Sant Joan o de Sant Pere, la explosión de la calle del Capitán Arenas, las ejecuciones del Txiqui y de Salvador Puig Antich, el incendio misterioso de la sala de fiestas “La Scala”, las Terceras Vías políticas y los primeros mítines de los líderes emergentes, antes y después de la muerte del general Franco.

Hasta que el gran PPP, acompañado de un extraordinario equipo al que ya se le habían incorporado nuevos valores como Albert Garrido, Anna Galceran, José Sanz, Teresa Artigas o Lola Cabrera, caricaturistas geniales como Miquel Farreras y fotógrafos excepcionales como Carlos Bosch y Joan Reig, pudo poner un magnífico punto final a su carrera en el Correo en un extraordinario clima de optimismo social y político. Fue cuando lideró una cobertura realmente modélica de la primera Díada Nacional de Catalunya, en Sant Boi de Llobregat, el día 11 de septiembre de 1976.

La resaca de aquella Diada, el cambio de director (Lorenzo Gomis por Andreu Rosselló) y el abandono progresivo de un diario cada vez más partidista en favor de los intereses políticos de su principal propietario (Jordi Pujol) hizo que, como muchos de sus colegas más jóvenes, Pere Pascual acabara buscando cobijo profesional bajo otras cabeceras.

En su caso, la cabecera fue la de El Mundo Diario, donde también hizo buenos amigos como Antoni Torvà, pero tampoco encontró la paz que buscaba. El Mundo Diario, proyecto fallido de Sebastià Auger, cerró el año 1982, cuando él ya no estaba ahí. El Correo aún aguantó hasta noviembre de 1985, abrumado de deudas y decisiones erróneas.

Una breve incursión en el mundo de los gabinetes de prensa, en apoyo al democristiano Anton Cañellas (donde entabló amistad con Jaume Duch, actual director general de Comunicación del Parlamento Europeo) y una breve estancia en la agencia Europa Press, también dentro de la órbita del Opus Dei, fueron sus dos últimas experiencias en el mundo de la información.

Hasta que, finalmente llegado el momento del desencanto, emergió definitivamente su otra gran y tantas veces aplazada vocación.

 

UNA SEGUNDA VIDA ANTES DE LA ETERNIDAD

Su ordenación como sacerdote fue en Valencia el 8 de noviembre de 1982, en una ceremonia presidida por el Papa Juan Pablo II, después de haberse doctorado en Teología en la Universidad de Navarra, regida por el Opus Dei.

A la subsiguiente primera misa que cantó, celebrada en la parroquia barcelonesa de Nostra Senyora de Montalegre, asistieron un montón de amigos, creyentes y no creyentes, deseosos de verle iniciar otra vida tan plena como la anterior. Al terminar la misa, y a falta de una buena pipa, Pere, siempre humano por encima de todo, pidió un cigarrillo a sus amigos del alma.

Y de este modo, con espíritu de servicio, tolerancia y comprensión hacia todo el mundo y hacia sí mismo, Pere pudo vivir una segunda vida de apostolado en Catalunya y Andorra.

Hasta que el pasado 17 de abril nos dejó algo más solos y añorados de tanta humanidad, lealtad y honradez perdidas.

Tres cualidades de Pere, que, pese a mantener una fidelidad inquebrantable a sus ideas, no podía (ni quería) evitar que de vez en cuando se le subiera la mosca a la nariz y se le mezclaran las dudas con el humo de la pipa.

Que la tierra te sea leve, la pipa te acompañe y, finalmente, descanses en paz, querido Pere.