Espira era una empresa dedicada a la comunicación, conformada por Alexandre Cirici Pellicer, Quico Sabaté y Luís Poveda. La habían creado en 1963, en la calle Tuset, por iniciativa de Quico. Cirici aportaba su prestigio y un pozo de cultura. Poveda, su extraordinaria creatividad estética. Y Quico, las chispeantes asociaciones de ideas y el activismo: hurgaba obsesivamente en todas las interrelaciones semánticas imaginables hasta encontrar auténticos hallazgos comunicativos. Espira era «una de las agencias de publicidad más creativas», dice la crítica de arte Pilar Parcerisas, «que actuaba con gran libertad, incorporando las corrientes artísticas del momento, como el arte povera, el land art, el arte cinético, el arte conceptual, mucho antes de que estos movimientos tuvieran eco en las nuevas generaciones de artistas catalanes» (Catálogo de la exposición «Luis Poveda, lectures visuals», Centre d’Art Santa Mònica, 2000). Tuvo que ver con algunos inventos que pasarían al imaginario popular: el «más que un club» del Barça, la máscara con la boca tapada, por la libertad de expresión, a raíz del encarcelamiento de Els Joglars… Desde finales de los 70, se encargaría de ilustrar y promocionar los discos de Joan Manuel Serrat.

Pero Espira era más que una empresa de comunicación; era también la plataforma desde donde Cirici y Quico hacían de las suyas, siempre con Poveda al teclado. Joan Manuel Serrat lo explicaba así: «La clandestinidad empezaba a recorrer la ciudad pidiendo libertad, amnistía y estatuto de autonomía, y Quico Sabaté me llevaba a Espira […]. Espira era una empresa que aparentemente se dedicaba a la comunicación, el marketing y la publicidad, pero realmente se trataba de un reducto de agitación artística, cultural y política. Digamos que era un grupo de gente que a ratos trabajaba y se ganaba la vida haciendo anuncios y memorias comerciales, para disponer de los posibles que les permitieran dedicarse después o simultáneamente a las cosas que realmente les interesaban. Historias apasionantes que dan sentido a la vida como, por ejemplo, promocionar el nuevo arte o crear la plataforma del Grup d’Independents pel Socialisme.» (Catálogo de la exposición «Luis Poveda, lectures visuals», Centre d’Art Santa Mònica, 2000).

En efecto, en 1976, Alexandre Cirici y Quico Sabaté fueron los impulsores del Grup d’Independents pel Socialisme (GIS), formado por personalidades diversas del mundo de la cultura, entre ellos el propio Joan Manuel Serrat, Maria Aurèlia Capmany, Jordi Llimona, Guillermina Motta, Fèlix Cucurull, Núria Pompeia, Santiago Albertí, Gregori Mir y un larguísimo etcétera. El GIS, en complicidad con Raimon Obiols, de Convergència Socialista de Catalunya (CSC), lanzó el llamamiento para el Congrés Constituent del PSC (el primer PSC, que acabaría adjetivándose «Congrés»), que incorporaría, junto a CSC y al GIS, al grupo de ERC encabezado por el histórico Josep Andreu Abelló (expresidente del Tribunal de Casación de la Generalitat republicana), al PPC de Joan Colominas, al sector del POUM en torno al exiliado Enric Adroher Gironella (uno de los fundadores del Movimiento Europeo), etc.

Espira fue el taller donde tomaría forma la innovadora imagen del nuevo partido: sus siglas hechas con letras de estarcido o «de trapa», el carnet diseñado por Albert Ràfols Casamada, la imagen del mitin del Palau Blaugrana bajo el lema «Vindrà aquell dia que el treball vencerà» (sacado del «Layret» de la Capmany), los carteles «Jo també sóc del PSC» ilustrados por Cesc, los de la campaña contra el referéndum convocado por Suárez, los prospectos ilustrados por Núria Pompeia, los carteles de la coalición Socialistas de Catalunya (entre el PSC y la FSC del PSOE) en las primeras elecciones democráticas (1977) bajo el lema «Per una Catalunya lliure, pròspera i sense classes», de las cuales salió ganadora, en una apuesta que resultaría decisiva para el restablecimiento de la Generalitat y para la unidad civil.

