Eran las primeras semanas del verano de 2006. Me habían citado a las ocho y media de la mañana a las puertas del tenis municipal de Manacor. Yo, por supuesto, llegué de Palma puntual. El club público estaba más que cerrado. Y, con toda puntualidad, llegó un discretísimo Suzuki Vitara, aparcó en la puerta y de él descendieron Rafa Nadal y Rafa Maymó, su fisio, cargados de bolsas y raquetas.

Me saludaron muy amablemente, mientras yo les comentaba, medio incrédulo: «Está cerrado.» «Ya, sí, hay que saltar la valla. Ningún problema, tenemos permiso», dijo Nadal (Manacor, 3 de junio de 1986), mientras lanzaba sus bolsas por encima de los setos y los escalaba con soltura y habilidad, la misma que Maymó, no en vano el tenista tenía entonces 20 años recién cumplidos y acababa de ganar su segundo Roland Garros al mismísimo número 1, el suizo Roger Federer.

«¿Te atreves?», me dijo retadoramente, «o, si lo prefieres, puedes esperarte, pues el cuidador del club llega a las nueve». Me atreví, claro, y salté. Ellos se fueron a entrenar y yo me esperé, durante dos largas horas, a que terminasen su primera sesión del día. Pero ni siquiera después de aquella larga espera, que ya hubiesen querido tener que soportar dos millones de periodistas (Nadal recibe al año unas 1.000 peticiones de entrevistas), Rafa dio por concluido su entrenamiento.

Llegó su tío Toni, entonces no solo su entrenador, sino el forjador del mito que hoy empieza a ser considerado, tras la conquista de 22 títulos de Grand Slam, el mejor deportista de la historia, por encima, incluso, de Michael Jordan. «Yo de ti, me acercaría a la pista, pues igual está entretenido con cualquier detalle.»

¿Detalle? Me acerqué a la pista, sí, y allí estaba Rafael Nadal Parera, 20 años, ya doble campeón de Roland Garros y poseedor de una Copa Davis, arrastrando la redecilla por toda la pista de tierra batida, para dejarla impecable antes de abandonarla. La razón no era otra que lo que su tío le había enseñado, y él había aprendido, asumido, asimilado e interiorizado: «debía dejar la pista donde se había entrenado en el mismo estado en que la había encontrado al entrar: impecable. Y eso era lo que siempre, siempre, hacía», me explicó un empleado del club.

Puede que aquel día me acordase de una de las citas más míticas del deporte, pronunciada por el no menos mítico Vince Lombardi, un gurú, casi un dios, del fútbol americano, tanto que el trofeo de la Super Bowl, ya saben, la guinda que corona uno de los mayores espectáculos deportivos de cada año, lleva su nombre. Lombardi dejó escrito que «el único lugar donde el éxito está antes que el trabajo es en el diccionario».

 

El mejor maestro de ceremonias

Justo 16 años después (junio de este año), 20 Grand Slams más tarde, 36 Masters 1.000, medallas olímpicas, más y más Copas Davis y, sobre todo, el reconocimiento del mundo entero, Nadal se enfrentaba, en un improvisado salón de actos de su lujosa Rafa Nadal Academy by Movistar, donde los estudiantes-tenistas han de pagar casi 60.000 euros al año por su residencia, escuela y ser entrenados por los mejores, a una audiencia de futuros, tal vez, quién sabe, vencedores y hasta campeones de grandes.

«Sé que lo que está ahora de moda es la inmediatez y que la paciencia no es una virtud que esté muy valorada. El móvil ha transformado nuestras vidas, lo cogemos y todo lo tenemos de inmediato. Pero hoy quería recordaros que los grandes objetivos en la vida no se logran de un día para otro», comenzó diciendo en su discurso de entrega de diplomas.

«Fracasar solo es malo si no sabéis levantaros y volver a pelear», siguió diciendo el mejor maestro de ceremonias del mundo. «A veces, caeréis una vez, y otra vez, y otra. Pero es entonces cuando tenéis que ser humildes y aceptar que, a menudo, las cosas no salen como siempre queremos. Y, en esos momentos, debéis apoyaros en vuestra familia, vuestros amigos y en las personas de vuestra confianza, que os recordarán cuáles eran vuestros sueños y objetivos, para volver a soñar con ellos.»

