Licenciada y doctora en historia por la Universidad de Barcelona, Queralt Solé Barjau (Barcelona, 1976) ejerce como profesora y secretaria del Departamento de Historia y Arqueología donde estudió. Predestinada al período franquista —nació un 18 de julio—, el estudio de las fosas comunes ha centrado tanto su actividad profesional, primero como técnica y después como asesora de la Generalitat, como su investigación, con hitos como su tesis doctoral (2008) o el reciente comisariado de la exposición «On són? 85 anys d’exhumacions de fosses comunes de la Guerra Civil a Catalunya» en el Palau Robert de Barcelona.

 

Balance de la exposición

La exposición ha acabado en Barcelona, pero la voluntad es que recorra toda Cataluña. En todo caso, pretendía transmitir a la gente que la cuestión de las fosas comunes no había surgido en el siglo XXI, sino que su historia arrancaba ya durante la Guerra Civil, con las primeras exhumaciones. Esta continuidad histórica nos lleva hasta el presente, y así se daban a conocer las actuaciones de la Generalitat desde 2003 con la creación de un censo de desaparecidos (2007), la aprobación de la Llei de fosses (2009) o el Pla de fosses (2017). Esta parte histórica se acompañaba de un diseño especialmente conseguido, ya que reproducía a tamaño natural cómo era una fosa. Eso se complementaba con un video que daba voz a todos los técnicos que participan en trabajos imprescindibles para llevar a cabo estas actuaciones: antropólogos, arqueólogos, genetistas, etc.

Finalmente, se quería dar protagonismo a las familias. Por eso se buscaron tres casos que estuvieran en momentos diferentes respecto a la búsqueda de desaparecidos: había una familia que acababa de inscribirse en el censo y había aportado correspondencia antigua de la madre del desaparecido; otra que supo que su familiar había estado en el frente del Ebro y que posteriormente fue trasladado al Valle de los Caídos; y una última que, gracias a la libreta del doctor Miquel Gras, destinado a uno de los hospitales militares, había podido exhumar e identificar genéticamente a su pariente.

 

¿Las fosas siempre han estado presentes?

Sí. En lugares como, por ejemplo, la Terra Alta de una forma singular, hasta tal punto que la convivencia con la muerte se ha ido naturalizando. Allí se mezclan los miles de muertos de la represión en la retaguardia republicana y en la postguerra franquista, las de los hospitales militares y las del frente de guerra, con las exhumaciones hechas durante la dictadura y en democracia, y con los restos humanos que la mecanización del campo a partir de los años 50 hizo aflorar de modo cotidiano.

Las fosas comunes ya están presentes durante la guerra en ambas retaguardias. En Cataluña, la Consejería de Justicia, de acuerdo con el Ministerio republicano, intentó aclarar estos asesinatos y enterramientos clandestinos haciendo levantamiento de cadáveres, identificando a las víctimas y persiguiendo a los responsables. Gracias a la investigación de Miriam Saqqa, hoy sabemos que, sin el mismo grado de sistematización, también hubo algunas primeras judicializaciones de exhumaciones en tiempos de guerra en el resto de España.

En el lado franquista, esto no se produce hasta el final de la guerra, pero ya con otra voluntad. Las exhumaciones franquistas eran instrumentos de propaganda, fuese para exhumar a sus muertos, fuese para trasladar restos humanos desde los dos bandos, entre 1958 y 1973, al Valle de los Caídos. Al morir Franco, la diferencia de trato había sido tan absoluta entre unos muertos y otros que familiares de víctimas republicanas, como ha estudiado Zoé de Kerangat, hicieron exhumaciones a pico y pala en muchos rincones de la geografía española. Sin ninguna voluntad científica, sino únicamente restaurativa de la dignidad. Supervivientes de la Quinta del Biberón, por ejemplo, decidieron buscar compañeros desaparecidos pagándoselo de su bolsillo: contrataron una retroexcavadora y en 1982 abrieron una fosa en Camarasa, de donde sacaron a varios soldados.

 

Las leyes de memoria

El gran salto se produce en octubre de 2000 en el Bierzo, con la primera fosa abierta con métodos científicos y que también coincide con todo el movimiento de las asociaciones para la recuperación de la memoria histórica. Todo ello cuaja en 2007 en la llamada Ley de Memoria Histórica. El Estado perdió entonces la oportunidad de capitalizar una cuestión que ya en ese momento evidenciaba su potencial. Porque, pese a las políticas previas de restitución, reparación y rehabilitación, la muerte y la desaparición tienen un componente muy íntimo, y esto va ligado a los años de silencio y a la sensación de no haber puesto aún punto final al franquismo. Pero el gobierno central optó por dedicarle al asunto solo tres artículos, derivarlo a las comunidades autónomas y remitirlo a las leyes de patrimonio cultural de cada territorio.

