Ramon Vinyes (Berga, 1882-Barcelona, 1952) es uno de los extravagantes que Plàcid Vidal reúne en Els singulars anecdòtics, un retablo de una insólita poesía en los aledaños de la máscara fúnebre, un catálogo de esperanzas y tristezas protagonizado por una pléyade de bohemios malogrados por la ilusión de algo innombrable, que sobreviven inciertamente en habitaciones decrépitas mientras combaten los agujeros negros de sus caracteres indómitos, sin pasión ni entusiasmo por nada salvo por la literatura, sin descubrir nunca que la literatura, probablemente, debe surgir del entusiasmo y la pasión por algo, aunque sea la vida: Hortensi Güell se ahogó en la playa de Salou y nunca se aclaró si detrás de ello se ocultaban las mismas razones que llevaron a Anton Isern y Antoni Samarra a suicidarse en el castillo de Burriac.

El cuerpo deforme de Xavier Dachs solo halló la serenidad aristocrática que buscaba cuando murió en el manicomio donde le recluyeron, y lo último que se supo de Josep Parodi fue que había sido encarcelado en Buenos Aires por contrabandista. Narcís Gili Gay, Ernest Vendrell e Isidre Nonell sucumbieron tempranamente a las miasmas pestilentes de la tuberculosis que rondaba hambrienta por las alcantarillas de la vida artística barcelonesa, y Diego Ruiz y Ramon Vinyes, como si huyesen de los rigores de las exigencias estéticas, fueron en busca del triunfo o de la sombra del olvido a Italia y a Colombia.

Si se habla de Ramon Vinyes es inevitable referirse en un momento u otro al homenaje que García Márquez le tributó en Cien años de soledad y que sirvió para empezar a mover la losa de ostracismo que había caído sobre la memoria de su obra. Ramon Vinyes es el «sabio catalán» y «el viejo que había leído todos los libros», el personaje de la novela que pronuncia una palabra en catalán («collons!»), el escritor que desde el año 1913, cuando huyó por voluntad propia del ambiente enrarecido que se respiraba en los círculos intelectuales barceloneses, mantuvo una larga relación sentimental con las tierras colombianas.

 

Actividad fecunda en Barranquilla

Allí vivió durante períodos de diversa duración, que fue alternando con estancias en Cataluña, hasta que la ciudad de Barranquilla le acogió definitivamente a raíz del exilio de la Guerra Civil, y desde el primer momento desarrolló una fecunda actividad: regentó una librería, escribió en los periódicos, participó en una conspiración e influyó en el gusto literario de un grupo de letraheridos en el que destacaban unos jóvenes de insaciable curiosidad que se llamaban Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez.

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Cuando desembarcó por primera vez en Colombia, la reacción de Ramon Vinyes no fue muy distinta de la que experimenta cualquier europeo que descubre América, y también sucumbió a la embriaguez sensorial que anidaba en aquel continente desaforado. El calor, la luz cegadora, la humedad y los mosquitos, el polvo, todo debía prepararle para integrarse en un mundo que no rehuía la violencia ni los contrastes pintorescos, en una sociedad donde el cosmopolitismo extravagante convivía con un ineludible sustrato de hechizos y brujerías, donde la relajación frenética del trópico no negaba la austeridad de las tierras glaciales de la altitud andina, y donde el exotismo de un paisaje nutrido de colores exaltados se convertía de repente en un laberinto selvático de secretos telúricos.

 

Nueva y virulenta realidad

Quizá fue una consecuencia de la fascinación por una tierra pletórica de vida, quizá fue una secuela del asco que le producían las consignas noucentistes que imperaban en la Barcelona que había dejado atrás; lo cierto es que Ramon Vinyes se entusiasmó con aquellas novelas que exhibían con orgullo la conmoción silenciosamente enigmática de una naturaleza brava e indómita. Lo cierto es que se entusiasmó con Jorge Icaza y Huasipungo, que se interesó por Toá y Uribe Piedrahita y que no escatimó elogios a las obras de José María Arguedas, Ricardo Guiraldes o Rómulo Gallegos, aunque no deja de sorprender su manera de enfrentarse literariamente a aquella nueva y virulenta realidad.

«Lo que se hace sin mala intención y por seguir el instinto no tiene importancia.»

La mayoría de los cuentos de A la boca dels núvols, que ganó los juegos florales de México en 1945, y de Entre sambes i bananes, que recoge el resto de su producción en prosa y que se editó póstumamente en 1985 —ahora editados conjuntamente por Males Herbes, con un prólogo de Imma Martí—, están ambientados en los territorios habituales de la narrativa indigenista, pero Ramon Vinyes los somete a un cambio de rumbo: el espacio rural da paso al ritmo urbano, lo pintoresco es solo un recurso para transmitir sensaciones físicas y las visiones elementales se desmitifican: una tormenta espectacular provoca solo consecuencias insignificantes y la magia negra ancestral se encuentra en las manos de una prostituta libanesa.

 

Desembrujar el trópico

Ramon Vinyes se encargó de desembrujar el trópico, y no es ajeno a este objetivo el humor delirante que atraviesa su escritura de arriba abajo —«reniego de los diarios y la literatura hechos para que se bañe en ellos el analfabetismo, pero también reniego del asfalto lítico hecho para barnizar cerebros», se puede leer en «Un Lord Northcliffe de Terra Calenta»—, a pesar de que la mayoría de los protagonistas son unos exiliados que solo esperan que el absurdo y el tiempo les aniquilen. Mientras tanto, unos personajes que a menudo parecen marionetas en manos de un narrador distante e impasible ante una realidad que no acaba de comprender, pero que nunca le resulta hostil, aprenden a convivir con una lección moral que no puede parecer incubada en las pulsiones de la vida bohemia: «lo que se hace sin mala intención y por seguir el instinto no tiene importancia». Al fin y al cabo, tal como dice el narrador de «El pastisser Hess», «No nos podemos permitir grandes lujos. Vivimos en el exilio, lo cual quiere decir que nos las hemos de arreglar como buenamente podamos.»

 

Vivacidad verbal

La obra de Ramon Vinyes anticipa el cambio de estética que estallaría años después para derrocar las leyes del telurismo en favor de un concepto mágico de la realidad o de un cosmopolitismo de raíz europea. Pero si admite todavía una lectura muy placentera, es gracias a unos diálogos que parecen juegos de malabares (la tensión narrativa de la mayoría de los cuentos de Ramon Vinyes suele proceder de la fuerza con la que se desarrollan las conversaciones que sustentan la trama), gracias a unas comparaciones inéditas que enriquecen la realidad y gracias a una vivacidad verbal notable incluso cuando la prosa se tambalea. No es menor la audacia con la que Ramon Vinyes reflexiona sobre los recursos y los procedimientos que ofrece el cuento como género.

La temática obsesiva de Vinyes es el destierro físico, pero lo que se eleva como el centro de cada cuento es el papel que interpreta la voz y la mirada del narrador: «Una Pasqua de Resurrecció en el tròpic» prefigura el «realismo mágico»; «L’Albí» es una reinterpretación de la narrativa fantástica del siglo XIX, y «L’assasinat de Jacobé Warthon», tal vez el mejor cuento de Ramon Vinyes, es una filigrana metaliteraria —un espejismo de abstracciones construido con una arquitectura muy astuta y sutil—, llena de las pausas, los suspenses, las pistas falsas, las ironías y las ambigüedades de una voz narradora experta en el arte de hacer revivir en cada instante la curiosidad del lector.

La temática obsesiva es el destierro físico, pero lo que se eleva como el centro de cada cuento es el papel que interpreta la voz y la mirada del narrador.