El cuerpo central de este número de la revista lo hemos querido dedicar a nuestros vecinos aragoneses, con una voluntad de reconocimiento recíproco que quizá ha faltado en los últimos tiempos. Partimos de la obviedad de la cercanía certificada por la realidad de unos intereses comunes —desde la complementariedad económica en una sensibilidad ecológica—, por una larga historia común y por una interacción cultural nunca interrumpida. En definitiva, un flujo intenso de relaciones propias de una vecindad abierta y más colaborativa que competitiva.

Sin embargo, esta realidad incontestable parece haberse vuelto incómoda a uno y otro lado del Ebro, hasta el punto de menospreciarla y no reconocerla. Creemos que desde Cataluña hace falta un esfuerzo de conocimiento de la espléndida y diversa realidad del Aragón de hoy, una voluntad de crear espacios compartidos desde el respeto mutuo y de decidir conjuntamente, en definitiva, qué clase de convivencia queremos tener aragoneses y catalanes.

Este es el espíritu que rezuma la contribución del historiador Alberto Sabio, con su sugestivo inventario de los nexos que nos unen, más allá de pasados mitificados y de disputas recientes. Unos profundos nexos humanos fruto de la potente corriente migratoria aragonesa del siglo pasado hacia la conurbación de Barcelona. Con unos intercambios universitarios, literarios y culturales que han dejado una huella profunda.

El economista Ignasi Ragàs pone el foco en la gran apuesta estratégica aragonesa para convertir Zaragoza, con la plataforma PlaZa, en uno de los grandes centros logísticos europeos, aprovechando su posición equidistante de Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, pese a que padece el efecto aspiradora de un Madrid beneficiado por décadas de inversiones en infraestructuras radiales.

La otra cara de Aragón la encontramos en las comarcas afectadas por la despoblación y más susceptibles de padecer los efectos del cambio climático. El periodista Juancho Dumall nos acerca a la realidad de las comarcas pirenaicas aragonesas, más allá del naufragio de la candidatura olímpica de los Juegos de Invierno de los Pirineos para el año 2030. Unas comarcas que comparten con las del Pirineo catalán la inquietud sobre el futuro del turismo vinculado al esquí y que, al mismo tiempo, se esfuerzan en preservar y dar valor a su biodiversidad y sus recursos naturales.

En la historia reciente hay dos acontecimientos que representan la cara y la cruz de las relaciones entre Aragón y Cataluña, como apunta la politóloga Cristina Monge en su artículo. La cara es, sin duda, la alianza entre las dos comunidades para defender el río Ebro en contra del Plan Hidrológico Nacional del año 2000: una alianza en la cual, por encima de diferencias históricas y de sensibilidades identitarias, prevaleció una visión de futuro compartida para promover una nueva política del agua y de sostenibilidad del territorio.

La cruz viene representada por el impacto negativo del proceso independentista en amplios sectores de la sociedad aragonesa, interpretado como un menosprecio despectivo y como una voluntad de ruptura de unos vínculos afectivos de larga tradición. Una reacción social que ha propiciado la demagogia anticatalanista de buena parte de las fuerzas políticas aragonesas.

Este es el punto en el que nos encontramos. La recuperación del buen sentido, de la sincera voluntad de reconocimiento mutuo, de la voluntad de cooperación, deben ser los objetivos a impulsar desde la sociedad civil, tanto en Cataluña como en Aragón, poniendo por delante de los agravios que nos separan los vínculos que nos unen, hasta obligar a partidos y gobiernos a abandonar la senda estéril del enfrentamiento político y del claustrofóbico enroque en identidades incompatibles. Como escribe Antoni Siurana, deberíamos tomar ejemplo de las relaciones de la gente de la Franja y de las Tierras de Poniente basadas en el respeto, la cordialidad, la colaboración y la defensa de las diferencias.