Cuenta la leyenda que el estreno barcelonés de Teorema (1968), en el cine Aquitania de la Avenida de Sarrià, no estuvo exento de incidentes. Corría el mes de abril de 1976 —apenas seis meses después de la muerte de Franco y más de un año antes de la desaparición definitiva de la censura— y la ultraderecha estaba muy nerviosa. Dicen esas mismas fuentes que, el primer día de proyección, la fachada exterior de la sala amaneció con una pintada: «Pasolini rojo y maricón». Y algunos añaden que también se produjo alguna que otra amenaza de bomba, algo muy habitual en aquellos momentos, por lo menos desde que un artefacto de fabricación casera estallara en el vestíbulo del cine Balmes antes de una proyección de La prima Angélica (1974), la película de Carlos Saura sobre la guerra civil. Sea como fuere, los nostálgicos del franquismo se equivocaban en cuanto a las inclinaciones de Pasolini, por lo menos en parte: era homosexual, sin duda, pero cuando dirigió Teorema ya había tomado sus distancias respecto al comunismo ortodoxo.

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En Las cenizas de Gramsci, libro de poemas escrito entre 1951 y 1956, Pasolini afirmaba vivir «amando el mundo que odio —su miseria / despreciable y perdida, por un oscuro escándalo / de la conciencia». He ahí la gran contradicción que dominó su pensamiento a partir de una cierta época. También su gran tormento. El mundo surgido de la posguerra, el nuevo orden del capitalismo, le resultaba simultáneamente repulsivo y fascinante.

Por un lado, era capaz de identificar sus lacras, incluso de definirlo a la perfección: una vez fracasado el fascismo como instrumento de control y dominio, la implantación progresiva de la sociedad de consumo acabaría desempeñando el mismo papel, una especie de anestesia colectiva que ni siquiera se veía obligada a recurrir a la violencia. Por otro, como artista provinciano que en el fondo era, Pasolini no podía evitar sentirse fascinado por la nueva civilización, por aquel «milagro económico» de la posguerra que convirtió las principales capitales europeas en grandes teatros de las apariencias y, simultáneamente, en complejos núcleos de irradiación cultural.

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