Hasta el mes de febrero de este año se ha podido ver en el off de La Villarroel la obra de teatro El gegant del Pi, de Pau Vinyals, dirigida por él mismo y por Júlia Barceló. Este texto es el debut del intérprete como autor. Se trata de una autoficción —género tan de moda los últimos años, objeto de defensores entusiastas y de furibundos detractores, que quizás merecería un artículo en el futuro— donde profundiza sobre su pasado familiar y aquello que callamos. En su caso, en el caso de su familia —porque, ¿qué familia no calla cosas?—, el detalle incómodo revelado guarda relación con el abuelo del protagonista: era franquista.

Yo vi la pieza en la primera temporada, en el teatro Tantarantana, donde tuvo ocasión de repetir en la programación del año siguiente. Una circunstancia, por cierto, no frecuente, desgraciadamente. Las obras tienen pocas oportunidades de ser vistas, con programaciones que a menudo no superan las cuatro semanas, a lo sumo. No hablamos, por lo tanto, de ser reestrenadas. El caso deviene más penoso en las producciones humildes, en que la inversión en promoción escasea. Estos periodos de exhibición cortos dificultan que el boca a boca, la herramienta de promoción más efectiva en estos casos, haga su trabajo y consolide el espectáculo. Y permita cierto retorno de la inversión a los productores; a menudo olvidamos esta parte de la ecuación. Por cierto, El gegant del Pi continuará de gira todavía unos meses.

La obra me gustó mucho. Me pareció un espectáculo sencillo, bien hecho —en todos los sentidos—, con un texto sólido y, sobre todo, me pareció un espectáculo honesto, cualidad que cada vez valoro más cuando voy al teatro. El lugar desde donde Pau explica esta historia, y la forma que han elegido de ponerla en escena, me parece un gran acierto. La obra ha obtenido varios premios, entre los cuales el premio de la Crítica al Mejor Espectáculo de Pequeño Formato 2023.

 

Un abuelo franquista

Aun así, es posible que la atracción por esta pieza naciera de mi interés por la historia y la memoria. En realidad, es interesante constatar cómo esta última ha ido ocupando más y más la atención y, por lo tanto, los textos de los autores de nuestro país y más allá. Pero si hablo de esta obra aquí es por otro motivo. A raíz del estreno y de la buena acogida, las redes sociales, así como los críticos, empezaron a hablar del espectáculo. Y enseguida me llamó la atención un detalle: se destacaba la valentía de Pau Vinyals al confesar este episodio familiar tan inoportuno, tan desagradable: tener un abuelo franquista.

Recuerdo, incluso, haber escuchado alguna observación al respeto al salir del teatro, el día que asistí. Yo, personalmente, no acababa de entender este tipo de comentarios. La obra me había gustado mucho, pero respecto a esta cuestión pensaba: no hay para tanto. Quiero decir: mucha gente de aquí fue franquista, durante la Guerra Civil y después; por convicción o por interés. Incluso hubo gente a quien le tocó combatir en un bando sin que nadie tuviera en cuenta su opinión. Sinceramente, desde una perspectiva puramente estadística e histórica, no me parecía tan excepcional tener un abuelo franquista. Sin embargo, al cabo de unos días, reflexionando sobre la obra como solo sucede con las obras que nos han gustado, recordé que, en cierta rama de mi familia, cierto tío abuelo luchó en el bando de los golpistas. La cuestión siempre fue tratada con discreción.

Este detalle familiar, surgido de improviso, incitó en mí una reflexión. Quizás el problema no es tener un abuelo franquista, sino otro: ¿qué decidimos olvidar y qué decidimos recordar. ¿Quién nos gustaría ser, en definitiva?

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Un oxímoron

Otro recuerdo me vino a la mente. Ocurrió en el aula, cuando estudiaba historia en la universidad, ahora debe de hacer diez años. La asignatura versaba sobre la Guerra Civil y el franquismo. El profesor citaba en aquel momento a algunos catalanes ilustres que habían vivido y prosperado generosamente al abrigo del franquismo, en los años 60 y 70 (y que lógicamente lo habían seguido haciendo en las décadas posteriores). Una mano se alzó. El profesor detuvo su relato y dio la palabra al alumno. El chico en cuestión no entendía nada: aquello que decía el profesor no tenía ningún sentido. Cómo podía ser que un catalán fuera franquista, preguntó, esto es imposible; no podía haber franquistas. Catalán y franquista le parecían un oxímoron.

