En 1976 se estrenó El desencanto, dirigida por Jaime Chávarri, una de las películas icónicas de la Transición española. En ella se trataba de seguir la estela de cuatro personajes reales, la viuda y los tres hijos de Leopoldo Panero, uno de los poetas oficiales del franquismo. Filmado en blanco y negro, centrado en unas cuantas conversaciones puestas en escena con irónica distancia, el documental era algo más que una crónica familiar. Chávarri nos daba a ver las ruinas de una época, lo que quedaba del régimen, e intentaba ponerlo en paralelo con el futuro del país, encarnado en aquellos tres jóvenes extremadamente cultos y refinados, inteligentes y de ideas progresistas, cada uno a su manera.

Sin embargo, el panorama resultante era desolador. Encerrados en la opresiva casa familiar, metáfora evidente de unos tiempos oscuros, aquellos supervivientes eran como espectros, dejaban entrever que tras la muerte del dictador no podía haber nada, solo niebla y confusión, tal era la monstruosa enormidad de su legado. El tiempo se había detenido y nadie podía salir de aquella pesadilla, que en el fondo nunca iba a terminar. A partir de entonces, la palabra «desencanto» pasó a formar parte del léxico popular, a caracterizar la Transición como un periodo de duelo y desilusión colectiva. Nada de lo que habíamos imaginado en vida de Franco iba a tener lugar. Todo estaba atado y bien atado.

Esta visión pesimista del posfranquismo inundó el cine de la época, lleno de ficciones a su vez repletas de sueños, de evocaciones de la memoria, de personajes encerrados en un mundo de ilusión y fantasía, a medio camino entre el delirante imaginario de la dictadura y el estupor que habían traído consigo los nuevos tiempos.

En Furtivos (1975), de José Luis Borau, España era un bosque tenebroso en el que tenían lugar los más horrendos crímenes. En Sonámbulos (1978), de Manuel Gutiérrez Aragón, una joven vive cautiva hasta tal punto en un cuento de hadas macabro que termina perdiendo la razón. En Los restos del naufragio (1978), de Ricardo Franco, un muchacho se encierra en un asilo de ancianos, tras la ruptura con su novia, y penetra en un extraño universo imaginario del que ya no podrá salir. En Elisa, vida mía (1977), de Carlos Saura, un padre y su hija se recluyen en una casa de campo inevitablemente presos de sus demonios familiares…

No en vano, además, aquel periodo significó una de las épocas doradas del documental en el cine español. Al mencionado film de Chávarri habría que añadir La vieja memoria (1976), de Jaime Camino, donde algunos protagonistas de la Guerra Civil comparecen como fantasmas de otra época a los que ya nadie atiende. O Queridísimos verdugos (1977), de Basilio Martín Patino, donde la fascinación por la muerte violenta es descrita como una obsesión de la cultura española. O El asesino de Pedralbes (1977), de Gonzalo Herralde, el retrato de un psicópata visto como producto inevitable de un tiempo de miseria…

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

La decadencia

En los 80, el cine español tomó otros caminos y el documental abandonó progresivamente la escena, exceptuando algún que otro superviviente ilustre. En 1983, Cecilia y Juan José Bartolomé filmaron las dos partes de Después de…, que pasaban revista a los años transcurridos desde la muerte de Franco desde una perspectiva ya más bien elegíaca. Y luego, la decadencia. La nueva ley de cine, promulgada en 1984 y debida a Pilar Miró, incentivaba las producciones de prestigio, las adaptaciones literarias y las películas históricas, pero se olvidó del cine como testigo de la realidad, como recolector de las huellas que va dejando el tiempo.

Progresivamente, los mismos cineastas que habían contribuido a dar forma al cine de la Transición, imperfecto y convulso pero siempre rico en matices, acometieron una empresa imposible, que aún pasa factura a la cinematografía nacional: fabricar películas capaces de competir en el nuevo mercado global, aunque por el camino se perdiera toda seña de identidad. Y resultó evidente, entonces, que en ese saco ya no cabían experimentos como El desencanto o El asesino de Pedralbes. Y quedó claro que al cine español le iba a costar mucho tiempo salir de aquella trampa en la que aún se agita en busca de una salida. Y la Academia del Cine Español y los Premios Goya hicieron el resto.

