Autor de ‘Calle Este-Oeste’

Philippe Sands es algo así como un Sherlock Holmes con toga. Eminente jurista británico, ampliamente reconocido por su profundo conocimiento y compromiso con los derechos humanos, ha contribuido en su faceta de escritor a acercar el mundo del derecho internacional y sus principios jurídicos al gran público. El enfoque meticuloso que aplica en el análisis de casos complejos, ­en los cuales se entrelazan la política, la historia y la memoria personal, lo ha consolidado como uno de los principales expertos en la materia, mientras que su habilidad para comunicar de manera clara y perspicaz han hecho de él una figura respetada en la comunidad tanto jurídica como literaria. Esta conversación se la debemos al autor de Vida y destino, Vasili Grossman, cuyo nombre surgió en los primeros contactos a distancia, y fue como la contraseña para que se abriera la puerta a esta conversación. En pleno proceso de escritura de su próximo libro, Londres 38, ambientado en el Chile de Pinochet y cuyo título toma el nombre de un centro de torturas en Santiago, Sands prefiere limitar las entrevistas, pero, si alguien tiene algún tipo de relación con el autor nacido en la actual Ucrania (y yo he traducido algunos de sus libros), no pone trabas.

 

¿Por qué admira tanto a Vasili Grossman?

Por la excepcional calidad de sus escritos y porque fue un testigo de primera mano de los acontecimientos que narra, algo poco frecuente. También por los temas que abordó y por su don para captar la esencia humana.

 

El año pasado, durante una conversación en Lviv con Victoria Amelina, escritora ucraniana asesinada meses después por un misil ruso, dijo que la literatura tiene el poder de ofrecer consuelo a las víctimas. Estas lo hallan, explicó, cuando sus historias no se olvidan, cuando alguien les da forma y activan así «las lentas ruedas de la justicia».

En efecto, considero que la literatura desempeña un papel crucial en el ámbito de la justicia. De hecho, estoy explorando esta conexión en mi próximo libro, que cerrará mi trilogía iniciada con Calle Este-Oeste y que siguió con Ruta de escape. En esta última obra trato la relación entre Augusto Pinochet y el coronel nazi Walter Rauff.

«Me apasiona cómo la literatura desentierra nombres y personas que de otro modo podrían caer en el olvido.»

 

Rauff, conocido por ser el introductor de los camiones como cámaras de gas móviles, precursores de las instalaciones a escala industrial que fueron los campos de exterminio, logró escapar de Auschwitz a Sudamérica con la ayuda de miembros de la Santa Sede…

Un aspecto que me interesa de Rauff es que su figura asoma en literatura de muy alto nivel. Aparece al final de En la Patagonia de Bruce Chatwin, así como en dos obras de Roberto Bolaño: Nocturno de Chile y La literatura nazi en América. Me apasiona cómo la literatura desentierra nombres y personas que de otro modo podrían caer en el olvido, contribuyendo así a su resurrección y a la creación de mitologías.

 

En Calle Este-Oeste usted hizo algo similar con la figura de Raphael Lemkin, el jurista polaco de origen judío, formado en la facultad de derecho de Lviv, que elaboró el concepto de genocidio. Cuarenta y nueve familiares suyos murieron en el Holocausto. Hay quien cree que Lemkin tuvo en mente también el Holodomor ucraniano, además del caso armenio y de la persecución de cristianos en Irak y Japón…

No creo que Lemkin prestara especial atención a los acontecimientos de la década de 1930 al elaborar el concepto de genocidio, aunque sí fue consciente de los pogromos que ocurrieron a finales de la década de 1890 y principios del siglo XX en el territorio de la actual Ucrania, gracias a las historias que le contaba su madre. Mucho más tarde Lemkin sí calificó lo que allí sucedió debido a las acciones de Stalin de genocidio, razón por la cual su nombre está prohibido en Rusia. Como dato curioso, eso no ha impedido que se sigan vendiendo mis libros sobre él, u otros míos, si bien hace poco me incluyeron en la lista de personas indeseables por mi participación en la creación de un tribunal específico para el crimen de agresión.

 

Un tipo penal, el de crimen de agresión (también llamado guerra de agresión o crimen contra la paz), concebido por el jurista también de origen judío, Aron Trainin.

