«Aquí tenemos abogados muy inteligentes, capaces de coger la nada y convertirla en lo que se quiera.»
Franz Kafka, El Castillo

A Humpty Dumpty le dijo una vez Alicia: «Cuando utilizo una palabra, significa exactamente lo que yo decido que signifique. Ni más ni menos.» Alicia le respondió: «La cuestión es si puedes hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.» Humpty Dumpty replicó: «La cuestión es, ¿quién manda? Simplemente.»
Lewis Carroll, Alicia a través del espejo

 

El neoliberalismo ha perdido su hegemonía intelectual después de la crisis financiera mundial y la pandemia. Pese a ello, los bancos centrales independientes del mundo rico continúan siendo unos actores económicos preeminentes. Entonces, la gran cuestión no resuelta, de cara a un marco post neoliberal, es qué fuerzas y actores dominarán la política monetaria en el futuro.

En la Unión Europea hay cuatro posibles candidatos: las sociedades democráticas y sus gobiernos, el mismo Banco Central Europeo, los mercados, y la Reserva Federal de los Estados Unidos, respaldada por el poder bruto del Estado norteamericano. Como se suele decir, la historia no se repite, pero rima. Cuando las tensiones políticas y económicas se vuelven abrumadoras, la fuerza puede acabar siendo el árbitro definitivo.

Durante la crisis de hace una década (que no es tan antigua como para considerar que se haya acabado o se haya resuelto alguna vez), apareció una vasta literatura destinada a extraer lecciones del período de entreguerras, caracterizado por el crac de Wall Street de 1929, la Gran Depresión y las crisis de la deuda. Como relató Karl Polanyi, la tensión surgió entonces entre el mantenimiento del patrón oro, que beneficiaba a los poseedores de capital, y las demandas democráticas de los trabajadores.

Los bancos centrales son, a la vez, una parte del comité ejecutivo del capital, unas instituciones tecnocráticas con una cierta autonomía y un importante campo de disputa de los intereses de clase. El ascenso del neoliberalismo en medio de la estanflación de los años 70 no se puede separar del shock Volcker: la Reserva Federal de los Estados Unidos subió los tipos de forma sostenida, provocando una recesión y una crisis de la deuda mundial, que debilitó a las clases asalariadas y frustró las ambiciones del tercer mundo, al tiempo que conseguía controlar la inflación.

En las circunstancias actuales, el establishment económico todavía no ha proporcionado una explicación nítida sobre por qué surgió la inflación actual, ni predicciones sólidas de cuándo y con qué rapidez remitirá. El FMI ha aportado recientemente pruebas de que la inflación no está impulsada por las demandas salariales. Entretanto, las empresas se han aprovechado de la situación para exprimir a los clientes y aumentar sus beneficios. Se sigue librando una guerra de clases y los ricos continúan ganando.

 

Subidas dogmáticas

Subir los tipos de interés para frenar la demanda cuando la inflación tiene causas del lado de la oferta parece un error gigantesco. Nada indica que haya de funcionar, ni que la medicina sea mejor que la enfermedad. Sin embargo, bajo la sombra de Paul Volcker, persiste la idea de que los banqueros centrales deben conservar su credibilidad y de que esta solo se puede mantener subiendo los tipos y aplicando dolor económico. Siguiendo el ejemplo de la Reserva Federal, los bancos centrales de todo el mundo han emprendido una ronda entusiasta de subidas de los tipos de interés. Esto corre el riesgo de generar una recesión mundial innecesaria.

El ‘establishment’ económico todavía no ha proporcionado una explicación nítida sobre por qué surgió la inflación actual.

El BCE no es una excepción. Christine Lagarde, la presidenta, ha dado muestras de su disposición a la subida de los tipos de interés, indicando que una «leve recesión» por sí sola no será suficiente para mantener la inflación bajo control. Lo que está diciendo es que el BCE está dispuesto a crear desocupación y a ralentizar la economía para conseguir la estabilidad de los precios. Varios jefes de gobierno europeos, como Emmanuel Macron y Sanna Marin, han indicado que esta estrategia es contraproducente y debe ser reconsiderada. Pero desde el BCE continúan empeñados en subir los tipos, incluso cuando los indicadores económicos empiezan a señalar una desaceleración inminente.

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Los bancos centrales de todo el mundo se están coordinando para subir los tipos indefinidamente ante la posibilidad de que alguna cosa (por ejemplo, los mercados de bonos corporativos, el sector inmobiliario) se rompa accidentalmente. Liz Truss ha entrado en los anales del ridículo por su fallido experimento, pero menos conocida es la incompetencia demostrada por el venerable Banco de Inglaterra. Ante una posible crisis de las pensiones que zarandeaba los mercados financieros, Threadneedle Street también se vio obligado a dar marcha atrás en su política de retirada de liquidez.

 

Las manos invisibles

Se supone que los banqueros centrales son aburridos y previsibles, pero también son inescrutables y tienen un gran margen de improvisación. En la línea de El castillo de Kafka, en las circunstancias ideales no necesitan descender entre las masas para que su poder se haga sentir. Este fue el caso de Draghi y de su whatever it takes; sus declaraciones en el sentido de estar dispuesto a intervenir fueron suficientes para calmar los mercados y descartaron la necesidad de intervenir en estos términos.