Yo estuve también en ese instante, 16 años después de la redecilla arrastrada por la pista. Y había un silencio sepulcral mientras hablaba Nadal. «En una sociedad que se inclina por las cosas a corto plazo, es el momento de reivindicar dos virtudes que parecen pasadas de moda: la humildad y la perseverancia. Si sois pacientes, tenéis paciencia y el optimismo necesario para no rendiros nunca, tendréis mucho ganado en esta vida.» Y, sí, quién sabe, tal vez habiendo leído a Vince Lombardi, o no, Nadal añadió: «Las virtudes no se adquieren de inmediato, sino que son fruto del trabajo diario, del día a día, de no dejar de insistir ¡jamás!» Juro que ese ¡jamás! resonó en toda la cancha porque, sí, se trataba de un salón improvisado dentro de una cancha de tenis cubierta, precisamente la que utiliza a diario el propio Rafa.

Es una tentación creer que Rafa Nadal es mentira, que no es así. Es una tentación demasiado fácil y, en muchos casos, injusta, muy injusta. Pero si nos fijamos en el juicio que el mundo entero, no importa el rincón del planeta que miremos, emite sobre el mejor tenista de las últimas décadas, convertiremos en cenizas los comentarios y críticas de aquellos a los que no les gusta porque es conservador, que le detestan porque es del Real Madrid, a quienes incomoda porque siempre ha tenido una buena relación con el rey emérito o a aquellos que lo arrinconan porque, simplemente, es español y le disgusta que media Cataluña, a la que ama, quiera separarse del resto de España.

Tenerle manía por ser del Real Madrid cuando toda (o casi) su familia es del Barça es del género idiota. Señalarle porque tenga buena relación con el rey emérito es como si se le quisiese culpar de todo lo que ha hecho Juan Carlos I y, entonces, la cola sería interminable y, por lo que hace referencia a la versión que de él tienen muchos catalanes, hay algo que ninguno de ellos es capaz de verbalizar, de reconocer y que, posiblemente, si lo hiciesen, deberían cambiar su forma de juzgar a Rafa Nadal: nadie, nadie, nadie en el mundo, ha hecho tanto por la lengua catalana y/o mallorquina, como Rafael Nadal. Nadie.

El equipo de Nadal está integrado por cuatro catalanes y dos mallorquines y el catalán y/o mallorquín es la lengua que se habla en los aeropuertos, en los aviones, en los hoteles, en los clubs y canchas donde se entrena y compite Rafael hasta el extremo de que muchas, demasiadas veces, han de explicar, a quien así se lo requiere, siempre, por supuesto, por curiosidad, jamás como reproche, qué tipo de lengua hablan: «catalán, mallorquín, nuestra lengua».

Así que de la misma manera que Mallorca está situada en el mundo como un punto turístico (casi) inigualable y Nadal es, sin duda, su mejor, mayor y más fructífero embajador e imagen (de ahí que muchos en la isla piensen que el aeropuerto de Palma debería de llevar el nombre del tenista manacorí), esos catalanes que le detestan por «español» deberían saber que es la persona que más y mejor difunde el catalán en el mundo entero. No lo escribo para que cambien de opinión, que no lo harán, por descontado, lo digo porque, sin duda, ellos desconocen esta particularidad.

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Talante conservador

Como muchas otras de Nadal. Por ejemplo, su talante conservador, cercano al PP, sí, a quien acusan de haberle permitido en Manacor lo que no se permite a nadie «dentro de la legalidad», pero con un tarannà abierto, demócrata, tolerante y conciliador, que para sí quisieran muchos de los que le critican por conservador.

«Rafa es un auténtico demócrata», señala, con un punto de indignación, una de las tres personas que no se separan de él ni de día ni de noche. «Tiene un equipo muy, muy, estable, integrado por gente que piensa muy distinto a él, que le dice las cosas sin rodeos, que es lo que él pide, desea y agradece, lo que demuestra lo abierto, comprensivo y tolerante que es».

