De puta madre
Paradoja coloquial

 

Al empezar a escribir estas líneas dudo de mi competencia para tratar un tema que no he estudiado académicamente, teniendo en cuenta, además, que no ejerzo ninguna rama de la sociología o la psicología especializada en el pago por sexo. Por otro lado, precisamente por este motivo me considero un libre observador tanto de ciertos hechos como de lo que se dice en los medios por parte de voces pretendidamente autorizadas, con frecuencia obligadas a atenerse a determinados clichés ideológicos. Propongo, pues, al lector una visión, digamos, fenomenológica que no pretende aportar juicios, sino más bien aclarar circunstancias.

Cuando a finales de los años 60 y principios de los 70 se daba por supuesto que la revolución sexual y el amor libre acabarían con la prostitución y la pornografía, nadie habría imaginado que en este principio del siglo XXI la una y la otra se encontrarían hermanadas y con muy buena salud. Según el muy citado informe de Naciones Unidas de 2019, España es el tercer país del mundo en consumo de prostitución y, lejos de disminuir, el fenómeno progresa de la mano de puteros cada vez más jóvenes. El volumen de negocio se estima en unos 5 millones de euros diarios y la frecuentación, en uno de cada diez hombres/año (10 %). Un tercio de los españoles habrían pagado por sexo alguna vez en su vida.

Encabezamos, pues, el ranking de los países europeos, donde la frecuentación oscila entre el 1 y el 5 % de hombres/año. Esta circunstancia ha impulsado al gobierno actual a revisar los aspectos éticos y jurídicos de la cuestión, y a pensar en legislar en contra de los clientes para proteger a las prostitutas del tráfico de mujeres que hay detrás de muchos clubs, prostíbulos y pisos «adaptados». Más aún, una buena proporción de diputados parecen estar a favor de promulgar una ley que aboliría la prostitución.

La cuestión es muy compleja, como lo ponen de manifiesto las agrias discrepancias sobre el tema dentro del movimiento feminista, porque tiene muchas vertientes y es más sistémica, es decir, más cultural que simplemente vinculada a la psicobiología masculina. Este artículo pretende disociar aquellos aspectos supuestamente «coyunturales», y, por tanto, más fáciles de ser abordados periodística y políticamente, de los «estructurales», que se remontan a milenios atrás.

 

La prostitución «coyuntural»

Ciertas posiciones ideológicas próximas al supremacismo feminista abordan la prostitución como un fenómeno coyuntural, es decir, relacionado con la lucha antimachista y el empoderamiento de la mujer. Reconozco que, precisamente, uno de los detonantes de este artículo fueron las declaraciones de Beatriz Ranea, socióloga especializada en género, en el prime time de TVE1, donde la «experta» opinaba que la prostitución es el resultado de los avances en igualdad de las mujeres, frente a los cuales los hombres pagan por sexo para mantenerse como dominadores.

En una línea similar se manifestaba Águeda Gómez, coautora de un estudio financiado por el ayuntamiento de Orense: «Nuestra educación judeocristiana es muy misógina, muy androcéntrica y muy homófoba. Todo ello desemboca en muchas carencias afectivosexuales heredadas de la dictadura…» Resulta difícil encadenar tantos clichés en tan pocas palabras. Culpar a Jesucristo y a Franco de las supuestas minusvalías afectivas de los hombres me parece una tontería de izquierdista simplista, una levadura ideal para hacer que suba el pensamiento reaccionario de la derecha. Por cierto, en uno de los pasajes del Evangelio, Cristo dialoga con Magdalena, la pecadora, y en otro no menos impactante, Jesús defiende a la mujer adúltera de una lapidación (Juan, 8, 1-11).

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Lo que hay que subrayar de la situación actual, en mi opinión, no es el carácter supuestamente machista del pago por sexo, sino el hecho de que este se halla inmerso en un contexto cultural hipersexualizado en el que encuentra muchos amigos de conveniencia. El cuerpo de la mujer es, hoy en día, objeto de deseo y de exhibición permanente, debido entre otras cosas a la procacidad de las celebrities, a la mercantilización de la belleza, al anonimato de las redes (anti) sociales y al fácil acceso de los adolescentes a la pornografía. La prueba es que, según los propietarios de clubs y burdeles, el perfil del putero ha variado considerablemente desde el del hombre maduro sexualmente insatisfecho hacia el del joven que adquiere sexo lúdico como aprendizaje, por juego y aventura.

Romeo, el protagonista masculino de la entretenida serie Sky Rojo de Netflix, lo verbaliza así: «Necesitamos captar la energía de los jóvenes y hacerles sentir que ir de putas es tan estimulante como un botellón, como consumir marihuana o salir de fiesta.» Esta deriva juvenil cuenta con la complicidad ocasional de mujeres también jóvenes que han tomado libremente la opción laboral del sexo. En un podcast de TVE1, Valery May, de 21 años, declaraba que ejercía vocacionalmente desde los 16 años porque le gustaba trabajar con «personas» y acusaba al gobierno de coalición de exagerar sobre la trata de blancas para estigmatizar su oficio y privar a las prostitutas de sus derechos laborales.

Y no son cuatro ni cinco las universitarias que se ofrecen en la prensa y en las redes para sacarse un sueldo mientras estudian. Finalmente, hay que señalar la eclosión de la ciberprostitución tipo OnlyFans, una app en la cual las chicas enseñan lo que quieren y lo que se les pide a cambio de un pago que puede alcanzar cantidades inimaginables. La modelo Bella Thorne ganó hasta dos millones de dólares la primera semana que subió su cuerpo a la red. Una habitual de esta app declaraba en un Telediario: «Si hago topless gratis en la playa, ¿por qué no puedo enseñar las tetas en OnlyFans donde, encima, me pagan?» Así pues, lo que ciertas voces califican de coyuntural no es el pago por sexo en sí, sino su «actualización».

