«Los jóvenes aman el ruido y por esto no frecuento yo sus discotecas. Así y todo, le recomiendo que visite Zeleste, a pocos metros de la entrada de Santa María del Mar. Bueno, visítela si no tiene usted complejos, si no le importa ser la sola corbata del local, el único pelo blanco. Allí todo es abundancia capilar y morosidad indumentaria. Se han instalado en un antiguo almacén de pañería, con el buen gusto de respetar la fachada modernista, obra del arquitecto Catà. En la sala han convertido en bar el mostrador y han respetado las vallas de la oficina. La nueva decoración, de tan sutil, de tan sofisticada, resulta imperceptible. “El mobiliario lo hemos buscado en los Encantes”, me aseguró Josep Aponte, entusiasta de la música pop, promotor del negocio. El resultado ha sido feliz, pues el local, dedicado a la música progresiva, guarda acusado parentesco con los cafés que, en el mismo barrio y cincuenta años atrás, consagrábanse al flamenco, a las variedades y al cuplé.»

La cita pertenece a un artículo publicado a finales de junio de 1973 en el semanario Destino. Su autor era Andreu-Avel·lí Artís. Sempronio, pseudónimo que utilizaba el periodista, acababa de cumplir los sesenta y cinco. El año anterior, el Ayuntamiento de Barcelona lo había nombrado cronista oficial de la ciudad. Era un clásico. Por entonces, su género predilecto ya era la pieza amena, nostálgica y costumbrista sobre la ciudad.

En este caso conectaba con acierto pasado y presente. Se refería al origen modernista del local de aquel club musical, se fijaba en el mobiliario vintage utilizando las palabras de Pepe Aponte y describía el ambiente hippioso que se respiraba allí contrastándolo con la formalidad de su propio atuendo. Y lo más relevante: establecía un vínculo entre las salas de fiestas y aquel local que solo hacía un mes y medio que había conseguido levantar la persiana después de un período demasiado largo de trabas administrativas. De hecho, habría quien llegaría a establecer un paralelismo entre la función que había tenido Els Quatre Gats en el fin de siècle y la que acabaría teniendo Zeleste.

Aquella noche, Sempronio escuchó la actuación del guitarrista Toti Soler con Om, el excelente grupo de acompañamiento de Pau Riba en el primer Dioptria. Víctor Jou había imaginado Zeleste como una sala similar a las que había en Londres. Lo que tenía que singularizarla era la música en directo. Allí podrían escucharse géneros diversos, pero también rock. Locales de ese tipo no los había en Barcelona. Pero no era solamente una sala que acogía conciertos. También podía convertirse en una plataforma cultural. Así se explica que Jou atendiera la propuesta que le hizo aquel joven: editar la revista de Zeleste. De acuerdo, solo llegó a salir un número, pero aquel entusiasta de la música de veintiún años se quedó a trabajar en la empresa. Formaba parte de los círculos del underground barcelonés desde finales de los 60 y sería el director artístico del local. Se llamaba Rafael Moll. Aquello fue para él el séptimo cielo.

 

Al hilo del underground

Podríamos empezar diciendo que Moll, nacido en 1951 en una familia que vivía en el Guinardó, no terminó sus estudios y se fue de casa antes de los dieciocho. Podríamos empezar explicando que Moll, cuestionando la autoridad, fue un chico de actitud a la vez rebelde y retraída. Podríamos empezar caracterizándolo como un joven más de los bohemios de su edad que, con su conducta, estaban poniendo en cuestión en todo Occidente el orden establecido de una civilización. Y habría que decir de entrada que aquella rebeldía utópica y transformadora, que Moll trató de canalizar sobre todo a través de la música, la viviría como una posibilidad en Zeleste durante los años centrales de la década de los 70.

Hay algunos hilos a seguir para entender cómo y cuándo se vinculó Moll a la red del underground barcelonés que hizo de Zeleste su palacio de la música. A mediados de 1969, como muy tarde, Moll escribía poemas con una pandilla de jóvenes rebeldes —Agustí Pons, Sisa y Albert Batista—, inspirados por la generación beat, especialmente por Jack Kerouac. Mandaron sus poemas a una revista, probablemente Oriflama, que se negó a publicarlos.