Los que conocen bien a Nadal dicen que es imposible entender su personalidad, su carácter, su manera de ser, su impecable comportamiento en la pista, sin tener en cuenta de donde viene, donde nace, donde sigue viviendo, los vínculos que mantiene con su entorno, con su familia, vital para todo, sus amigos de toda la vida, los mismos de siempre, el gusto por la gastronomía de su isla, su paciencia para el arte de la pesca con caña y, sobre todo, la creación de un equipo de trabajo, desde niño, que le convierte en una persona que valora enormemente, como pocos en esta vida, todo lo que cada uno de ellos, sea desde el ámbito familiar y/o profesional, le han aportado como persona y como tenista.

No hay que olvidar y eso es vital para entender muchas de las cosas que rodean a Nadal y su comportamiento, que Nadal se convierte en profesional muy pronto, muy joven, casi siendo un niño, pues juega su primer partido profesional contra Ramón Delgado, en el 2001, teniendo 14 años. Es profesional desde hace 21 años, lo que afectó terriblemente a su crecimiento como persona y deportista. Debió madurar antes que nadie, enfrentarse a los micrófonos antes que nadie, se vio obligado a jugar (y ganar) en grandes escenarios con miles y miles de espectadores pendientes de él y de su tenis y eso, sin duda, le hizo madurar de una manera muy distinta al resto de jóvenes de su misma edad.

 

Su tío Toni

En esos momentos de formación, de crecimiento, de aprendizaje acelerado, de retos continuos, la figura de su tío Toni se convierte en imprescindible. Otra de las personas que más y mejor conoce a Nadal considera, dado el tremendo ruido que se produjo cuando Rafa decidió prescindir de Toni como entrenador y ponerse en manos del campeonísimo y amigo Carlos Moyá, que «debemos maximizar la labor de Toni en los inicios, en los orígenes de este fenómeno y minimizar su importancia desde que Nadal es Nadal, es decir, desde que Nadal dirige su propio destino».

Quienes así hablan, es decir, quienes le otorgan a Toni Nadal un papel vital en la creación, en la formación, consolidación y desarrollo de una de las mentes más privilegiadas del deporte mundial, de la alta competición, recuerdan como el tío tenía absolutamente abducido a su sobrino… para bien. De esa época de seducción y aprendizaje a fuego, es la anécdota de cuando Rafael se enfrentó, con solo siete años, a un chico de 12, en uno de los muchos torneos que jugaba de pequeño.

«Yo estaba un poco asustado», cuenta Toni, «pero vi que el día estaba muy nublado y le dije “no te preocupes, Rafael, si veo que la cosa se complica, haré que llueva y así suspenderán el partido”. Rafael empezó, en efecto, perdiendo 3-0 y, justo cuando redujo diferencias hasta el 3-2, empezó a llover. Nos refugiamos todos en un porche y Rafael se me acercó discretamente y me dijo al oído: “Creo, Toni, que puedes parar la lluvia, porque puedo ganarle”. Tuve que aguantarme la risa. El partido se acabó al día siguiente y perdimos 7-5».

Hay quien cuenta, con razón y no solo en el caso de Rafa Nadal —el gimnasta olímpico y triunfador Gervasio Deferr acaba de explicarlo al detalle de una manera estremecedora en un libro (El gran salto)—, que los inicios, el aprendizaje, los entrenamientos, la forja de un gran deportista roza el maltrato psicológico en categorías menores, inferiores, porque es muy duro y difícil abrirse paso y llegar a las élites de cualquier deporte y, ya no digamos el tenis, una de las especialidades más practicadas del mundo y con más escuelas.

El niño Nadal acabó aprendiendo de todos. Ha sido una esponja durante toda su vida. Y, sí, es cierto, vive rodeado de su familia, de su equipo, de sus colaboradores, pero mantiene inaccesible su santuario de Manacor, de Porto Cristo. Otro dato: jamás, nunca, ha pensado irse a vivir a Montecarlo, Suiza o Miami, como tantos otros tenistas y/o deportistas triunfadores y millonarios. Su yate luce bandera española. Su comportamiento con la Hacienda española ha sido impecable.

