Más allá de la calidad de cada una de ellas, que esa es otra historia, la nueva hornada de series televisivas no se distingue precisamente por su originalidad. A excepción de unas cuantas, o más bien de unas pocas, nos topamos en ellas con las tramas de siempre, los mismos desarrollos dramáticos, las mismas historias que el cine y las series precedentes ya han abordado y manoseado hasta la saciedad. Y eso, en el panorama español, se multiplica por cien. O por mil.

Por ello, la emisión de Doctor Portuondo, la serie de Carlo Padial basada en su libro de idéntico título, no solo me parece un acontecimiento, sino también un toque de atención: ¿es suficiente, para la ficción audiovisual de este país, la repetición incesante de esquemas que solo fomentan una vergonzante pereza intelectual, que únicamente crean espectadores sumisos y pasivos, robots obedientemente sentados ante el televisor y dispuestos a devorar, sin criterio alguno, serie tras serie, episodio tras episodio? Pues Doctor Portuondo pone tal situación en duda desde su propio planteamiento.

Esta es una serie que casi no tiene argumento, a no ser que consideremos como tal las sesiones terapéuticas que el protagonista mantiene con su psicoanalista, un improbable emigrado cubano al que da vida con ímpetu y sutileza un excelente Jorge Perugorría. Y también se trata de una propuesta que consigue elaborar una puesta en escena propia, una manera particular e intransferible de narrar, de presentarnos a sus personajes y contar lo que les ocurre.

Carlo Padial, por supuesto, no es ningún desconocido. Insigne representante de un tipo de humor realmente nuevo, que se niega a ceñirse a los clichés de la broma fácil y persigue provocar incomodidad e incluso malestar, es ya autor de un breve pero distinguido corpus de largometrajes entre los que se cuentan Taller Capuchoc o Algo muy gordo, este último un hito de la comedia cinematográfica española que aún espera el reconocimiento que merece. Pero, además, Padial es también escritor y monologuista, responsable de algunos de los vídeos más sagaces y divertidos que pueden hallarse en internet, concretamente en PlayGround.

 

Aquelarres surrealistas

En apariencia, podría parecer un Woody Allen rejuvenecido y puesto al día, pero su estrategia va más allá, algo que Doctor Portuondo se ha encargado de dejar bien claro. En esta serie, practica la autoficción para ponerla en duda desde dentro, insinúa modos de comedia para subvertirlos a cada instante, convierte lo que podría ser una farsa chusca en un universo sombrío hecho de interiores a media luz y situaciones que van de la melancolía al desgarro, empiezan explorando el tedio existencial para terminar, a veces, en aquelarres surrealistas. Y, por encima de todo, se niega a contar las historias de siempre para, en el fondo, no contar ninguna historia, limitarse a estructurar unas cuantas situaciones a partir de las cuales, con ritmo y vocación impresionistas, garabatear el retrato no solo de un personaje, sino también de nuestro tiempo.

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‘Doctor Portuondo’ constituye una manera particular e intransferible de narrar, de presentarnos a sus personajes y contar lo que les ocurre.

Ese falso neurótico y su errático psicoanalista, así como los memorables secundarios, nos resultan cercanos no por reconocibles, pues la técnica de Padial incluye extraños y desconcertantes efectos de distanciamiento, sino precisamente por todo lo contrario: ¿puede haber algo más raro que estos tiempos virtuales que hacen cada vez más fácil la comunicación y cada vez más difíciles las relaciones humanas?

Hablando de distanciamiento y rarezas, creo haber leído por ahí que a Padial le gusta mucho How To with John Wilson, otra serie que, mediante la técnica del falso documental, explora la singularidad de estos tiempos y recorre Nueva York para mostrar una galería de personajes atípicos y situaciones narradas en primera persona que se mueven, serpenteantes e inciertas, entre la realidad y la ficción. Wilson, su responsable máximo y narrador, desmonta el mito de la autoayuda que promete el título y lo convierte en un gran teatro del absurdo, el retrato de un mundo perdido en otra gran paradoja: nunca estuvimos tan desorientados contando con tantas herramientas supuestamente destinadas a guiarnos, una situación que la desastrosa gestión global de la pandemia ha conseguido incluso intensificar.

