No es fácil reseñar este libro porque su género es ambiguo. Mientras lo leía apasionado no acababa de saber si era un ensayo de historia política o una novela documental. De hecho, se puede leer como una investigación sobre la génesis biográfica, el despliegue y el final del poder del felipismo. Pero también puede leerse como una narración a través de la cual se medita sobre las tensiones que Felipe González experimentó cuando se convirtió en aquello que fue fundamentalmente: un político en la cima del poder español.

Sea novela o ensayo, o sea ambas cosas a la vez, da lo mismo, lo primero que hay que consignar es que Un tal González de Sergio del Molino funciona la mar de bien como relato para descubrir o redescubrir a una de las figuras más determinantes de la España del siglo XX. Y esta es una virtud relevante, antes que nada, porque no contábamos con ningún buen libro sobre quien presidió el gobierno español entre 1982 y 1996. Se dice pronto. Pero hay que decir más cosas.

En varias ocasiones Del Molino explica en primera persona páginas vividas. Algunas suceden después de que el escritor aragonés ganara protagonismo en el debate público español a raíz de la publicación de un libro que fue mucho más allá de su éxito editorial: La España vacía tuvo la virtud de dar visibilidad a un gran problema que parecía invisible porque nadie había tenido el talento de mostrarlo. Él lo hizo y así catalizó todo un fenómeno sociológico y político.

Para hablar de este libro, fue invitado a un consejo editorial de PRISA, del que González aún era miembro entonces. El expresidente se sentó a la larga mesa de una sala tirando a destartalada, cerca de donde el ponente se había situado y, poco después de que Del Molino empezara a hablar, se fue de repente, dejándolo más bien descolocado. Cuando quiere burlarse de sí mismo, el escritor tiene bastante gracia. Incluso a la hora de reconocerse como nuevo integrante de la élite periodística que comparte mesa con políticos en los restaurantes que están junto al Congreso de los Diputados.

También recrea estampas infantiles para imaginar cómo veía la política cuando era un niño de los 80. Por ejemplo, cuando rememora conversaciones en casa preguntando cómo era que España entraba en Europa si ya estaba dentro, o cuando, con un amigo a la hora del recreo del colegio, se preguntaron uno a otro qué votarían sus familias en el referéndum de la OTAN. Sin embargo, de estas estampas autobiográficas, la más significativa es aquella en la que recuerda al adolescente que ya dejaba de ser cuando González anunció que dimitía como secretario general del PSOE. No le dio ni frío ni calor. La vida del joven era conducir un programa de una radio que no escuchaba nadie. Tal como lo explica, parece bastante convincente.

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Dirigirse a su generación

Entonces Del Molino estaba a punto de cumplir diecisiete años; ahora tiene cuarenta y tres. Y es desde la madurez actual, desde la posición que ocupa ahora, cuando se ha sentido prácticamente impelido a cumplir lo que considera un deber cívico: dirigirse a su generación —que es la mía— para explicar que la visión que cree consolidada sobre el felipismo entre nosotros es equivocada e injusta. Lo explicita precisamente cuando confiesa lo que pensaba mientras conversaba con su protagonista en la fundación que lleva su nombre: «Los libros a la contra salen mejor, y así concordaría con mi generación, la que solo ve el monstruo, el culpable de la perpetuación del franquismo por otros medios. No era ese el Felipe González que tenía delante, que cada vez se me pintaba más claro como una figura que merecía otro brillo en la historia».

No tengo muy claro que la visión de González de nuestra generación —el autor y yo nos llevamos menos de un año— sea tan oscura. De acuerdo, Pablo Iglesias se quedó descansado aquel día de 2016 en el Congreso de los Diputados cuando definió a González con esta brutalidad: «el que tiene el pasado manchado de cal viva». De acuerdo, la expresión despectiva «Régimen del 78» ha cuajado bastante. Pero me da la impresión de que, más que una condena, se ha producido el olvido.

Durante los últimos años se ha podido hacer, y en parte consolidar, un juicio categórico y anacrónico sobre el despliegue de la Transición.

