Corren malos tiempos para presumir de perico. Pero no es momento de esconderse, más bien al contrario, en circunstancias adversas es cuando de forma más imperativa hay que dar la cara.

Para dejar claro mi punto de vista, me propongo tratar tres aspectos, probablemente demasiado subjetivos, y un epílogo: el primero, para comentar mínimamente (no tengo suficiente información para profundizar en ello) el momento actual que —eso sí que está claro— es muy delicado; el segundo, sobre las raíces —infantiles— de mi adhesión al Espanyol; y el tercero, para reivindicar la utilidad, o quizás habría que decir lo que, como espejo de otros ámbitos diferentes del fútbol, aporta el Espanyol a Cataluña. Y, para acabar, el mencionado epílogo.

 

Primero

Creo que no me equivoco si digo que, cada vez que el Espanyol ha bajado a segunda división, ha conseguido volver a primera inmediatamente, al año siguiente. ¿Será también así esta vez? De momento la cosa no pinta bien del todo; esto de los cambios precipitados de entrenador cuando las cosas no marchan bien no siempre es la mejor y milagrosa solución. Al contrario, parece que cuando cualquier equipo hace cambios sucesivos de entrenador en una temporada, el asunto suele acabar mal.

No hay nada perdido, pero no hay muchos motivos para estar mínimamente tranquilos. Con sinceridad, tengo que decir que mi confianza en la propiedad y la dirección del club (incluida la dirección deportiva) es perfectamente descriptible. Y no me refiero solo a los actuales responsables, también a una larga sucesión de responsables anteriores con demasiado pocas excepciones. Pasa lo mismo en otros equipos, pero quizás no tan reiteradamente.

El caso es que si no se consigue ascender, la situación se presenta muy incierta. No necesariamente tiene que convertirse en una gran derrota, pero me parecería imprudente creer que no pasará nada; parece claro que los factores de riesgo serían considerables. No quisiera llamar al mal tiempo, pero he de confesar que no estoy tranquilo, que la tormenta puede ser muy destructiva. Un tipo de manga o tornado escalofriante (parece ser que el nombre varía según caiga en el mar o en tierra firme), en cualquier denominación del fenómeno meteorológico más violento.

Si se asciende esta temporada, quizás habrá posibilidades de que, en algún momento, haya responsables más competentes y sin dejar de sufrir un poquito crónicamente (esto parece que es difícilmente reversible), quizás las cosas vayan un poquito mejor.

 

Segundo

De pequeño, en mi Girona natal, muchos domingos iba dos veces a las antiguas instalaciones deportivas de Vista Alegre. Por las mañanas, a ver los partidos del Girona de hockey sobre patines y por las tardes, con mi padre, a ver al Girona, pero de fútbol, un Girona de los que llaman «ascensor», por aquel entonces a menudo subiendo y bajando entre la tercera y la segunda división. Últimamente, también «ascensor», pero entre segunda y primera, claramente un paso adelante y además, este año, proyectado de momento en otra dimensión. A ver si dura. En mi infancia lo que más me gustaba del Girona era un portero cuyo nombre no recuerdo (¿Pujolràs?) pero al que todo el mundo llamaba «pescallunes».

Pero el hockey me gustaba mucho, quizás incluso todavía más. Yo vivía en la calle Ciutadans, la que va desde la plaça del Vi, donde está el Ayuntamiento, hasta la plaça de l’Oli. Un balcón de mi casa mía estaba (con un pequeño desnivel de altura) a unos dos metros de un balcón del edificio contiguo, un balcón del piso donde vivía August Serra, varias veces campeón del mundo y capitán de la selección española de hockey (podríamos decir catalana porque el hockey en España en aquellos años solo se jugaba en Cataluña), una selección que alternaba los títulos mundiales con la de Portugal, con alguna esporádica intromisión de Argentina e Italia.

De balcón a balcón, Serra me pregunto un día: «¿no te gustaría venir a patinar y a jugar a hockey?». Yo dije que sí y tuve que rogar mucho para que mis padres me compraran unos patines. Patinar lo hacía bastante bien, pero jugar a hockey no tanto. Bien, hay que decir la verdad: en esto del hockey era muy malo, no duró mucho mi trayectoria deportiva. Pero, en todo caso, le cogí afición. El Reus Deportivo y el Espanyol eran entonces los dos mejores equipos. Pocos años después prosperó muy rápidamente en los alrededores de Vic, especialmente en Sant Hipòlit de Voltregà y posteriormente también en Igualada y en Salt.