 

La prostitución «estructural»

Claude Lévi-Strauss definió tres invariantes antropológicas aplicables a todas las civilizaciones conocidas hasta ahora: la prohibición del incesto, el culto a los muertos y la religión. Para mí que se dejó una: la prostitución. No tengo suficientes conocimientos para saber si el sexo de pago estuvo o está presente en las tribus recónditas de la Amazonia, tan amadas por el gran intelectual y padre del estructuralismo, pero en lo que se refiere a las civilizaciones más conocidas, incluida la nuestra, desde la Grecia clásica hasta nuestros días, la prostitución ha tenido una presencia constante.

Frente al intento fallido de analizar la prostitución como un episodio puntual ligado a una reacción machista a la libido del poder feminista, más bien hay que considerarla como un hecho estructural de larga tradición con muchos actores implicados. En Grecia, las hetairas gozaban de una buena posición social, eran respetadas en los simposios y eran económicamente independientes —ahora diríamos que estaban empoderadas. Podían acompañar a un solo varón durante mucho tiempo, a diferencia de las prostitutas de la calle o los burdeles, que atendían a clientes sucesivos.

Estas prostitutas de lujo resisten bien la comparación con las geishas japonesas o las escorts occidentales. Las bellas hetairas como Arqueanasa (celebrada por Platón), Aspasia, Friné o Thaís pasaron a la historia posando para Fidias o Praxíteles como modelos de Venus y, posteriormente, inspirando a algunos pintores académicos del siglo XIX. Incluso Quevedo dedicó un soneto a Friné en el que escribe: «En pálida hermosura, enriquecidas / sus facciones, dio vida a su figura / Fidias, a quien prestó sus manos Midas.» Inspirado por la hetaira Thaís, Jules Massenet compuso una de sus óperas más conocidas.

En Grecia las ‘hetairas’ gozaban de una buena posición social, eran respetadas en los simposios y eran económicamente independientes —ahora diríamos que estaban empoderadas.

En Roma, desde Pompeya a Palmira, la prostitución estaba bien considerada socialmente, se ejercía con licencia y, ya entonces, era difícil separar el ejercicio libre del forzado. Su oficio estaba protegido por Venus, a quien las prostitutas rendían homenajes periódicos (fiestas de Flora). Flora meretrix, dice la leyenda, fue una prostituta famosa de tal riqueza que, a su muerte, legó una subvención anual para que el pueblo gozase del equinoccio de primavera. Pocos catalanes saben que los celebrados Jocs Florals de la Renaixença estaban etimológicamente ligados al testamento de una puta.

En el Antiguo y el moderno Egipto, en los países árabes (de forma encubierta o clandestina) y no digamos en la tradición eslava, la prostitución o estructuras similares, como por ejemplo el harén o el «matrimonio de corta duración», han mantenido su vigencia desde tiempos inmemoriales. Las religiones monoteístas han abominado de esta práctica (San Agustín consideraba la libido sexual masculina como una flaqueza de la naturaleza humana y un «castigo» que distorsiona la voluntad) con la cual han tenido que convivir a lo largo de los siglos, a pesar de que tanto los sacerdotes como los adeptos han sido cómplices y clientes.

La prostitución estructural responde, pues, a una combinación sistémica de satisfacción del deseo, fantasías, culto a la belleza, huida de la rutina, negocio y formas de vida al margen del mainstream. De nuevo el Romeo proxeneta: «Quiero vivir así, en este club, rodeado de mis amigos y de mis putas.»

 

¿Externalizar la ética?

Es cierto que, desde un punto de vista utilitarista, no parece que haya nada malo en la prostitución. Todos los implicados —salvo las mujeres forzadas— encuentran algún tipo de beneficio en torno a un consenso secular rodeado de silencio y omertà. En este sentido, la actual demonización del deseo viril me parece insuficiente como instrumento de análisis y un pobre argumento para la causa abolicionista, a la cual me adhiero sin ninguna garantía de éxito, visto el progreso del pornofeminismo y de la ideología queer que amenaza con «borrar a las mujeres». Más aún en un entorno mediático «dianista» (la diosa Diana prohibía a sus seguidoras el trato sexual con hombres) que promueve el onanismo femenino y borra la línea divisoria entre acoso y galantería. Porque, como lo pone de manifiesto la historia, las ideologías de carácter radical suelen acabar en la fragmentación y el equívoco. Y es que… si caminas mucho hacia el Este, aparecerás en el Oeste.

Dicho esto, no querría que los lectores entendieran la descripción de ciertas evidencias como una defensa del comercio carnal. Es imposible externalizar la ética del pago por sexo. Por más que se quiera borrar el estigma blanqueando a las prostitutas como «trabajadoras del sexo», el uso instrumental del cuerpo de la mujer y su explotación comercial, a menudo forzada, nos repele instintivamente, así como el entorno en el cual se ejerce: blanqueo de dinero, delincuencia, insalubridad, consumo y tráfico ilegal de drogas, y tráfico de personas.

Como diría el filósofo moral Jean Grondin, no hay que fundamentar empíricamente la condena de esta práctica porque ya se presenta de modo natural en nuestra conciencia como una degradación de la mujer y de su dignidad como persona.