El olvido no de un personaje, sino de una época. Lo que hemos olvidado es que España estuvo desconectada de Europa durante décadas. Es una vivencia que no ha formado parte de nuestro horizonte a la hora de explicarnos como ciudadanos del país. De hecho, es una suerte que aquel pasado de atraso no haya sido un elemento configurador de nuestra ciudadanía porque no es sano ni obligatorio vivir el día a día con la carga de la conciencia histórica sobre los hombros. Pero este olvido podría explicar los motivos por los cuales durante los últimos años se ha podido hacer, y en parte consolidar, un juicio categórico y anacrónico sobre el despliegue de la Transición en un contexto económico crítico.

Es la clásica tensión entre memoria e historia. Si hay un lieu de mémoire de la Transición inscrito en la conciencia de los españoles, es este: el golpe de estado de 1981, desde la entrada de la guardia civil en el Congreso, pasando por la valerosa actitud de Suárez, hasta la intervención de Juan Carlos. Si hay un lieu de mémoire para la normalización democrática española, es la ceremonia de inauguración de los Juegos de 1992. Pero la imagen esencial de aquella noche no es la de González en el palco del Estadio Olímpico. En el relato de la Transición, González no tiene su lugar de memoria. Esto es más relevante de lo que parece. Es el factor que ha permitido olvidar su acción de gobierno y desconsiderar que él lideró el transcendental proceso de reconexión de España con su espacio económico y geopolítico natural para que el país fuese una democracia del bienestar.

Lo ha explicado la historia, no se ha explicado desde la memoria. Los que éramos unos críos durante el tramo central de los 80 hemos vivido los beneficios de la incorporación a la UE como una normalidad que hay que dar por descontada. El salto de escala que experimentó el país no lo hemos percibido ni ha formado parte de nuestra memoria. Como si no pudiera ser de otro modo.

 

La trama de relaciones

Contra esta anomalía, en último término, Del Molino ha escrito este libro en parte ensayo histórico y en parte novela documental. Ha decidido forjar una memoria del felipismo en el relato de la Transición avanzada para acabar con una amnesia que cierto rupturismo ha querido instrumentalizar desde la crisis de 2008. Lo ha hecho con una apuesta literaria que nos sitúa en un encadenamiento de escenas a través de las cuales vamos descubriendo como se configuró el liderazgo político de González, como lo ejerció y cuál fue la trama de relaciones que se formó a su alrededor y lo acompañó en esta fase de transformación del país sincronizada con la tercera ola democratizadora del siglo XX.

Si hay un ‘lieu de mémoire’ de la Transición inscrito en la conciencia de los españoles, es este: el golpe de estado de 1981.

En esa red están desde Carmen Romero o Alfonso Guerra hasta los fiascos de Mariano Rubio o Baltasar Garzón, pasando por muchos periodistas (hay muchas páginas sobre la configuración de la nueva dinastía del cuarto poder), casi ningún empresario y nunca el rey emérito.

A veces el narrador las suelta a la pata la llana. Quizá no hace falta ser tan exagerado y sentenciar, a propósito de González y Nicolás Redondo, que «los hijos de la transición debemos la libertad en la que hemos crecido tanto al amor de esos amigos como a sus traiciones». Quizá no hace falta parecer tan propagandista, como cuando afirma que con la llegada de los socialistas a la Moncloa, «la historia de España estaba a punto de dar su mayor giro narrativo, más radical que los de las guerras y revoluciones».

 

Sergio del Molino Un tal González Madrid: Alfaguara, 2022 373 pàgs.
Sergio del Molino Un tal González. Madrid: Alfaguara, 2022, 373 págs.

 

Un político fascinante

Quizá no es necesario hacer una descripción tan sesgada, tan presentista, de la ceremonia de inauguración de los Juegos del 92. Pero estos reproches son menores en comparación con lo que Del Molino pretendía y sin duda consigue. Con una poética inspirada (creo) en Antonio Scurati, en este caso basada tanto en documentos como en testimonios, vemos desfilar cronológicamente y página tras página un proceso de modernización que no se podría explicar sin la inteligencia de un político fascinante y de intimidad blindada por la necesidad de ejercer el poder y no ser devorado por él. Este proceso el escritor lo acaba injertando en su propia vida. «El país que hizo Felipe es mi país, el que me ha hecho a mí». Los hijos de Jordi Pujol no lo tendremos tan fácil.