Sin embargo, a mí me parece que el maestro de todos ellos, de Padial y de Wilson, y de tantos más, por mucho que quizá no se trasluzca de manera explícita en sus trabajos, es un humorista y escritor neoyorquino llamado Larry David, el corresponsable de Seinfeld y desde hace varios años creador, guionista y protagonista de Curb your enthusiasm, la serie de HBO cuya undécima temporada acaba de estrenarse.

En principio, Curb your enthusiasm sigue las andanzas del propio David en su vida cotidiana, su día a día en Los Ángeles y las relaciones con sus amigos y conocidos del mundo del show business, especialmente con un grupo selecto de colegas con el que se da cita para comer, jugar al golf o idear próximos proyectos. En esta última temporada, se trata de la preparación de una serie televisiva, Young Larry, que, en un ingenioso juego de televisión-dentro-de-la-televisión, recrearía sus primeros años. Pero no crean que estemos ante el típico dramedy a la vez costumbrista y nostálgico, nada más lejos de la realidad.

 

Fotograma de la serie Curb your enthusiasm dirigida por Larry David.

Fotograma de la serie Curb your enthusiasm dirigida por Larry David.

 

Televisión de vanguardia

Como en las anteriores entregas de la serie, David toma esta mínima anécdota como excusa para desplegar una serie de situaciones cómicas que quieren valerse por sí mismas y excluir cualquier tipo de pretexto temático o discursivo. Si Seinfeld quería ser «una serie sobre nada», como tantas veces se ha dicho, Curb your enthusiasm lleva esa premisa hasta el extremo, en la gran tradición de Mallarmé o Dada, y la convierte en un atrevido experimento, televisión de vanguardia en estado puro.

En los diez episodios de esta última temporada, la clásica excusa argumental de la preparación y montaje de un espectáculo, cuyo más lejano precedente cinematográfico quizá sean los musicales de Judy Garland y Mickey Rooney, se entrecruza con otra trama igualmente liviana, por no decir inane. En ella, David debe hacer frente a una amenaza absurda, y que podría dar al traste con sus planes laborales, que incluye un chantaje más bien inverosímil. A su vez, este relato a modo de hilo conductor, que de una forma u otra asoma la cabeza en todos los capítulos, debe dejar paso, en cada uno de ellos, a tres o cuatro subtramas que van entrelazándose, de una manera casi musical, y que confluyen al final de cada uno de los episodios.

‘Curb your enthusiasm’ muestra una fauna grotesca y despreciable que, sin embargo, resulta irresistiblemente simpática.

Ustedes me dirán que algo de esto ya lo hemos visto en las clásicas sitcoms y, en parte, tendrán razón. ¿Dónde está, entonces, la revolución que propone David? Primero, en su personaje, un misántropo recalcitrante, más bien antipático e insolidario, grosero y políticamente incorrecto, que, sin embargo, no es peor que sus semejantes, lo cual provoca que la serie muestre una fauna grotesca y despreciable que, sin embargo, resulta irresistiblemente simpática. Segundo, en el modo radicalmente antipsicológico con que se caracteriza a los personajes, meros rostros y cuerpos que se mueven por escenarios igualmente impersonales, los barrios altos de Los Ángeles y Hollywood, llenos de restaurantes caros y pretenciosos, avenidas atestadas de automóviles y mansiones que hacen gala de una ostentación hortera.

 

Elipsis salvajes

Y tercero, y quizá más importante, la simplicidad, deliberadamente tosca y primitiva, con que se conciben y filman personajes y situaciones, una opción que acaba describiendo un universo casi abstracto, regido por leyes inmutables, en el que todo el mundo parece condenado a una repetición sin fin de actos y conversaciones, fuentes inagotables de equívocos jocosos y desternillantes gags. Pero también dotado de una desinhibida libertad dramática, capaz de acudir a elipsis salvajes para evitar retóricas innecesarias: un completo delirio que quiere dar la impresión de estar regido por una lógica implacable, justo como el mundo en que vivimos.

Esta última temporada de Curb your enthusiasm, así, ya se vea como fantasía abstracta o simulación matemática, al modo de los cuadros más tardíos de Rothko, lleva al extremo lo que ensayan Doctor Portuondo o How To with John Wilson: una ficción sin tema ni discurso, concebida únicamente para lo que Leos Carax, en su película Holy Motors, llamó la «belleza del gesto». Miren por dónde el cine de autor europeo más exquisito acaba también cruzándose con las series de televisión presuntamente de consumo. El arte, sin duda, ya no es lo que era.