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Del Espanyol recuerdo especialmente a Puigbò, un jugador excepcional, uno de los mejores del mundo en su momento, y también a sus dos míticos delanteros, el aparentemente frágil Trias, habilísimo dominando la bola y arrastrando a los contrarios a un rincón de la pista y pasando la bola atrás, al otro lado, donde el corpulento Tito Mas llegaba embalado y la convertía en un tipo de obús muy difícil de parar por parte del portero, que medio se asustaba cuando la veía venir. Entonces el Barça todavía no tenía equipo de hockey y lo creó e hizo crecer fichando a base de dinero a los mejores jugadores de Reus (sobre todo a Orpinell) y, más adelante, a otros de la zona de Sant Hipòlit.

Creo que aquel mítico y formidable equipo de hockey del Espanyol debe de ser la principal razón de mi adhesión, ya para siempre, al Espanyol.

De hecho —en mi opinión— el Barça siempre ha potenciado a sus secciones no a partir del deporte de base sino perjudicando a grandes núcleos de varios deportes de toda Cataluña fichado a sus mejores jugadores (notoriamente en baloncesto a la Peña y a todo el Maresme, en hockey a Reus, balonmano en Granollers, como ejemplos claros). Afortunadamente, todos han resistido como han podido y mantienen un rol como mínimo digno en los deportes mencionados. No quisiera parecer demasiado antibarcelonista (un poquito no me importa en absoluto) pero seguramente es más o menos inherente a un perico genuino.

Seguramente también tiene algo que ver cómo una oleada de futbolistas, coetáneos casi todos ellos y procedentes de Anglès, pasando por el Girona, fueron a parar a equipos de primera división. Jaume Ribera, que fichó por el Barça hasta que una grave lesión lo apartó del fútbol muy pronto, cuando jugaba con éxito con el equipo Espanya Industrial que era entonces el segundo equipo del Barça; su hermano Josep Ribera, un futbolista exquisito, pero desgraciadamente frágil, poco corpulento, que jugó con el Espanyol: recuerdo que al día siguiente de un partido amistoso Espanyol-Reims un diario deportivo titulaba «fuimos a ver jugar a Kopa (entonces figura del Reims y de la selección francesa y que acabó en el Madrid) y vimos jugar a Ribera»; la admiración por este jugador consolidó mi adhesión al Espanyol. También Coll, un extremo izquierdo que jugó con el Barça y el València, y Gasca un fino interior que fue a parar al Atlético de Madrid. Curiosamente, todos eran de Anglès y de la misma hornada.

Y me vienen a la cabeza tantos mitos que no los puedo enumerar exhaustivamente, pero sí a algunos prominentes: Argilés, Parra, Marcet, Mauri… la delantera Amas, Rodilla, Re, Marcial y José Maria (este último marcaba tres goles de cada cuatro faltas con barrera que chutaba, una eficacia en esta función casi comparable con la de Messi). Y recuerdo también a Vicente, el portero que creo, o quiero creer, que se parecía a «Pescallunes» y a quien fichó el Madrid.

 

Seguidores pericos del RCD Espanyol en el Stage Front Stadium, en partido de Ligan el pasado mes de diciembre. Foto de David Ramírez. DAX ZUMA Press

Seguidores pericos del RCD Espanyol en el Stage Front Stadium, en partido de Ligan el pasado mes de diciembre. Foto de David Ramírez. DAX ZUMA Press

 

Y tercero

Este tercero y último apartado podría ser una continuación del segundo ya que consolida mis raíces de adhesión precoz, en plena infancia, al Espanyol. Pero introduce otra cuestión.

Kubala fichó por el Barça en 1950 y debutó en 1951. En 1951 yo tenía 9 años y la fiebre Kubala fue espectacular. Todos los compañeros de clase, en los Maristas de Girona, eran del Barça e idolatraban a Kubala aunque no lo hubieran visto jugar a fútbol nunca. Excepto uno, que era del Bilbao no sé exactamente por qué incentivo. Supongo que a partir de lo que ya he explicado sobre el hockey, en mi españolismo desde casi niño jugó una cierta tendencia mía a remar contra la corriente. Seguramente me gustaba ser «diferente». No creo que este impulso sea o tenga que ser ningún motivo de orgullo. Pero tampoco creo que comporte ninguna necesidad de considerarlo una vergüenza. Poco o mucho, a todos nos gusta sentirnos «diferentes», ¿no?