«Nadie le ha visto ¡jamás! romper una raqueta, ni protestar, ni insultar. Nunca», explica uno de sus colaboradores.

Su apoyo, junto a su amigo Pau Gasol, a paliar el dolor provocado por la pandemia del covid-19 ha sido de los más notables y su Fundación, dirigida por su madre Ana Maria Parera, «tiene, como único objetivo, generar oportunidades para los niños que no las tienen ni las tendrán si la vida sigue su curso normal. Hay familias que tienen hijos, que están predestinados a tener una vida durísima por el sitio donde han nacido, por la familia humilde a la que pertenecen, porque la vida es así. Yo, ahora que puedo, ahora que la gente me presta atención y puedo conseguir recursos para este proyecto, no voy a parar de ayudarles en lo que pueda, ahora y cuando me retire».

 

El tenista modelo

Es evidente que sobre la personalidad, vida, carácter, imagen y comportamiento de Nadal se pueden conocer diversas versiones, vía libros, reportajes, documentales, series, pero de lo que nadie tiene dudas (y eso también es diariamente elogiado en el mundo entero por organizadores, periodistas, rivales, jueces de silla y hasta trabajadores de los clubs de tenis donde se celebra el circuito) es que es el tenista impecable, el tenista modelo, el tenista intachable. «Hoy en día», explica otro de sus inseparables colaboradores, «el deporte es emocionante, pero no es emocionante porque sea divertido, competitivo, incierto. Es emocionante porque genera emociones y, en ese mundo, Rafa es un modelo de ejemplaridad para los niños, por eso nadie, nadie, le ha visto ¡jamás! romper una raqueta, ni protestar, ni insultar. Nunca».

 

Esa imagen, ese tarannà, esa manera de ser y de jugar, no está reñida, ¡ni mucho menos!, con ser el ser más competitivo que existe, con querer ganar siempre, ¡incluso al parchís!, mientras mata el tiempo en la sala de espera de la pista central de Roland Garros, y con su carácter de killer. En ese sentido, todo el mundo considera que Toni Nadal inculcó a Rafael el sentido del sacrificio, la responsabilidad, la entrega, la constancia y los valores del buen deportista, saber perder, saber ganar y aprender de todos los momentos, de los buenos y de los malos. «Pero sobre todo», señala otro colaborador del manacorí, «le enseñó algo vital: a no poner nunca excusas».

Si tú le preguntas, ahora, a Nadal si quiere volver a ser el número 1, te dirá que lo que quiere es «jugar bien, porque solo jugando bien llegas a ser el número 1». Esa ha sido siempre su exigencia primordial: jugar bien. Y ¿por qué sigue en la lucha, con 36 años y todo ganado? «Porque me gusta el tenis, porque me apasiona, porque me divierte lo que hago. Sin ese sentimiento, sin ese amor por el deporte que practicas, por tu profesión, es imposible alargar tu carrera y menos si has tenido éxito durante muchos años (…) He aprendido que uno no puede estar siempre al cien por cien. He aprendido a vivir los días malos, tenísticamente hablando, de una manera más serena. No hago un drama, como antes, de un mal día de entrenamiento. Ahora sé cuando necesito estar al 100 % y, ahí, sí que no puedo fallar. La actitud, la intensidad, la energía y la motivación tienen que estar al 100 %, por eso descanso más que antes y hago entrenamientos más selectivos».

Mente y físico. Los hay que dicen que el tenis de Nadal es 80 % mental, dada su pétrea formación de niño y los valores inculcados por Toni Nadal, pero es evidente que la fuerza física de Nadal, con una genética privilegiada y una concienzuda preparación física adecuada a cada torneo, a cada superficie y a cada momento de la temporada, le convierte en lo que es, un tenista dificilísimo de derrotar porque ha sido capaz de mejorar cada año su juego (el cambio de Toni Nadal por Carlos Moyà ha sido, sin duda, un gran acierto) y porque, cuando se ha enfrentado a un rival que tenía más tenis que él, le ha hecho jugar peor, lo ha hecho malo y le ha ganado.

