CINCUENTA AÑOS DE LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES

Hace cincuenta años de todo y todavía hoy resulta difícil no recordar con sorpresa que la revolución de los claveles hizo caer la dictadura en Portugal sin ninguna acción de fuerza destacable. Medio siglo después de que las floristas de la plaza del Rossio pusieran flores en el cañón de los fusiles de los soldados que acababan de derrocar el régimen, lo que quizás más llama la atención es que durante los dos años que siguieron al golpe de estado arraigó una cultura política de carácter democrático que, con el tiempo, ha aprendido a no dramatizar las situaciones, incluso en los momentos más difíciles.

La última prueba de esta cultura sin estridencias es la renuncia de la coalición de centroderecha Alianza Democrática, ganadora de las elecciones del 10 de marzo, a entenderse con la extrema derecha (Chega) y pactar, en cambio, un sistema de rotación con el Partido Socialista para presidir la Asamblea de la República antes que formar un Gobierno en minoría. El país ha tenido presidentes y gobiernos de todos los colores pero, en términos generales, todo el mundo ha respetado una regla no escrita en la Constitución, pero muy útil para tranquilizar a los espíritus: que la sangre —la crispación, cuando la hay— no llegue nunca al río.

Merece la pena, para atar cabos, recordar algunas declaraciones posteriores al 25 de abril de 1974, como esta de Ernesto de Melo Antunes, militar, uno de los redactores del programa político del Movimiento de las Fuerzas Armadas y ministro de Asuntos Extranjeros en dos ocasiones: «El nacionalismo no tiene cabida cuando hay que dar libertad a las colonias. La descolonización es una necesidad material y moral». O rescatar del olvido el papel del general Francisco da Costa Gomas porque otro general, António de Spínola, entonces presidente de la República, cancelara la convocatoria para el 28 de septiembre de 1974 de una concentración de la denominada por el convocante mayoría silenciosa, que quería ser, en la práctica, el primer acto de un golpe de fuerza contra el movimiento progresista de los capitanes. O recoger aquello que me dijo Mário Soares durante un almuerzo en un hotel de Tarragona un día del verano de 1997: «Todos sabíamos que no podíamos cometer grandes errores porque era un hecho la amenaza de una nueva dictadura, que sería diferente a la que había caído, pero que no pondría fin a las guerras de África y no sacaría el país de la pobreza».

 

Los capitanes de abril

De hecho, la herencia del 25 de abril estuvo en serio peligro en septiembre de 1974, en marzo de 1975 —un intento de golpe de los nostálgicos de la dictadura, Spínola incluido— y en noviembre del mismo año, cuando todavía hoy nadie sabe muy bien si el movimiento insurreccional fue una iniciativa de la izquierda radical o un simulacro de insurrección manipulado por los Estados Unidos. En los dos primeros episodios salieron adelante las fuerzas progresistas; en el tercero se concretó una corrección del proceso revolucionario a favor de las fuerzas moderadas, que apartaron del poder a dos personajes fundamentales en el papel central del Ejército para liquidar la dictadura: los generales Vasco Gonçalves y Otelo Saraiva de Carvalho.

A partir de aquel momento, los bautizados como capitanes de abril, jóvenes militares golpeados y adobados por las guerras de las colonias africanas, tuvieron una presencia progresivamente menor y los partidos que ocupaban, y en buena medida todavía ocupan hoy, el centro del abanico político tuvieron que fijar las reglas básicas del juego. La política de los eslóganes —«el pueblo unido jamás será vencido»— y las movilizaciones entusiastas fueron sustituidas por la realpolitik, con el objetivo remoto, pero necesario, de ingresar en la Unión Europea.

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Pasar de la tradición de las élites portuguesas consistente en mirar hacia el océano a aceptar la necesidad primordial del vínculo europeo no fue fácil. El bautizado como Estado Novo por António de Oliveira Salazar, de vocación atlántica, tuvo una larguísima vida (1933-1974) y un efecto evidentemente retardatario. El profesor Vitorino Magalhaes Godinho (1918-2011) describió el salazarismo como un modelo «autoritario y estrictamente jerárquico» con una consecuencia inmediata: «Todo el poder venía de arriba y en su actuación era fuertemente represivo, porque se trataba esencialmente de preservar un anacrónico orden social, un sistema de privilegios de dominación económica de una minoría.» Simple y llanamente: el Estado Novo fue más bien poco nuevo; desmontarlo fue una larga carrera de obstáculos.

Las guerras de África eran una sanguijuela que hipotecaba el presupuesto y responsables de un flujo permanente de emigrantes hacia los países europeos que más crecían.

El economista Mário Murteira (1933-2013), varias veces ministro en gobiernos provisionales, explicaba a quién lo quisiera escuchar que era urgente transformar la economía portuguesa en una economía convencional y prever que hacerlo tendría un coste para el aparato productivo y las finanzas públicas. Porque las guerras de África eran una sanguijuela que hipotecaba el presupuesto y eran responsables de un flujo permanente de emigrantes hacia los países europeos que más crecían. Decía que Portugal no tenía capacidad de resistencia, y no parecía que exagerara.