El caso es que me autoproclamé perico. Como que ahora tengo 81 años resulta que ya hace 72 que lo soy, sin ni un solo momento de desviación ni ninguna duda. En aquel momento Kubala quizás era —en parte— un despropósito para hacerme notar, pero con el tiempo y teniendo en cuenta mi paso por la actividad política, creo que tiene cierto sentido ser «diferente»: creo con total convencimiento que un país en el que todo el mundo fuera del mismo club (¡y a menudo parece que lo desean muchos culés!) no sería un país normal; tan poco normal como, simétricamente, un país en el que todo el mundo fuera del mismo color político tampoco sería nada normal, ni saludable. En realidad, sería la negación absoluta de la democracia, que obviamente se fundamenta en buena parte en la necesaria e inevitable pluralidad.

Resumiendo: me parece claro que Cataluña necesita pluralidad en todos los campos que la requieren. El Espanyol y ahora también el Girona (a ver si su trayectoria actual dura y se consolida) y todos los otros clubes catalanes son necesarios para la pluralidad deportiva, para evitar el fanatismo gregario de un único referente. Cosa que a menudo también pasa en la política.

Encuentro muy lamentable que el canal E-3 no crea en esta pluralidad. Dan pequeños espacios al Espanyol y al Girona, me da la impresión que por compromiso ineludible —¡solo faltaría!— pero casi todo el día están hablando del Barça en varios programas y tertulias en las cuales participan unos llamados «analistas» que seguramente piensan que entienden mucho porque hablan exactamente igual que si fueran catedráticos de fútbol y cambian de opinión con cierta facilidad según los resultados.

Todos ellos parecen creer que hay una única manera de jugar bien al fútbol. La llaman «el ADN Barça». No parece que puedan entender que hay muchas y cambiantes maneras de jugar bien al fútbol. Últimamente, tan pronto idolatran a Xavi como lo ponen en cuestión cuando la cosa no acaba de funcionar. Por cierto, Xavi me cae bien, parece sensato, entusiasta y trabajador, pero a veces tengo la sensación que lo que sabe hacer mejor son las ruedas de prensa.

 

Epílogo

No tengo registrado con precisión en qué momento el presidente Daniel Sánchez Llibre me invitó a formar parte como patrón de la Fundación del Espanyol, que tenía como tarea principal velar por el buen funcionamiento del fútbol de base. Acepté la invitación y me incorporé a la Fundación. El patronato era de composición muy heterogénea. Si no recuerdo mal, en aquel momento los hijos de un directivo del Espanyol (de apellido Martorell, si no me equivoco) que patrocinaba por su cuenta el fútbol infantil cedió sus pupilos al Espanyol y se incorporaron al fútbol de base del club. Creo que la aportación supuso que los niños y jóvenes de diferentes edades que tenía el club fueran unos 800.

Creo que fue unos tres años después cuando dimití con una carta al presidente en la cual daba un único motivo para esta decisión. El motivo alegado era mi desacuerdo con el hecho de que, repetidamente, el club contratara a entrenadores que no creían en el fútbol de base teniendo, como tenía el club, una buena cantera, y le recordaba el antecedente del entrenador Flores que sí que creía y, entre otros notables resultados, dio a Raúl Tamudo.

En realidad había un segundo motivo, que hice llegar oralmente solo a quien estaba seguro de que lo entendería, pero no lo hice constar en la carta de dimisión. El caso era que había uno de los patronos que me incomodaba, y no solo a mí sino también a otros patronos. No tengo ninguna intención de identificarlo públicamente. El episodio más molesto fue cuando este patrono criticó la decisión del Ayuntamiento de Barcelona de poner el nombre de Lluís Companys al Estadio Olímpico, y lo hizo con palabras groseramente anticatalanistas y opiniones, a mi parecer muy impropias, sobre el presidente mártir. Otro patrono y yo reaccionamos, pero los máximos responsables de la Fundación y del Club no actuaron como yo creía que lo deberían haber hecho.

Pero esto no hizo cambiar mi condición de perico. Una cosa es un club de fútbol y otra cosa son sus directivos que, además, tarde o temprano van cambiando. A veces a mejor.

 

Epílogo del epílogo

Ojalá que las cosas le vayan bien, o al menos medio bien, al Espanyol. Si no es así, temo que el club entre en una crisis de resultados imprevisibles. Y lo lamentaría mucho.