En poco menos de tres meses han llegado al público tres interpretaciones diferentes de Las aventuras de Pinocho, del escritor italiano Carlo Collodi. No se trata de una coincidencia, sino de la constatación de que las aventuras de Pinocho definen con enorme exactitud el momento político, estético y moral en el que vivimos.

A finales de enero finalizó la exposición retrospectiva dedicada al artista Gérard Garouste en el Centro Pompidou de París. La exposición muestra la fuerza expresiva, onírica, irónica y anticipadora de Garouste en torno a todo tipo de criaturas humanas con caras expresivas de personajes en los que el espectador siempre acaba viendo al propio artista. Es un universo creado a caballo entre la literatura, el teatro y la pintura. En las escenas siempre hay alguien que busca que lo escuchen y lo miren. Vemos desfilar y actuar ante los espectadores al Golem, a rabinos, al Quijote, a Kafka, a Pinocho, al Clown blanco y a Augusto.

Todos parecen moverse en un escenario como si fueran polichinelas o títeres del artista que, al mismo tiempo, se representa a sí mismo en cada uno de ellos. Una de las obras más emblemáticas, utilizada para el poster de la campaña de promoción de la exposición, es Pinocho y la partida de dados. En ella podemos contemplar a Garouste/Pinocho jugando a los dados; un Pinocho que ha mentido, porque le ha crecido la nariz. Su cara no es la de una marioneta decente, sino cínica y perversa. La mirada de la marioneta/hombre no mira los dados que están rodando por la mesa verde de juego, sino que busca la complicidad de los espectadores para que nos unamos al juego. Gepetto, el padre creador de Pinocho, exclama: «¡Piel del diablo! ¡No estás acabado y ya empiezas a faltarle el respeto a tu padre! ¡Muy mal, hijo mío, muy mal!»

La obra de Garouste está fechada en 2017 y en su margen derecho, sobre la mesa de juego, vemos un remo y una barca que está a punto de hundirse por el fuerte oleaje. En el remo se pueden leer los nombres de Dios; un remo dispuesto a dominar las olas y los vientos que permite llevar la barca y al hombre hacia su destino de destrucción y resurrección. Los dados de Dios, que aluden a la noción de azar y a la pasión destructiva del juego, la nariz larga, que nos indica que la mentira es el único modo de engañar al destino, y el juego mismo y la invitación a aceptar el precio que debemos pagar para adentrarnos, para vivir, en el vientre de la tempestad.

 

Marioneta sin hilos

La obra es sugerente y está edificada sobre la visión del rabino Rabba Ba Bar Hanna. La pintura, de 160 por 220 cm., parece estar a punto de salirse del marco, de sus límites. Todos estos aspectos están contenidos en esta obra abierta a la interpretación y que evoca la de Carlo Collodi, salvo en un aspecto: en esta, como en el original de Las aventuras de Pinocho, presenciamos los movimientos de una marioneta que se mueve sin hilos. La marioneta sin hilos es la gran aportación de Collodi, entendida desde la perspectiva de la contemporaneidad, ya que nunca como ahora los hombres han sido tan conscientes de ser movidos por fuerzas que superan su autonomía de movimiento y de pensamiento.

Nunca como ahora los hombres han sido tan conscientes de ser movidos por fuerzas que superan su autonomía de movimiento y de pensamiento.

El espectador, como el Garouste artista, sabe que su destino depende de cómo se muevan los hilos y, a la vez, sabe que el único modo de soportar la vida es negando la existencia de esos hilos y pensando que existe el libre albedrío para decidir. Collodi insufla a la marioneta, a la madera, todas las características de lo que es humano; los hilos que mueven las marionetas no existen o no se ven. Esas cuerdas/hilos que mueven los brazos, la cabeza y los pies de la marioneta han desaparecido para acreditar que Pinocho, aunque esté hecho de madera, tiene la voluntad y la conciencia propias de un humano.

La larga nariz nos muestra que la mentira es la que nos permite formar parte y actuar en el teatro de marionetas del escenario del mundo. El grillo parlante que le acompaña y avisa de los peligros que deberá arrostrar si no hace lo que es correcto sigue invadiendo la conciencia de los hombres; pero esta voz es cada vez más débil, cada vez más lejana. Una semana después de ver en París la exposición de Garouste, me envían una entrevista de Adan Jodorowky a su padre, el escritor y cineasta Alejandro Jodorowsky, en la que éste revela a su hijo que uno de sus libros preferidos es el primero que leyó y que lo marcó: Las Aventuras de Pinocho. Su interés por esta obra radica en el hecho de ver a Pinocho como una criatura creada por Gepetto para liberarlo de la soledad, pero, sobre todo, para ser salvado.

 

Viaje iniciático

Tres días después veo el film Pinocho de Guillermo del Toro. Es una versión libre del cuento de hadas de Carlo Collodi. Su Pinocho vive en un país en guerra, durante la Italia fascista de 1930 y sobrevivirá a todo el mundo, ya que él no envejece. La luz oscura y tenebrosa de Pinocho, las aventuras y desventuras que se entrecruzan en su viaje iniciático, el viaje que ha de transformarlo de marioneta en niño, la nariz que desde su nacimiento, gracias a la habilidad del artesano Gepetto, no deja nunca de crecer, ya que la mentira nace en él en el instante mismo de ser esculpido, son algunos de los aspectos que explican el poder cautivador de Pinocho; una marioneta sin cuerdas que nos induce a pensar en los autómatas, en la robótica y en el hombre como criatura, que en algún momento de su vida toma conciencia de que alguien, alguien que no es él mismo, está moviendo sus hilos.