Gracias a este jurista soviético se incorporó el crimen de agresión en el estatuto del Tribunal Militar de Núremberg, a pesar de la inicial oposición de británicos, franceses y estadounidenses, lo cual resulta irónico dado lo que está ocurriendo ahora con la creación de este tribunal penal específico. Les preocupa que lo que hoy se decida para Rusia ponga las bases para otros tribunales que juzguen quizás futuros actos ilícitos suyos.

La batalla por el derecho internacional en la creación de un tribunal específico para el crimen de agresión cuenta con un amplio apoyo, aunque no en el Sur Global. La cuestión es qué modelo se quiere adoptar: ¿uno nacional, o uno internacional con implicaciones en materia de inmunidad?

 

¿En qué punto se encuentran estas deliberaciones?

Creo que estamos cerca de llegar a un consenso sobre el tipo de tribunal adecuado y cómo llevarlo a la realidad. Es probable que pronto alcancemos algún acuerdo para avanzar en este sentido. Yo sigo muy involucrado en este proceso. Somos un pequeño grupo que asesora al gabinete del presidente Zelenski.

Me fascina la manera en que mis libros han enriquecido este debate y le han dado resonancia. Durante mis encuentros con otros abogados, me sorprende comprobar que muchos han leído Calle Este-Oeste y se inspiran en las ideas de Raphael Lemkin y Hersch Lauterpacht, otro judío originario de la región de Lviv, en la década de 1940.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Usted es crítico con el sobreuso del término genocidio, pues considera que menoscaba la importancia o gravedad de otros tipos jurídicos.  «El ser humano individual (…) es la unidad de toda ley», dijo Lauterpacht, palabras que usted incluye como epígrafe en La última colonia.

Plantea una cuestión que afecta a todas las comunidades. ¿Quiénes somos? ¿Cómo queremos que nos definan y nos protejan? ¿Como miembros de un grupo o como individuos? Esta pregunta cobra relevancia a tenor de lo que ocurre en Rusia y Ucrania, Israel y Palestina, y muchos otros lugares. Me asombra cómo estas discusiones han llegado ahora a ocupar las primeras páginas de la actualidad, como se vio en las recientes audiencias en la Corte Internacional de Justicia de La Haya (CIJ) sobre la demanda presentada por Sudáfrica contra Israel, un fenómeno antropológicamente fascinante. No puedo expresar ninguna posición al respecto, ya que estoy implicado en un caso paralelo sobre la autodeterminación de Palestina en la CIJ. La relación entre el individuo y el grupo, la relación entre los crímenes contra la humanidad y el genocidio, son de interés universal.

 

Ucrania ha encontrado en la figura de Lemkin, gracias a su libro, un motivo de orgullo, algo así como su contribución al bien de la Humanidad.

Recibo numerosas invitaciones para colaborar en temas relativos a Ucrania y estoy orgulloso de mi conexión con el país. Mi vínculo con Lviv, donde nació mi abuelo, es de vital importancia para mí. Hemos dado los primeros pasos en la creación allí de un centro permanente dedicado al derecho y la justicia internacionales, un proyecto en que el alcalde de Lviv se ha implicado activamente. Esto no está exento de dificultades, dada la complejidad aún no explorada del todo del papel de los ucranianos en algunos de los horrores ocurridos durante la ocupación alemana entre 1941 y 1944. En cualquier caso, las nuevas generaciones no son responsables de los horrores del pasado.

 

Grossman, Zweig, Roth… ¿Son tres referentes importantes para usted? ¿Y cuál fue su relación con John Le Carré? En algunos pasajes de La última colonia, su último título traducido al español, se detecta la intriga propia de las novelas de espías de Le Carré, al explorar las bambalinas de la política y de la justicia internacionales. En una carta que él le dirigió (publicada en A Private Spy: The Letters of John le Carré, Viking, 2022), expresaba su pesar por el blanqueo de dinero de oligarcas y la tolerancia hacia la cleptocracia de Rusia por parte de Londres.

Los primeros autores que menciona son significativos para mí porque escriben sobre zonas que forman parte de mi hinterland (tierra interior), no personalmente, sino a través de mi familia. Evocan un mundo, el de mi abuelo, e incluso el de mi madre, que me gusta imaginar. Los tres escribieron con una gran humanidad y una claridad que estoy apreciando especialmente en estos días. Antes de dirigirme dentro de unas horas a Punta Arenas (donde murió Walter Rauff, el nazi de quien estoy escribiendo), he estado releyendo la biografía de Magallanes de Zweig, que se desarrolla en gran parte en esa zona. Aun así, no empecé a interesarme por los escritores hasta que conocí, antes de cumplir los treinta, a quien se convertiría en mi esposa, Natalia Schiffrin, perteneciente a una eminente familia literaria, y sentí que tenía que subir el listón. Su padre, André, fue editor en Nueva York, y su abuelo, Jacques Schiffrin, creó la Biblioteca de la Pléiade.

