Una tarde de 1968, un hombre alto, delgado, calvo, de cuarenta años, llegó, sudoroso, jadeante, ilusionado, a la verja de Mougins, la casa de Picasso, en las alturas de Cannes, don Josep Palau i Fabre era un poeta catalán y un admirador incondicional de Picasso, al que consideraba el artista más importante del siglo, y al que había dedicado varios libros. Siempre que su precaria economía se lo permitía, Palau tomaba en la estación de Francia de Barcelona un tren nocturno que llegaba a Cannes al amanecer, y después de registrarse en un hotel barato y hacer la llamada telefónica preceptiva para confirmar la hora en que podría rendir visita al genio, repasaba, en un estado de nervioso presagio y de exaltación extrema, la lista de las preguntas que pensaba hacerle.
Cuando llegaba la hora «H», subía a la casa, a veces en autobús, y más a menudo a pie para disfrutar de la experiencia de ir acercándose a Picasso poquito a poco; allí pasaba unas horas despachando con el maestro consultas sobre un nuevo libro que sobre él estaba escribiendo, o mostrándole las fotos de algunos lienzos o dibujos por encargo de sus propietarios, para que los autentificase o negase su autoría, lo que Picasso hacía sin vacilación, pues su memoria sobre su propio trabajo era infalible.
El caso es que una tarde, como muchas otras tardes antes, Picasso recibe a Palau y a varios visitantes más, y en un momento dado se dirige a él, que está como siempre ocupando una posición discreta y secundaria, y le dice: «Palau, Las Meninas son para Barcelona. Dígalo allí.»
–¿A quién tengo que decírselo?
El pintor se encogió de hombros:
–Dígaselo a todo el mundo. A la gente. Dígaselo a sus amigos.
Ser designado como nuncio del fastuoso regalo –docenas de lienzos en torno a la obra maestra de Velázquez– al museo de Barcelona fue para el poeta el momento apoteósico de sus relaciones con Picasso. Fue casi como si aquellos cuadros se los regalase a él.
Un caso de sumisión
Palau sentía una admiración obsesiva, una obsesión fanática, con ribetes de enfermedad paranoica, por la obra de Picasso y por el mismo Picasso. Lo adora hasta el punto de que cuando ingresa en su mundo, cuando empieza a escribir sobre él, y cuando logra conocerle y ser aceptado de vez en cuando en su presencia, deja de escribir versos, que hasta entonces había sido su vocación, y abandona en general la escritura sobre cualquier otro tema, porque en adelante su tema único será la obra y la vida de Picasso: «Pues todo lo que yo tenía que decir, lo que pensaba y sentía en todos los campos, ya lo decía, y lo expresaba inmejorablemente, la obra de Picasso»: un caso de sumisión como sólo se dan en algunas relaciones amorosas ultratóxicas.
Palau sentía una admiración obsesiva, una obsesión fanática, con ribetes de enfermedad paranoica, por la obra de Picasso y por el mismo Picasso.
La historia de amor de Palau por el gran pintor –un amor sacro, sublime, no erótico– dio pie a uno de los libros más importantes de la literatura amorosa del siglo XX en España, que es Estimat Picasso (Querido Picasso), donde ordenada y apasionadamente cuenta sus ascensiones a Mougins, bajo un sol de justicia, su esperanzado ascenso a casa del pintor una y otra vez, y todo lo que ve y pasa allí… Consigna todas y cada una de sus visitas con gran lujo de detalles reveladores de su rara pasión de señor pobre sometido a una vida mezquina en la España franquista, que visita en la Costa Azul al creador desenvuelto, exitoso, mundialmente famoso, libre.
Y de pronto se halla el poeta respirando el mismo aire que su idolatrado genio, que le muestra la tela que acaba de pintar esta mañana y aguarda que manifieste su opinión, opinión que, por supuesto, invariablemente es entusiasta y sincera. O simplemente Picasso no interrumpe su trabajo y le dice «Siéntese, Palau y espere un momento mientras termino con esto»; los prodigios, las maravillas, brotan con asombrosa naturalidad, sin esfuerzo, de sus pinceles y sus lápices. Es exaltante, mágico; para que la felicidad del instante fuese perfecta deberían estar solos.
Leer ‘Querido Picasso’ en serio es desasosegante. Lo es asistir a ese cortejo desesperado, inevitablemente condenado al fracaso.
Pero por norma general no lo están. Éstas son las horas que el artista, después de haberse pasado la mañana entera trabajando intensamente, reserva para su variopinta corte internacional de admiradores y aduladores, y en que procura también divertirse un poco, si es que la compañía da para ello, si uno de los visitantes es, por ejemplo, un guitarrista flamenco que toca unas bulerías o un torero que le ha traído de regalo una montera.
«¿Para quién será este dibujito?»
Leer Querido Picasso en serio es desasosegante. Lo es asistir a ese cortejo desesperado, inevitablemente condenado al fracaso. Qué bien imaginamos, qué claramente imaginamos y vemos a Palau en el estudio de Picasso, los ojos y los oídos bien abiertos, atento a todo lo que Él hace y dice, memorizando cada gesto para luego consignarlo en un cuaderno; preocupado, sobre todo, por no rebajarse a la lisonja demasiado rastrera, no solicitar, ni que parezca que ansíe, alguna merced, por ejemplo un dibujito, aunque lo desee realmente, ¡y cómo!; ilusionado cuando el maestro rápida y diestramente le hace, acompañando a la dedicatoria, un garabato en la página de cortesía de un libro que le ha traído; sopesando si la deferencia que tiene con él es mayor, igual o menor a la que tiene con otros cortesanos. ¡Qué melindres, qué temores, qué palpitaciones! ¡Qué adoración contemplativa, extática!