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Aquí ya había un segundo error, porque no estábamos hablando de una excavación cultural, sino de una exhumación vinculada a derechos humanos, a identificación genética, etc. Más aún cuando ya se disponía de ejemplos pioneros como el acuerdo para abrir fosas del gobierno vasco con la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

Ahora estamos en una nueva fase con la llamada Ley de Memoria Democrática (2022), en la cual, como el Estado no puede volver atrás y recuperar las competencias cedidas, ha optado por asumir lo que ya está hecho, actuar de acuerdo con el camino emprendido por la mayoría de autonomías, y cubrir aquellos ámbitos que hayan quedado pendientes. No sólo por lo que se refiere a las fosas, sino también respecto a la simbología e incluso a cuestiones relevantes hasta ahora obviadas como la definición de «víctima». Pese a que la ley de 2007 fue leída en su momento como un paso adelante, con el tiempo se hizo evidente que había sido poco valiente. Esta nueva legislación corrige y supera a la anterior.

 

¿Hasta cuándo habrá fosas?

No me atrevo a especular. Las prioridades cambian muy rápidamente. Para entendernos, al principio lo único que querían las familias era sacar a sus parientes de la fosa para enterrarlos a todos juntos con dignidad; a partir del cambio de siglo ya quieren hacerlo con la implicación de la arqueología y la antropología forenses para saber más cosas sobre el asesinato; y desde hace unos años, se añade la demanda de una identificación vía prueba genética para poderlos enterrar individualmente.

Hace diez años pensaba que no se abriría nunca el Fossar de la Pedrera de Montjuïc, porque estamos hablando de una fosa con continuidad hasta los años 60, donde los restos están identificados con nombres y apellidos y, según los testigos, enterrados en cajas de madera. Ahora empiezo a tener dudas porque los grandes cementerios del Estado se están abriendo. Los cambios técnicos y científicos y, sobre todo, la evolución de los valores determinarán cómo se actuará en el futuro. Hace años ya que el antropólogo forense Francisco Etxeberria especulaba que llegaría un momento en que los políticos se pelearían para estar presentes en la apertura de las fosas comunes. Pues bien, ya hemos llegado a ese punto, ya es habitual ver a presidentes, ministros, consellers, alcaldes y concejales en las exhumaciones.

 

En Catalunya quizá todo es más discreto

En Catalunya, las víctimas civiles de la represión se encuentran en las grandes fosas de los cementerios y, de momento, no se ha planteado la posibilidad de abrirlas. A diferencia de lo que sucede en el resto de España, aquí tenemos sobre todo fosas de soldados que al ser exhumados, a partir de 2017, no han generado un gran impacto social porque los restos mortales son de difícil identificación. Muchos de ellos eran soldados movilizados de otros territorios, o incluso pertenecientes a otras nacionalidades.

Ahora mismo, resulta mucho más sencillo visualizar el impacto de la represión en el cementerio de Paterna o en los de Mallorca, donde podemos poner nombres y apellidos a las víctimas. Ahora bien, cuando el resto de las comunidades empiecen con los soldados, en Cataluña hará tiempo que dispondremos del banco de ADN y de la experiencia para facilitar posibles identificaciones. En cambio, las exhumaciones de víctimas concretas como, por ejemplo, militantes del maquis o el caso de Cipriano Martos, asesinado en 1973 y recuperado de una fosa de beneficencia del cementerio de Reus este mismo mes de enero, sí han tenido más repercusión. También es cierto que en estos casos ha hecho falta que se alinearan las circunstancias políticas e históricas, y la capacidad técnica.

 

El papel de la arqueología

No concebimos historia sin memoria, ni a la inversa, porque son complementarias. Pues lo mismo sucede con la arqueología y con la materialidad de la reconstrucción y el análisis históricos. La presencia frecuente de colgantes con una virgen, o el hecho de que la activista mallorquina Aurora Picornell fuese exhumada al lado de su pluma estilográfica nos está diciendo muchas cosas sobre las víctimas y sobre el período histórico. Sorprende que haya quien todavía cuestione la incorporación de la arqueología al estudio contemporáneo y que, en cambio, entendamos su importancia para comprender el Holocausto. ¿Cuál sería el impacto si, siguiendo este ejemplo, pudiéramos exponer los centenares de objetos recuperados en las fosas franquistas: anillos, dientes de oro, suelas de caucho o botones?