Mantuvimos muchas conversaciones familiares sobre el vínculo entre el derecho y la literatura, lo que cambió mi punto de vista y empecé a escribir para un público mucho más amplio. Quería llegar a personas fuera del ámbito jurídico, pero fascinadas por la ley. Entonces conocí a John le Carré en un pub de Hampstead. A él le interesaban los casos en los que yo estaba trabajando. Era la época de la guerra de Irak y de Guantánamo. Me pasaba horas hablándole de derecho y sus entresijos, que se entrelazaban con sus tramas de espionaje. Tanto las historias de espías como las historias de derecho tienen en común que se centran en los individuos.

«Quería llegar a personas fuera del ámbito jurídico, pero fascinadas por la ley.»

 

¿Cuál era la opinión de Le Carré sobre los abogados?

Los despreciaba. En cada novela aparecía alguno, a cual más espantoso. Empezó a pedirme que comprobara que el personaje en cuestión vestía adecuadamente o hablaba como un abogado, etc. Se presentaba en la puerta de mi casa con un manuscrito, sin señalar qué pasaje específico debía revisar, así que lo leía entero en primicia, y lo hacía con sumo placer, dicho sea de paso. Creo que, al revisar esos manuscritos en una fase temprana y luego comentarlos con él, aprendí mucho, especialmente sobre cómo mantener a los lectores en vilo y el gran respeto que él tenía por ellos, a quienes consideraba inteligentes.

 

Lo que comenta de Le Carré me recuerda a lo que dijo Varlam Shalámov: la literatura del futuro no la harán escritores, sino profesionales de otros campos con dotes para para la escritura. Una vez leí una entrevista a la autora de Olive Kitteridge, que estudió Derecho, en la que confesaba que esta disciplina la ayudó a no ser demasiado «emocional» al escribir.

Comprendo perfectamente que el estudio de las leyes y la práctica de la abogacía te proporcionen cierta distancia emocional. A menudo me preguntan cómo logré mantenerla yo en Calle Este-Oeste, Ruta de escape o, ahora, con Londres 38. Y, sin duda, es el trabajo que he hecho en el ámbito del Derecho, no tanto el estudio, la investigación y la enseñanza, sino el estar en un tribunal y tener que interrogar a personas, o visitar fosas comunes y presenciar cosas terribles… Eso no significa que esté exento de una profunda emoción para mí.

Si hay algo que los jueces no aprecian en los tribunales es que el abogado exprese sus opiniones, sus emociones, o que, como se suele decir, exteriorice sus sentimientos. La disciplina del Derecho te exige dar un paso atrás, observar con la cabeza fría y describir con equilibrio y perspectiva. Esa ha sido mi evolución en la literatura. Se puede trazar el camino desde la escritura de textos académicos y jurídicos hasta 2005, cuando publiqué Lawless World: America and the Making and Breaking of Global Rules, con el que intenté llegar a un público más amplio. Aun así, todavía reconozco la voz del abogado en ese ensayo.

No fue hasta 2008, cuando trabajé con el formidable editor de Vanity Fair, Cullen Murphy, que di ese paso. Cuesta mucho desprenderse de la voz de jurista. He estado más de 35 años ejerciendo de abogado, así que rebuscar en mi interior en busca de una voz propia sin temor a las opiniones de los jueces o mis colegas académicos requirió tiempo. También le debo mucho a Victoria Wilson, de la editorial Alfred Knopf, que me acompañó en este proceso de ensayo y error. Creo que lo conseguí con Calle Este-Oeste y sin duda en el libro que estoy escribiendo sobre Pinochet y Rauff.

«Ese es el hilo conductor de toda mi obra: la relación entre los grandes acontecimientos políticos, los tecnicismos jurídicos y la dimensión humana.»

 

Ha logrado dar a conocer un mundo, el del derecho internacional, muy desconocido. Aunque en la literatura y en el cine aparecen tribunales, generalmente se tratan casos que no cruzan las fronteras nacionales. ¿Por qué cree que este tema está tan poco explorado en la cultura popular?

