Si el dicho popular asegura que todos los santos tienen octava, la conmemoración en 2022 del centenario de la muerte de Marcel Proust, que quizá no era santo pero escribía como los ángeles, también puede extenderse una añada. Así, este mes de febrero (el día 2), el festival Life Victoria puede presentar el espectáculo Hahn& Proust: l’amor del temps perdut, una evocación no tan solo de la relación que mantuvieron el músico y el escritor. También un recordatorio de que la música es un componente importante de la gran obra del escritor francés, ya sea como actividad social con la que se deleitan los protagonistas, ya sea como motor de la escritura literaria de Proust.

El espectáculo, ideado por Vincent Huguet, ya ha tenido un buen recorrido. Estrenado en la Fondation de Mónaco, ha pasado entre otros lugares por el Festival d’Aix-en-Provence. Ahora encuentra cobijo en el Teatre-Auditori de Sant Cugat con las sopranos Felicity Lott (en este caso, narradora), Mercedes Gancedo e Irene Salom. Al piano, el gran Julius Drake.

Huguet creó la historia de tres mujeres de distintas generaciones, pero de una misma familia, que vuelven a casa después de asistir a una representación de ópera. Las tres comparten el amor por la música de Reynaldo Hahn, el compositor venezolano establecido en París. También son depositarias de las cartas que Marcel Proust le enviaba regularmente después de su primer encuentro en 1894, cuando el primero era un músico consolidado y el segundo, un escritor que aún buscaba su camino, según explica el programa de mano. Son cartas dirigidas al amante, pero que el paso de los años acabaría convirtiendo en amigo y confidente. Las protagonistas de la ficción se emocionan cada una a su manera con las cartas amorosas.

Hahn, que había sido un niño prodigio, fue alumno de Jules Massenet, Charles Gounod y Camille Saint-Saëns. Según el biógrafo William C. Carter, autor de Proust enamorado (Belacqua), el músico de origen venezolano era un enamorado de la literatura y de la idea de poner música a las palabras. Fue autor de numerosas piezas de diferentes géneros musicales, pero su amor a la palabra le hizo destacar en el terreno de la composición de canciones, de mélodies francesas, cosa por la cual es hoy más reconocido.

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Musicalmente, Hahn& Proust: l’amor del temps perdut incluye algunas de las canciones más conocidas del compositor, como Offrande, Encor sur le pavé sonne mon pas nocturne, L’Heure exquise, Nocturne, Dans la nuit, Quand la nuit n’est pas étoilée, Rêverie y, seguramente la más conocida, À Chloris. Son canciones sobre poemas de Paul Verlaine, Victor Hugo y Jean Moréas entre otros. Como escribía el propio Proust en Le Figaro, la música de Hahn «aflige los corazones y llena los ojos de lágrimas».

 

Cartas y literatura, indisociables

Proust no sabía tocar ningún instrumento, pero, para él, la música era una parte importante de su vida. Está muy presente en su obra En busca del tiempo perdido, terminada en 1922, poco antes de su muerte. Como también lo está en su numerosa correspondencia, indisociable de su obra literaria, según Estela Ocampo, editora de Marcel Proust. Cartas escogidas (Anagrama), una de las diversas obras publicadas el año pasado con ocasión del centenario, en la que hay un apartado dedicado precisamente a la música, donde se revela el interés y el conocimiento puntual que tenía Proust sobre lo que se hacía en aquel momento en París.

El escritor conocía bien la música de Gabriel Fauré, Massenet, César Franck y Claude Debussy. Había ido a ver once representaciones consecutivas de la ópera Pelléas et Mélissande, que este último compositor había estrenado en 1902. Y también se había suscrito a un sistema nuevo para poder escuchar desde casa retransmisiones musicales vía telefónica. La calidad del sonido no debía de ser demasiado buena, porque el sistema no prosperó.

De Wagner, a quien cita unas ochenta veces en ‘En busca del tiempo perdido’, el escritor absorbió aspectos musicales para llevarlos a la literatura.

En su obra más célebre, En busca del tiempo perdido, abundan las referencias musicales, pero dos destacan por encima de las demás. Son las referencias a Richard Wagner y a la Sonata de Vinteuil. El compositor alemán es el más citado en la obra, unas ochenta veces. Es cierto que Wagner era la gran estrella musical del momento, venerado por numerosos protagonistas de la cultura y en particular del mundo del arte, entre ellos Proust. Al escritor le interesaba la música del autor de Parsifal, pero la atracción que sentía iba más allá.

 

El compositor Reynaldo Hahn y el escritor Marcel Proust.

El compositor Reynaldo Hahn y el escritor Marcel Proust.

 

Según podemos leer en el excelente programa dedicado a explorar el universo musical de Proust que hizo la Fundación Juan March en 2017, el escritor se sintió interpelado por la poética creativa wagneriana. El carácter monumental de sus obras, el desarrollo de un proyecto pacientemente construido durante años en el que sus partes se relacionan entre sí o la técnica del leitmotiv son algunos de los elementos que Proust absorbió del campo musical para aplicarlos al terreno de su literatura.

 

En busca de Vinteuil

La cita del leitmotiv lleva a hablar de la obra ficticia de un compositor inexistente, la Sonata para violín y piano de Vinteuil, que aparece repetidamente en En busca del tiempo perdido, en particular en Un amor de Swann. Charles Swann escucha por primera vez la sonata tocada por su enamorada Odette de Crécy. A partir de aquel momento se convierte en un tema recurrente al que Proust hace referencia, en particular a la petite phrase, la pequeña frase del movimiento lento, que se convierte en el símbolo recurrente de su amor. No es otra cosa que un leitmotiv que actúa como metáfora de la memoria. Es la magdalena musical que Proust nos regala.

Proust nos regala una magdalena musical inventándose al compositor Vinteuil y su sonata y utilizándolos como ‘leitmotiv’ en su obra.

A lo largo de los años ha habido muchos intentos de descifrar qué y quién estaba detrás de la sonata, para aclarar con qué base escribió Proust sobre la obra musical. Una de las respuestas más recurrentes es la que quiere que el modelo real para la obra de ficción sea la Sonata en La mayor para violín y piano de César Franck. También se han querido ver referencias a Hahn, Eugène Ysaÿe, que inspiró la obra de Franck, o Cécile Chaminade. Dos hermanas violinistas, Maria y Nathalia Milstein, aseguran que Proust se refería a una sonata de Gabriel Pierné. Sin embargo, el escritor acabó de embrollarlo todo cuando declaró que la pequeña frase se refería a «la encantadora, pero infinitamente mediocre frase de una sonata para piano y violín de Saint-Saëns», añadiendo que era un compositor que no le gustaba, cosa que tampoco era del todo cierta.

La curiosidad ha hecho que algunos intérpretes como las mencionadas hermanas violinistas o la pianista Shani Diluka quisieran reproducir el ambiente musical de los salones fin-de-siècle que aparecen en la obra proustiana grabando obras a las que el escritor podría estar aludiendo con su invento de Vinteuil y su sonata. Y quien hace un guiño sobre el compositor y su obra inexistentes es la editorial Huygens que da el nombre de La Sonata de Vinteuil a su colección de libros sobre música.