Un día, blandiendo ante los señores que habían ido a visitarle, entre los cuales figuraban varios catalanes, una lámina con un bonito dibujo, Picasso preguntaba: «¿Y este dibujo para quién será, para quién será?» A lo que Palau, celoso de su propia dignidad que no le permite saltar como un perrito, permanece callado. «¿Para quién será este dibujito?», insiste Picasso; y entonces Palau observa, horrorizado, que Juan Perucho, el gran escritor, responde sin escrúpulos ni melindres «¡Para mí, para mí!», con grititos infantiles, y… Picasso le tiende la preciosa lámina, la dádiva maravillosa, ¡a Perucho! ¡Palau se queda con dos palmos de narices y los labios temblorosos! ¡Ay, qué amarga sería la noche en el hotel, oyendo ruidos sospechosos y toses al otro lado del tabique! Y a la mañana siguiente ¡qué melancólico y lento iba a ser el tren de vuelta a Barcelona!
Para colmo, Perucho había ido hasta allí en su propio coche y se ofreció a llevarle, de esta manera se harían compañía el uno al otro y el viaje pasaría más rápido. Conducía Perucho encantado de la vida, comentando incansablemente a Palau las bellezas del dibujo regalado y consultándole sobre qué clase de marco le pondría él, de qué color: «¿Con o sin passe-partout? ¿A ti, Palau, qué te parece? Lo mejor en casos así –¿no te parece, Palau? — es un marco sencillo, que realce la obra. ¿No es verdad?»
Un erotómano
Otra mañana baja a la playa de Cannes a bañarse y dejar que las horas pasen relajadamente hasta la cita con Picasso; en la playa conoce a una mujer, una joven francesa de origen español, con la que se entiende a las mil maravillas, que le parece muy atractiva, que se le muestra complaciente y bien dispuesta, y alegremente deja que la invite a comer algo rápido en una terraza y luego accede a acompañarle al hotel.
Palau era un erotómano y un torturado adorador de la mujer, pero ya en la habitación, cuando están desnudándose, él se da cuenta de que el tiempo vuela y de hecho como se entretenga se le va a hacer tarde, de manera que empieza a comportarse con inesperada torpeza, hasta que por fin le confiesa a la chica que… que es que a las cuatro, a las cuatro de la tarde, a las cuatro en punto, no puede retrasarse ni un minuto, a las cuatro, tiene cita en Mougins, ¡cita con Picasso!, y que esa cita es para él importantísima, y si se entretiene haciendo el amor con ella llegará tarde, y además teniendo la cabeza puesta en Picasso seguro que aquello no saldrá bien.
Palau fue despedido sin explicaciones, por teléfono, y no por el mismo Picasso, ni siquiera por su mujer, sino por su chófer, y salió despavorido y ya nunca más volvió.
Por eso él, ahora, preferiría irse inmediatamente, se va a ir si a ella no le importa, y luego, después de pasar la tarde con Picasso, ellos dos podrían volver a verse, por la noche, en el mismo hotel, y seguir con lo que tienen entre manos y que ahora él se ve obligado a interrumpir. La joven accede y vuelve a vestirse, callada y lenta, mientras Palau sale zumbando montaña arriba hacia Dios, bajo el sol de justicia de Cannes en agosto.
Y claro está, después de la velada, cuando vuelve al hotel, ya no la encuentra, en la conserjería no le ha dejado recado ni un número de teléfono, y por más que la busque por el pueblo y en sucesivas estancias en Cannes rastree el barrio donde ella le había dicho que vivía, y vuelva una y otra vez a la playa donde se conocieron, nada. Y al recordar estas dos anécdotas –la del dibujo que se llevó Perucho y la de la chica de la playa– me doy cuenta de que ambas son relatos de pérdida de algo que el perdedor siente como valiosísimo, cosas sacrificadas en el altar del amor… a Picasso.
Última página desoladora
Aquellas visitas que Palau cuenta con una seriedad extrema de documentalista puntilloso hubieran podido dar de sí un libro hilarante, pero Querido Picasso es seco, serio, tristísimo. La última página es desoladora: llama Palau a casa de Picasso para confirmar que ha llegado a Cannes y pedir hora, como de costumbre, y le contesta, muy nervioso, el chófer: «Váyase de aquí, váyase en seguida, que no le vean ¡Que no le vean!» Y así Palau fue despedido sin explicaciones, por teléfono, y no por el mismo Picasso, ni siquiera por su mujer, sino por su chófer, y salió despavorido y ya nunca más volvió, pues la orden de expulsión del paraíso, emanada del entorno de Picasso, no podía desobedecerla él, presa de terror sacro…
…De todas maneras –se consolaba luego, y así concluye el libro–, la salud del pintor ya estaba declinando muy seriamente, de hecho su salud iba cuesta abajo y sin frenos. Palau se consoló pensando que, después de todo, ya había obtenido de Picasso todo –todo el conocimiento, todo el afecto– que éste le podía dar.
En efecto, murió al año siguiente, el 8 de abril de 1973.




























