No tengo una respuesta concreta para eso. Los casos nacionales, por supuesto, cuentan con una rica literatura, pero el ámbito del derecho internacional suele ser desconocido. Parte de mi trabajo es estratégico en este sentido: valoro el orden jurídico internacional y lo que representó el momento de 1945. Quiero cultivarlo, protegerlo y salvaguardarlo, pero me he dado cuenta de que la comunidad del derecho internacional, conformada por Estados, académicos, etc., no bastará para lograrlo. Necesitamos el respaldo de un público más amplio. Ese es el hilo conductor de toda mi obra: la relación entre los grandes acontecimientos políticos, los tecnicismos jurídicos y la dimensión humana. Para que la gente entienda el derecho internacional es necesario abordar estas cuestiones a través de dramas humanos. Al fin y al cabo, como dijo Hersch Lauterpacht, el derecho no lo crean los Estados, sino los seres humanos.

 

Se lo pregunto como cinéfilo: ¿qué película retrata mejor los procesos judiciales internacionales?

Una de las películas que más me interesaron sobre el tema fue Judgment at Nuremberg (en España: ¿Vencedores o vencidos?) de 1961, protagonizada por Spencer Tracy y Marlene Dietrich, basada en una obra teatral de Abby Mann, hijo de inmigrantes judíos rusos en Estados Unidos. Es una película que incita a reflexionar sobre el papel del derecho internacional.

 

¿Es posible que aún no se haya escrito la gran novela sobre los procesos de Núremberg?

En este momento no me viene a la mente una obra de ficción destacada, más allá de la pieza teatral de Mann. Lo que sí existen son excelentes libros de no ficción, y es curioso que la mayoría estén escritos por mujeres. Pienso en Janet Flanner, corresponsal del New Yorker, que dejó unos magníficos diarios de Núremberg. También destaco a Rebecca West y Martha Gellhorn. La calidad de la escritura de esta última, su atención al detalle y su capacidad para conectar con el lado humano, al menos desde mi perspectiva, superan a cualquier otro escritor.

 

¿Ha tenido oportunidad de ver La zona de interés? Por alguna razón me recordó a su documental Mi legado nazi: Lo que hicieron nuestros padres (David Evans, 2015, en Filmin), donde usted conversa con los hijos de dos prominentes oficiales nazis, Hans Frank y Otto Wächter, mientras exploran los lugares donde miembros de su familia fueron asesinados por los padres de aquellos. El primero admite que su padre, gobernador general de la Polonia ocupada, fue un asesino, pero el segundo busca justificaciones, pues, en su vida privada, su progenitor, teniente general de alto rango de las SS, era un esposo y un padre dedicado.

Leí la novela de Martin Amis en la que se basa la película, pero aún no la he visto. Varias personas me han comentado que el director, Jonathan Glazer, debe de haber visto el documental que hice con mi amigo Evans, por los temas que plantea. Definitivamente la veré.

«Las decisiones tomadas por el gobierno británico ayudan a comprender por qué muchos países son hoy reacios a apoyar las posturas del llamado “Occidente”.»

 

Supongo que le han preguntado en repetidas ocasiones sobre el concepto del mal, ya sea banal o no.

Soy un poco escéptico en cuanto a ese concepto. Creo que hay personas buenas que pueden hacer cosas terribles. Me abstengo de calificar a Hans Frank o a Otto Wäcther como individuos malvados. Eran capaces de amar, de ser decentes, alegres, generosos y felices. En la vida todo es siempre más complejo y complicado.

 

En su libro La última colonia, sobre el derecho de autodeterminación del archipiélago de Chagos, en el océano Índico, un caso contra el Reino Unido que no se resolvió hasta 2018 y en el cual usted estuvo involucrado como abogado de la parte demandante, muestra que el colonialismo no pertenece a un pasado remoto.

Hice hincapié en eso, en la toma de conciencia de que el colonialismo no es algo del pasado lejano, y mucho menos sus herencias, así como en la estrecha relación entre política y justicia. Al presentar un caso ante la Corte Internacional es fundamental medir el cuándo y el cómo, dado que hay muchas variables, algunas de índole jurídica y otras políticas. Las decisiones tomadas por el gobierno británico ayudan a comprender por qué muchos países son hoy reacios a apoyar las posturas del llamado «Occidente».

«A los lectores británicos les interesan más los temas del nazismo que los del colonialismo británico. Aun así, creo que ‘La última colonia’ ha tenido impacto en mi país.»