 

En el homenaje al presidente Companys en octubre de 2004, el presidente Maragall provocó un cierto revuelo al reivindicar el legado republicano y, al mismo tiempo, pedir que se tuviera presente el dolor de todo el mundo.

Maragall tenía razón, se tiene que hablar de todo y de todos. Y a partir de aquí, explicar todo aquello que sabemos sobre la guerra y la postguerra, con todos sus extremos. Esta mirada que entonces levantó mucha polémica, cada vez está más asumida. Por ejemplo, en la exposición sobre las fosas hablábamos y poníamos cifras sobre los crímenes en la retaguardia, porque eso también existió y se debe explicar. Hay que superar las aproximaciones apriorísticas o viciadas por los tópicos, tanto por parte de la disciplina —donde creo que esto ya se ha dejado atrás hace tiempo— como de la sociedad.

 

¿Qué hacemos con el monumento conmemorativo de la Batalla del Ebro en Tortosa?

Desde la distancia y la prudencia, en el caso de Tortosa me parece detectar un viraje del debate desde las posiciones políticas o ideológicas hacia miradas más vinculadas al patrimonio y al relato. Estas voces nos advierten de que sin monumentos franquistas nos costará explicar la dictadura. Y esto da que pensar. Si hasta hace poco yo misma tenía clara la necesidad de quitarlos todos, ahora empiezo a dudar y a preguntarme si no sería mejor explicarlos en su contexto para entender el régimen franquista. Quizá necesitamos una lectura no tan política y más patrimonial de estos monumentos, en el sentido de que constituyen hitos imprescindibles para explicar el pasado.

 

¿Y con el Valle de los Caídos?

Hace años estaba convencida de que tenía que desaparecer. Continúo pensando que la cruz habría que derribarla porque es un símbolo del control del territorio por parte de la dictadura; en cambio, ahora creo que el resto se debe utilizar para explicar el franquismo. Pese a las necesarias prevenciones —el antropólogo Paco Ferrandiz lo personifica cuando dice «yo no sé qué quiere decir resignificar»—, sí hay que eliminar la ideología franquista que emana del lugar e incorporarle una función educativa.

En este sentido, la exhumación de Franco era necesaria y, a la vez, ha contribuido a quitarle esta significación al monumento. Me quito el sombrero ante la actuación del gobierno central y, en concreto, de la Secretaria de Estado de Memoria Democrática porque están actuando y, además, lo están haciendo buscando asesoramiento de especialistas. Después se puede hacer más o menos, porque las trabas son múltiples, pero la credibilidad se la han ganado. El paso siguiente debería ser eliminar la individualización que representa el mantenimiento de José Antonio Primo de Rivera, el único muerto con nombre y apellidos. Y a continuación, está la cuestión de la desacralización —quizá antes de las próximas elecciones— y de la exhumación del resto de muertos, que yo no haría de forma general, sino limitada a quien lo solicitase.

Todo ello puede ayudar a resignificar este espacio. Aquí son esenciales también otras miradas, como las que nos proporciona la reciente excavación del campamento de los batallones de trabajadores forzados, dirigida por Alfredo González-Ruibal, o la riqueza biológica generada con el traslado de árboles de toda España y que han creado un microclima. Y también está el ejemplo de otros países donde, a través de concursos públicos, han encontrado soluciones como la realizada en la ciudad italiana de Bolzano: proyectar sobre un bajorrelieve dedicado a Mussolini una cita de Hannah Arendt.

 

Un libro que la marcó…

Más que un libro, a mí me marcaron profesores y, en concreto, Joan Santacana, a quien tuve en Historia y en Historia del Arte en COU —después, de catedrático de Didáctica de las Ciencias Sociales en la UB—, y esto me hizo dudar entre las dos disciplinas. Y si hubiera de escoger un título, me decantaría por Guerra y paz de Tolstoi (Ediciones 62, 2019). No es un libro de historia, pero sí es un libro de lectura obligada si te interesa la historia.

 

…y un libro para quien empieza

Recomendaría quizá una biografía, porque te abren todo un abanico de enfoques. A mí me gustó mucho El general Batet de Hilari Raguer (PAM, 2012) y, seguramente, buscaría alguna más reciente, pero que tuviera esta capacidad para rehuir el maniqueísmo. Como demuestran las buenas biografías, la gente evoluciona. Los personajes pétreos no tienen ningún interés. O para salir de este ámbito, también les daría a leer la Historia de la muerte en Occidente de Philippe Ariès (Acantilado, 2005).