Décadas antes de Draghi, Paul Volcker señaló un cambio de política en la Reserva Federal. Cuando un periodista le preguntó si los tipos de interés subirían tanto, Volcker dijo que habría suficiente libertad en el mercado (Fritz Bartel, The Triumph of Broken Promises). Aunque el propio Volcker mantuvo el control de la política monetaria, atribuyó la responsabilidad a estas fuerzas impersonales del mercado.

Los banqueros centrales continuarán llevando la voz cantante, bajo la tutela de unos mercados volátiles, y navegarán entre la Escila de domar la inflación y el Caribdis de garantizar la estabilidad financiera.

Estas mismas fuerzas del mercado limitarán la capacidad de los bancos centrales para seguir subiendo los tipos, sea necesario o no, con el fin de domar la inflación. La posibilidad de que no solo disminuya la inflación, sino de que algo se rompa marcará los resultados futuros. Y así, pese a que los banqueros centrales continuarán llevando la voz cantante, lo harán bajo la tutela de unos mercados volátiles y navegarán entre la Escila de domar la inflación y el Caribdis de garantizar la estabilidad financiera.

 

Tensiones crecientes

Estos nuevos retos de gestión económica no se producen en un contexto de globalización triunfante, sino de tensiones renovadas entre las grandes potencias. La Unión Europea corre el riesgo de ver subordinados sus intereses a la gran estrategia norteamericana, tanto por lo que se refiere al conflicto con Rusia como a las tensiones crecientes con China.

Por más que se hable de autonomía estratégica, en última instancia es el escudo nuclear norteamericano el que garantiza la seguridad de Europa. La Reserva Federal tiene un papel similar en términos financieros: proporcionó abundante liquidez en forma de líneas de cambio, tanto durante la crisis financiera mundial como durante la pandemia del Covid, ayudando a evitar el colapso de los mercados financieros. La Reserva Federal se sitúa en la cúspide de la jerarquía monetaria mundial y sus acciones —generalmente justificadas en función de los intereses norteamericanos— tienen consecuencias para todos los demás. Cuando sube los tipos, los demás se ven obligados a seguir su ejemplo.

La Reserva Federal se sitúa en la cúspide de la jerarquía monetaria mundial y sus acciones tienen consecuencias para todos los demás.

¿Qué sostiene al dólar de los Estados Unidos ahora que ya no se apoya en el oro? Ni más ni menos que el poder de su Estado y la profundidad de sus mercados. Y cuando se trata de las fuerzas democráticas que dan forma a las decisiones de los banqueros centrales, las preferencias de los electorados indecisos en lugares como Nevada y Georgia pueden acabar importando más que lo que convenga en París y Berlín, por no hablar de Helsinki. Cuando los tiempos se ponen difíciles, como ahora, todo el mundo acaba desfilando al ritmo del tambor norteamericano. Que manden ellos en última instancia no es nada sorprendente.

 

Descolonizar el futuro

John Maynard Keynes escribió que Vladímir Lenin comentó, según dicen, que el mejor modo de destruir el sistema capitalista es devaluando la moneda. La falta de estabilidad en los precios hace más evidentes los conflictos distributivos y acerca a los actores económicos a una guerra hobbesiana de todos contra todos. En cierto sentido, el caos monetario actual anticipa la transición hacia un mundo más belicoso caracterizado por la emergencia climática.

El economista Suresh Naidu, comentando el trabajo de Thomas Piketty, ha sugerido que podemos entender el capital como «un conjunto de derechos políticamente protegidos de control, exclusión y transferencia sobre los flujos de dinero». El sociólogo Pierre Bourdieu argumentó que el capital posee «derechos preferentes sobre el futuro». Estas ideas se pueden reunir bajo la formulación siguiente: la riqueza consiste en derechos sobre el futuro.

Con la enorme expansión de los balances financieros llevada a cabo por los bancos centrales, llegamos a una situación en la que los segmentos más ricos de la sociedad han colonizado efectivamente el futuro. Su riqueza total asciende a muchos múltiplos de todo lo que se produce anualmente en el planeta. Permitir que esta situación persista es asumir que el futuro será todavía más desigual e insostenible que el presente.

Ahora mismo, la democracia no manda aún en el BCE, que sigue concentrando en sus manos un poder cada vez más grande.

Para dar una vuelta de tuerca a la definición convencional de inflación, tenemos una situación en la que demasiadas demandas de riqueza persiguen un futuro insuficiente. En este escenario, una política progresista requiere que descolonicemos el futuro: tanto en el lado de la demanda, limitando las demandas más exorbitantes sobre los flujos de ingresos futuros, como actuando sobre la oferta para generar nuevos horizontes económicos dignos y esperanzadores. Esta será una de las tareas de los bancos centrales verdes que están a punto de nacer.

En el período previo a la COP27, Christine Lagarde publicó una nota sobre la importancia de mantener el cambio climático en la agenda del BCE, aunque subestimando la cuestión. Evitar los resultados más catastróficos para la humanidad requiere una descarbonización rápida de las economías más avanzadas y una transformación casi total del entorno construido. Llevar esto a cabo será imposible sin que los bancos centrales proporcionen un marco adecuado para la transición.

Esto implica un mundo en el que el BCE adquiere más y no menos importancia, en el que sus decisiones serán todavía más relevantes para el destino de los ciudadanos europeos, pero también para condicionar el impacto de Europa sobre el resto del planeta. Ahora mismo, la democracia aún no manda en el BCE, que sigue concentrando en sus manos un poder cada vez más grande. Y así, en plena crisis del coste de la vida, puede resultar que la independencia de nuestro banco central sea el verdadero lujo que ya no nos podemos permitir.