Los medios de comunicación recogen episódicamente la paradoja entre la omnipresencia social del sexo y un sostenido declive del deseo sexual entre las generaciones más jóvenes. El consumo precoz y creciente de pornografía, la multiplicación de las plataformas digitales de citas o la comodidad de la masturbación se apuntan entre las causas –a menudo contradictorias— de la disminución –cuantitativa y cualitativa— del sexo en pareja.

Esta abstinencia estadística –después cada caso es un mundo— parecería solo afectar a la práctica, porque en otros ámbitos el interés se mantiene e, incluso, se incrementa. Así, si tomamos la lista real de libros más vendidos descubriremos que Megan Maxwell encabezaba con contundencia el ranking. Bajo este pseudónimo anglosajón se esconde en realidad la española María de Carmen Rodríguez del Álamo (Núremberg, 1965), con más de cincuenta títulos a medio camino entre la novela romántica y el erotismo más explícito.

Lejos de la exquisitez con que se envolvía la histórica colección «La sonrisa vertical» y con unas mujeres que ya no son simples sombras de nadie, las cifras hablan de diez millones de lectoras –público básicamente femenino tanto en librerías como en bibliotecas— y más de cinco millones de ejemplares vendidos. En las listas de ficción de primeros de septiembre, por ejemplo, Maxwell ocupaba la primera, la undécima y la vigésima posiciones y mantenía vivas casi un centenar de referencias en los diferentes formatos (bolsillo, packs, promociones…) de sus principales series. De su último título, ¿Y a ti qué te pica? en tres meses ha superado los 23 mil ejemplares. Todavía con camino por delante para igualar los más de 90 mil de Pídeme lo que quieras o los 70 mil de Melocotón loco.

A diferencia de la ética sexual aristocrática griega, las relaciones entre adultos y jóvenes no eran un elemento socialmente aceptado en Roma.

Estas actualizaciones picantes de la clásica novela rosa o sentimental no solo se mueven a través del mercado tradicional, ni se limitan al público adulto. Así, muchos de estos fenómenos se vehiculan a través de la auto publicación y de plataformas en línea como Wattpad, con un impacto que se extiende a las adolescentes. Sin esta penetración tecnológica no se entienden éxitos como el de Mercedes Ron (Buenos Aires, 1994) con su trilogía Culpables, o la relevancia de algunos de estos textos, por su –a veces explícita, a veces implícita— carga erótico-sexual, en la definición de roles de género, en la creación de expectativas sexuales y en la maduración de nuestras jóvenes.

 

El sexo antiguo

Aun así, el interés por leer sobre sexo no es exclusivo. Sin necesidad de recurrir a clásicos todavía sugerentes como Sexo y poder en Roma de Paul Veyne (Paidós, 2010), encontramos en las mesas de novedades algunos títulos interesantes y pertinentes. Precisamente, uno de estos nuevos libros toma el título del historiador francés como subtítulo y apuesta por un explícito Cunnus (Desperta Ferro, 2023), con una cubierta rotunda debida al genio de la artista castellonense Paula Bonet. La historiadora de la antigüedad y especialista en género Patricia González Gutiérrez, autora en el mismo sello del previo Soros. Mujeres en Roma (2021), construye una aproximación a partir de cinco grandes temas: el cuerpo y el deseo, el sustrato político, la sexualidad visible, el matrimonio y la religión.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Consciente de los apriorismos y anacronismos reinantes entre el público general, González se encarga de fijar de entrada tres premisas: el mundo romano como una constante bacanal es un espejismo simplificador, a menudo aquello que destaca en el registro arqueológico y documental es lo extraordinario y no lo cotidiano, y el sexo pocas veces es solo sexo… y a menudo es poder. En palabras suyas: «El sexo en Roma no era un diálogo, sino un monólogo. Se basaba en el poder, era siempre una relación entre un superior y un inferior, entre una persona activa y una pasiva». El elemento pasivo podía ser un esclavo, una mujer, pero nunca un individuo de pleno derecho porque, a diferencia de la ética sexual aristocrática griega, las relaciones entre adultos y jóvenes no eran un elemento socialmente aceptado.

Más allá de las excepciones puntuales, la sexualidad era mucho menos privada y se hacía presente en el espacio público y en el mismo lenguaje. Ahora bien, tampoco hay que entender todas estas manifestaciones de genitales o todas estas referencias sexuales como evidencias de precocidad, procacidad y concupiscencia. Algunos de estos elementos eróticos respondían a usos y costumbres culturales, sociales y religiosos no necesariamente vinculados con prácticas sexuales. En este sentido, resultan un gran complemento a la lectura la generosa reproducción de pinturas, estatuas y objetos provenientes de museos y colecciones de todo el mundo romano.

