Para no ser tildado de oportunista, que el Barça haya ganado la Liga (una buena noticia) no nos tiene que hacer perder de vista su declive como institución en los últimos años. Esta victoria puede ser flor de un día si el club no deja de descapitalizarse en todo tipo de activos (incluyendo los profesionales). Volver a la élite del fútbol europeo puede resultar imposible si no se revierten las razones subyacentes del declive institucional y organizativo.

El economista español Luis Garicano, que tuvo una experiencia política efímera en el partido político fallido Ciudadanos, tiene un excelente artículo académico en la revista Journal of Economic Literature con el título “Why Organizations Fail” («Por qué fracasan las organizaciones»). El título es una analogía con el famoso libro “Why Nations Fail” (Por qué fracasan las naciones), escrito previamente por Acemoglu y Robinson.

Ciertamente, no solo las naciones fracasan, sino también las organizaciones. Es normal para los economistas estudiar un fracaso del mercado, pero es menos frecuente estudiar los fracasos de naciones enteras u organizaciones. Los gobiernos también fracasan, como las comunidades. No hay que decir que los mecanismos de asignación de recursos también pueden tener éxito. Los buenos economistas, como Garicano o Acemoglu, son buenos tanto para identificar razones de éxito como de fracaso.

En su artículo sobre el fracaso organizativo, Garicano menciona, entre otras dos razones habituales, a saber, las deficiencias en la asignación de talento y los errores en la asignación de recursos entre el corto y el largo plazo. Las buenas organizaciones asignan bien su talento escaso y hacen un buen trabajo atrayéndolo y reteniéndolo en tareas relevantes. También gestionan bien los problemas a corto plazo, al mismo tiempo que dedican recursos a la innovación y a pensar en su futuro.

Estas dos ideas básicas me han venido a la cabeza con motivo del declive del FC Barcelona, mi equipo de fútbol, posiblemente el mejor equipo del mundo entre 2005 y 2015, los años de Leo Messi, Andrés Iniesta y otros. El ascenso y la caída del club están muy bien descritos en el libro de Simon Kuper. Pero este distinguido periodista dejó la historia antes de que saliera a la luz que el club había estado pagando más de 7 millones de euros al vicepresidente del comité encargado de asignar árbitros a partidos y a categorías, y la posterior operación de relaciones públicas del actual presidente, Joan Laporta, para rechazar cualquier responsabilidad y su ataque con una campaña populista culpando a los rivales del Real Madrid y al régimen franquista (sí, aquella dictadura militar que acabó hace casi 50 años).

El Barça lo hace mal asignando talento. El presidente es elegido por los socios y actúa en un marco que no tiene controles ni contrapesos. El actual máximo responsable no es ni competente para gestionar ni tiene autodisciplina. Los ejecutivos del club que rodean al Sr. Laporta son amigos suyos o incluso parientes, y actualmente no hay ninguna estructura profesional de expertos en cambio organizativo. En cambio, no hay una escasez de expertos en comunicación, empezando por el mismo Laporta, que se toma cualquier problema, no como un reto de gestión, sino como un reto de comunicación, no muy diferente a Boris Johnson o Donald Trump.

El club no solo no se ha preparado para el futuro en sus buenos años, sino que ahora está obsesionado con el pasado, culpando al régimen franquista e intentando reactivar el reciente buen ciclo intentando volver a contratar a un viejo Leo Messi. Y básicamente está abandonando el futuro, pagando por las contrataciones actuales con los ingresos obtenidos mediante la venta de activos que generan dinero.

Esto (junto con los razonamientos de Garicano) plantea la cuestión de cuáles son los factores subyacentes que facilitan el fracaso organizativo. En este caso, el populismo de un club democrático sin controles ni contrapesos ejerce, en mi opinión, un papel relevante. El Barça es demasiado importante para caer, y como muchos clubes de fútbol de alto nivel, se rescatará antes de que desaparezca (los clubes de fútbol no desaparecen, como explican Kuper y Szymanski en su libro “Soccernomics”). Una consecuencia de esto es el riesgo moral en el comportamiento de los funcionarios del club, puesto que no se enfrentan a todas las consecuencias de su incompetencia (o peor). Otros clubes tienen características similares, pero por razones que merecen un estudio más detallado, el caso de mi club es extremo. Sin embargo, puesto que el equipo no desaparecerá, siempre podemos esperar que otro golpe de suerte esté esperando en forma de otra generación de grandes jugadores.

 

Publicado en el blog Real Progress, el 7/05/23. Traducido del inglés y ligeramente actualizado.