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Es el momento en el que José Manuel Brabo Cachas, llegado de Madrid, conecta con los músicos de la contracultura barcelonesa y trae la buena nueva de una psicodelia rítmica que disolvía las conciencias tal como lo hacía la marihuana o el ácido con el que ya había experimentado Pau Riba. A principios de 1970, Cachas, Sisa y Batista, más Selene, ya han formado Música Dispersa. También durante aquel año, Sisa graba Orgia, su primer long play, en el que colabora buena parte de la red underground. Moll aparece en los créditos. El disco tardaría más de un año en editarse.

Aquella rebeldía utópica y transformadora la viviría Moll como una posibilidad en Zeleste durante los años centrales de la década de los 70.

Rafael Moll, pese a tener una formación musical digamos que justita —había estudiado flauta en el Conservatorio—, también tenía su grupo: La Troupe. Formaba parte de él su pareja: Montserrat Tita Soler (hermana de Toti Soler, una de las últimas incorporaciones del colectivo Grup de Folk que ya se había disuelto). El 3 de diciembre de 1970, La Troupe grabó su único disco en los estudios Gemma de Barcelona. La primera canción del single se titulaba con un verso de Así se fundó Carnaby Street de Leopoldo María Panero, y en la cara B se musicaba un poema de Machado.

No tuvo ninguna repercusión. Entonces Moll y Tita vivían en la comuna de Pau Riba y Mercè Pastor en Bellesguard. A los cuatro los detuvieron la noche de Fin de Año de 1970. Riba y Pastor se fueron poco después a Formentera. Moll, llamado a filas para el servicio militar, hizo lo mismo que había hecho Riba: se hizo pasar por loco. Y coló. Estuvo unas semanas ingresado en el psiquiátrico de Sant Boi. Recuperada la normalidad, por decirlo de algún modo, fue uno de los músicos que tocaban en las representaciones de El retaule del flautista que en abril de 1971 empezó a escenificarse en el Teatro Capsa con gran éxito.

A principios de 1972, por fin, se distribuyó Orgia. El tiempo que había pasado entre la grabación y la aparición del disco había frustrado las expectativas de Sisa de poder dedicarse profesionalmente a la música. Con un gesto que ya evidencia su principal talento, que era la producción musical, Moll fue el impulsor del espectáculo único Darling Sisa, que tuvo lugar el 9 de junio en el Salón Iris. Alquilaron el local, mecanografiaron las letras para que el público pudiera seguirlas (ya estaba entre ellas Qualsevol nit pot sortir el sol) y diseñaron los carteles.

Moll formó parte del grupo de acompañamiento, tocando la flauta y la batería. Aunque llenaron, Sisa pasaría prácticamente medio año sin volver a cantar, a pesar de que ya tenía un repertorio consolidado de unas cincuenta canciones y de que las había enviado a varias compañías discográficas para grabar un nuevo disco. Nadie respondió. A principios de 1973, Sisa hizo una actuación en La Salle de Gràcia. Leo en la prensa de la época que Moll era uno de los integrantes del grupo que le acompañaba.

 

Zeleste fue Els Quatre Gats

«Hay que contar, también, con una entrevista de Rafael Moll a este cantante incómodo y orgiástico que responde por el nombre de Sisa, entrevista que, con toda seguridad, levantará polémica.» Así podía leerse en la hoja de promoción del número de Oriflama de junio de 1974. Mientras que las maquetas con nuevas canciones no encontraban ninguna compañía discográfica que quisiera grabarlas, Moll movía los hilos que tenía a su alcance para que la carrera de Sisa no se truncara.

Gracias a Zeleste, al fin, conseguiría encarrilarse. Porque a lo largo de 1974, el tándem Jou / Moll fue transformando aquel proyecto con el objetivo de que no fuera solo una sala de conciertos, sino también una plataforma cultural. En febrero de 1975, en Vibraciones, Claudi Montañá —el mejor cronista del underground barcelonés, figura que influyó mucho en Moll— publicó un reportaje sobre aquel momento eufórico. «También en Zeleste podría haber iniciado este reportaje. Reportaje que, en gran medida, me he planteado al haber sido testigo de mil conversaciones, de mil proyectos, en sus despachos siempre repletos de gente». Los proyectos que se concretaron, consiguiendo la profesionalización a través de la contracultura, constituyeron el corazón de la biografía de Moll.