 

Amor a primera vista

La relación entre Quico Sabaté y Joan Manuel Serrat fue con toda seguridad un «amor a primera vista». Eran almas gemelas, sin muletas ni corsés, enemigos de las convenciones fosilizadas, de las formalidades vacías, avezados a pensar por su cuenta más allá de las ortodoxias de todo tipo, observadores críticos y tiernos de la realidad y, sobre todo, de la gente, de sus angustias y anhelos, de sus formas de decir y hacer. Se debieron calar nada más verse. Su relación venía de antes, pero su amistad había cristalizado sobre todo aquel verano en que Serrat volvió del exilio y recaló en casa de Quico.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Había sido el 29 de septiembre de 1975, con ocasión del fusilamiento de cinco militantes antifranquistas (de ETA y del FRAP), cuando Serrat, desde el aeropuerto de México, hizo unas sonoras declaraciones de condena del régimen franquista. También se identificó con la posición del presidente mexicano (Luis Echeverría), que se había reafirmado en la denuncia del régimen franquista y en el reconocimiento en exclusiva del gobierno de la Segunda República en el exilio.

Como consecuencia, el gobierno de Franco procesó a Serrat «por injurias al Jefe del Estado» y emitió contra él una orden de búsqueda y captura, motivo por el cual tuvo que exiliarse, mientras sus canciones eran retiradas de la circulación. Se quedó en México y lo recorrió de punta a punta en una gira de conciertos a bajo precio y con mucha carga reivindicativa. Intentó prolongarla por toda América Latina, pero tropezó con la prohibición de Pinochet y otros dictadores, con lo que se convirtió en todo el continente en un símbolo del combate por la libertad y la justicia.

Su amistad había cristalizado sobre todo aquel verano en el que Serrat volvió del exilio y recaló en casa de Quico.

Hasta un año más tarde —agosto de 1976— no pudo volver, después de un primer decreto de amnistía de Suárez, pese a que seguía vigente el Tribunal de Orden Público y cabía el riesgo de que lo detuviesen. Momentos todavía de incertidumbre. Lo retuvieron dos horas en el aeropuerto, pero finalmente lo soltaron. El régimen se agrietaba. No tardarían, sin embargo, en producirse las amenazas de muerte de los Guerrilleros de Cristo Rey, bandas de ultraderecha que campaban a sus anchas y que a veces parecían actuar como refuerzo de la policía contra los manifestantes antifranquistas. Por eso, Serrat optó entretanto por refugiarse en algún sitio secreto y seguro, que resultó ser la casa de Quico y Ángeles de la calle Rosellón, junto a la Escuela Industrial. Pasé allí más de una velada. Los recuerdo extremadamente divertidos y ocurrentes, prodigiosamente juguetones, sin ninguna noción del tiempo. Forjaron una amistad definitiva, un nexo sin paliativos.

 

«No quiero ser un cabrón»

En efecto, en 1983, Serrat y Quico fundarían Taller 83 SA, productora de discos propios y ajenos, recitales, giras, programas de radio (como La radio con botas en RNE), etc., ubicada también en la calle Tuset. Espira completaba un ciclo, Cirici se convirtió en eurodiputado y Quico optó por dejar el negocio. La publicidad se le había atragantado de repente, quizá porque la encontraba demasiado embaucadora y no le gustaba verse abocado a defender cosas en las que no acababa de creer: «No quiero ser un cabrón», me dijo un día para explicármelo.