 

El Foreign Office empleó diversas artimañas y mintió ante la comunidad internacional al decir que el archipiélago estaba deshabitado, a pesar de haber promovido un desalojo forzoso. Posteriormente, lo alquiló a Estados Unidos como base militar. La etapa con Boris Johnson al frente de Exteriores Downing Street no salió mejor parada. Su falta de preparación e incompetencia, según explica, favorecieron a la parte demandante. Como abogado de Mauricio, junto con sus colegas, citaron una de sus declaraciones con motivo del Brexit cuando dimitió de su cargo: «Ningún país desea ser una colonia».

He constatado que a los lectores británicos les interesan más los temas del nazismo que los del colonialismo británico. Aun así, creo que mi libro ha tenido impacto en mi país. Actualmente estoy redactando unas alegaciones para una investigación del Comité Selecto de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes sobre el futuro de Chagos. Mi libro se incluirá entre las pruebas presentadas, y me han pedido que testifique. Mi objetivo al escribir este libro era concienciar sobre el tema, y lo he logrado, lo cual me complace enormemente. Los lectores británicos se sorprendieron de que, sesenta años después del inicio del proceso de descolonización, el legado de la esclavitud aún persista. Reconocen que lo ocurrido durante dos siglos o más no se puede solucionar en unos pocos años o décadas.

 

¿Qué opina de que se acuse recurrentemente a Occidente de doble rasero?

Es difícil no concluir que la guerra de Irak de 2003, con todas sus ilegalidades, sigue siendo un acto por el que Occidente está pagando un alto precio. El paradigma del doble rasero sigue siendo uno de los mayores obstáculos del derecho internacional, y esta retórica (pienso en Rusia, que la promueve conscientemente) en muchos casos paraliza en lugar de ayudar. Además, genera una lista interminable de agravios sin resolver. ¿Apoyar a Ucrania? Sí, pero ¿qué pasa con Gaza? Recientemente leía a refugiados sirios afirmar que ojalá hubiera habido tanta indignación con respecto a Assad. Es un «fallo del sistema» irresoluble precisamente porque el derecho internacional se sustenta en los precedentes.

Los casos como el interpuesto por Sudáfrica contra Israel pueden entenderse como una forma en que el Sur Global se enfrenta a las antiguas potencias coloniales por décadas de acciones provocadoras. Aunque el derecho internacional está siendo cuestionado, no desaparecerá y seguirá siendo una fuerza duradera. Me entusiasma recibir correspondencia de jóvenes inspirados en seguir esta dirección. Les digo a mis estudiantes que el derecho internacional es un juego de largo recorrido: se avanza, se da un paso al lado, otro atrás…

 

Claro, qué pasa cuando no se investigan crímenes ocurridos en tu propio país para luego erigirte en baluarte contra los ocurridos en otro…

Es algo en lo que reflexiono mientras escribo mi libro sobre Pinochet. En particular, analizo los esfuerzos de los jueces españoles por extraditarlo, porque plantea la cuestión fundamental de cuál es la autoridad, moral o de otra índole, que tenía España para buscar justicia en relación con lo ocurrido en Chile cuando no hizo lo propio con su pasado colonial, la guerra civil y el régimen franquista.

«En general, las amnistías me ponen bastante nervioso, pues si no van acompañadas de un esclarecimiento de la verdad o de un mecanismo de reconciliación son extremadamente problemáticas.»

 

¿Ha tenido conocimiento de la solicitud de amnistía para los líderes independentistas catalanes?

Sigo de cerca los procesos judiciales en España, en especial la cuestión de la amnistía para los políticos catalanes. En general, las amnistías me ponen bastante nervioso, pues si no van acompañadas de un esclarecimiento de la verdad o de un mecanismo de reconciliación son extremadamente problemáticas.

Durante la redacción de Londres 38 he pasado mucho tiempo con abogados, juristas, jueces y fiscales españoles excepcionales, lo que me ha permitido entender mejor el sistema jurídico español.

 

¿Es optimista acerca del futuro del derecho internacional?

Aunque existen razones significativas para el pesimismo, y es difícil sentir optimismo dado el panorama actual, a largo plazo sí lo soy. Creo, por decirlo así, en el largo arco del derecho internacional, respaldado por un sistema basado en el Estado de Derecho y en principios de justicia internacional. A pesar de los desafíos y altibajos a corto plazo, estoy convencido de que el derecho internacional persistirá. Aunque sea objeto de ataques, su salud a largo plazo no me preocupa.