Sin la necesaria contextualización por parte de González podríamos caer en el error de entender grafitis o pinturas como la norma y no la excepción. Así, a pesar de que en la oferta del famoso burdel pompeyano se incluían servicios masculinos o la práctica del cunnilingus –ambos por un precio de dos ases—, ninguna de las dos habilidades –como tampoco la mujer encabalgada sobre el hombre… una postura mucho más cara por su carácter transgresor— eran habituales y, al contrario, su práctica servía como acusación denigradora en la discusión pública.

Con el movimiento 4B las surcoreanas, hartas de la cultura patriarcal, dicen: no a las citas, no al sexo, no al matrimonio y no a la crianza de los hijos.

Coherente con su planteamiento inicial, Cunnus también incluye apartados sobre medicina –de los afrodisíacos a los anticonceptivos—, la institución matrimonial –donde las muestras excesivas de afecto eran vistas con sospecha y donde el sometimiento al cabeza de familia era absoluto— o las transformaciones ligadas a la irrupción del cristianismo y una nueva mirada sobre el sexo. La sexualidad se nos aparece, así, como una forma de entender mejor aquella sociedad, puesto que a su través podemos «tender puentes con nuestro pasado, comprender dinámicas y dar espacio a esos ámbitos tradicionalmente excluidos de lo que se ha considerado la historia con mayúsculas».

 

El sexo medieval

Con idéntico objetivo, la británica Katherine Harvey ha publicado Los fuegos de la lujuria. Una historia del sexo en la Edad Media (Ático de los libros, 2023). Nuevamente de la mano de una historiadora –miembro del blog sobre historia de la sexualidad Notches [www.notchesblog.com]— disponemos de una aproximación que, sin renunciar a la erudición –a pesar de que en la edición española las notas hayan desaparecido—, hace un esfuerzo de divulgación para desmentir preconcepciones –como por ejemplo la omnipresencia de la violencia, la religión y la incontinencia— y para fijar un relato más ajustado a las prácticas del periodo y a sus significados.

Resultan especialmente interesantes los apartados dedicados a los conocimientos científico-teológicos. Harvey repasa los debates sobre la importancia de la virginidad, las dudas sobre la fisiología y el placer femeninos, las teorías respecto del misterio de la concepción o los debates en cuanto a la castidad impuesta a los religiosos. Es, sin duda, en los detalles sobre las resistencias de ciertos curas a abandonar a sus parejas o los entierros conjuntos de parejas homosexuales donde se hace evidente cuan perjudiciales resultan los apriorismos para comprender el pasado.

 

Una negativa cuádruple

A pesar de que muchas diferencias son evidentes –el peso de la moral cristiana, la carencia de conocimientos médicos o la organización estamental—, también se hace presente qué contemporáneas resultan algunas de las experiencias, dudas y problemas descritos. En este sentido, Harvey insiste en cómo ciertos comportamientos supuestamente medievales y superados continúan vigentes en buena parte del mundo: la angustia de la infertilidad, la persecución de las sexualidades alternativas, la promoción de la abstinencia en determinados países, el auge de las reconstrucciones de himen en otros y la persistencia de las violencias sexuales.

En palabras de Purificación Mascarell, «quizás las mujeres están decidiendo más libremente que nunca sobre su destino. Sobre qué quieren en la vida y cómo lo quieren».

Y es que pasan los años y pasan las épocas, pero la sexualidad sigue ofreciéndonos una excelente aproximación a las respectivas sociedades. Tampoco es casual que sean dos historiadoras, dado que la sexualidad –desde el sexo puro pasando por la maternidad, el emparejamiento, la prostitución o sus derivadas jurídicas— impacta directamente en la vida de las mujeres. Lo hemos visto recientemente con movimientos como el 4B, con el que las surcoreanas, hartas de la cultura patriarcal, han lanzado una negativa cuádruple: no a las citas, no al sexo, no al matrimonio y no a la crianza de los hijos. En palabras de la escritora valenciana Purificación Mascarell, «quizás las mujeres están decidiendo más libremente que nunca sobre su destino. Sobre qué quieren en la vida y cómo lo quieren». Aquello que sus antepasadas romanas y medievales no consiguieron.