Se suele afirmar que, cuando llega una guerra, la primera víctima es la verdad; sin embargo, al terminar la guerra, quien la ha ganado escribe la Historia y dicta su verdad. En el momento en el que escribo este artículo, han pasado ciento ochenta y cinco días desde que se declaró la guerra de Rusia contra Ucrania. A pesar de que todos los pronósticos anunciaban una victoria rápida de Rusia, a medida que la invasión se ha ido cronificando en un conflicto bélico que ya nadie está en condiciones de ganar, todo el mundo se afana en explicar su Historia para demostrar al mundo quién han ganado y quién ha perdido.

El ministro de Cultura ucraniano, Oleksandr Tkachenko, planteó como castigo al poder político ruso: «lo primero es prohibir que los representantes rusos de los medios y la cultura viajen por el mundo libre». Culmina esta reflexión advirtiendo: «la comunidad mundial debería distanciarse de la cultura rusa para no caer bajo la influencia de los mensajes de propaganda». Desde las democracias liberales, la respuesta a las palabras de Tkachenko ha sido desautorizarlas, después de que, al principio del conflicto, muchas instituciones culturales occidentales hicieran lo que él está exigiendo ahora.

Hace unos meses, artistas y empresas culturales occidentales decidieron bloquear y anular sus conciertos y estrenos en Rusia. Las cancelaciones llevaron a alertar de que eso podría generar xenofobia hacia los rusos y, al mismo tiempo, muchas personas consideraron positivo el bloqueo porque creían que constituía un mensaje al pueblo ruso para que reaccionase y se pronunciara contra Vladímir Putin.

Grupos como Green Day, Louis Tomlinson, Yungblud, AJR o Franz Ferdinand cancelaron los conciertos que se debían celebrar el pasado mes de marzo. Artistas como Vitaly Mansky, opositor a Putin, consideraron también positivo el boicot europeo; al mismo tiempo, en Rusia, el gobierno de Putin iba controlando la posible disidencia intelectual, informativa o artística. Desde Ucrania y Rusia se ha animado a los artistas a que se posicionen a favor de su país, ilustrando sus éxitos y comprometiendo su obra a la causa. Se abre la reedición de antiguos debates sobre la responsabilidad del artista, sobre la capacidad de expresión crítica y sobre el papel que deben asumir los Estados si se ven amenazados por la obra de un artista o, simplemente, si existe la sospecha de que algún día sus obras podrían ir en contra de los intereses de su nación.

La mejor crítica que se puede hacer a Putin es releer la novela corta de Mijaíl Bulgákov ‘Corazón de perro’, demoledora contra el nuevo hombre soviético.

La apelación de Tkachenko llega tarde porque los artistas no basan sus obras en obligaciones que han contraído con la sociedad, no se sienten impulsados a rendir cuentas por su trabajo, ni siquiera a participar en los debates políticos y sociales que se desarrollan en la comunidad en la que viven. Las utopías políticas que en la Europa de entreguerras necesitaron los artistas para potenciar su obra, ahora ya no existen, salvo si son utopías que combatir y en las cuales el Estado totalitario ruso no es la prioridad. Llega tarde porque los vínculos culturales de los ciudadanos occidentales con la cultura rusa son tan endebles que, cuando ven una calle con el nombre de León Tolstói, lo consideran un artista universal más que un artista ruso. Lo que hoy mueve la cultura, el sistema que posibilita que haya un elenco de artistas en los países europeos, ya no es el mérito de una obra, el prestigio de su autor o la posibilidad de vender sus obras en el mercado. Llega tarde porque a muchos artistas les resulta confusa la causa que deberían defender. No es que la guerra provoque rechazo, sino que genera muchas dudas, en esta fase del conflicto, saber por qué se está luchando.

Los vínculos de los ciudadanos occidentales con la cultura rusa son tan endebles que, cuando ven una calle con el nombre de León Tolstói, lo consideran un artista universal más que un artista ruso.

 

La luz de la verdad política

Durante el período de la Guerra Fría se pensaba que cualquier mentira era justa a la luz de la verdad política. Hoy esta observación sigue siendo actual a la vista de cómo se comportan Rusia y Ucrania para defender sus causas respectivas. Poco importa que la causa ucraniana sea justa y la rusa censurable y atacable, porque en ambos casos se valora la cultura como un elemento instrumental para combatir al adversario. La utilización de la cultura por parte de los Estados que están en guerra, creando bandos irreconciliables, continuará existiendo, pero ya no genera batallas a vida o muerte entre los artistas, como sucedió en la Guerra Fría cultural de los años 50, o cuando los intelectuales europeos quedaron seducidos por el comunismo de Stalin.

La mejor crítica que se puede hacer a Putin es releer la novela corta de Mijaíl Bulgákov Corazón de perro, una crítica ácida y demoledora contra el nuevo hombre soviético que surgía de la luz cegadora de Lenin y Stalin. Mijaíl Bulgákov nació en Kiev, capital de Ucrania, y murió en Moscú, capital de Rusia, entonces de la Unión Soviética. Hoy su relectura nos permite ver con enorme precisión cómo se está gestando el nuevo hombre ruso, de quien Putin aspira a convertirse en modelo. A los artistas le suele suceder esto: cuando tienen algo que decir, denunciar o criticar, poco les importan las fronteras y la propaganda. Poco importa haber nacido en Kiev o en Moscú.