Quizás habría que preguntarnos por la educación en historia que hemos recibido los que nacimos ya en democracia.

Recuerdo la cara del profesor, la incredulidad dibujada en su rostro ante aquella afirmación vehemente y dolida. El buen hombre enseguida supo recomponerse y ofreció una explicación paciente y didáctica sobre nuestras inclinaciones políticas de hace cincuenta años y, tal vez, actuales. Ahora, en relación con este episodio, pienso que quizás también habría que preguntarnos por la educación en historia que hemos recibido los que nacimos ya en democracia.

Todavía otra anécdota: no hace mucho, fui a una visita guiada a la Modelo. Se ofrece todos los viernes y sábados y es una gran oportunidad para acercarse a un espacio relevante de la ciudad de Barcelona que todavía no tiene turistas. El caso es que, al inicio de la visita, la guía daba una breve pincelada histórica por los más de cien años de historia del edificio. La simplificación era inevitable, y de hecho ella se excusó por ello. Sin embargo, me sorprendió una omisión: en la descripción de los convulsos años 20 y 30 de nuestra historia, habló de la represión durante la dictadura de Primo de Rivera, pasó de puntillas por la República y enseguida empezó a hablar de la violencia, los encarcelamientos masivos y fusilamientos que se produjeron… a partir de 1939, con la victoria franquista. Ni rastro de los tres años que comprendían la historia de aquel espacio durante la Guerra Civil: ¿no pasó nada, allá?

 

Mirarse al espejo

Me temo que todos estos episodios me conducen al mismo lugar: hay cosas de nuestro pasado que preferimos no mirar. Quizás porque creemos que así no ocurrieron; quizás porque, así, seremos un poco mejores de lo que realmente somos. Nos gusta pensar que nosotros somos los buenos, y ellos, los otros, los malos. Así, todo es más fácil y podemos dormir más tranquilos. A veces resulta incómodo mirarse al espejo.

Pero ¿quiénes somos realmente? Quizás el teatro nos puede ayudar a despejar las sombras a las que nos aboca esta pregunta. De hecho, es importante que contribuya a esta empresa, porque, hay que tenerlo presente, también puede contribuir a todo lo contrario: a olvidar. Y de la manera más eficiente. El teatro también construye el nosotros. Se trata, a riesgo de sonar excesivo, de una responsabilidad moral.

«¿Por qué amamos el teatro? Personalmente, creo que es importante que no tengamos la respuesta», dice el director de teatro británico Declan Donnellan.

Creo que aquí radica la razón de ser del teatro, su sentido más profundo. Juan Mayorga decía que, para él, el teatro debería ser el espacio donde poder contemplar nuestra sombra. Pienso en su obra —en mi opinión— más interesante, Himmelweg: camino del cielo. Hoy en día no se puede ver en los teatros, pero sí que está editada como libro. Por desgracia, no leemos teatro porque no tenemos el hábito, pero es una forma diferente e interesante de acercarse al teatro y al goce de la lectura.

La obra de Mayorga trata de un delegado de la Cruz Roja que visita un campo de concentración nazi, para comprobar de primera mano las condiciones de vida de la gente. Creo que con este texto Mayorga nos recuerda algo fundamental: que los monstruos no existen. La realidad es más inquietante: para el mal no hacen falta monstruos, solo seres humanos —nosotros incluidos— y las circunstancias adecuadas. Pero descubrirnos algo más a nosotros mismos no tiene que revelar necesariamente nuestra maldad. Precisamente, el hecho de observarnos, el conocimiento de nosotros mismos, se convierte en el mejor de los remedios contra la ignorancia y la simplificación de la realidad.

 

Una visión posible

El teatro debería ser un espacio donde sentirnos incómodos, un espacio que no nos dé el golpecito en la espalda —apoyada, a menudo, en la no muy confortable butaca de espectador— y nos diga: qué buenos que somos, cuan de acuerdo que estamos con aquello que nos muestran en escena y qué malos que son los malos.

Esta es una visión posible del teatro. Hay otras, pero esta es la que yo amo y la que me lleva a la reflexión y a la acción como espectador y como creador.

Y, aun así… No querría acabar sin citar unas palabras del director de teatro y autor británico Declan Donnellan: «Por qué amamos el teatro? Personalmente, creo que es importante que no tengamos la respuesta.» Por esta posibilidad, como tantas otras igual de sugerentes, hemos abierto este espacio de reflexión teatral en política&prosa.