Mucho se ha hablado y se habla de las lesiones, pero es evidente que algunas de ellas, no todas, por supuesto, han sido utilizadas como tapaderas, no de derrotas, pero sí de momentos psicológicos delicados como, por ejemplo, la momentánea separación de sus padres, el relevo en su banquillo…, ya que una cosa es evidente: no puedes convertirte en el único tenista capaz de permanecer, durante los últimos 18 años, entre los 10 primeros del mundo estando permanentemente lesionado.

 

Gran autoconocimiento

Cabeza y cuerpo. Nadal es el tenista con mejor estrategia competitiva del circuito. Nadal tiene para cada partido un Plan A, un Plan B y hasta un Plan C. Es posible, solo posible, que Nadal no haya tenido los mejores técnicos del mundo, pero sí los mejores técnicos para sus características, los que mejor han contactado con él, que le han ayudado a ser lo que él era capaz de ser. Es decir, le han ayudado a elevar su talento al máximo.

La gente que lo rodea lo que intenta es hacerle trabajar en un ambiente profesional, exigente, pero agradable, muy suyo, donde se sienta feliz, arropado y cómplice de todo lo que hacen. «El equipo», señala otro colaborador, «le ayuda a poner su talento a trabajar. El talento es como las palomitas. Tú te pones a hacer palomitas y unas se abren y otras, no.»

En el equipo de Nadal, nada se hace porque lo dice Nadal. Ni siquiera porque lo diga Moyá. Todo se hace consensuadamente. «Todo, claro», señala uno de sus entrenadores, «arranca, cómo no, del propio Rafa, de lo que llamamos “conciencia informada”, basada en el gran conocimiento que Rafa tiene de su cuerpo, de su estado físico. Nadal tiene, por experiencia, edad y educación deportiva, un gran autoconocimiento de sí mismo. De esa manera, no solo se autorregula, sino que nos aporta la información que nos falta a los profesionales que le rodeamos para programar su día a día, sus entrenamientos, la manera de aproximarnos a cada reto o torneo.»

Hay quien habla del término «entropía»: magnitud termodinámica que mide la parte de la energía no utilizable para realizar un trabajo. Es decir, Rafael Nadal gasta lo justo, nunca despilfarra energía, tiene la habilidad de ahorrársela para los momentos decisivos. Se pudo ver muy bien en el quinto y decisivo set de la final de Australia ante Daniil Medveded cuando, simplemente observando la actitud de Rafa, te das cuenta de cómo se coloca, cómo celebra los puntos, con qué seguridad golpea, cómo se queda en el sitio, retando al rival, que duda, sabedor de que, si falla, si no le lanza un «ganador», él le derrotará en el siguiente golpe.

Se ha metido en la cabeza de rivales enormes, especialmente Federer y Djokovic, y les ha ganado partidos que tenía perdidos, llevándolos a la desesperación.

Los que defienden, que son muchos, que el 80 % de la fuerza de Nadal es su mente, deberían reflexionar sobre el hecho de que posee mayor y mejor tenis del que se le supone, tiene una capacidad física superior a la imaginable, una manera de recuperarse de las lesiones nunca vista y, sí, una fuerza mental inigualable hasta el extremo de que, cuando los demás se hacen pequeños, él se convierte en un gigante. Nadal se ha metido en la cabeza de rivales enormes, especialmente de Roger Federer y de Novak Djokovic, y les ha ganado, a ambos, partidos que tenía perdidos, llevándolos a la desesperación.

Y por si, llegado a este punto, alguien duda de que entre los big three, Nadal es el más grande, el mejor —y no solo porque sume 22 torneos de Grand Slam, que también, sino porque posee los mejores números entre ellos—, les contaré que en los enfrentamientos entre Nadal, Djokovic y Federer en torneos del Grand Slam, Roger solo gana una de cada tres veces que se enfrenta a Rafa y/o Novak, es decir, solo gana el 33 % de esos grandes duelos; Novak gana una de cada dos veces que se enfrenta a Rafa y/o Roger, es decir, el 50 % y Nadal gana ¡dos de cada tres veces! que se enfrenta a ellos, es decir, ante Roger y Novak les vence en el 66 % de las ocasiones.