En el cambio de siglo, no obstante, empezaron a surgir nuevas generaciones de cineastas que intentaron cambiar las cosas, regresar a un cine más barato y menos ostentoso, películas de guerrilla que volvieran a mirar atrás, a enfrentarse con la realidad y a poner en duda estereotipos e ideas recibidas. Otro día hablaremos de esa «nueva ola» en su conjunto, pues hoy basta y sobra con que me refiera a Luis López Carrasco, uno de sus representantes más insignes y avispados, y a El año del descubrimiento, su segundo largometraje, seguramente uno de los acontecimientos del año que terminó en el ámbito del cine español.

López Carrasco brinda un logro cinematográfico de primer orden, empeñado en demostrar que la herencia de la Transición continúa viva.

En El futuro (2013), su primera película en solitario, López Carrasco ya dejaba claro su interés por la historia reciente de España, sobre todo por el modo en que justamente la Transición había ido dejando paso poco a poco a un país sin duda más moderno y respetado, pero también a un estado de cosas que nunca supo borrar del todo las huellas de la herencia franquista, como habían pronosticado aquellas películas de los 70. El futuro describía el final de una «fiesta», metáfora de la victoria del PSOE en las elecciones de 1982, después de la cual vendrían muchos sinsabores y, de nuevo, desencantos, como si ese fuera el destino del país.

 

Euforia sin límites

El año del descubrimiento, como su propio título indica, se sitúa tiempo después, en 1992, y asume ya una forma por completo documental, o por lo menos eso parece en un principio. Se trata de regresar a una imagen que siempre ha fascinado al murciano López Carrasco, la del Parlamento de Cartagena en llamas, tras los disturbios ocasionados por las manifestaciones en las que participaron cientos de trabajadores afectados por una violenta reconversión industrial. Era el año de las Olimpíadas de Barcelona y la Expo de Sevilla, con el país entero entregado a una euforia que no parecía tener límites.

En el cambio de siglo empezaron a surgir nuevos cineastas que intentaron regresar a un cine más barato y menos ostentoso

Pero también eran los tiempos en que Europa exigía a España que se adaptara a sus estándares políticos y económicos, lo cual provocó una crisis laboral sin precedentes traducida en despidos en masa y una gran conflictividad social. ¿Qué ocultaban aquellos años que aún hoy algunos recuerdan con nostalgia? ¿No se trataba, precisamente, del prólogo olvidado de nuestras crisis actuales, esas con las que ha crecido y todavía convive la generación de López Carrasco, nacido en 1981, e incluso las posteriores?

 

Fantasmas del pasado

El año del descubrimiento no se anda con chiquitas en su análisis político: aquel falso oropel escondía ya la semilla de la devastación posterior. Y lo lleva a cabo mediante una estrategia claramente heredera de los documentales de la Transición, basada en la evocación del pasado a través del relato oral. Un grupo de parroquianos se reúnen en un bar y empiezan a hablar de lo que sucedió entonces, de lo que significó y de lo que significa ahora. Mientras tanto, la cámara de López Carrasco se acerca a ellos, parte la pantalla en dos para propiciar el enfrentamiento dialéctico, pero también con el fin de hallar el lenguaje cinematográfico idóneo para los fines que persigue, y crea una estructura narrativa extremadamente dinámica, una trama apasionante que durante tres horas y media despliega argumentos y contraargumentos, viaja a aquellos años para explicar estos.

El resultado es casi una película de terror en la que los fantasmas del pasado regresan para decirnos que todavía no pueden descansar en paz. Pero sobre todo es un logro cinematográfico de primer orden, empeñado en demostrar que la herencia de la Transición continúa viva, que las nuevas generaciones del cine español aún pueden aprender mucho de aquel legado.