 

Tranquilidad en los cuarteles

Hizo falta una especie de complicidad compartida para sacar adelante la consolidación de una cultura política de emergencia y de respiración asistida de la economía, un factor definitivamente distintivo del proceso portugués. A partir de noviembre de 1975 se acabó la amenaza de los contragolpes, de forma que la consolidación democrática tuvo a su favor la tranquilidad en los cuarteles, una atmósfera muy diferente a la que se respiró a los procesos griego y español de extinción de las dictaduras.

El primero, fue fruto de la derrota de los coroneles en la crisis de Chipre y de la victoria de Turquía; el segundo, resultó de la inviabilidad del «atado y bien atado» del franquismo gobernante, pero con un permanente ruido de sables que condicionó del todo la Transición. Muchos años después, a finales del otoño de 1997, una tarde fría y lluviosa en Lisboa, Vasco Gonçalves describió más o menos así el final de las dos últimas dictaduras mediterráneas, pero después de extenderse con un sólido ejercicio de realismo político, cuando estaba a punto de irse del café del Chiado donde compartíamos mesa el general, dos dirigentes sindicales y yo, con un tono de pícaro inteligente, dejó flotando en el aire el comentario del activista de izquierdas de piedra picada que era: «Cuando me haya muerto puede decir que casi lo conseguimos.» «¿El qué?», pregunté. «Más vale no ir más allá», respondió. (El general murió el 11 de junio de 2005, y por lo tanto, ya se puede decir).

 

Cunhal, al Consejo de Estado

En plena guerra fría, dentro de este camino irrenunciable hacia la integración europea, hubo siempre una voz disonante: Álvaro Cunhal, secretario general del Partido Comunista, un personaje singular con rasgos de héroe popular. En plena efervescencia del eurocomunismo, Cunhal siguió mirando hacia Moscú y desconfiando de los reformistas durante la fase expansiva de la revolución de los claveles y después de noviembre de 1975. Pero también aquí fue importando la cultura política portuguesa: uno de los ministros menos convencionales de los gobiernos provisionales hasta la disolución del último (julio de 1976) acabó su carrera política con una plaza en el Consejo de Estado durante diez años a partir de 1982. A estas alturas, el Partido Comunista es una organización con muy poca influencia, pero todavía recuerdan hoy los veteranos de la revolución de los claveles la multitud —medio millón de personas— que se reunió para despedir Cunhal el día de su funeral a mediados de junio de 2005.

El periodista y escritor Mário Ventura (1936-2006) decía, siempre que hablaba de Cunhal, que era un político necesario para recordar, cuando hacía falta, por qué se había hecho la revolución. Su amigo Mateo Madridejos (1932-2023), gran conocedor de Portugal, lo veía de otro modo: «Cunhal hizo suyo el enfoque soviético de la guerra fría y cuando volvió del exilio no quiso revisar su discurso.» Una revisión que ya habían hecho Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo, pero que para el secretario general de los comunistas portugueses era casi una claudicación. Hasta el punto de que el ingrediente europeísta de los claveles, pasada la fase inicial de la revolución, se vio, por una parte no menor de la opinión pública, como un elemento de desconfianza que se añadía a las voces nada marginales que creían posible abandonar la OTAN, de la cual Portugal es, por cierto, uno de los socios fundadores.

El coste social que tuvo la liquidación de las colonias y la transformación de una estructura económica atrasada en una moderna economía de servicios, en el seno de una sociedad extremamente dual, favoreció que arraigara la desconfianza. Cuando Portugal firmó el ingreso en la Comunidad Europea junto con España (junio de 1985), las voces discrepantes eran minoritarias, pero era posible encontrarlas tanto en el campo más conservador como entre algunos viejos militantes comunistas (en activo o que habían dejado el partido).

Cuando en 2004 el portugués José Manuel Durao Barroso fue nombrado presidente de la Comisión Europea —se mantuvo en el cargo un decenio— era casi imposible oír una voz discrepante.

Se puede decir que el recelo no había desaparecido del todo, pero cuando en 2004 el portugués José Manuel Durao Barroso fue nombrado presidente de la Comisión Europea —se mantuvo en el cargo un decenio— era casi imposible oír una voz discrepante. Y no precisamente por el pasado maoísta, durante los primeros años de la revolución de los claveles, del joven Durao Barroso, militante del Movimiento Reorganitzativo del Partido del Proletariado —el nombre se las trae—, sino porque en la cultura política portuguesa se había consolidado del todo un europeísmo transversal.

 

Una revolución sin sangre

He aquí lo que queda de la abigarrada herencia de hace medio siglo en un entorno donde ahora los problemas no son los derivados de la articulación de un régimen democrático, sino de una economía financiera y de servicios llena de nuevas contradicciones. Todavía está vigente la frase de 1975 de Francisco Sa Carneiro (1934-1980), un conservador de cabeza clara, cuando en un mitin dijo que el país vivía «las consecuencias de una revolución conseguida sin sangre», pero hace mucho tiempo que Portugal dejó de vivir en la edad de la inocencia del golpe de estado vencedor y de la calle ocupada por un permanente sentimiento de euforia desbordada.

Escuchar de vez en cuando unas notas de Grándola, vila morena lleva la memoria a la madrugada del 25 de abril de 1974, cuando la emisión en Rádio Renascença de aquella canción, entonces prohibida, desató la movilización militar, pero la mitología revolucionaria de los claveles ha pasado definitivamente a formar parte de la historia sentimental de Portugal.