Sus opciones ideológicas se convertían en opciones de vida, con una radicalidad poco habitual. Según cómo, me hacía pensar en el protagonista de la película Charles, mort ou vif de Alain Tanner, que abandona hastiado su condición de alto ejecutivo y empresario para adoptar un estilo de vida opuesto, en la línea alternativa que tomaba cuerpo entre los jóvenes de la revuelta cultural de 1968. Quico optó por un nivel de vida modesto, mientras orientaba sus extraordinarias dotes creativas para servir generosamente a las causas en las que creía.

Serrat dirá de Quico que había sido «un brillante colaborador desde hace muchos años de mis discos. ¡Qué digo discos! Me ha apuntalado en muchos aspectos de la vida» (Joan Baeza, blog Serrat Multimedia). En los discos de Serrat de esta época no es difícil adivinar el terreno de aquella simbiosis, el lenguaje que les era común, sus conversaciones luminosas: «Me privan más los barrios / que el centro de la ciudad / y los artesanos más que la factoría, / la razón que la fuerza, / el instinto que la urbanidad / y un siux más que el Séptimo de Caballería. / Prefiero los caminos a las fronteras / y una mariposa al Rockefeller Center / y el farero de Capdepera al vigía de Occidente» (Cada loco con su tema, Serrat, 1983).

 

Una sintonía profunda

La relación de Quico con Serrat solo era comparable a la que tenía con Raimon Obiols, entre los cuales ejercía de nexo. La vorágine imaginativa de Quico alimentaría a menudo la creatividad artística del uno y la creatividad política del otro. Obiols era, para Quico, el político inteligente y noble que se resistía a la política-espectáculo, adusto con los «cagados» y los «pelotas», amigo de quienes no llevaban defensas ni coturnos. Para Obiols, Quico era una bocanada de aire fresco, una mirada intuitiva y acertada sobre las cosas, nada elaborada intelectualmente, franca y cercana a la gente. Y era un remolino de inspiraciones, de ideas sugerentes, de inventos increíbles, de imágenes rutilantes. Con caracteres muy diferentes, tenían una sintonía profunda que los hacía complementarios. Salieron tantas cosas de ahí…

La relación de Quico con Serrat solo era comparable a la que tenía con Raimon Obiols, entre los cuales ejercía de nexo.

Quico, Serrat y Obiols eran amigos de Joan Brossa, con quien coincidían en la tertulia del restaurante Sí, señor. Hablaban de todo y Brossa les hacía juegos de manos. A través de él, conocieron al sastre-mago del Clot, a quien Obiols un día le encargó de repente su ropa de campaña mientras hacían juegos de manos en la trastienda (para desesperación de los responsables de la inminente campaña, que le tenían reservado y comprometido un gran nombre de la sastrería de moda, que acabó quedando al margen). Era el año 1988. Quico organizó los comités 88 a favor de Obiols. Serrat aportó una extraordinaria adaptación al catalán de Le chiffon rouge (La roba roja), que se estrenaría en un mitin en el Teatre Grec, cantada por él mismo, el Gato Pérez, Guillermina Motta y Pere Tàpias…

 

Esperanza en la buena gente

A Quico no le disgustaba nada que su nombre y su apellido coincidieran con los del famoso maqui anarquista. Todo lo contrario. Su visión de las cosas era libertaria, radicalmente anticonvencional, desde los márgenes. Con la mirada socarrona de los que adivinan todos los trucos. Y sin que eso le quitara la capacidad de compromiso ético y político. Le gustaba explorar la calle, el barrio, espiarlo, disfrutarlo, pasarse un buen rato observando: la mujer atareada que llega tarde, el hombre ensimismado que va y viene, la abuela que da de comer a los gatos, el vendedor de diarios que lo sabe todo, el ciego de la suerte que lo ve todo, la chica de la bicicleta, el chico que pasea al perro… Los conocía, los saludaba, hablaba con ellos… Los miraba con ternura, risueño ante el espectáculo impagable de la vida. Siempre conservó la esperanza en la buena gente.