¿Más? Más. No solo tiene mejores números que sus dos oponentes históricos en Grand Slam (Federer recuperándose de la tercera operación en su rodilla derecha y Djokovic, con líos con el covid-19), sino que Nadal también tiene un dato muy significativo, que añade valor a su trayectoria, que solo flaquea en los torneos de Maestros y es que, en un circuito donde solo existe un Grand Slam en tierra batida, su superficie favorita (imagínense cómo sería la vitrina de Nadal con más de un Grand Slam en «polvo de tierra»), Nadal ha derrotado a Federer en Wimbledon, su torneo talismán, y a Djokovic en cemento, mientras que ninguno de ellos dos no han podido vencer al mallorquín en una final de Roland Garros.

«Nadal es un modelo a seguir para el resto de los tenistas», ha dicho el norteamericano John McEnroe, ganador de siete Grand Slam y el comentarista más cotizado del circuito. «No es nada sencillo que, a los 36 años, seas capaz de ganar el Open de Australia y, luego, Roland Garros. El hecho de que pueda saltar a la cancha y hacer ese tipo de esfuerzo, jugar y jugar, es algo muy complicado de conseguir.»

«Novak», añade el revoltoso McEnroe, «habla abiertamente sobre el deseo de tener el mayor número posible de Grand Slam cuando se retire, tener más títulos grandes que nadie, mientras que Rafa actúa como si nada de todo eso le importase, salvo saltar a la pista, jugar, pasárselo bien, vivir su pasión y esforzarse en cada punto de cada partido». Es decir, parece que Djokovic juega para coleccionar títulos y Nadal, por su pasión por el tenis.

«Nadal es un modelo a seguir para el resto de tenistas», dice John McEnroe, ganador de siete Grand Slam.

Esa pasión, que nació con él y se forjó de la mano de su tío Toni, tiene, cuentan los suyos, un truco que ni se puede aprender ni, tal vez, pueda heredar ese niño que nacerá el próximo mes de octubre, cuando Xisca Perelló lo convierta en el padre más feliz del universo: el ritual con el que el tenista mallorquín afronta, meticulosamente, algunos dirían que maniáticamente, cada uno de sus puntos.

«No cumplo todas esas rutinas porque sea un maniático o supersticioso, ni mucho menos, sino porque es una manera muy eficaz de hacer un reset mental después de cada punto, sea ganador o no, sea a mi favor o en contra. Yo cumplo ese ritual para olvidarme por completo del punto que acabo de jugar. Es una forma de convertir cada punto en el primero del partido. Quiero empezar cada punto con la mente limpia.» Es decir, Nadal juega cientos de «minipartidos» de un punto en cada encuentro y, en ese punto, es decir, en el siguiente, se concentra al cien por cien.

 

Una manera de sentirse vivo

Nadal no juega, no insiste, no pelea, no se sacrifica, no se entrena, no compite para eternizarse, lo hace porque le apasiona, porque se divierte. Es una manera de sentirse vivo. Es más, siendo quien más títulos de Grand Slam tiene (22), está convencido de que «para pasar a la historia como el mejor de los mejores serán necesarios más de 22 Grand Slam», por eso se presenta al Open de EEUU con ganas de ganarlo.

Fue allí, en Nueva York, en la «gran manzana», durante la disputa de uno de esos Grand Slam donde, hace algunos años, Amanda Chawansky, que se define en su cuenta de twitter como «una amante de la vida, la gente, los animales, las plantas, el chocolate y el tenis», colgó cierto día en sus redes sociales una fotografía, un selfi, nada más y nada menos que junto a Barack y Michelle Obama, entonces el centro del mundo. «¡My dream was to meet Rafa, no these nice people!» (Mi sueño era conocer a Rafa, no a esta gente encantadora).

Tal vez Amanda sea de las pocas personas que sepa que a Nadal le encantaría que le recordasen «como una buena persona, buena gente, mucho más que como un gran campeón (…) El éxito y el interés que generas en la gente es algo pasajero. Ese interés es por lo que hago, no por lo que soy. Lo importante es que la gente que te conoce tenga una opinión positiva de ti».