Poco antes de las nueve de la noche del 28 de enero de 1930, el general Miguel Primo de Rivera presentó a Alfonso XIII su renuncia como presidente del Gobierno. La noticia corrió como la pólvora. En Madrid pronto se improvisaron manifestaciones de alegría y una multitud tomó las calles del centro para celebrar la caída del dictador. A las once y media de la noche, se concentraron unas dos mil personas en la Puerta del Sol y al grito de ¡Viva la República! se dirigieron hacia la plaza de Oriente. Tras varias cargas y algún disparo, los manifestantes se disolvieron, pero una hora más tarde eran cuatro mil las personas que bajaban por la calle de Alcalá hacia el Palacio de Buenavista, sede del Ministerio del Ejército y residencia de Primo de Rivera.

Los ánimos estaban caldeados. Ardió el kiosco del periódico conservador El Debate en la calle de Alcalá y se rompieron escaparates de algunos comercios. Una sección de Orden Público se colocó delante del Palacio de Buenavista. Cuando los manifestantes se acercaron al palacio, las fuerzas de seguridad cargaron contra la multitud, provocando varios heridos. Primo de Rivera debió observar los incidentes con estupor y tristeza. Había dedicado los últimos años de su vida a dirigir el país y creía haber salvado a la patria de su destrucción. Pero en el momento de dejar el poder se sintió tremendamente solo. Sabía que sus compañeros de armas le habían abandonado y, sobre todo, creía que el rey le había traicionado. Atrás quedaban años de entendimiento, complicidades e intereses mutuos entre el monarca y el dictador.

Las relaciones entre Primo de Rivera y Alfonso XIII fueron cambiantes durante la Dictadura. El pronunciamiento del 13 de septiembre de 1923 tuvo algo de improvisado y bastante de chapucero, pero el apoyo de Alfonso XIII acabó por decantar la balanza del lado de Primo de Rivera. Desde su primer encuentro, el 15 de septiembre de 1923, el monarca y el general tuvieron sus desavenencias. Alfonso XIII le dijo al capitán general de Cataluña que quería que jurase como presidente del Consejo frente al ministro de Gracia y Justicia. El monarca buscaba mantener las formas y trataba de que su concesión del poder a Primo se asemejara lo más posible a una crisis ministerial de la Restauración. El marqués de Estella, que quería jurar como presidente de un directorio militar, entendió perfectamente la maniobra del rey y le recordó lo que ya le había comunicado en un telegrama desde Barcelona el día anterior, que esperaba «hacer la revolución bajo el signo de la Monarquía», pero que si encontraba oposición regia buscaría otras alternativas. Al final llegaron a un acuerdo. Primo juraría como presidente del Consejo, pero presidiría, no un gobierno al uso, sino un Directorio Militar.

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