Zeleste había sido el embrión de otra banda mítica de la música catalana: la Orquestra Plateria.

El primer grupo revelación gestado en Zeleste fue la Orquestra Mirasol. «A nuestro modo de ver, ha sido la revelación más atractiva que nos ha deparado este año 1973 en materia de música viva autóctona», había escrito Albert Mallofré en La Vanguardia. Pronto tuvieron la posibilidad de grabar un disco. Durante la segunda mitad de 1974 se distribuyó Salsa catalana y tuvo una acogida bastante buena. En los créditos se hacía constar que tenía una doble producción: Zeleste y Edigsa. El propietario del local y su director artístico —Jou y Moll— se reunieron con el director de la discográfica —Claudi Martí— para proponerle la creación de un sello que editara los discos de las bandas e intérpretes más representativos del proyecto cultural Zeleste. Martí aceptó siempre que ellos se responsabilizaran del proceso de grabación y que no se les disparase el presupuesto. Quien se encargaría de gestionarlo sería el propio Moll, que tendría que aprender a trabajar como productor sobre la marcha.

 

Éxito sensacional

Antes de entrar en el estudio para grabar el primer disco de la Companyia Elèctrica Dharma y Qualsevol nit por sortir el sol, ambos grabados en febrero de 1975, Zeleste había sido el embrión de otra banda mítica de la música catalana: la Orquestra Plateria. Se acercaba el Fin de Año de 1974 y se tenía que programar una actuación excepcional para aquella noche. Tres amigos tuvieron la idea de crear una banda única para convertir la noche en una fiesta. Cenaban, bebían y se entusiasmaban Sisa, Moll y Gato Pérez, contratado para que hiciera de enlace comercial entre Zeleste y Edigsa y que entonces encontró el eslogan para publicitar la corriente que estaban poniendo en marcha con un cierto amateurismo: la ona laietana. La Plateria se estrenó el 31 de diciembre de 1974. Empezaba el annus mirabilis de Zeleste. El éxito fue tan sensacional que repitieron la noche de Reyes y ya no dejaron de tocar.

También entonces, con el local en marcha y el sello discográfico a punto de nacer, Zeleste constituyo de manera informal una sección de management para que sus grupos ofrecieran conciertos por Cataluña. Eso implicaba comprar una furgoneta o equipos de sonido. En febrero de 1975, por ejemplo, ya tenían un ciclo en marcha en Girona, donde darían conciertos Toti Soler, Jordi Sabatés, la Dharma y Sisa. El ciclo lo abrió la Mirasol y la crónica de Presència destacaba lo siguiente: había sido «la primera vez que un concierto de esta clase tenía lugar en nuestra ciudad, con un tipo de música acorde con nuestra época y nuestra forma de vivir, y dentro de un contexto mucho más profundo de lo que solíamos escuchar en vivo».

En muy poco tiempo, con poco dinero y ninguna experiencia previa entre quienes formaban parte del proyecto, Zeleste se había convertido en la infraestructura mediante la que parecía posible la profesionalización de los intérpretes del rock autóctono y de calidad en Cataluña. El momento en el que esta posibilidad pareció real fue durante la celebración del Canet Roc, en el verano de 1975. Era una propuesta que les hizo Joan Ramon Mainat, que organizaba las Sis Hores de Canço, y el grueso del programa lo componían los artistas de Zeleste.

El hecho de que se filmara una película documental que preserva el espíritu que se vivió allí nos permite entender qué era lo que se había puesto en juego. Sisa, a quien las autoridades prohibieron cantar, acababa de publicar la obra maestra que es Qualsevol nit pot sortir el sol. En el disco no constaba el nombre de ningún productor, pero sí había una dedicatoria: «A R. M., músico somiatruites».

En la ceremonia de despedida de Rafael Moll, en el Teatre de la Gleva, había proyectada una imagen fija en la pantalla: las cortinas rojas que daban entrada a Zeleste. En un rincón, una mesita con una lámpara de la sala y dos discos que Moll produjo entonces. No querría haber salido nunca de allí, porque allí sintió que el séptimo cielo era posible y que, en buena parte, había sido gracias a él.